La Crisis de Mayo en Cuba: darle la bienvenida al cambio

La cosa se calienta día a día. Con Cuba: imposible no notarlo. Y por ambas partes.  

USA aumenta la presión en la olla. Cero petróleo extranjero para la mayor de las Antillas. El portaviones USS Nimitz en el Mar Caribe. Los vuelos de los aparatos de observación electrónica, cada vez más frecuentes sobre territorio cubano. Marcos Rubio declarando que el gobierno de La Habana es inoperante y dictatorial y que se necesita un cambio, y ya. Trump, con sus impredecibles bravatas, ora amenaza explícitamente con una intervención militar, ora se declara dispuesto a negociar con la cúpula castrista. Y, para rematar, las cortes norteamericanas desempolvan acontecimientos de hace treinta años y el casi centenario Raúl Castro ahora enfrenta varios cargos criminales por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.

En contrapartida, según la ley de acción y reacción, el gobierno cubano se afianza en su intransigente retórica habitual. ¡Aquí no se rinde nadie!, boconean, altaneros. 

Y, para demostrarlo, hacen ridículas maniobras militares con armamento obsoleto y convocan a marchas: por el Primero de Mayo, por el 24…, ¿quizás como respuesta al runrún de que algo muy grande sucederá en la Isla antes de junio? 

A los dos presos políticos…, ¡perdón; en la Isla no hay ninguno!, más incómodos del momento, Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo, les proponen libertad, pero solo si abandonan el país. Mientras que la siempre paranoica Seguridad del Estado vigila muy de cerca a todos los opositores y a cualquiera que diga algo que no les gusta o incluso salga a las calles a sonar calderos, desesperado por los cada vez más largos y frecuentes apagones. 

No, ¡no se puede permitir otro 11 de junio del 2021! Porque la calle es de los revolucionarios… Y de la basura: ya casi no circulan vehículos sobre el asfalto, por culpa de la escasez de combustible… Y del “bloqueo norteamericano”, claro. 

Nunca olvidar el bloqueo.

Terquedad que parece infinita por ambos lados y, cuando se habla de diálogo, ninguna de las partes está dispuesta a dar su brazo a torcer. ¿Qué negociación cabe, entonces, si unos quieren elecciones libres, a las que ni siquiera se presente el sempiterno PCC, y los otros seguir en el poder, sin ningún cambio ni apertura? ¿Qué negociación cabe si nadie quiere perder nada?

¿Alguien recuerda aquello de que un acuerdo justo es cuando ambas partes se levantan de la mesa igualmente inconformes, pero aliviadas de que todo haya concluido?

Recuerden el cese al fuego en 1953, en la Guerra de Corea. Que, en teoría, aún no ha terminado, solo está en pausa. Pero al menos ya no mueren más soldados, que ya es bastante. Pero, ¿qué ocurre cuando una fuerza irresistible da contra un objeto inamovible? 

Los que quedan en el medio son triturados. Y justo en el medio estamos los apenas 8 millones de cubanos que aún no hemos encontrado manera de abandonar esta Isla que se hunde. 

Los cubanos somos patriotas. Lo demostramos luchando en la manigua contra España en el siglo XIX, hasta que Madrid tuvo que renunciar a la perla de su corona. Ningún ciudadano en su sano juicio desea la intervención militar de otro gobierno en su país. Como bien dijera, hace ya más de un siglo, el poeta Bonifacio Byrne, no deben ondear dos banderas donde basta con una: ¡la mía!

Pero, si ese patriotismo elemental viene ligado a una inflación galopante, hambre, falta de agua, escasez de medicamentos, deterioro de los servicios médicos, empeoramiento general e irreversible de las condiciones de vida, entonces, ¿qué?

Si ves cómo tus dirigentes se llenan la boca hablando de sacrificio y resistencia creativa, ¡para el pueblo, claro!, mientras sus hinchadas panzas ponen a prueba la elasticidad de la tela de sus almidonadas guayaberas y camisas de cuadros. Si, mientras la ciudad suda a oscuras, se escucha el ronroneo satisfecho de sus generadores, ¡y ni siquiera puedes alzar la voz para criticarlos sin miedo a ir a prisión!, ¿hasta dónde vale la pena ser patriotas?

¿Es esta, acaso, la Cuba que soñó Martí? ¿O su peor pesadilla?

Una vez, en una de sus interminables e hipnóticas alocuciones, Fidel Castro mencionó las ciudades hispanas de Sagunto y Numancia, que prefirieron ser arrasadas por las legiones romanas antes que rendirse. Hermoso ejemplo de intransigencia, sin duda. Pero, ¿acaso se puede aplicar a Cuba hoy?

¿Todos estamos dispuestos a perecer? ¿En serio?

Un pueblo entero dispuesto a morir de pie antes que vivir de rodillas es una frase que suena muy bien. Y recuerda, sin dudas, a octubre de 1962, a la tristemente célebre Crisis de los Misiles. Cuando, durante trece días, el mundo estuvo más cerca que nunca del holocausto nuclear, por culpa de los cohetes con ojivas atómicas que el astuto Nikita Jrushchov había dispuesto en la Isla, para amenazar al prepotente imperio desde justo debajo de sus propias barbas.

Todos tenemos amigos, padres o abuelos que aún recuerdan con emoción y zozobra aquellas duras jornadas, con los cazas supersónicos yanquis sobrevolando la Isla, a despecho de toda la artillería antiaérea desplegada en las calles. Cuando cada noche podía ser la última, por lo que nueve meses después hubo un pico de nacimientos de hijos de aquellos milicianos: el jocosa y popularmente luego llamado “Nikita-chama-boom” al que incluso Juan Padrón le dedicó un simpático corto animado.

Pero los tiempos cambiaron. Mal que les pese a nuestros dirigentes, que por lo visto se niegan a reconocer que estamos en el siglo XXI, la voluntad de inmolación del pueblo cubano casi ha desaparecido. Nadie es ya tan ingenuo como para querer poner el muerto, solo para que ellos puedan escapar a darse la buena vida con esas rotundas cuentas ocultas en paraísos fiscales que tanto niegan poseer.

Es un tanto triste, por todas estas décadas de antimperialismo, no lo niego, pero hay que admitirlo: el enemigo ya no lo parece tanto. Si el US Army y el US Marine Corps desembarcasen hoy mismo, en nuestras playas, la mayoría de los cubanos los recibirían como a libertadores. Héroes solidarios que han llegado a librarnos de nuestro peor enemigo: nuestro propio e intransigente gobierno, para el cual todo el que no esté absolutamente de acuerdo con su discurso es el enemigo. Para quienes no caben otros puntos de vista que socialismo o muerte. Aunque, a estas alturas, perseverar en un sistema socioeconómico que se ha demostrado básicamente ineficaz en cada sitio donde se implementó al pie de la letra (China y Viet Nam son casos aparte) es claramente, un suicidio lento. 

Sí; si se lo preguntan, confieso que tengo miedo cuando escribo esto. Miedo de que me toquen la puerta los segurosos o los uniformados de azul una de estas noches de apagón y canícula, para encerrarme en el calabozo de cualquiera de esos infames castillitos de concreto que desde la época de Batista son todas las estaciones de policía capitalinas. Miedo de que me retengan hasta que me acusen de ser un agente a sueldo del enemigo. Miedo de que, en un juicio amañado, me condenen a varios años de cárcel por el imperdonable delito de tener opinión: escándalo público, desacato, o cualquier otra estrambótica figura legal como las que permitieron encerrar a los que hace ya cinco años, el 11 de  julio de 2021, salieron a las calles reclamando cambios.

Claro que, si tal cosa ocurriera, solo demostraría que tengo razón… Pero, ¡vaya flaco consuelo que sería para mí, desde una celda! 

Es hora de llamar a las cosas por su nombre, aunque no aspiro a ser héroe, ni a medallas de reconocimiento, ¡y mucho menos a los laureles del martirio! Ni siquiera por la patria.

Solo quiero vivir. Otra cosa, algo mejor, que no sea esta muerte lenta a la que parece condenado el país entero, en este 2026 que ya se nos antoja eterno. 

¿Será posible que no haya una tercera opción? ¿Tanto les cuesta, a nuestros dirigentes, admitir “metimos la pata, estamos en un callejón sin salida, vamos a probar algo distinto”? ¿O “fracasamos, nos retiramos: prueben ustedes, a ver qué tal lo hacen”? 

Entonces, todo aquello de “Revolución es tener sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado”, ¿era puro blablablá?, ¿palabras vanas, ilusión, humo y espejos?

¿Es solo lo que ellos dicen, sin discusión, sin diálogo, aunque la mayoría del pueblo se oponga y quiera otra cosa, cualquier otra cosa?

Lo cierto es que, ahora mismo, la caña está a tres trozos, como se decía en aquellos felices tiempos en que Cuba era uno de los principales exportadores de azúcar del mundo.

Y nuestros acosados líderes encaran la tremenda responsabilidad de ser recordados como los que hundieron definitivamente al país, por su egoísta tozudez o como los que lo salvaron, aceptando lo inevitable: que esto ya no da más. Hay que darle la bienvenida al cambio, aunque sea Made in USA.

Los pueblos que olvidan su historia quedan condenados a repetirla. Y nadie escarmienta en cabeza ajena, pero… 

Soy un aficionado a la historia militar. Tal vez por eso me viene a la mente el ejemplo de Finlandia, en 1939, en la llamada Guerra de Invierno. Invadido por las tropas soviéticas, muy superiores en número y técnica militar, el pequeño país escandinavo se defendió con heroísmo y, durante más de 100 días, diez veces más de lo que cualquier analista del Kremlin se había atrevido a susurrarle al soberbio Stalin, los esquiadores y francotiradores bajo el mando del mariscal Mannerheim, un veterano militar que había servido al zar, contuvieron a la marea humana eslava y le causaron innumerables bajas.

Pero, como dicen los generales rusos, la cantidad implica su propia calidad. Hasta el heroísmo tiene sus límites: Helsinki tuvo que rendirse y entregar todos los territorios del istmo de Karelia y su salida norteña al mar, para poder seguir existiendo como nación. Capitular, para no desaparecer, en pocas palabras.

¿Extraña acaso, entonces, que luego los resentidos finlandeses, ansiosos por recuperar esos trozos arrancados a su patria, se unieran a los nazis en el bloqueo de Leningrado y lo llamaran “guerra de continuación”? 

Lástima que, derrotados los hitlerianos, la URSS triunfante se quedara para siempre con ese trozo de la patria finesa que le dio al mundo esa hermosa epopeya, el Kalevala, una de las reconocidas inspiraciones de Tolkien para crear su fantástico universo en El señor de los anillos.

Irónico y doloroso que la obra maestra de tu literatura nacional se desarrolle en un territorio que ya no pertenece a tu patria, ¿no?

Pero lo que cuenta es que, más de 80 años después de las Guerras de Invierno y de Continuación, Finlandia sigue existiendo como el país de los lagos y de los saamis, mientras que la una vez aparentemente invencible Unión Soviética ya es historia.

¿Moraleja? Quizás a veces hay que ceder un poco, para sobrevivir. ¿Lo entenderán, nuestros gobernantes? Ojalá que sí.

¿Están a tiempo, todavía, de actuar en consecuencia? Ojalá, ojalá, ojalá.

Pensemos positivo y crucemos los dedos para que, como mismo aquella Crisis de Octubre de 1962 no extinguió a la humanidad en un conflicto atómico global, esta Crisis de Mayo de 2026 tampoco signifique el final de Cuba, sino un nuevo comienzo… Porque se vale soñar, ¿no?