Ayer caminaba[1] por varios sectores de La Habana que ardían en calor y mal olor. Con la llegada del verano, sin agua, con poca comida, con acumulación de basuras, apagones, inflación, desesperanza y abandono de una población cansada de conflictos de grupos de poder que hablan de patria, independencia, resistencia, pero no forman parte de “la masa” que cada día muere física y mentalmente.
Pasaron 130 años de la Reconcentración liderada por el general español Valeriano Weyler para que Cuba tenga que vivir, en un siglo y contexto diferente, una situación de alarma humanitaria similar. Las posiciones de enfrentamiento actual entre el gobierno cubano y Estados Unidos llevan cómo víctimas a la población pobre que, al igual que en el siglo XIX, tenía a los independentistas, autonomistas, colonialistas y a Estados Unidos buscando una “solución política”, mientras ellos morían de hambre, calor y enfermedades.
En el verano de 1896 el abastecimiento de alimentos y la escasez de agua constituyeron los principales problemas logísticos durante la Reconcentración. La interrupción de las actividades agrícolas y la escasez de víveres obligaron a una parte de la población a depender de suministros proporcionados por las autoridades. La falta de sistemas adecuados de suministro de agua potable, evacuación de residuos y atención médica favorecieron la propagación de enfermedades infecciosas, entre ellas disentería y otras afecciones gastrointestinales.
Diversos estudios históricos coinciden en señalar que la mortalidad afectó de manera particular a niños y ancianos, en un contexto de desnutrición y debilidad generalizada. Las estimaciones sobre la mortalidad varían considerablemente. Parte de la historiografía la sitúa en torno a 170000 víctimas civiles, aunque otras evaluaciones ofrecen cifras más elevadas.
Rescatemos la memoria del elefante.
[1] Reproducido del Facebook de Julio González Pagés. El texto original fue publicado el 29 de junio de 2026.

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Por Jorge De Armas
Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.








