Ernesto Lecuona: “En el evento de que Cuba sea libre al tiempo de mi muerte…”



Ernesto Lecuona hizo cantar al mundo

Ernesto Lecuona Casado nació el 6 de agosto de 1895 y fue un prolífico compositor y virtuoso instrumentista. Su padre, Ernesto Lecuona Ramos, emigró a Cuba procedente de Santa Cruz de Tenerife, donde había nacido en 1834. En la ciudad de Matanzas, alcanzó notoriedad en el periódico La Aurora de Yumurí y fue en esa misma ciudad donde contrajo matrimonio con Elisa Casado Bernal el 7 de noviembre de 1885.

Al año siguiente, Lecuona Ramos fungía como director del periódico El Comercial, en la capital cubana. Nueve años después, el matrimonio esperaba su decimosegundo hijo. Entonces los esposos decidieron establecerse en la ultramarina villa de Guanabacoa. Allí nació el 7 de agosto de 1895, quien, por la magnitud de su obra musical, se colocaría entre los más importantes compositores de América.

Cuando tenía apenas un año, ya jugaba a tocar el piano. Con sus manos colocadas en el alfeizar de la ventana en actitud de tocar, le vieron sus padres más de una vez y, ya a los tres años, parado sobre un cajón, porque su estatura aun no le permitía estar sentado en la banqueta, fue sorprendido repitiendo algunas melodías populares en la época.

A los cinco años de edad tocaba de oído el himno nacional cubano, La Marsellesa y fragmentos de zarzuelas que fueron muy populares en aquellos días. En 1903, comenzó a estudiar formalmente el piano con su hermana Ernestina y, al año siguiente, ingresó en el Conservatorio Carlos Alfredo Peyrellade. En 1908, publicó su primera obra musical, titulada Cuba y América, un two-step, ritmo que se puso de moda en Cuba por los días de la segunda intervención norteamericana.

El ciclo de estudios formales tuvo desde 1907 algunas fisuras. Las precariedades económicas de la familia compulsaron al joven a emplearse tocando en los cines de barrio, creando obras para el teatro, dirigiendo orquestas y haciendo de todo cuanto su talento le permitía. Aún no había cumplido los quince años de edad y ya tenía estrenadas un puñado de obras en el Teatro Martí de La Habana, lugar en el que subían a escena piezas de los más prestigiosos compositores cubanos, y por donde pasaban en cada temporada un sinnúmero de compañías extranjeras.




Este libro constituye una lectura apasionante e instructiva, a la vez que nos presenta un testimonio conmovedor, debido a la manera profunda y personal, en que el autor describe la maravilla que fue la isla de Cuba desde el inicio de su historia.

Armando Rodríguez Ruidíaz




Ernesto Lecuona pudo interpretar todos los géneros y estilos de la música, podía crear o tocar números llenos de ingenuidad artística, pero era también un gigante al abordar obras de gran dificultad. Estuvo siempre entre los más importantes artistas del musical cubano, sin abandonar las salas de conciertos.

En 1911, en el concurso anual que realizó el Conservatorio, el joven de 16 años Ernesto Lecuona obtuvo la Medalla de Bronce (Bohemia, 9 de julio 1911, p.252). En 1912, Hubert de Blanck le organizó su primer recital, en el que interpretó, junto a obras de Schumann, Gottschalk, Chopin, Liszt y Paderewski, las famosas piezas de sus Seis Danzas Cubanas. A este recital le siguieron muchas otras presentaciones en las más importantes salas de conciertos de Cuba. 

En 1916, Lecuona viajó por primera vez a los Estados Unidos, donde tocó durante cuatro semanas en el Teatro Capitol. En 1918 inauguró, junto a José Mauri, el Instituto Musical, una academia que estuvo incorporada al Conservatorio Hubert de Blanck. En 1924, viajó por España en unión con la violinista, también cubana, Marta de la Torre, quien fuera primer premio del Conservatorio de Bruselas. París lo recibió en 1928, año en el que otros cubanos habían triunfado en la Ciudad Luz; entre ellos, Sindo Garay, Rita Montaner, Carmita Ortiz y Julio Richard.

En la sala Gaveau de París lo presentó su compatriota Joaquín Nin, quien por entonces llevaba muchos años en Europa. Fue una audición privada, pero entre los asistentes se encontraban Maurice Ravel, Joaquín Turina, José Iturbi y otros grandes músicos, quienes aplaudieron largamente al artista. Fue en esa audición que le escucharon decir a Ravel, refiriéndose a Lecuona: “¡Eso es más que piano!”. 

Poco después, Lecuona se presentó ante el gran público en dos conciertos en la sala Pleyel de París. Allí el programa incluyó obras para piano solo y piezas suyas para voz y piano, que fueron interpretadas por la soprano cubana Lidia de Rivera.

En 1929 se presentó en el Teatro Nacional, en un espectáculo en el que los compositores cubanos rindieron homenaje a Rita Montaner. En 1931 viajó a México con un espectáculo musical cubano, integrado por renombrados artistas del género. En el mismo año lo contrataron para trabajar en la musicalización de la película Cuban Love Song, de la Metro Goldwin Mayer, que fuera protagonizada por el barítono Lawrence Tibbet y Lupe Vélez. 

Al año siguiente, volvió a España, donde se presentó tanto en recitales como con su orquesta. De allí siguió por toda Europa y en el Lido de Venecia un empresario le cambió el nombre a la orquesta Lecuona por Lecuona Cuban Boys.

En ese incesante ir y venir creaba y daba a conocer la música cubana por todo el orbe y sus canciones, zarzuelas y obras para piano eran de gran popularidad. María la ORosa la ChinaNiña RitaEl Batey y tantas otras eran aplaudidas en teatros de toda América.

“Ernesto Lecuona hizo cantar al mundo con acentos cubanos”, escribió Joaquín Aristigueta en 1952 en un artículo desbordado de admiración por el artista. Ninguna otra frase sintetiza con tanta precisión el significado de la labor musical de un autor que atrapó en sonidos el alma de toda una cultura. Nada más justo para definir a un artista imprescindible en la historia de la música cubana.




Este libro constituye una lectura apasionante e instructiva, a la vez que nos presenta un testimonio conmovedor, debido a la manera profunda y personal, en que el autor describe la maravilla que fue la isla de Cuba desde el inicio de su historia.

Armando Rodríguez Ruidíaz




En junio de 1958, como ya era habitual, Ernesto Lecuona realizó un concierto de despedida antes de emprender la gira de ese año y, según escribió Nena Benítez en el Diario de la Marina (13 de junio de 1958), “el público que llenó el Teatro Nacional demostró, puesto de pie, cuanto quiere y cuánto gusta de la música de Ernesto Lecuona”.

En enero de 1959 Lecuona regresó de aquella gira a bordo del vapor Sartrústegui procedente de España y comenzó sus presentaciones. El 25 de febrero actuó en el Estadio Universitario, el 1º de marzo convocó un concierto benéfico en donde recaudaron miles de pesos que estarían dedicados a la reconstrucción de los daños causados en Sagua de Tánamo por los choques armados entre los guerrilleros del movimiento 26 de julio y el Ejército Nacional. 

También participó en los festivales Lecuona que se realizaron esta vez en el Auditorium durante los días 23, 27 y 30 de mayo, en los que se presentaron el sainete lírico María la O y las zarzuelas El Batey y Flor del Sitio, teniendo todas estas presentaciones una segunda parte en la que Lecuona hacía un gran concierto con algunas de sus obras más populares. 

El 6 de enero de 1960, doce meses después de su llegada a La Habana, a bordo del buque Florida retornó a los Estados Unidos. Fue su último adiós a Cuba. Allá quedó todo su amor. Allá quedaron sus ancestros. Trashumante hasta el final, viajó en septiembre de 1963 a Santa Cruz de Tenerife, lugar de origen de su familia paterna, y allí le sorprendió la muerte en el Hotel Mencey, en la noche del viernes 29 de noviembre de 1963.




Las canciones que Lecuona no quiso cantar

Entre los días 16 de agosto y el 2 de septiembre de 1962 el Consejo Nacional de Cultura de Cuba organizó el primer Festival de Música Popular Cubana (FMPC) en el teatro Auditorium, al que para entonces ya el llamado gobierno revolucionario había expoliado a sus legítimos dueños y lo habían rebautizado con el nombre de Amadeo Roldán. 

Una carta con fecha 21 de julio de 1962, firmada por Odilio Urfé, a la sazón coordinador de la Comisión Nacional de Música del Consejo Nacional de Cultura, enviada al doctor Francisco Carballido, quien representaba los asuntos legales de Ernesto Lecuona en Cuba, dice en uno de sus párrafos lo siguiente:

Como usted sabe, desde hace algún tiempo personas mal informadas, desorientadas o enemigas de la Revolución han echado a rodar la especie de que el Maestro Lecuona se encuentra exiliado por razones artísticas y políticas, y que viene actuando en Norteamérica como un contrarrevolucionario. Ante ese estado de cosas, el Gobierno Revolucionario se vio obligado, por tratarse de tan significativa figura nacional y mundial, a esclarecer y destruir esas insidias que mucho dañaban el prestigio y la admiración que el pueblo de Cuba profesa a tan notable músico(Fajardo, 2014, t. 2, p.150).

Después de darle a conocer los “cargos” de los que se le acusaba: “actuar en Norteamérica como un contrarrevolucionario activo”, Odilio Urfé, como mensajero del Gobierno Revolucionario le daba a Ernesto Lecuona, por conducto de Francisco Carballido, su representante legal en Cuba, un ultimátum para que definiera su adhesión política, y así lo hace saber en el siguiente párrafo:

El Consejo Nacional de Cultura, una vez consultadas las más altas y responsables figuras del Gobierno Revolucionario Cubano, determinó invitar al Maestro Lecuona a que regrese y establezca su residencia en su patria (la cual nunca ha dejado de honrar artística y patrióticamente) y tome parte activa en la intensa labor que dicho Consejo viene realizando, a nivel nacional, en pro de la música cubana en todas sus manifestaciones. En este aspecto el Maestro podrá escoger la residencia y lugar donde desearía vivir el tiempo que esté en Cuba, una vez regrese de los viajes que acostumbra a realizar anualmente por otros países. Deseo añadir que también tendrá garantizado un contrato anual para que realice las actuaciones que él desee para el pueblo cubano, que tanto lo admira y que se regocijará una vez que conozca que el Maestro Lecuona se encuentra de nuevo viviendo en su patria (Fajardo 2014, t. 2, pp.150-151).

En esta carta, el Gobierno Revolucionario le da la “oportunidad” al Maestro Lecuona para que se “reivindique” y puedan ser borradas de su “expediente” las acusaciones que se le imputaban, haciéndole saber “cordialmente” que se le permitiría elegir la residencia en la que quisiera vivir durante el tiempo que estuviera en Cuba, y más adelante se le sugería la fecha en la que debería regresar:

En la seguridad de que Ud. hará todo lo que a su alcance esté para que esa gestión se haga realidad, que ojalá se logre entre el 16 de agosto y el 2 de septiembre, en que se celebrará el magno Festival de Música Popular Cubana (evento sin precedentes en la historia de la música popular cubana), queda de usted con toda consideración a nombre del Consejo Nacional de Cultura y el mío propio,
Odilio Urfé
Coordinador
Comisión Nacional de Música
Departamento de Coordinación Nacional de Actividades de Música Popular

(Fajardo 2014, t. 2, pp.152-153).

Lecuona no regresó y “la especie de que el Maestro Lecuona se encontraba exiliado por razones artísticas y políticas”siguió rodando, ese es el hecho. 




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Armando Rodríguez Ruidíaz




Se me hace difícil saber si se cantaron o no las canciones de Ernesto Lecuona en aquel evento, porque si bien es cierto que, al pie de una foto publicada en Bohemia (17 de agosto 1962, p.75), en la que aparecen Reinaldo Henríquez, Elena Burke y Bola de Nieve, se dice que este último interpretaría en el FMPC canciones de cinco autores: Lecuona, Grenet, Simons y Gilberto Valdés, unos días después la Bohemia (24 de agosto 1962) hizo saber a sus lectores que en el espectáculo se presentarían “más de cien intérpretes del género popular” y una extensa relación de autores, por lo que cada uno haría una obra solamente, subrayando además que aquel era un “evento artístico de profundo contenido revolucionario”, prescribiendo así, sin margen de error, cuál sería el “significado correcto” de las obras que allí se debían interpretar.

El hecho es que la nota que publicó el periódico Revolución (30 de noviembre 1963), órgano oficial del M-26-7, dando la noticia de la muerte de Ernesto Lecuona, es demasiado escueta para la grandiosidad de la vida y la obra del Maestro. Lo cierto es que la revista Bohemia (6 de diciembre 1963), en una nota que no excede los cuatro párrafos, dio a conocer la irreparable pérdida, haciendo saber en los dos últimos que:

Muere el Maestro lejos de la tierra que lo vio nacer, precisamente cuando mayor y más sentido es el impulso que, a las artes musicales cubanas hoy al alcance del pueblo, le da nuestra Revolución Socialista.

Y, como colofón, una soberbia mentira:

En gesto de última voluntad, según informó al cable su secretario Armando de la Torre, Lecuona expresó el deseo de que se le sepultara en Cuba, su patria.

Cuando la verdad histórica es que, según nos dice CDA[1], Lecuona otorgó su testamento el día 1º de junio de 1963 ante tres testigos, en su casa cita en 5004, North Tampania, Tampa, Florida. De este documento, el citado autor transcribe el siguiente párrafo:

Yo dispongo que sea enterrado en una tumba apropiada de acuerdo con el criterio de mi albacea aquí más adelante nombrado y siempre que el costo sea apropiado. Además, dispongo que mi entierro sea en Nueva York en el caso que Fidel Castro o cualquier otro jefe de gobierno en Cuba sea comunista o represente dicha facción, grupo o clase, que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extranjeras de fuera. Por otra parte, en el evento de que Cuba sea libre al tiempo de mi muerte, dispongo ser enterrado allí de acuerdo con las mismas condiciones antes señaladas[2].

Han sido cientos los artistas cubanos borrados de la historia de la cultura cubana por sospechas como esas que se le imputaron a Lecuona en la carta firmada por Odilio Urfé. Tanto dura la ignominiosa persecución y el borrado de artistas que no comulgan con la dictadura que, al momento de escribir este párrafo, una de las noticias que acapara la atención de los medios alrededor del mundo es el estado de salud de Luis Manuel Otero Alcántara, un artista cubano que se ha vuelto incómodo para el régimen y hoy continúa preso en la Isla.

 




Este libro constituye una lectura apasionante e instructiva, a la vez que nos presenta un testimonio conmovedor, debido a la manera profunda y personal, en que el autor describe la maravilla que fue la isla de Cuba desde el inicio de su historia.

Armando Rodríguez Ruidíaz




Según nos cuenta Robreño (1985, pp.36-43), en el cumpleaños 74 del ilustre guanabacoense Ernesto Lecuona (6 de agosto 1969) fue develada una tarja en el lugar de su nacimiento y, entre medias verdades y mentiras completas, nos dice lo siguiente:

Lecuona fue ante todo un hombre sencillo y un hombre bueno. Que hizo el bien a raudales a propios y extraños y que amó y quiso a su patria, de la que no podía estar ausente por espacio mayor de un año y a donde siempre regresaba y hubiese regresado si la muerte no trunca tan preciosa existencia, aunque fuese reclamado en otras latitudes, donde le esperaban, fama, gloria y dinero.

Así quedaba oficialmente “restituido” Ernesto Lecuona, un artista imprescindible para hablar de música cubana. 






Bibliografía

Ramón Fajardo Estrada. Ernesto Lecuona. CartasTomo 1 y Tomo 2. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2014.




Notas:
[1] Díaz-Ayala, Cristóbal. 2013. Excelente libro y crónica, pero… A propósito de “Ernesto Lecuona: cartas”. En: Cubaencuentro.
[2] El texto íntegro en inglés se puede consultar en: Jacobson, Gloria Castiel. 1982. The life and music of Ernesto Lecuona. Tesis de doctorado. Universidad de Florida.






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