La ciudad desconectada

Con este título, seguro que cualquier lector pensaría que sabe perfectamente de lo que voy a hablar: de la pésima conectividad a internet, por ejemplo. Desde el “paquetazo” de restringir el saldo, el pasado 2025 (¿ya hace tanto, de verdad?, ¿nos acostumbramos tan pronto?). Algo que afecta a tantas zonas de la capital, por no hablar de otras provincias. Esas siempre están peor en todo, como regla.

Entre los apagones, las horas restringidas avisadas, esa afectación decidida sin consultar a nadie, y por la que la monopolista ETECSA no se tomó ni el simbólico trabajo de pedir disculpas a sus usuarios (¡como si pudiéramos optar por otro proveedor de servicios!) y las muy comentadas marañas con los megas de datos móviles, los habaneros sentimos que vamos perdiendo, día a día, esa conectividad con el mundo que tan importante resulta en los dramáticos y decisivos momentos que vive el país.

Sería una verdad de Perogrullo, ese que a la mano cerrada la llamaba puño, y muy orondo, repetir aquí que a nuestros dirigentes no les gusta que el pueblo tenga accesos a otras fuentes de información que las cuidadosamente controladas y censuradas por ellos. No en balde alguna decía, no hace tanto, que Cuba no estaba preparada para internet. ¿Y quién determina cuándo un pueblo está listo para la libertad, a ver?

Por otro lado, ¿quién mira ya el Noticiero Nacional de Televisión, sino para reírse o que le suba sin remedio la presión sanguínea? El periódico Granma, por su parte, aunque no era precisamente objetivo, en los últimos tiempos ya dejó de circular en papel. Quizás para que, en ese mismo material, se pudieran imprimir los nuevos billetes de 2,000 y 5,000 pesos con los rostros de Mariana Grajales y Celia Sánchez. 

Aunque nuestros líderes siguen negando la evidente inflación, claro. ¿Qué otra cosa iban a hacer? ¿Reconocer que metieron la pata hasta el cuello con el reordenamiento monetario y la bancarización? ¿Cuándo, en la no tan larga historia de la democracia, algún gobernante ha aparecido en público y en vivo para, cabizbajo, admitir “la cagamos” ante sus electores?

Por favor. No le pidamos peras al olmo.

Entretanto, en la gran tribuna de la calle, divertidos y resignados, los cubanos de a pie ya hacen sus apuestas: ¿quiénes figurarán en los próximos billetes de 10,000 y 20,000, que se anuncian inevitables? 

Una abrumadora mayoría se decanta por Guamá y Hatuey. Que sí, que no era cubano, sino de La Española, o sea, dominicano o haitiano: ¡pero si ya tenemos a su coterráneo Máximo Gómez en el de 10 pesos, y al argentino Che Guevara en el de 3, ¿por qué no otro internacionalista, a ver?

Henry Reeves “El Inglesito” no, claro: era norteamericano, ¡el enemigo! Pero algunos teóricos de esquina defienden con fervor otras candidaturas más “civiles”. Como las de Carlos J. Finlay, el médico vencedor de la temible fiebre amarilla. O Felipe Poey, nuestro insigne naturalista. O hasta Fernando Ortiz, el llamado “tercer descubridor” de la Isla, desde la etnología. 

Tiene sentido. ¿Por qué iban a pasar siempre de mano en mano solo los rebeldes y militares? Claro que, si se quisiera continuar con esa lista, igualmente quedarían muchos ilustres insurrectos: Flor Crombet, Guillermón Moncada, Quintín Banderas, Vicente García. Y mujeres como Isabel Rubio y Ana Betancourt. ¡Viva por siempre la manigua irredenta!

Lo indiscutible es que pronto harán falta más billetes para moverse: desde que el oportunismo de Delcy Rodríguez y su camarilla les sirvió a Nicolás Maduro en bandeja de plata a los esforzados soldaditos de la Fuerza Delta, el grifo venezolano de oro negro se cerró para la mayor de las Antillas. Es un hecho.

Solidario, México prometió crudo. Pero luego la presidenta Claudia Sheinbaum reculó, prudente, ante la amenaza norteamericana de represalias. Así que se ha limitado a enviar ayuda humanitaria. Sobre todo, comida, que el gobierno cubano ha tenido el descaro de vender. Y, por supuesto, de rasgarse después las vestiduras negando que la vende, incluso sorprendido in fraganti.

Con algunos ayatolas de menos, el Irán chiita tampoco nos enviará hidrocarburos: sigue sitiado, aunque amenaza con darle candela, dron a dron, a todo buque que pase por el Estrecho de Ormuz con petróleo para Occidente. Si no pueden ganar la batalla contra el Complejo Militar Industrial Made in USA, los de la teocracia musulmana al menos molestarán al máximo. Lo único importante no es vencer siempre. A veces, basta con lograr que el enemigo pierda, ¿no?

Solo el aliado Putin, posiblemente agradecido por los miles de mercenarios cubanos ahora mismo peleando en la guerra de Ucrania, aún nos envía barcos petroleros. Si bien cobra cara su “misericordia”: se acaba de anunciar que muchas fábricas cubanas pasarán a administración rusa. Y que en la Isla van a ensamblarse también los autos GAZ y UAZ, para venderlos a todo el hemisferio occidental. Negocio redondo… para los eslavos. No para los esclavos.

Habrá que desempolvar los libros de ruso que guardamos en los desvanes aquel ya distante 1991, tovarischs

Por supuesto, se impone un cambio de paradigmas energéticos. Quizás los autos de gasolina no son la mejor opción en el futuro cercano. Sobre todo, ahora que el petróleo escasea como nunca y los apagones parecen omnipresentes. ¿Serán alérgicas al fuel oil ruso las vetustas termoeléctricas nacionales? 

Las calles habaneras, además de llenas de baches y basura, lucen desiertas como ni siquiera lo estuvieron en lo peor de los noventa, cuando al menos había bicicletas chinas y muchos cubanos pedaleando en ellas, sin otra alternativa.

Hoy solo los vehículos eléctricos permanecen al pie del cañón. Con el litro de gasolina a 5,000 pesos (unos 10 dólares) cada vez son menos los automotores convencionales a los que les resulta rentable seguir “tirando pasaje”. Así que los costos de desplazamiento en la capital se han duplicado en cuestión de semanas. Y ni hablar de los viajes interprovinciales, reducidos al mínimo o desaparecidos por largos lapsos.

Cuba se desconecta poco a poco, pero irreversiblemente. La Habana casi ha dejado de ser una ciudad para convertirse en una serie de barrios aislados: sin guaguas ni autos de alquiler, cuesta lo indecible desplazarse entre municipios, cuando están tan lejanos que caminar no es una opción viable.

A nivel internacional, muchas aerolíneas, ante la falta de suficientes turistas interesados en visitar una isla que boquea agónica, van suspendiendo sus vuelos, antes tan frecuentes. ¡Pronto quedaremos físicamente desconectados del mundo!

Por no hablar de Pi… O sea, las ya sistemáticas desconexiones generales del SEN, el maltrecho Sistema Eléctrico Nacional. Los que pueden permitírselo, ¡esos pocos afortunados!, resuelven con carísimas tecnologías de punta: Ecoflows y paneles solares. Aunque el estado, ¡qué raro!, intenta controlar su instalación. 

¿Recuerdan aquel cuento de la rana que, echada en agua fría, no huía del balde cuando lo calentaban poco a poco, hasta aceptar con toda pasividad prácticamente ser hervida viva? ¿Los cubanos estaremos condenados a recorrer ese mismo patético camino? Soportar y soportar, sin quejarnos, ¡para no darle armas al enemigo!, hasta que ya no soportemos más… porque nos llegó el final.

Los primeros apagones nacionales largos, cuando los daños por ciclones en el 2024 y 2025, tomaron por sorpresa a la población. Pero incluso en La Habana se ha vuelto rutinaria la falta de fluido eléctrico durante ocho, doce y más horas. 

Con lógica desesperación, los capitalinos ven estropearse dentro de sus refrigeradores sin corriente la comida que tanto sacrificio les cuesta comprar. Y afrontan además una grave escasez de agua corriente, al no poder activar las bombas eléctricas que llenan los tanques de los edificios temprano en la mañana, la única hora en que el líquido vital llega por las conductoras maestras.

Los que solo disponen de hornillas eléctricas para preparar sus alimentos se enfrentan a la feroz posibilidad de tener que consumirlos semicrudos, en el mejor de los casos. ¡Porque ni hablar de las famosas “balitas” de gas! En muchas partes de la Isla ni siquiera se encuentran: han entrado al reino de lo mítico. 

Como mismo están a punto de hacerlo tantos animales en los zoológicos. Sobre todo, los carnívoros, reducidos a esqueletos envueltos en piel por falta de proteína animal: si no hay para la población… ¡Ojalá y a alguien no se le ocurra vender carne de león o de tigre!

El único y muy flaco consuelo de los cubanos es que todavía es primavera. Cuando arrecie el verano y las noches de apagón menudeen, ¿cómo pegar un ojo, entre sudor y mosquitos? ¿Se puede vivir así? 

Desde luego que sí: en África, Asia y América aún existen tribus indígenas que no conocen la electricidad, el agua corriente, ni el gas de la calle. Que se levantan al amanecer y se van a dormir al ocaso, que cocinan con leña y no tienen transporte ni internet. Viven en la comunidad primitiva, totalmente desconectados del mundo.

¿Resignarse a regresar al rústico pasado, después de que nos prometieran el futuro justo y luminoso? ¿Es eso, acaso, lo que tienen en mente nuestros dirigentes, cuando siguen pidiendo a la sufrida población cubana sacrificio y resistencia creativa, mientras un día afirman que dejarán el poder si el electorado así lo pide y, al otro día, aseguran que no se irán bajo ningún concepto?

Ojalá no sean esos los planes. Porque mientras cada vez más cubanos, y cada vez menos en secreto, suspiran porque Donald Trump resuelva sus “problemitas” con la intransigente teocracia de Irán y luego nos toque el turno, como prometió, entonces va a resultar que los más desconectados de todos, pese a sus generadores y Ecoflows y sus cuotas privilegiadas de combustible, son nuestros dirigentes.

Pobrecitos. Porque tanta desconexión les puede dar una fea sorpresa cualquier día de estos, si al pueblo cubano se le ocurre reconectar con su larga historia de lucha y dejar de ser corderos. 

A lo mejor solo se enteran cuando el estruendo de los cacerolazos resuene en sus perfectos jardines y lujosos portales. Si es que, para entonces, todavía no han tenido la inspiración de huir cobardemente con sus mal habidos millones, como hizo Fulgencio Batista el primero de enero de 1959 para librarse del ajuste de cuentas de la Historia.

Puede tardar poco. O mucho. Incluso, muchísimo, por desgracia. Pero (¡bien lo recuerdan los rusos, que no hace tanto aun sufrían siendo soviéticos) siempre acaba llegando. Tan inevitable como la muerte.