Chantal vivió doce años en Cuba. De 1968 a 1980.
Conoció a todo el mundo, se sabe todas las historias, vivió en primera persona las subtramas del millón de traumas que todavía hoy embisten una cultura, una subcultura, un lenguaje.
O no.
A lo mejor ya no queda nada.
Ni cultura, ni cicatriz, ni testimonio que escape del tedio.
Un colapso de dimensiones micénicas seguido de una Edad Oscura, que es otra forma de hablar (si acaso estoy hablando de algo) del apagón sin fin que llevamos dentro y transportamos de un sitio a otro sin darnos cuenta.
Yo lo he traído a París.
Laura, la amiga que me presta un piso en Pigalle, me anima a preguntarle cosas a Chantal. Ya me ha puesto sobre aviso de que es la viuda de José Triana y habla un español perfecto.
—¿Cómo era Reinaldo Arenas? —es lo único que se me ocurre preguntar.
Y acto seguido me siento ridículo, idiota, fuera de lugar. Una infinita Hemeroteca de Babel ya ha respondido extensamente a eso. Y a todo lo demás también.
¿Cómo era quién? ¿En serio? ¿Tú? ¿A estas alturas?
No soy yo la persona que debería estar aquí, está claro.
—Era una persona difícil —resume Chantal.
Cena en casa de Laura. Hablamos de la Odisea de Nolan, que yo acabo de ver en el multisalas Pathé Wepler con los subtítulos en francés distrayéndome del audio original. Maldita manía de la lectura, de intentar leer una lengua que no lees, incluso en la oscuridad de un cine.
A Chantal le gustó la película. A mí no.
En la escena las sirenas, con Matt Damon atado al mástil y llorando, tuve la certeza de que ahí no había actuación. Sufría de verdad. Lloraba en serio. Narraba otra voz en off, nunca guionizada.
Nolan vio cuatro videos de divulgación histórica en YouTube y leyó en la Wikipedia sobre las invasiones de los Pueblos del Mar en el Mediterráneo oriental y no se conformó con hacer que Damon, al volver a Ítaca, le dijera a Anne Hathaway: “La Edad de Bronce está llegando a su fin”; también le hizo aclarar: “los Pueblos del Mar somos nosotros”.
Toma, Penélope. Después de tanto teje y desteje. Editorial por tu cara.
“En la época de Homero eran visibles para cualquier viajero las ruinas de lo que habían sido en otros tiempos las sólidas murallas de Troya, que dominaban el Helesponto”, recuerda Caroline Alexander en La guerra que mató a Aquiles (Acantilado, 2009). “Los principados griegos que según el poema participan en la guerra también existieron. Sus ruinas resultaban visibles para cualquiera”.
El Odiseo antibelicista de la Odisea de Nolan se anticipa en varios siglos a esos restos arqueológicos del Bronce mediterráneo desperdigados por ahí y por alguna razón se ve obligado a vincularlos a una guerra inútil que, en palabras de la también antibelicista Caroline Alexander, “no modificó ninguna frontera, no ganó ningún territorio y no sirvió a ninguna causa”.
Lo mismo se podrá decir de la Odisea.
La película, no el poema.
Por cierto, el cine donde me aburrí esperando que aparecieran la Helena Nyong’o y la testosteronizada Ellen Page está frente a la Place de Clichy, que es justo donde empieza Viaje al fin de la noche, de Céline. Aquí es donde Ferdinand toma la decisión de enrolarse en el ejército.
El primer capítulo del libro de Alexander se titula “Las cosas que llevaban”, en referencia al libro de cuentos de Tim O’Brien sobre la guerra de Vietnam. Título, The Things They Carried, que Anagrama tradujo en su habitual modo subrayado para dummies: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon.
Tras el fin de una era, con el famoso caballo de madera ya hecho carne de leyenda y erudiciones futuras, ¿qué se llevaron consigo los llamados Pueblos del Mar, o al menos una parte de ellos?
Leo en La guerra que mató a Aquiles:
“Como en Troya, algunas poblaciones micénicas intentaron reconstruir los emplazamientos devastados, regresando a los escombros de lo que habían sido sus hogares en busca de lo que quedase de los almacenes, los santuarios y las murallas dañadas; pero al igual que en los desastres modernos, los que contaban con medios para mudarse a otro lugar lo hicieron. […] Los migrantes micénicos dejaron atrás su tierra, sus ciudades y las tumbas de sus antepasados. Llevaron con ellos todo lo que fueron capaces de transportar de sus vidas anteriores, o así cabe suponer, porque eso hacen todos los refugiados, hasta la época actual. Pero había muchas cosas que no podían preservar, posesiones que se evaporaron al desintegrarse su civilización: la escritura, por ejemplo, se esfumó, y no reaparecería hasta casi quinientos años después”.
¡La escritura se esfumó!
Es lo único cierto que leerás en este post.
El Lineal B de aquellas tablillas es el Lineal B de las tablets migrantes de hoy. Yo también tuve una. Que también se esfumó.
Lo único cierto es que dentro de quinientos años yo no estaré aquí.
Dentro de cincuenta años, menos todavía. Y ustedes tampoco.
Al final de la cena, ya avanzada la noche, Laura me pide que acompañe de regreso a Chantal. Ella nos dice que no hace falta, el barrio es seguro. Pero Laura evoca un Pigalle multiétnico, zona rouge, molino de putas y malandros. Alguna capa de aquel barrio ya extinto se desliza en silencio todavía. Ha tenido que ser.
Acompaño, pues, hasta su casa, a la viuda de Pepe Triana, el autor de La noche de los asesinos. Son unas pocas cuadras caminando. Llegamos en unos minutos y Chantal me invita a pasar.
Me presenta a su perra salchicha, Juliette. Me enseña su biblioteca. Me regala un libro: una antología de poemas de su difunto esposo titulada Voltes du miroir (Vueltas al espejo).
Vuelvo a tener la sensación de que no soy yo la persona que debería estar aquí, ahora.
(Yo vine a París porque me prestaron un piso y porque existen aerolíneas low cost y porque quería que mi hijo viera el péndulo de Foucault —el Foucault bueno, el original— que se exhibe en el Musée des Arts et Métiers. Solo por eso. Y mañana regresaré a Valencia convencido de que este es mi último viaje fuera de España en, al menos, quinientos años).
Voltes du miroir se inspira en la Poesía completa de Triana, publicada en 2011 por Aduana Vieja. La edición es bilingüe: páginas impares, original español; pares, traducción al francés.
Mi vista se descoloca por un instante: estoy acostumbrado a la disposición contraria. A pesar de todo, me gano la vida maquetando este tipo de libros, sin saber leer ninguno.
Maldita manía de los subtítulos en todas las pantallas, incluyendo esta.
Abro el volumen al azar y leo de golpe unos versos de Golpe de sombra, libro fechado en 1969. El poema se titula “Avisos”:
Toda palabra delicada
insinúa una trampa. Omítela.
Acepta los vituperios,
los insólitos escombros
que orillan tu calle.
Acepta el minuto de la desesperación
y los sueños que abochornan
tu insomnio.
Acepta el caos
que acaricia tu aniquilamiento.
Esto que acabo de copiar aquí es lo primero que leo de José Triana en mi vida.
—Voy a sacar a Juliette —avisa Chantal.
Empieza a hablarle a la salchicha en francés. Le pelea en francés a la perra inquieta, que no se deja poner la correa. La salchicha entiende más palabras en francés que yo.
Se me ocurre que los personajes de La noche de los asesinos tienen nombres de perros: Lalo, Cuca, Beba…
Pero son bisílabos de una lengua muerta. Inscripciones de un alfabeto desaparecido. Mitología de un colapso que escombró murallas.
Estas tres últimas frases (y los tres perrunos nombres, también) ya me cansan, me obstinan, me aburren más que el Cine en mayúsculas (y que el Teatro, porque también son teatro). Mejor omitirlas. Hagan como que no las leyeron.
Salimos nuevamente a la calle y, mientras sigo los pasos de Juliette, que a su vez sigue los ritmos de su olfato, pienso en Perro cubano (Ediciones Incubadora, 2025), el libro de Carlos Lechuga que le he regalado esta noche a Laura. Quizás debí haber traído otro ejemplar para Chantal.
En Perro cubano, Lechuga recuerda sus días como paseador de perros en Madrid. Cuando el perro que tiene a su cargo hace caca, él debe recoger la caca y meterla en una bolsita. De lo contrario, le pueden poner una multa por ensuciar el espacio público.
La civilización ahora es eso. Las capitales europeas aceptan más refugiados que mojones en sus parques o cerca de las puertas de sus casas.
Lechuga se niega a recoger la caca del perro. ¿Por qué? La razón hay que buscarla en un libro suyo anterior, titulado Esta es tu caca, Fidel (De Conatus, 2024).
Sí, ya sé que hay una errata en el título. Pero el título del libro es ese. No hay otro. Lechuga lo sabe.
Esta es tu Ítaca, Fidel, hubiera sido quizás el título de un escritor de otra generación. Quizás la del Mariel. O quizás la del otro Mariel, generación de las páginas impares frente a las pares, generación insiliada.
Los eddycampamentos en otras playas mentales. Sin una sola ninfa Calipso pero, eso sí, con mucha droga. Estos entresijos de palabras ya me dan igual.
Estoy esperando a ver si Juliette hace caca. Estoy esperando a ver si Chantal recoge la caca. Pero Juliette no hace nada. Solo pasea y olfatea, pasea y olfatea. Yo la observo admirado. Es una perra, pero es todos los perros. Es una salchicha, pero no tiene raza. Es un animal, pero no tiene especie.
Tampoco tiene país. Ni edad. Lleva en el hocico todos los genes de la evolución y su piel recuerda el calor de las primeras hogueras que encendieron los primeros cazadores nómadas. Está fuera del tiempo. Será para siempre, como esta sombra parisina que su vista desnuda mucho mejor que mis ojos humanos.
La noche sí será eterna, pienso, ¿por qué no habría de serlo?
¿Quién lo va a impedir? ¿Ustedes? ¿Nosotros?
Desde Kafka, sabemos que el canto más poderoso de las sirenas es la ausencia del canto: su silencio. Háblame, musa, de las cosas que NO llevaban los hombres que NO lucharon.
O mejor: ya no me hables. No seas tan musa. Cállate.
Y me callo.
Me despido de Chantal con un abrazo y un último cruce de palabras sobre Cuba (¿pasado?, ¿presente?, ¿futuro?) carente de toda importancia. No creo que volvamos a vernos.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










