Carta #16 a Donald Trump



Miami, 19 de abril de 2026.

Querido Donald:

Diecinueve mil seiscientas sesenta y siete personas te esperábamos. Entraste en el Kaseya con olor a macho, sudor y adrenalina. Los agentes del Secret Service te abrían paso; Dana White, a tu lado, mediocre maestro de ceremonias del circo que le robaste; y todos nosotros en un rugido que siempre es más que deportivo: es político, cultural, casi tribal. Te sentaste en primera fila, pegado al cage, donde se escucha el crujir de los huesos machacados y la sangre salpica en todas direcciones.

Fue una pelea corta, pero dramática. Ulberg llegó con la rodilla lesionada, reventada. Procházka, el “campeón”, conectó 14 golpes significativos en menos de cuatro minutos. Pero el neozelandés lo hizo mejor: lanzó 42 golpes, conectó 27 y encontró el momento clave. En el minuto 3:45 del primer asalto le entró un gancho de izquierda que mandó al checo a la lona y lo coronó nuevo rey de los semipesados en la UFC.

Tú, my President, lo saludaste. Y él dijo: “Sabía que solo necesitaba ese golpe, y lo encontré”.

Cuba solo necesita, también, un golpe, ese golpe. ¿Lo hemos encontrado?

La historia no se repite, pero rima. La semana pasada aterrizó en La Habana un avión del Departamento de Estado: el primer vuelo oficial desde aquel viaje de Obama que tantos en esta ciudad juraron no olvidar ni perdonar. Aquel día, en el exilio, aprendimos la palabra “apaciguamiento”. Esta vez el avión llegó pilotado por un Marco Rubio que nos impone otra palabra: “pragmatismo”. Funny how principles evolve, sobre todo cuando te llevan a donde dijimos que jamás iríamos.

Al pie, en la losa del aeropuerto: Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Cuarenta y un años. Nieto de Raúl, el Cangrejo, The Crab.

Hay pueblos guiados por águilas, por leones, por dragones, por unicornios, por seres providenciales que cabalgan sobre metáforas épicas. A los cubanos nos toca una jaiba, un crustáceo. Nada más adecuado: un animal que no avanza de frente, que siempre va ladeado, que parece retroceder incluso cuando avanza.

Un bicho que, acorralado, no huye: se eleva. Se pone de espaldas al suelo, las dos muelas abiertas en un gesto que parece rendición, pero es un desafío. La muela derecha es una trituradora: tiene fuerza para romper conchas y caracoles. La izquierda es rápida y afilada, pequeña, cortante y veloz; sirve para manipular a la presa, ponerla en posición. La muela derecha sujeta el poder; la otra lo administra.

Por suerte, tú y yo tenemos a Marco.

La carcinología es la rama de la biología que estudia a los crustáceos. En política, nadie ha estudiado al Cangrejo como nuestro secretario de Estado. Nadie sabe más de su anatomía, de sus estrategias de supervivencia, de sus falsos movimientos y de cómo cogerlo por la espalda, sin darle la oportunidad de usar sus muelas.

Conversaciones “constructivas”, enfocadas en el futuro. Sobre la mesa: reformas económicas, presos políticos, elecciones, compensación por las propiedades confiscadas y Starlink sobre el Malecón. Un cangrejo con wifi. Como todo en Cuba: mal y tarde.

¿Sabes, my President, que los cubanos nunca hemos escuchado la voz del Cangrejo?

Los cangrejos son traicioneros, y ese mismo que negocia envía una carta por detrás. Una misiva —dicen— con membrete oficial, intentando llegar a ti por back channels, puenteando a Marco. Pide tiempo. Sugiere que todo puede salir bien si se habla contigo y no con intermediarios molestos que conocen muy bien a los crustáceos. The art of the deal, versión criolla: un cangrejo saltándose al único hombre en Washington que entiende su lengua.

Marco, imagino, debe haberlo encontrado adorable.

Es biología en estado puro, my President, no política. El Cangrejo, en peligro, endurece su caparazón, esconde las pinzas y, con paciencia, busca el ángulo ciego del adversario. Sesenta y siete años llevan perfeccionando esa técnica. Es su naturaleza.

Es difícil no admirar la coherencia del régimen. Cuando está fuerte, reprime. Cuando está débil, negocia. Y cuando negocia, manipula: siempre en dos direcciones, siempre hacia el mismo lado. Siempre de lado y, siempre, sobrevive.

La paradoja, sin embargo, no está en Washington. Está en Miami.

Década tras década, este exilio construyó una identidad de línea dura que no era únicamente política, sino moral, casi teológica: nada, absolutamente nada con los Castro; nada sin justicia previa. Era una postura de máximos, cómoda en su absolutismo, heroica en su impotencia.

Con Obama era sencillo. Se gritaba traición, se llenaban los estudios de televisión, se organizaban caravanas de indignación por la Calle Ocho, se firmaban peticiones con nombres de tres apellidos. Había un enemigo claro. Pero ahora, my President, la conversación ocurre bajo tu firma, con Marco Rubio ejecutándola, y el exilio descubre algo verdaderamente incómodo: no sabe contra quién gritar.

¿Cómo se denuncia el diálogo cuando lo conduce tu propio bando?

¿Cómo se condena la legitimación cuando viene envuelta en la bandera que tú mismo votaste?

¿Cómo se acusa de ingenuidad al carcinólogo cuando lleva toda la vida diciéndote que conoce la especie mejor que nadie?

Mientras, un Díaz-Canel enrocado en el discurso del siglo pasado se mueve desesperado como un paramecio. Despotrica, da entrevistas, se siente desplazado y usado. Declara firmeza, habla de resistencia creativa, se inventa un Fidel de ChatGPT y lo invoca en misas espirituales transmitidas por Mesa Redonda. Y, al mismo tiempo, todo pasa sin que se entere.

The revolution shouts. The regime calculates. The crab writes letters.

¿Habrá Díaz-Canel escuchado alguna vez la voz del Cangrejo?

My President, esa isla que no conoces, posada sobre las aguas compartidas del mar Caribe y el Golfo de América, se está cayendo a pedazos. La gente grita, se manifiesta, y el sonido de la noche son los cacerolazos de indignación tras horas sin fluido eléctrico. La gente ya no puede más. No tiene nada que perder, ni siquiera el miedo.

Pero esas personas no están en la mesa.

En la mesa está el Cangrejo.

En la mesa están tus emisarios.

En la mesa está el carcinólogo de Florida, que sabe exactamente cómo manejar la especie.

Y en la mesa está, invisible pero presente, esa cartita enviada por debajo: ese intento de contacto directo, ese reflejo biológico de buscar otra salida cuando la primera se complica. Un cangrejo siempre muerde, querido Don.

A different script, same cast. Same moves, same shell.

Pero en el centro de la mesa estás tú, my President: entre la promesa de firmeza y la práctica del diálogo; entre la ruptura del discurso y la continuidad estructural. Entre Obama y tú la diferencia es temperamental, estilística, de volumen en la voz. La consecuencia, para ambos países, sospechosamente idéntica, aunque se llegue caminando de lado.

Hasta pronto, my President. Siempre…

Tu Jorge.



P.S.: El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del Presidente de Estados Unidos.

P.S.2: Marco Rubio no me respondió sobre su especialidad en carcinología, pero un amigo en su oficina me confirmó que le pareció un título “razonable”.