M:. era el maestro de ceremonias de la logia cuando yo era niño. Él era quien me dejaba jugar en el templo, con espadas flamígeras y mandiles desbaratados por el comején. Yo le pedía que me abriera la reja, una reja enorme y ruidosa cuyo chirrido metálico me viene a la memoria sin dificultad, y entraba a ese mundo.
M:. me prestó las liturgias de aprendiz, compañero y maestro —los tres primeros grados de la masonería— para que yo las leyera y se las devolviera lo antes posible. Cuando cumplí once o doce años, M:. señaló la foto de mi bisabuelo con espejuelos, traje y lazo que había en una pared de la logia, la pared dedicada a los viejos maestros, todos muertos ya. Habían sido sus amigos.
En el pueblo a M:. lo conocían por ser el líder de los Derechos Humanos, dos palabras que bastaban para aterrorizar a mi madre. Una mañana la casa de M:. amaneció con letreros pintados con brea (Viva Fidel, Viva Raúl, Vivan Fidel y Raúl). Él no los borró.
Pasaron los años. Entré a la universidad y supe que M:. había muerto de una forma bastante truculenta. Había dos versiones. La primera decía que se había resbalado de alguna manera en su patio. La segunda, que había subido a un árbol de su patio, se cayó y se partió la cabeza.
Ambas versiones se mezclaban en el recuerdo que yo había fabricado para la muerte de M:., el viejo caía del árbol y se resbalaba simultáneamente, su cabeza —la misma cabeza que yo llevaba años viendo, mientras tecleaba en la máquina de escribir de la logia, por una ventanita cuadrada— se abría en dos, crac, y en ese estado lo examinaban los detectives.
Conocí a otro masón, L:., hijo de mi profesora de matemáticas. L:. tenía unos años más que yo, sonreía, le gustaba dormir en el sofá de su casa, que era muy humilde. Yo me enfrentaba a ecuaciones y logaritmos y él dormía, ¿roncaba?, creo que roncaba. Un día lo vi vestido de militar. Su carrera en las Fuerzas Armadas acababa de empezar y lo perdí de vista.
La logia estaba frente a mi casa. Los viernes los masones se reunían para la sesión y yo los veía sentados en el portal, fumando, o en el vestíbulo jugando dominó. Dominó y masonería, relación extraña. Desde la sala de mi casa se podía espiar sin dificultad a los masones y yo, niño curioso, me escondía detrás de la ventana, mientras ellos se ponían los mandiles y entraban al templo. ¿Qué hacían allí? Era secreto. Era mi primera relación con el secreto.
L:. entró una noche a la logia y pensé que algo grave estaba pasando. L:. era militar y yo sabía ya desde entonces que la llegada de un militar a cualquier lugar equivalía a una aparición diabólica. Pero L:. entró, saludó a todo el mundo y volví a perderlo de vista. Estoy bastante seguro de que esa noche tuvo lugar su iniciación.
Para iniciar a alguien como masón esa persona debe ser “un hombre libre y de buenas costumbres”. ¿Era L:., el militar, un hombre libre y de buenas costumbres? Lo único que yo sabía de él era que dormía y roncaba, roncaba mientras yo resolvía ecuaciones inútiles. Gracias a M:., gracias a las liturgias que me había prestado, yo sabía lo que le estaban haciendo a L:. para iniciarlo.
A L:. le habían vendado los ojos y amarrado las manos, y luego había bajado las escaleras ocultas —yo tenía prohibido asomarme a ese lugar— hacia el Cuarto de Reflexiones. Me reí, pensando en el susto que se daría al ver el esqueleto y los letreros de advertencia. Si la curiosidad te condujo a este lugar, retírate.
¿Qué conducía a L:. a la logia? Sin duda, no la curiosidad sino la Seguridad del Estado, la interminable infiltración de la Seguridad del Estado en las logias, que nunca había acabado pero que en aquella época —hace quince años— volvía a tomar fuerza.
L:. se habría asustado o no, lo habrían vuelto a vendar y en ese momento subía al templo conducido por el maestro de ceremonias. Caminaba entre las columnas Jakín y Boaz, oía el ruido de las espadas, emprendía los “viajes” místicos del iniciado.
Seguramente, tendría que estudiar los símbolos básicos. Gramática, retórica, aritmética, lógica, geometría, astronomía, música. Vista, oído, gusto, tacto, olfato. Toscano, dórico, jónico, corintio, compuesto. Arriba, el cielo. Debajo, baldosas blancas y negras. Hércules, Minerva y Venus. ¿Sois masón? Mis hermanos me reconocen por tal. Un anillo, un brochecito, una contraseña, un apretón de manos. ¿A qué mundo entraba, sin necesidad de que nadie le abriera la reja, el agente L:.?
Volvieron a pasar muchos años antes de enterarme que L:. estaba preso. Preso por corrupción. Preso por haberle hecho algo no a la masonería, como tenía encomendado, sino a las Fuerzas Armadas. Un traidor al ejército. Y la traición en el ejército se paga con la muerte, decían los militares.
También era masón R:., de quien nunca supe el oficio. R:. era un tipo bastante extraño. Nunca le vi los ojos porque usaba perpetuamente, incluso bajo techo, unas gafas negras. Había estado preso. Le gustaba leer, tanto en la cárcel como en la calle, y me prestó algunos libros de masonería.
“Soy lo que se llama un masón dormido”, me dijo R:. una vez. “Pertenezco a la masonería pero, como estuve preso, me dormí, estoy dormido para ellos. Se dice así, un masón dormido”.
No sé a ciencia cierta por qué R:. estuvo preso. Me decían que era por robar o por matar a alguien accidentalmente. Como yo era niño, me imaginaba que el asesinato accidental de R:. había sido perpetrado con una espada ceremonial flamígera, como la que yo usaba —de hierro o aluminio, pesada como un bate— para jugar. A la larga, volvió a la cárcel, no sé si por otra puñalada casual o esta vez sí por robar.
Pienso en los masones que he conocido, en M:., L:. y R:., en muchos otros. En el secretario de la logia, un hombre impecable y fumador de puros. En el plomero del pueblo, que me enseñó un grabado del rito escocés y el rito de York, un grabado que yo intenté reproducir y ahora no sé qué fue de ese dibujo.
Pienso en mi bisabuelo. En el amante de una vecina mía de quien supe, por casualidad, que era de la orden. En uno que se fue al extranjero y allí se paró en una esquina a hacer las señales secretas de socorro y fue socorrido. Pienso en los masones dormidos y en los masones despiertos.
Para ser masón hay que tener veintiún años y que nadie te obligue. Los viejos de mi pueblo me preguntaban una y otra vez si ya tenía veintiuno y yo siempre les respondía que me faltaban cinco, tres, un año. Entré a la universidad, me alejé de ellos y de ese mundo y, cuando me encontraba con alguno, le mentía sobre mi edad: tengo veinte, siempre tendré veinte, ni uno más.
Pero me bastaba entrar al templo (ellos no son religiosos, pero tienen templo) y tomar una de las espadas (ellos no son caballeros, pero tienen espadas flamígeras y sables con un león en el pomo o escuálidas espaditas de palo) y amarrarme clandestinamente a la cintura el mandil que estaba escondido junto a la cabeza de Juan el Bautista. Y entonces la máquina del tiempo se activaba no hacia adelante, hacia los veintiuno, sino en retroceso hacia los ocho o quizás los once, no sabría decir la edad que uno tiene cuando le gusta jugar con espadas.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.













