Cuba: Un aniversario decisivo

A 124 años de que Cuba se estrenara como nación independiente, su situación no puede ser peor: un Estado claramente fallido incapaz de garantizarles a sus ciudadanos la mínima precariedad. 

La revolución que, encabezada por un puñado de rufianes asaltó el poder en 1959, ha reducido a ruinas un país próspero y ha envilecido hasta la deformación a un pueblo noble. No hay crimen que se le iguale en toda la historia de América. 

Las últimas medidas —y amenazas— del gobierno de Estados Unidos han reavivado las esperanzas de los que nunca nos hemos conformado con el brutal secuestro de la libertad y con la imposición de un régimen inepto y cruel, que no cuenta con ninguna credencial que justifique su existencia, ni ahora ni nunca antes, ni siquiera en el mero principio.

La revolución cubana y sus 67 años de oprobio no tienen exculpación, pese a los muchos argumentos que han esgrimido los portavoces del comunismo cubano y sus apologetas en el resto del mundo. No se trata de un proceso que se desvió, de un proyecto que no cuajó o de una “revolución traicionada”, sino de una malvada y delirante operación de ingeniería social dirigida por una familia mafiosa. La tiranía cubana —que se ha aferrado al poder en medio del desastre económico y el descrédito político— no tiene derecho a existir.

Hay que afirmar —alto y claro— que el castrismo es una monstruosa aberración, que Cuba no necesitaba esa revolución, que el sistema político que le precedió —particularmente el gobierno de Fulgencio Batista— era infinitamente más justo, libre y próspero que todo lo que vino después, que la revolución fue una desgracia inducida por al menos un cuarto de siglo de propaganda demagógica.

Por otra parte, el pueblo cubano hace mucho que se declaró impotente de promover cambios sustanciales en el entramado político. Si en algo ha sido exitosa la gestión totalitaria ha sido en inculcar en la psique del pueblo que el régimen es inamovible. De ahí que la mayoría de la gente haya optado por huir o por reducirse a pasivos observadores de la desgracia colectiva. 

El escepticismo es uno de los subproductos más deletéreos del totalitarismo: nadie cree que valga la pena correr ningún riesgo por intentar alterar una situación que hace mucho consideran inalterable. Está de más decir que los cubanos del exilio no estamos en condiciones de darles lecciones a nuestros compatriotas que padecen en sus carnes los desmanes del despotismo.

Quedan, pues, los Estados Unidos. Como al final de nuestra última guerra de independencia, los cubanos volvemos una vez más los ojos al poderoso vecino para que le ponga fin a este experimento monstruoso. Sin embargo, por más de seis décadas, Washington se ha mostrado bastante indiferente a nuestro sufrimiento (los que vivimos fuera también padecemos). ¿Será que han querido castigarnos por nuestra colectiva deslealtad? ¿Será, como dicen algunos, que han querido exhibirnos como vitrina de los dislates del comunismo? 

Tal vez nunca lleguemos a saberlo, pero, en esta hora, la más sombría que vive nuestro amado país, no es un desatino aspirar a que Estados Unidos nos ponga orden en la casa para bien de todos. Cuando en los campos de la insurrección, Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador, se dio cuenta de que sus empeños resultaban impotentes frente a la ofensiva española, no tuvo a menos pedirle por escrito al presidente estadounidense Grover Cleveland que interviniera en la contienda a favor de los rebeldes cubanos.

En mayor urgencia aún nos encontramos hoy. La incriminación del anciano Raúl Castro no pasa de ser un gesto para la galería: un guiño del presidente Donald Trump hacia sus votantes cubanoamericanos, sin que eso —necesariamente— signifique mucho más que una acción simbólica, ni tenga mayor repercusión. 

Lo único que puede ser decisivo y que el pueblo cubano precisa desesperadamente, es una directa intervención militar de Estados Unidos que desmonte y aniquile ese régimen abominable y —al igual que en 1898—  se empeñe en sacar a Cuba del pantano e incorporarla a la civilización.

Tal vez el pueblo cubano no merezca ese esfuerzo. Pero Estados Unidos se lo debe a sí mismo, a la propia grandeza de sus orígenes, que este año cumple un cuarto de milenio.