Entre los personajes más fascinantes de la obra de Franz Kafka, Odradek ocupa, sin duda, el primer lugar, no tanto por su rareza, que ya sería suficiente, sino por esa obstinada persistencia que lo convierte en una suerte de residuo indestructible del sentido, un carrete de hilo viviente que deambula incansablemente por vestíbulos y áticos, según se relata en ese cuento ejemplar que es La preocupación del padre de familia, donde lo verdaderamente inquietante no es su forma ni su función, sino el hecho de que se puede hablar con él, interrogarlo, recibir respuestas que no esclarecen nada y, sin embargo, permanecen.
Esto me lleva a sostener, con una convicción que no necesita demostración, que Odradek encarna la figura más exacta del porvenir, un porvenir reducido a resto, a objeto mínimo, a persistencia sin finalidad. Y no me sorprendería que llegue el día en que el mundo entero se vea poblado exclusivamente por Odradeks, lo cual, lejos de ser una catástrofe, tendría algo de liberación definitiva.
Si descendemos de esa abstracción encarnada hacia una figura más reconocible, aunque no menos enigmática, aparece Frieda, en El castillo, cuya existencia se asemeja al baile de un mono en una jaula, una imagen que no agota su sentido, pero lo ilumina en su dimensión más incómoda, pues en ese movimiento reiterado, sin finalidad aparente, se juega algo esencial de la vida misma. Algo que oscila entre lo grotesco y lo entrañable, entre la humillación y la afirmación, y que rara vez la literatura logra capturar sin caer en simplificaciones, terreno vedado para la mayoría, pero no para Kafka, cuya escritura no penetra ese ámbito por heroísmo, sino por una suerte de fatalidad de su talento, por esa inclinación hacia lo irregular, lo disonante, lo irreductible.
Frieda, que es a la vez egoísta y entregada, poco atractiva y seductora, asciende desde una posición casi insignificante hasta convertirse en amante de Klamm, en un gesto que podría interpretarse como ascenso social, si no fuera porque en Kafka todo ascenso contiene su propia caída. Así, en una sola noche, ese edificio precario se desploma sin necesidad de explicación, sin que intervenga el capricho ni la provocación, sino una lógica más profunda, más cruel, donde el amor se reconoce en los charcos de cerveza y el cuerpo se convierte en el último territorio de una verdad que no redime, y donde K., en ese rincón apartado, alcanza una forma de conocimiento que lo arroja más lejos de sí mismo.
En contraste con estas figuras, aparece una invención deliberada, un pequeño notario rubio y nervioso del supuesto relato “Alboroto”, personaje que no pertenece a Kafka y, sin embargo, se desliza en su universo con una naturalidad sospechosa. Es un escribiente del caos que llena documentos con garabatos. Los rompe, los firma de manera ilegible, les impone sellos que se desprenden de inmediato, como si toda la maquinaria burocrática no fuera más que una ficción sostenida por la costumbre y que, pese a su desorden meticulosamente organizado, posee más clientes que cualquier otro notario de la ciudad. Esto debería bastar para entender el funcionamiento del mundo, hasta que su final, arrojándose a un río oscuro, parece cerrar el círculo trágico, solo para que el lector descubra, demasiado tarde, que todo ha sido inventado en unos segundos. Entonces la pregunta ya no es por el personaje, sino por nuestra disposición a creer.
Si cierro los ojos, el personaje que emerge con mayor ternura es Karl Roßmann, el protagonista de América, también conocida como El desaparecido. Un joven que encarna la ingenuidad en su forma más peligrosa, pues su generosidad, su sentido elemental del deber y su incapacidad para medir las consecuencias lo conducen de error en error, sin perder nunca esa capacidad de asombro que lo define. En esa persistencia del asombro reside su dignidad, una dignidad que lo aproxima tanto a Pinocho como al Lazarillo de Tormes, figuras ambas que atraviesan el mundo desde una posición de desventaja, pero con una lucidez que no proviene del conocimiento, sino de la experiencia acumulada del engaño.
Más reconocible aún, y por ello más inquietante, es Josef K., el protagonista de El proceso, figura que se ha convertido en un arquetipo moderno. No porque represente una excepción, sino porque encarna una regla silenciosa, esa condición de quien no acepta su destino, pero tampoco encuentra la manera de modificarlo. En ese movimiento ambiguo, termina colaborando con su propia condena, de modo que la compasión inicial se transforma lentamente en sospecha, hasta que uno se ve obligado a admitir que su tragedia no le es del todo ajena.
A su lado, el agrimensor K. de El castillo insiste en un intento igualmente condenado al fracaso, pues en Kafka no solo es difícil llegar a Roma, sino llegar a cualquier parte. Esa imposibilidad reiterada adquiere, en ciertos contextos, una resonancia particular, hasta el punto de que no resulta exagerado reconocer en ella una afinidad con ciertas formas de vida, donde la arbitrariedad se institucionaliza y el acceso se convierte en privilegio, lo cual explica por qué Josef K. sigue resultando tan cercano.
Hay también figuras más leves, casi espectrales, como Krizanowskaia, mencionada en los diarios de Kafka, en una de sus últimas anotaciones, cuya existencia real o ficticia carece de importancia frente a la intensidad de la frase que la contiene. Una frase que se sostiene por su propia musicalidad, por esa tensión que no se resuelve y que convierte una simple postal en un objeto cargado de una belleza que no necesita explicación.
En los diarios de Kafka, el personaje principal es él mismo, expuesto sin mediaciones, mientras que en sus relatos los personajes adoptan formas animales, mitológicas o históricas. Esto dificulta cualquier identificación directa, pues no se trata de individuos sino de construcciones, de ideas en movimiento, marionetas de un pensamiento que no busca representar sino explorar. En ese sentido, Kafka aparece como una figura límite, un escritor que es a la vez testigo y materia de su propia escritura.
Entre sus personajes más contradictorios se encuentra Leni, en El proceso, cuya aparente docilidad encubre una naturaleza burlona, impredecible y sensual, marcada por un rasgo físico que la singulariza. Una membrana entre los dedos que impide el uso del anillo, detalle que funciona como símbolo de su imposibilidad de ser fijada, de ser reducida a una función estable y que la convierte en una figura donde la contradicción no se resuelve, sino que se intensifica.
El universo animal en Kafka no constituye un simple recurso alegórico, sino un espacio donde la frontera entre lo humano y lo animal se vuelve porosa, desde Rotpeter hasta Josefina la cantora, pasando por la criatura de La madriguera, que construye un sistema de seguridad destinado al fracaso, una arquitectura obsesiva que no logra protegerla del miedo que la habita y que, en su monólogo incesante, revela una conciencia atrapada en sí misma, un yo que se desdobla sin encontrar salida.
Finalmente, hay un personaje sin forma, sin cuerpo, cuya única existencia es el oído. En ello se cifra una de las intuiciones más profundas de Kafka, pues el terror no entra por los ojos, que pueden cerrarse, sino por el sonido, que se impone sin resistencia. De modo que el susurro, el zumbido, el chirrido o las voces familiares se convierten en vehículos de una experiencia que no admite evasión, donde el miedo, más que una emoción, es una condición de escucha permanente.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn








