Si no existieras mi ciudad de sueño…
Que sería de mí sin tus portales,
tus columnas, tus besos, tus ventanas.
Fayad Jamís.
Hay hombres-perros por todas partes. Mean. Se la sacuden. Y contaminan el aire que nos pertenece. Saben que no serán multados y no esperan llegar a casa ni les importa buscar algún baño público.
La ciudad-excusado. No puedo ni quiero oler ni mirar, pero es imposible.
Hace casi una semana que la ventana de mi cuarto está cerrada. Mi vecino pirómano no ha vuelto a quemar basura, aunque sospecho que el hedor a mierda de gente viene de ahí atrás. Como no hay agua en esta zona y en muchas otras, él y cualquier vecino deben estar tirando sus excrementos en jabitas.
No quiero oler, pero es imposible.
A veces paseo un poco sobre los adoquines de Mercaderes, Oficio y otras calles de La Habana Vieja. La vibra es distinta y pienso en cómo sería estar en el siglo XIX. Intento salir unos minutos de este averno cuando no me queda ciudad ni país.
Me siento en el parque de la Plaza de Armas, con el sonido de los pájaros, las palomas y el mar de frente. Estoy rodeada del Palacio de los Capitanes Generales, actual Museo de la Ciudad, construido entre 1776 y 1792. Y del Palacio del Segundo Cabo, paradigma de la arquitectura barroca, cimentado entre 1770 y 1772 durante el período colonial español. Y del Castillo de la Real Fuerza, fortaleza de arquitectura militar renacentista, iniciada su edificación en 1558 por orden de la Corona española, con el objetivo de reforzar la defensa de la ciudad frente a ataques piratas y demás antagonistas en el Mar Caribe. En su torre se encuentra La Giraldilla, la emblemática escultura de bronce, la más antigua conservada en la Isla y asociada tradicionalmente a Isabel de Bobadilla: su inaudita leyenda la convirtió en uno de los símbolos más identificables de la ciudad.
También está El Templete, capilla neoclásica de carácter histórico. Erigido en 1828 en el lugar donde se considera que se fundó la Villa de San Cristóbal de La Habana en 1519. Dentro colocaron tres murales del pintor francés Jean Baptiste Vermay (fundador de la escuela de San Alejandro), que representan una advocación a la primera misa bajo una ceiba, que con los años ha sido sustituida por otras nuevas, manteniendo su significación inaugural: el primer cabildo y un acto de bendición del lugar.
Un hombre-perro mea y la enfermedad salpica, se extiende.
Es una imagen que insiste, como insiste la necesidad del ruido de la gente con el reguetón a todos los decibeles. Los vecinos de esta cuadra ponen una bocina al lado del agro para repartir el ruido que me toca. No hay comida ni agua ni electricidad, pero ruido sobra. Hay quien lo llama “resistencia”.
—Acere, no jodas con tu sordera y tu mareo. Trato de conservar la calma.
El otro día un amigo me dijo que en su barrio es lo mismo:
—Tras horas interminables de apagón. Esa rutina que ya parece ser tatuada en la piel de Cuba. Un grupo de vecinos decidió subir el volumen de su música. Entre tragos de ron y risas reprodujeron la canción-himno de Raúl Torres, Cabalgando con Fidel:
Hombre, los agradecidos te acompañan.
Cómo anhelaremos tus hazañas.
Ni la muerte cree que se apoderó de ti.
Hombre, aprendimos a saberte eterno.
Así como Olofi, Jesucristo,
No hay ni un solo altar sin una luz por ti.
—Ame, te juro que por poco les tiro un cubo de agua. Esa noche tuve pesadillas con quien tú sabes —dijo mi amigo.
—Terrorífico soñar con el psicópata. La verdad que aún después de muerto nos tiene sufriendo. Y lo peor es que estos subnormales confunden sarcasmo con ser carneros de este inmenso corral.
Pienso en un poema de Eduard Encina que me gusta mucho.
Interior con columnas:
Llueve adentro en la parte más oscura.
Siempre que llueve lo repite
y corre a poner jarritos en las goteras.
Al principio molesta el golpe del agua
que se hunde en el aluminio.
Después, uno se acostumbra.
Anteriormente, en los P7, los P13 y los demás autobuses que circulaban por La Habana (a estas alturas es un milagro si los ves), los pasajeros iban como sardinas enlatadas. Ahora son los estrechos triciclos los que de cierta forma alivian el problema del transporte. No hay quien me haga cuento de lo que se siente ir en esos artefactos, con la gente sudada y apestosa rozándote un brazo, una pierna, hablando de sus embrollos personales o de la situación del país, tirándote su aliento.
La última vez que lo monté, iba un señor de mediana edad, rostro enjuto y aspecto desaseado, con un pequeño tatuaje en el antebrazo izquierdo con letras mayúsculas y de nervioso trazo: BELKIS, con un corazón debajo, mal dibujado.
Pensé en lo doloroso que debió haber sido ese amor. Tal vez estuvo preso y creyó que ella lo esperaría. Tenía las uñas sucias, con el dedo índice y el del medio de la mano derecha amarillentos. Prendió un cigarro que parecía hecho a mano. A las dos bocanadas, sentí el olor característico de la marihuana. Lo miré y sesgué la cabeza, disimulando que había reconocido ese aroma. Se lo fumó mientras los demás absorbíamos en el silencio compartido.
Cuando me bajé en el semáforo de Monte y Águila sentí un leve vahído y sonreí.Hay quienes necesitan el ruido. Otros necesitan olvidar.
© Imágenes de interior y portada: Keyla Noda

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