Cuento navideño.
Orlando Rojas tuvo la grandeza de no detenerse en la peripecia social y cultural del castrismo esterilizador. Su película llega a la intensidad de la poesía y la aniquilación humana.
Para que alguna voz de mujer exclame desde lo más profundo de su impotencia y su necesidad: “pongan la corriente, repinga”.
El barrio que me acogió en los noventa, boquea, respira con dificultad y el deterioro busca adueñarse de cada grieta.
Lo escandaloso no es que Ignacio Giménez haya engañado a un pueblo extenuado. Lo que estremece es que el pueblo necesitara creerle.
El ODC alerta sobre el menoscabo progresivo del patrimonio inmaterial cubano producto de una alteración en las prioridades de su salvaguarda.
Me llamo Kino. Soy de color barcino. De dónde vengo, no recuerdo. Aquí llegué y me planté. No será mucho, pero me basta.
Para todos los artistas cubanos que, durante décadas, han sido y siguen siendo estigmatizados y excomulgados.
Con la muequita chula de Mijaíl Serguéyevich se infiltró en Cuba todo el cinismo escéptico que quedaría flotando en la Isla cuando su Aeroflot oficial despegó. Una estela de soledad supersónica recorrió entonces nuestros esqueletos enclaustrados en La Habana.
¿Quién no ha sido víctima de una pasión insana? La persona que no ha pasado por esto, que lance la primera piedra.
La crisis alimentaria en Cuba se agrava con medidas gubernamentales, como la bancarización, impactando especialmente a los más vulnerables.
El mercenarismo moderno, con sus empresas militares privadas de alta tecnología, reconfigura los conflictos mundiales. Sin embargo, a medida que prosperan, surgen acuciantes cuestiones éticas que cuestionan la rendición de cuentas, la guerra con ánimo de lucro y la lealtad.
En medio de la invasión rusa de Ucrania, la enigmática letra “Z” emerge como un potente símbolo que evoca fervor, desafío y misterio en la narrativa en evolución de la guerra.
México intensifica las medidas contra el acceso de inmigrantes a los trenes de mercancías, en un contexto de aumento del tráfico fronterizo con Estados Unidos.
“No tocar” a Fidel Castro, como ordena el mandato estatal, supone mantenerlo en un circuito público controlado donde no tiene lugar la crítica; un circuito higienizado y “securitizado”, a prueba de riesgos, atravesado por la retórica de la amenaza y el control de daños.