¿Qué es un cuento? ¿Para qué sirven los cuentos?
Muchas y a menudo confusas son las definiciones que se han dado de este género literario. Digamos ―para evadir el problema― que un cuento es una especie de agujero. Un agujero pequeño en el tejido de la realidad.
Si usted es una de esas personas que viven satisfechas en la burbuja de su realidad, uno de esos que nunca se preguntan qué hay más allá de la punta de su nariz, o cómo fue antes el mundo, o cómo será mañana, si usted es de esos para quienes imaginar es solo una pérdida de tiempo, quizás preguntará: ¿para qué sirven los cuentos?
Y no porque le interese saber, sino para enseguida lanzarnos su amarga respuesta: no sirven para nada.
Pero ya sabemos que usted no es una de esas personas, porque esas personas no existen.
Y es que todos nos hemos asomado alguna vez a esos pequeños agujeros de palabras para atisbar otros mundos más o menos fantásticos, más o menos exóticos. Todos traemos desde la niñez una semilla de inquietud, un deseo soñador, una curiosidad por mirar a través del tejido de la realidad en que vivimos. Incluso podría afirmarse que, de cierta forma, todos estamos sumergidos en un inmenso cuento.
Porque la realidad, cada una de nuestras realidades, es justamente eso: un cuento largo y a ratos absurdo, o dramático, o triste, que hemos venido construyendo día tras día con fragmentos de otros cuentos. Cuentos que la gente nos hace, cuentos que tejemos como una esfera perfecta en torno nuestro, una esfera confortable que nos protege del vacío o del asedio de otras realidades que se ciernen sobre esta, como capas en una cebolla.
Pero los cuentos, los buenos cuentos, son ventanas en esa red que de tanto proteger nos asfixia y que, en su celoso afán de confortarnos, no hace sino engañar.
Los buenos cuentos son agujeros y son también espejos, raros espejos que nos permiten descubrir, reflejado en el ajeno rostro de un personaje ficticio, algo de nuestro propio rostro: agradable o no, pero en todo caso revelador, porque todo cuento nos deja siempre algo, una duda, una sorpresa, una sacudida que nos aguza la atención. Porque hasta el más simple y breve de los cuentos es más que un mero pasatiempo, es una llamada de otro mundo.
¿Y qué es entonces un libro de cuentos?
Es un puñado de minúsculos agujeros a través de los cuales nos llega la luz de otro lugar, un lugar distante y distinto, aunque, paradójicamente, cercano y reconocible. Un puñado de agujeros que son como estrellas en la oscuridad de la noche, como una constelación de escenas fugaces, de vidas lejanas que, no obstante la lejanía, sufren, añoran y aman lo mismo que nosotros.
Un libro de cuentos es una colección de fragmentos, destellos de mundos, momentos en la existencia de seres que son a la vez remotos y próximos, a un tiempo posibles e inauditos, absurdos tal vez, o alegóricos, o quizás tan realistas en su reflejo de esos mundos ficticios como una fotografía instantánea, pero siempre reveladores de algún modo, siempre iluminando ―aunque sea tangencialmente― una zona de nuestra propia realidad.
Porque un buen cuento es siempre una imagen en la que reconocemos parte de lo que somos, o acaso de lo que podríamos ser, o lo que hay en común entre nosotros y el resto de los humanos, sin que importe demasiado el tiempo o el lugar donde vivan, o cómo actúen, cómo piensen: mientras más distantes estén, más interesante nos resulta descubrir cuánto se parecen a quienes vivimos aquí y ahora, y mientras más diferentes sean de las personas que conocemos, más curioso se nos vuelve lo que somos como especie, más flexible, y más abierto el final de ese largo y enrevesado relato que es la historia humana.
Así, todo cuento es siempre un puente tendido entre una y otra realidad. Y al andar sobre esos puentes, al leer o escuchar esas historias ―creíbles o no―, vamos empujando los muros del mundo que habitamos, ensanchando el espacio de nuestra propia casa, encontrando ―o abriendo― en el laberinto de nuestras vidas nuevos corredores hacia sitios que ayer ni siquiera imaginábamos que podían existir.
Cada espacio, cada ser que hallamos en esos caminos nos regala una opción, una alternativa, un modo de actuar o pensar que quizás hagamos propio o quizás no, porque a veces los personajes yerran, o son crueles, o la ardua encrucijada en que se debaten los empuja hacia un destino terrible.
Mas incluso en esos casos nos queda en la memoria el dolor de quienes sufren, y ese dolor, como sabemos, también alumbra e inspira: nos hace sensibles, atentos a la compleja figura de la que somos parte y en la que cada cual juega un papel como personaje y acaso como coautor, pues todos somos capaces de modificar siquiera un poco nuestro relato, de incidir en lo que ocurre en derredor, de aumentar o reducir en alguna medida el sufrimiento de los demás, y el nuestro, en dependencia de cómo actuemos.
Los cuentos también nos enseñan eso: que somos no únicamente personajes de una historia, sino también ―en parte― sus autores. A imaginar posibles rumbos para esa abigarrada historia colectiva, pero siempre personal, y a hacerla realidad, nos ayuda leer, escuchar lo que otros seres nos dicen de sus vidas, de su manera de ver, de los mundos que existen más allá de esos minúsculos agujeros de palabras que son los cuentos.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn









