‘El negrero’. Una novela total 

La “biografía novelada” de El negrero: Vida Novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava de Lino Novás Calvo narra el devenir del andaluz Pedro Blanco Fernández de Trava (Málaga, 1795 – ¿…?). Su vida transcurrió desde la pobreza y la rebeldía en la niñez y la juventud, al empoderamiento a través de la piratería y el tráfico de esclavos.

Sujeto calculador, taimado, sagaz y práctico en cada empresa que llevó a cabo, fundó un pequeño gran imperio de la trata negrera con sus factorías en los islotes del río Gallinas, en la costa oeste de África. Fue uno de los mayores traficantes de esclavos de África occidental entre 1820 y 1830. 

La novela El negrero padeció un complejo destino crítico. Fue ignorada durante décadas, borrada del canon cubano tras el exilio del autor en 1960 y reivindicada luego cual obra seminal de la literatura no solo cubana, sino en el ámbito hispanoamericano. 

Novás Calvo construyó una narrativa que articuló el archivo histórico con la fabulación novelesca. Además, le otorgó una estética visionaria toda vez que anticipó lo “real maravilloso”, descrito años más tarde por Alejo Carpentier. Su protagonista, Pedro Blanco Fernández de Trava, emerge cual antihéroe romántico; su moral, psicología y la geografía del itinerario de este negrero y pirata conectada a la política permite explorar la modernidad atlántica del siglo XIX.

Tras la invitación de Antonio Marichalar y la Editorial Espasa-Calpe en 1932 para escribir una historia sobre la piratería que sería incluida en la colección “Vidas extraordinarias”, Novás Calvo, acudió a diversas fuentes, entre ellas la biografía del capitán Theodore Canot (o Theophilus Conneau), publicada por el periodista norteamericano Brantz Mayer en 1854. 

La novela no es únicamente una biografía ficcional, revela las dinámicas del comercio esclavista, los mecanismos de violencia colonial, la circulación transimperial del capital y la complejidad psíquica de los personajes involucrados en la trata.

Cabe precisar que las memorias de Theodore Canot y las del capitán Gabriel Stedman devienen material fundamental para la escritura de un libro que, a pesar de la etiqueta “biografía novelada”, debe entenderse como “novela total”. Para Vargas Llosa, se trata de un tipo de obra que constituye una “esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes”. 

Stedman describe la trata negrera en la segunda mitad del siglo XVIII. Canot, por su parte, la describe, pero circunscribiéndose a la primera mitad del siglo XIX. Visto así, la noción de escritura estrictamente biográfica comienza a dar paso a una “contaminación” proveniente de la escritura de un texto de ficción. 

Para Alberto Garrandés, Novás Calvo “lee a Canot, que a su vez habla de Pedro Blanco. Y cuando escribe su novela vemos a un Canot leído y casi vampirizado por Pedro Blanco”. En este proceso no solo se recrea la vida de Pedro Blanco, además se completan ciertos instantes de su devenir, información que no aparece en los documentos históricos.

Novás Calvo narró las venturas y desventuras de un sujeto que algunos investigadores catalogan como héroe romántico. En la adolescencia, Pedro se enamora de su hermana Rosa. Ese amor adolescente es a un mismo tiempo filial y carnal. Al ser descubiertos por el padrastro, Pedro debe huir de su casa de Málaga. Está obligado a dejar atrás a su hermana, a la que deja embarazada; también debe abandonar a la madre de ambos. El incesto marcará el inicio de un largo periplo que lo llevará del Mediterráneo a las Antillas. 

A lo largo de este periplo, la hermana será una ausencia que pesará en la soledad de Pedro Blanco, negrero y pirata capitán de una pequeña flota. Sí, hombres que asaltan otros barcos. Que saquean y roban una carga de hombres y mujeres confinados en las bodegas y cuyo destino son las haciendas en las fértiles tierras del Caribe. 

Pedro Blanco participa en el tráfico trasatlántico de esclavos destinado a Cuba a pesar de la abolición de la trata. En su imperio en río Gallinas interactuaron europeos y africanos, donde sujetos asentados en el litoral guineano, con no poco poder, pusieron a disposición de los europeos una atroz cifra de mano de obra esclava. 

En río Gallinas le llamaban el Mago-Espejo-Sol. Tenía a disposición un harén de bellísimas mujeres y, por estrategia de orden comercial y de poder y control, se casó y tuvo varios hijos con la hija de Cha-Cha, el portugués Félix da Souza, llamado por sus contemporáneos el Príncipe de los Negreros. 

Pedro Blanco le escribe cartas a su hermana. Cartas que no envía. Cartas que suplen la distancia, la ausencia, las conversaciones que con ella no tiene. Los recuerdos que de su hermana posee constituyen otra variante de encuentro. Pasarán de la virtualidad a la concreción cuando manda a buscar a Rosa, su hermana, “una mujer invadida por los rezos, por una religiosidad doliente, por una tristeza contumaz, y la trae a sus dominios africanos, y pasa las horas con ella, que se entretiene con los hijos de Pedro, capaces de calmar el horror que siente ante el ámbito lacustre, de padecimiento y ferocidad, que la rodea”.

A pesar de que algunos críticos conciben a Pedro Blanco como un héroe romántico cuya vida fascina al mismo tiempo que repele, su propia naturaleza me obligan a catalogarlo cual verdadero antihéroe romántico. 

Sujeto siempre apasionado tanto en su vida privada como pública, decidió traer consigo a su hermana una vez establecido en río Gallinas; ya detentaba el máximo poder en ese pequeño gran imperio donde, con fines comerciales, bélicos y defensivos, hizo gala de la táctica y la estrategia, de conocimientos relacionados con la física, la administración y la tecnología. 

No por gusto lo llaman el Mago-Espejo-Sol. No solo se trataba del poder a través de las alianzas, la venta de armas y las confrontaciones entre reyes que el propio Pedro Blanco fomentaba. Las tardes de Rosa y Pedro Blanco transcurrían en una extraña compañía, mirándose, sin intercambiar palabras. Rosa, mujer enferma, que cuida de los sobrinos, muere. El cadáver momificado de la hermana, al más puro estilo egipcio, lo acompañará en sus días de locura en Barcelona. 

Allí compra un caserón rodeado de altos muros y es atendido por criados. Pedro Blanco, instalado en ese modo de ser típico de un héroe romántico, atenazado por la locura, decide no probar bocado alguno. Inanición, enfermedad, locura, delirio. Y fallece. De su muerte no hay datos fidedignos. Se afirma que murió en Barcelona en 1852. Otros registros apuntan a Génova y al año 1854.

Como señala Garrandés, la tradición de un escritor no proviene de la nación ni de la historia territorial, sino de aquel conjunto de textos que la vida le permite leer. Novás Calvo pertenece a una tradición transnacional: traductor de autores anglosajones como Faulkner, Hemingway o Huxley, corresponsal en España en los años 1930, y partícipe en la Guerra Civil. 

Esta apertura cultural le permitió romper con las formas costumbristas predominantes en la narrativa cubana del periodo. Creó una obra narrativa muy singular, “mágica y salvaje a un tiempo, subterránea y marginal, impulsiva y fundacional”, al decir de Cira Romero.

Su decisión de abandonar Cuba en 1960, luego del triunfo de la Revolución Cubana, condujo a su borramiento del panorama académico nacional. Su obra no está marcada por un tono desgarrado del testimonio del exilio, cuyo vínculo con el país de adopción no persigue la asimilación cultural.

Novás Calvo no aparece en los recuentos del pre-boom latinoamericano, pese a que su obra anticipó el salto de lo local a lo universal que caracterizaría a Rulfo, Onetti o Carpentier. La marginalidad de Novás Calvo contrasta con su importancia estética. Cabrera Infante lo situó entre los maestros del cuento americano, junto a Borges, Quiroga, Bioy Casares y Rulfo.

Tras una lectura detallada de la novela, encontraríamos fragmentos que anticipan lo real maravilloso: “El cielo era inefable, el infierno no. Pedro veía claramente el infierno en su imaginación, pero nunca pudo ver el cielo. Aquello despertó en él un laberinto de sombras y claros que lo hacían estremecerse. Todas las noches, al acostarse, veía bajar, al cerrar los ojos, una catarata de tierras, casas, árboles y gentes; veía ojos sueltos, bocas abiertas, pies con alas, un apocalipsis”. 

Este registro visionario expresa no solo la subjetividad de Pedro Blanco, sino también una sensibilidad cultural híbrida. Ana Gloria Chouciño explica que para Novás Calvo los personajes negros poseen una conexión espiritual con la naturaleza, un lenguaje mágico capaz de prever huracanes y presagios. 

Este enfoque, que el propio autor denominó “realismo poético”, y los críticos de la época “realismo maravilloso americano”, articula emociones, mitos, espiritualidades y tensiones coloniales. Su estilo, con una notable carga neobarroca y descripciones marítimas de alto grado de precisión y abundancia, influyó decisivamente en Alejo Carpentier, quien leyó El negrero antes de escribir El reino de este mundo.

En la novela, los únicos personajes que no tienen voz son los sujetos racializados y esclavizados que, transportados en las bodegas de los barcos, son mezclados sin importar el lugar de procedencia para impedir la comunicación y, por consiguiente, cualquier forma de agencia individual o colectiva que conduzca a un motín. 

¿Se trata de un habla aún no asimilada, inútil para entablar verdaderos diálogos, el plañir, el habla imitada que solo sirve para la queja, para lamentar un destino horroroso? ¿Esa voz o silencio rotundo es una “voz tácita”, el “habla del buque”, el “habla del barracón”, sonido deforme e inhumano que reproduce la insensibilidad del negrero y del hombre occidental? 

Intuyo que la estrategia de Novás Calvo es un recurso estilístico. Nos sitúa ante una babel de lenguas o dialectos desterritorializados de manera forzosa. Y nos conduce al sojuzgamiento de esos individuos, a la racialización, la cosificación, a la pura condición de la bestia. 

La esclavitud es una forma de tecnología y los cuerpos son menos que seres humanos. Cual piezas de un enorme mecanismo con fines productivos (produce mercancías —productos agrícolas y otros cuerpos esclavizados a través del parto—, dinero, poder económico y político), al “fallar” por enfermedad o muerte son fácilmente reemplazables por otros cuerpos-piezas que se pueden sustituir en una operación de compraventa. 

Pedro Blanco participa de la trata, con lo cual su visión del otro no es diferente. Para este negrero, escuchar al otro, entenderlo, dialogar con él, no será más que una estrategia y solo se pondrá de manifiesto con ese otro que detenta el poder. 

Traficante, pirata, suerte de empresario que apela tanto al espacio marítimo como a los territorios de ultramar pertenecientes al imperio español e inglés —donde la ley y el control resultaban insuficientes o nulos—, la figura de Pedro Blanco se ubica en una zona indefinida o gris entre la legalidad y la ilegalidad, teniendo al Atlántico como espacio de comercio y crimen, aparentemente sin ley, y esencial para los imperios. 

El negrero nos sitúa en una serie de operaciones terrestres y marítimas que fueron, simultáneamente, criminales y funcionales al sistema colonial: la trata era oficialmente prohibida, pero su práctica continuaba con la complicidad de ciertas autoridades coloniales y de las metrópolis. El doble estatus en el que operaban los negreros —delictivo y necesario— permite explorar cómo el imperio creaba zonas de excepción jurídica para sostener su economía.

Cuba fue el destino esclavista más importante del Atlántico, después de Brasil. Pese a la prohibición de 1820, entre 1821 y 1870 llegaron a la Isla entre 200.000 y 470.000 esclavos africanos. La trata clandestina generó ganancias estimadas en 61 millones de dólares entre 1820 y 1867. 

El sistema colonial español dependía de la corrupción administrativa, los sobornos y el uso de poderes notariales falsos para legitimar desembarcos ilegales. La corrupción a escala general fue una característica definitoria de la administración colonial española durante el siglo XIX cubano; esencialmente, devino forma indirecta de beneficiarse del comercio ilegal de esclavos. Sin embargo, fueron los comerciantes quienes obtuvieron mayores beneficios de ese comercio ilegal. 

El negrero, una novela total, incorpora estas tensiones geopolíticas mediante una cartografía que incluye Málaga, Cádiz, La Habana, África occidental y el Atlántico como espacio narrativo.






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