Siempre que luchan la KGB contra la CIA

Se ha puesto de moda que los directores de la CIA visiten la Revolución Cubana. Primero, con Barack Obama. Diez años exactos después, con Donald Trump.

La CIA, según se nos adoctrinó durante décadas en la Isla, es una agencia estadounidense dedicada no solo al espionaje, sino a dar golpes de Estado y cometer asesinatos en secreto a nivel global. 

En efecto, John Ratcliffe aterrizó el jueves pasado en La Habana poco después de planificar y perpetrar la muerte súbita de 32 militares cubanos en Caracas, el 3 de enero de este año. Para los líderes de los países involucrados, Estados Unidos, Cuba y Venezuela, es obvio que se trata de bajas colaterales: cadáveres que ni siquiera son tema de conversación entre la cúpula de la CIA y la KGB cubana.

Cuba dejó de existir como país civilizado. Su gobierno es incapaz de gobernar a una población que ya no recibe servicios públicos en la práctica. Es una situación explosiva. Puede olerse la rabia en el aire. Nadie respeta a nadie. Un grito agónico recorre la noche incivil cubana. Si no ocurre una intervención externa de inmediato, en breve volverá a correr la sangre.

Esa intervención, sin embargo, de pronto se anuncia como el blablablá del secretario de Estado y la plusvalía de cien millones de dólares a la dictadura cubana: un salvavidas tardío que no salvará nada, excepto la impunidad de un poder a perpetuidad. 

Tal vez en Washington le han vuelto a coger miedo a la estampida migratoria de un millón de cubanos. La Casa Blanca y el Departamento de Estado intentan poner otro parche a la fase terminal del castrismo. Acaban de despojar al contribuyente norteamericano de cien millones de sus impuestos. Pero, de todas formas, este mismo año tendrán que comerse (con residencia primero y ciudadanía después) a ese millón de cubanos.

Donald Trump y Marco Rubio están en peligro de anquilosar en el poder a algo más que al clan criminal de los Castro. Ambos están a punto de abandonar, otra vez, a la única nación del planeta que ha mirado con esperanza a los Estados Unidos. De verificarse algo similar a ese escenario, esta administración republicana habrá perfundido, en el corazón roto de los cubanos, el odio irreparable a nuestra patria de adopción.

Cuba es incapaz de sobrevivir bajo la indigencia inercial de un gobierno cubano que nadie eligió. Por segunda ocasión en nuestra historia, Estados Unidos queda obligado por la moral y el derecho internacional a rescatarnos de una catástrofe humanitaria al estilo de Haití. No se evita la violencia sin aplicar una violencia mayor contra los violentos. La paz sería hoy el equivalente de dejar desnudos a los cubanos en manos de un policía violador.

El clamor que rebota desde la Isla parte de una ética que es puro instinto de conservación: Apúrense, si van a hacer algo.