
Como tantos emigrados que abandonan su país, tengo una relación compleja con el mío. Lo amo y lo odio al mismo tiempo. Con una intensidad que a veces me sorprende. Con un fervor que se mezcla con la furia.
Sé lo que odio: su mediocridad, la vulgaridad rampante de su política, eso que llaman “cubaneo”; el choteo, como un corrosivo disolvente que Mañach supo ver; el choteo, que no es la risa, la broma o la ironía, mucho menos el carnaval. Odio todo aquello que Lorenzo García Vega resumía en una frase magistral: “la gran mierdanga cubana”.
¿Y lo que amo? No lo sé del todo. Tal vez lo que de él guardo sin saberlo. Algo tejido en mí tiene raíces allí: lo que soy, con caídas y ascensos, con más sombra que luz. No en lo grandioso de la Patria, ni en sus símbolos y mártires que han ido a un sacrificio sin sentido para construir un futuro cada vez más lejano, sino en alguna que otra calle, un recodo del camino, un viejo amor, una conversación, unos flamboyanes, la línea de mar. En esas tardes y su luz dorada que evocó Luis Cernuda en su “Aire de la Habana”.
Observar ese país, Cuba, que se derrumba –él y su gente– es un ejercicio de tensión, de desgarro cotidiano, a 7.000 kilómetros de distancia. Intento mantenerme al margen, alejado y, aun así, cada tanto, algo rompe ese trecho. Algo que hace que mi país vuelva sin aviso –en aquello que alguien llamó un “roce inocente de la luz” o quizás de sombra. Algo que insiste más allá cualquier voluntad de olvido y que me recuerda que no puedo abandonarlo del todo.
Días atrás, en la plaza de Ciudad Las Piedras, ocurrió uno de esos instantes. Un hombre mayor tocaba con un pequeño violín. A sus pies, una bocina que se hacía notar más por insistencia que por volumen. La bocina emitía el fondo musical. Él, con un dispositivo electrónico, tenía conectado su violín de oscura madera a esa bocina y tocaba encima de ese fondo musical. El sonido no era bueno, por supuesto. Pero, de pronto, más allá de mapas y fronteras, desaparecieron los 7.000 kilómetros que me separan de Cuba.
La Habana apareció: calles, ciertos lugares queridos, cierta luz, risas, conversaciones. Golpeó la emoción, como un cuerpo que se reconoce después casi tres años. Y llegó la intensidad y la contradicción que siento cada vez que pienso en Cuba. Llegó todo lo que odio y amo, gente anónima e indiferente, en aquella plaza de Las Piedras.
Era La guantanamera, que para casi todos los cubanos no es solo una canción o una melodía más, con versos de José Martí. Es una forma y, más que esto, casi una forma del ser nacional. Es ese ir y venir que conocemos los cubanos, entre lo íntimo y colectivo, entre la voz que comienza sola –como el alma trémula y sola de la que hablaba el Apóstol– y enseguida se vuelve coro. Algo que –se ha dicho– nace en lo propio y se repite hasta dejar de ser alguien. Por eso es una melodía y un sentido que resiste: porque admite la pésima calidad de una bocina en una plaza cualquiera. Y el desgaste de los años y la distancia.
Sin embargo, siempre he creído que en esa pequeñez y ese casi anonimato se está jugando algo muy fino de la tradición cubana. Una cubanía acendrada, depurada de ese otro registro que tantas veces la deforma: el cubaneo, el choteo, la facilidad. Como si en esa melodía simple el tiempo hubiese decantado algo. Como si esa melodía hubiese pasado por el filtro lento de la historia.
Cuando escucho La guantanamera, siempre me ocurre lo mismo, algo que no puedo evitar. Algunos nombres, siempre los mismos, vuelven a mí: Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Gastón Baquero, Mariano Brull, Eliseo Diego. Tal vez, porque son parte de una tradición poética cubana ya prácticamente inexistente. Poetas que, por una razón u otra, tuvieron consciencia de “eso” vulnerable, de ese ciervo herido que aún no ha dejado de buscar en el monte amparo.
Es una tradición que se mueve entre una cubanía afirmativa y otra del no. Entre la palabra que se dice, a medias, y graciosamente se oculta. Entre mostrarse y contenerse. Como si lo cubano, que como alguien dijo, no es lo caribeño o lo antillano –aunque también mucho de esto hay en nosotros–, tuviera que pasar por esas simplégades, esas rocas entrechocantes de las que nos habla el pensamiento mítico: ese punto estrecho donde el sí y el no se rozan y chocan: donde la identidad no se afirma del todo, ni se niega por completo, sino que se tensa como en las cuerdas de un violín.
También –sin tener ahora el texto a mano– recordé aquel ensayo magistral del “músico de Orígenes”, Julián Orbón, donde ponía en relación La guantanamera con el polo margariteño. No como equivalencia estética o influencia directa de una forma sobre otra, sino como parentesco: formas hispanas, pero mediadas por la sensibilidad americana y caribeña. Formas pobres, repetitivas y casi elementales que, sin embargo, sostienen una densidad cultural enorme. Como si en esa economía, en esa insistencia profunda y marina, se articulara algo más profundo que en las formas más elaboradas.
Quizás, quién pudiera saberlo, por eso La guantanamera resiste: porque trabaja en ese borde, en esa falla tectónica al borde de un precipicio marino. Porque no resuelve la contradicción de lo cubano, de ¿qué es lo cubano?, porque sencillamente la sostiene y nos deja un espacio, un paso angosto entre el sí y el no donde algo puede fijarse sin volverse rígido: volver sin aviso y sorprendernos en cualquier ciudad o lugar del mundo.
Vuelven entonces, también, algunos autores que leímos con fervor en nuestra juventud, para apartarnos de ellos después. Decía Cintio Vitier (y esto, si somos justos, debemos reconocérselo) que La guantanamera es uno de los puntos más altos de esa cubanía acendrada, interiorizada. No tanto por lo que dice –apenas dice– sino por cómo vuelve, cómo se ha instalado entre nosotros perdiendo su perfil personal. Por cómo pasa de boca en boca sin agotarse del todo.
En esa plaza de Las Piedras me sentí, otra vez, como el emigrado que soy. Esto ya lo he escrito en otra parte: solo, aislado y consciente de la distancia material y anímica que me separa de Cuba (cada vez es mayor). La emoción me sorprendió, donde quise creer que ya nada quedaba. No era nostalgia o memoria, sino una especie de desgarro silencioso. Es lo que soy ahora: un emigrado que no logra encajar y que lleva consigo no solo recuerdos, sino un espacio vacío que nada puede llenar. Separado por un continente, pero quiero creer que sostenido por ese hilo invisible que une la nostalgia y la alegría con la vida cotidiana que dejé atrás. Y, por supuesto, con la vida que ahora construyo.
Hoy, como cada día –cuánto agradezco esto– es un domingo de silencio casi absoluto en Uruguay. Ese silencio me permite recordar La Habana. Mis libros en los libreros, por toda la casa. Tantos cuadernos de notas que me permitían buscar las referencias exactas y que ahora es lo que más extraño y necesito. La larguísima enfermedad de mi hija. Los pocos, poquísimos momentos de paz en esos siete largos años entre hospitales, recaídas, ingresos, quimioterapia y siempre la amenaza de lo que no se nombra. Algunos amigos. Los cines a los que de niño iba con mi padre: la Cinemateca con sus programaciones especiales. Ciertas calles, olores, voces, risas y gritos. Mis padres ya muertos. La emoción que me construyó y que, en algún momento, también me destruyó.
Y comprendo que volver a La Habana, aunque sea en recuerdos, es un encuentro con la cultura que me conformó, con la emoción que sigue viva, aunque uno se mantenga distante y crítico. Tal vez, distante sea la palabra más precisa. Alguien me dijo hace unos días, en el trabajo: “vos sos como una pared, siempre estás distante”. Distante: distancia.
Entre el violín, el señor vestido con una elegancia de otra época a la que pertenezco y el sonido difuso de la bocina, la música se desvanece en el aire entre los árboles y yo sigo sentado esperando el bus que me llevará. Conmovido y respirando, comprendiendo (cuántos feos gerundios) que se puede odiar y amar al mismo tiempo. Que la distancia no puede con lo esencial, que es la memoria afectiva en un momento preciso, y que mi país, al borde del colapso, puede atravesar un continente y volver a mí en un instante. Y que es esa relación ambigua y compleja –furia, ternura, nostalgia– la que me permite sentir a Cuba entera en mí, como si la tuviera atravesada en el gaznate, tocándola, intentando digerirla, recordándome que soy cubano, aunque me separen 7000 kilómetros de distancia.
Pienso, sin saber bien por qué, que tal vez eso es también lo que Cuba necesita ahora: no afirmarse más en uno de los polos en conflicto, no negarse del todo desde uno de ellos, triunfador, sino poder pasar. Pasar por ese punto estrecho. Atravesar las simplégades y salir airosa. Atravesar por el ojo de una aguja y llegar a ese espacio “otro” que necesita la Nación: que necesitamos los cubanos de adentro y de afuera. Si en algún momento de mi juventud creí que esto podía ser posible, hoy realmente cada vez lo dudo más. En otras palabras: no resolver la contradicción, sostenerla sin rompernos.
A mí no me resulta casual que el origen de La guantanamera permanezca borroso. Es decir: si es de un autor o de otro. Si la melodía es tomada de allá, pero desarrollada aquí. O si, finalmente, se cante y se haya cantado con versos de José Martí. Por buscarle autores, en algún lugar he llegado a escuchar que la escribió… ¡el mismísimo José Martí! Aquí, evidentemente, hay una lógica extraña y muy profunda.
Lo que sí es cierto es que La guantanamera pertenece a esa zona incierta donde la autoría se mezcla, se discute y, mejor, “se pierde”. Todos creen conocerla y, sin embargo, nadie termina de poseerla del todo. La guantanamera pertenece a la brisa cubana, como si hubiese ya nacido, en tierras orientales, desprendida de sí misma, al borde de las aguas más profundas del Mar Caribe y en relación con las montañas más altas de Cuba. Atravesando voces, arreglos, apropiaciones y, sobre todo, olvidos. Como si su destino hubiese sido, desde el principio, circular.
Tal vez, ahí resida una parte de su fuerza. En ese anonimato parcial, en esos orígenes tan modestos y hasta precarios. En esa intemperie que conocemos los cubanos. En no tener un lugar estable desde donde hablar. Porque también lo cubano –y aquí no hay ningún tipo de ontología y sí, historia– parece existir así: vulnerable y sin defensa. Sostenido más por la transmisión afectiva que por la propiedad o la afirmación rotunda.
Quizás, por eso La guantanamera logró arraigarse tan profundamente en el inconsciente colectivo de nuestra nación. Porque nadie la posee del todo. Porque es de cualquiera que la cante, de cualquiera que entone esa melodía. Porque se mueve en esa zona incierta entre el sí y el no donde las cosas todavía conservan respiración.
Y, quizás, quién sabe, algo de eso ya estaba de forma casi invisible en esa melodía mínima, en ese pequeño violín que sonaba en la plaza uruguaya de Las Piedras. En ese ir y venir que no fija del todo, entre gente anónima e indiferente, pero que tampoco se pierde en la cotidianidad, entre los árboles. En esa forma pobre: la de los cubanos de todas las épocas. Una forma pobre y, sin embargo, suficiente. Esa forma que insiste y que permite que algo siga pasando, de un lado al otro.
Cuba, entonces, no se resuelve: se atraviesa. Como algo que se queda en el cuerpo.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn








