Wilson: This is Medicine, not Metaphysics!
House: Truth is Truth.
10 de octubre. Primera vez que me sedan. Dos días en el hospital con el esófago inflamado. Vómito con sangre y mala digestión. La enfermera dice: te vamos a dormir. Un cosquilleo sube por mi mano derecha, una especie de candela agradable. Cuando voy a preguntar si eso es normal, llega la Nada. Despierto. Regreso a mi casa. Empiezo a ver Dr. House.
7 de febrero. Ayuno y nueva cita con el médico. A las once de la mañana estoy con E en el hospital. Me desvisto y me acuestan en una camilla. El enfermero trata de encontrar la vena y solo lo logra a la tercera vez. A través de la ventana miro cómo dos retroexcavadoras recogen los escombros de un edificio. Me vienen a buscar. El médico me regaña por haber dejado de tomar esomeprazol. No siento a la enfermera inyectarme el sedante y me apagan antes de contestarle al médico. Despierto en otro lugar y el mundo regresa lentamente. Pregunto si pueden llamar al Doctor House, pero se ríen de mí. Todavía estoy drogado. A los pocos minutos me informan que me dieron el alta. Nos vamos a almorzar y me acuerdo de que a Arturo Belano le diagnosticaron una esofagitis a los 50 años, quizás menos. Yo lo logré a los 27.
23 de febrero. Ayer leí el escrito de una hija de Manuel Díaz Martínez —que vive en Gran Canaria después de irse de Cuba en 1992— en el que cuenta cómo su familia fue acosada por la Seguridad del Estado después del Caso Padilla. Ella sufrió una crisis nerviosa implacable y envejeció más rápido porque oía las conversaciones de los adultos.
3 de marzo. “Recordar lecturas es un poco como recordar un dolor”, Knausgård.
29 de abril. La tira crujiente del esomeprazol, las pastillas para el estómago que tomaba Belano, marca el ritmo de mi semana. Jueves, viernes, sábado. Una pastilla tras otra. Por el resto de mi vida, dice el médico.
8 de mayo. El Doctor House al Doctor Wilson: I do my meals, I pay my bills: I function.
23 de mayo. Asaltan a un cura en Santiago de Cuba para robarle una moto. El ladrón lleva un machete y le destrozan la mano, no sé si la derecha o la izquierda. Lo llevan al hospital, lo curan, le reconstruyen (la noticia utiliza ese verbo) la mano rota. No he podido quitarme de la cabeza esa mano, sangre, huesos, uñas, piel, aunque nunca la haya visto. Me duele como si fuese mía. Cada vez que ese cura escriba, coma o celebre la misa se acordará del robo y del machete.
30 de septiembre. Me quedo casi sordo del oído derecho. Ahora escucho una ligera vibración y un murmullo que no sé qué tan real es, porque lleva todo el día sonando. La lluvia tampoco me ayuda.
1 de noviembre. Nada de lectura hoy. Mucho Doctor House.
15 de enero. Un clic en la articulación del hombro al despertarme, pero tan doloroso que lo vi, lo pude ver. El hueso giratorio, los músculos, el brazo doblado detrás de la cabeza. No más digno que un puerquito. Lección de anatomía.
20 de mayo. Lo que hace Patricia Highsmith con la serie de Ripley es una historia clínica excepcional.
8 de julio. Verano. Una arenilla seca me sale de los oídos.
13 de julio. La ética del Doctor House es retorcida, pero simétrica. Cuando un niño muere por un riesgo mal calculado en su diagnóstico, acepta participar en un parto. Eso es muy caballeresco y dramático.
15 de julio. Día lluvioso. Dolor en un tobillo después de nadar ayer. El otro me lo torcí en Oviedo y aún se resiente. Me parezco al tipo al que Medea le rompió las piernas o al de los tobillos de arcilla en el Infierno. 29 años y ayer me reí de un gordo.
17 de julio. El capítulo del trompetista que perdió su aire es uno de los mejores de Doctor House. Las escenas son pequeños koan. House sana para alimentar su obsesión, que es anterior a su cólera, su bastón y sus analgésicos. El trompetista es House —de ahí el gesto de regalarle la trompeta, mientras usa el bastón—, le dice que su oficio, ser el mejor en su oficio, la genialidad, es lo que nadie tiene. Por eso el vacío se llena con la vida familiar y ordinaria. Ellos, sin embargo, tienen el genio. Lo único que nos falta, dice el trompetista, es todo lo demás.
19 de julio. Mi abuela se murió esta tarde. Nuestra última conversación, hace una semana, fue sobre las maneras de preparar el bacalao. Le enseñé mi botella de orujo de Liébana. Le enseñé la casa, los libros. Siempre estaba “loca por hablar conmigo”.
28 de julio. Doctor House es Sherlock. Doctor Wilson es Watson. Eso lo sabe todo el mundo. House vive en el 221B, como Sherlock. E observa que Holmes suena como Home y que Home es House. Debo prestar atención al arte de la miniatura en cada capítulo. Analogías. Lo que es abajo es arriba.
9 de agosto. Me meto en la bañera, dejo caer el chorro, me sirvo un poco de whisky, me fumo un par de puritos, leo La playa de Pavese. No es que la vida sea buena, es que son analgésicos. Frente a la conciencia de la pobreza, todos somos Ripley, que pide desesperado: ¡el mejor hotel, el mejor hotel!
23 de agosto. Páginas mecánicas, olvidables, que no sobrevivirán. Estoy agotado y mi mano derecha, la que teclea, duele mucho. Pasan las horas y el malestar no se va. Se vuelve compacto, estomacal, y me hace desperdiciar mucha energía.
28 de septiembre. Técnica de Doctor House: plantear una escena verosímil y luego diluir poco a poco el nivel de realidad.
1 de noviembre. Días pesados, como si el aire del planeta se me hubiera hecho irrespirable. O no irrespirable, pero sí ligeramente tóxico, como en El invencible de Lem. Una especie de ansiedad general, los ojos llorosos por la alergia, etcétera, me impiden pensar. ¿Qué queda? Un inútil que fuma, cocina, se duerme frente a una película. Un bulto humano con algo de frío.
30 de abril. Beber siempre contra algo, como Thomas Hudson.
15 de mayo. Me gusta que Cuddy aparezca en los capítulos de Doctor House. Me gusta Thirteen (Olivia Wilde). Discusión sobre estética con E. ¿Quién más me gusta? Creo que más nadie. Al final, quiero ser House, pero soy más bien Wilson. Nadie quiere ser Wilson.
6 de junio. La doctora toma mi mano y revisa cada sección del brazo. Da vuelta a mis articulaciones y chequea mis tuercas y tornillos. Me hace repetir una especie de mudras ridículos a ver dónde me duele. Debo salir de allí, vivir una semana a base de ibuprofeno y comprar una férula. Ahora escribo con ese artefacto puesto.
15 de junio. “Este es el diario del doctor Víctor Frankenstein, de Ginebra”.
16 de junio. “¿Quién podrá contra este ciego, que tiene ojos espirituales abiertos de par en par?”, papa Clemente del Palmar de Troya.
13 de noviembre. Los mejores capítulos de Doctor House son los del psiquiátrico (Broken, sexta temporada). La mujer (Franka Potente, ¡qué nombre!) tiene la capacidad de salvar a House con dulzura y con su música, pero es imposible. Voluntariamente loco, la maldición de House es la lucidez.
9 de febrero. Me duele el brazo. Si cierro los ojos y muevo la muñeca, arriba, abajo, en círculos, puedo ver cómo los nervios se iluminan, se aprietan. Duele. Me pregunto en qué medida ese dolor afecta mi humor. Hay momentos del día en que me haría falta destruirlo todo. Destruirlo, no. Es excesivo. Más bien que todo desaparezca, ver todo negro. Tampoco es la muerte, aunque en realidad nada nos ata realmente a esto. No es la muerte. Es la necesidad matemática del cero. Lo blanco, lo neutro, la desaparición. Ni siquiera es un pensamiento lóbrego. No libera, no hace nada. Con un poco de suerte, anestesia.
14 de febrero. “Hasta ahora has vivido —dicen— nadando y flotando; ven a morir al puerto. Has entregado el resto de tu vida a la luz, entrega esta parte a la sombra”, Ensayos I, 38.
20 de febrero. Me despierto con la sensación de haber recibido en sueños un mensaje secreto, pero desde luego no me puedo acordar. También recuerdo que en el sueño había algún tipo de criaturas mitológicas, cíclopes, centauros o algo así. El clima era apocalíptico. Algo se estaba acabando.
30 de febrero. Acabo con el Doctor House (última frase: Cancer is boring). Louis Prima, Enjoy Yourself (It’s Later Than You Think).
1 de marzo. Me emborracho un poco, whisky y tabaco en el parque. Voy al médico relajado y contento y, al mismo tiempo, con una tristeza total. Llego y encuentro al médico tratando de contarle chistes a su residente, una jovencita algo fea pero que, a él, un viejo, debe parecerle María Félix o Lola Flores. Me escanean el brazo. Dicen que tiene una “granulación peculiar” y que además no tengo nada. Todos los médicos ven el brazo y dicen que no tiene nada. Acabaré convenciéndome por pura repetición de que no tengo nada.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn








