Empieza el Mundial y yo empiezo esta cobertura para Hypermedia Magazine que nadie me ha pedido y que nadie va a leer. Me da igual. Mejor así.
Quién quiero que gane: España.
Quién quiero que gane, si no gana España: Argentina.
Quién creo que ganará: Francia, probablemente. Con buenos criterios, algunos analistas dan también como favorita a Portugal. Uno no sabe qué es peor. En ambos casos, sería una desgracia.
Quién soy yo para escribir sobre fútbol: absolutamente nadie, como espero dejar demostrado en esta serie de entregas.
Cero análisis: trasvase de contenidos.
Mi CV en los mundiales es el siguiente:
Italia 1990
Soy un pionero con la pañoleta roja del campo socialista recién caído y asisto al espectáculo del fútbol global por primera vez en la vida. Como la sede del Mundial es Italia, me parece justo y necesario que Italia salga campeona y, en virtud de esta asociación infantil, afectiva y elemental, me hago seguidor de Italia.
Italia cae en semifinales ante Argentina, el entonces vigente campeón del mundo. La Argentina del Maradona guevarista, que luego pierde la final ante la Alemania de la efectividad. La primera Alemania campeona tras la reunificación de Alemania, sucedida justo ayer.
Pero estas son líneas que el pionero no lee.
Estados Unidos 1994
Mi apoyo da frutos: esta vez Italia da un pasito más y llega a la final. Pero el fruto es amargo: Italia pierde contra Brasil en los penaltis.
Roberto Baggio, la superestrella de los italianos, falla el penalti decisivo por estar pensando en el Maleconazo.
Hay como un salitre de maldición y derrota flotando en el ambiente. Es el color de aquel verano. Y, como no podía ser de otro modo, aquel penalti será inmortalizado después en la literatura cubana:
Roberto Baggio falla, yo, una y mil sombras acompasadamente ardiendo, que finalmente me ordené, en orden del Sutra del Loto, sé lo que significa pertenecer a un equipo de fútbol, sé lo que significa acertar y sé lo que significa fallar, arte o fútbol o guerra, trabajar por algo cansa, trabajar por nada cansa más: aquellas nanas, mi madre, aquellas nanas, cántame una, escribió Juan Carlos Flores en uno de sus poemas horizontales.
Estados Unidos 1994 es también la cancelación del Loto de Maradona: la sanción por dopaje que supuso el fin de su carrera internacional.
Francia 1998
Italia pierde otra vez en los penaltis, pero esta vez en cuartos de final, contra la Francia de Zinedine Zidane que, dos partidos después, se alzará con la Copa del Mundo al derrotar a Brasil.
Yo acabo de terminar mi año de Servicio Militar Obligatorio. Acabo de salir de Villa Marista. Escucho el partido por la radio, tirado en la cama. Estoy tan desubicado, vital y emocional y físicamente, que ni siquiera me entero de que lo transmiten también por Tele Rebelde.
Me parece una ordinariez que los franceses ganen su primer Mundial en la misma Francia. No pienso en Zidane: pienso en el complot.
Meses después, estaré escribiendo mis primeros cuentos. Puede haber una semilla aquí. Algo que quizás se sembró en un organopónico, al lado de una posta del Ministerio del Interior, Minint.
Quién sabe.
Quién sabe leer.
Japón / Corea del Sur, 2002
El retroceso avanza: Italia pierde ahora en octavos de final. Y ni más ni menos que contra uno de los anfitriones, Corea del Sur. Es evidente que los árbitros han sido pinchados por Samsung. No hay otra explicación.
Se despide de los mundiales el gran Paolo Maldini, quizás el mejor defensa que haya pisado nunca un campo de fútbol.
Brasil derrota a Alemania en la final. Ni siquiera me queda el consuelo de ver perder a Brasil en dos finales consecutivas.
Por aquellos días, yo aún no he usado Google ni una sola vez y aún estoy aprendiendo a buscar cosas por internet, sin saber aún que internet te puede ayudar a contar lo que nadie nunca te ha contado. Soy esa generación.
Otro verano negro precede a una Primavera Negra en Cuba.
Alemania, 2006
Del purgatorio samsungdantesco al paraíso, donde Beatriz le hace ojitos a los penaltis que ahora fallan los demás: Italia tumba a Francia en una rocosa final y se corona, cojones, campeona del mundo.
No importa que para hacerlo haya tenido que llevar al paroxismo su estilo de juego ultradefensivo, el catenaccio™.
Te lo debíamos, Maldini. Italia es trendy otra vez.
Recuerdo este titular de Página 12 leído en una webpage: “La vida es bella; el fútbol, no”.
Sí: yo ya alimento mi vida con taglines, citas random y páginas de todo tipo, propias y ajenas.
Fabio Cannavaro, el capitán de aquella Italia inexpugnable, recibió aquel año el Balón de Oro. Tercer y último defensa (lo antecedieron los alemanes Mathias Sammer y el legendario Franz Beckenbauer) en obtener un trofeo que siempre le ha hecho ascos a los defensas. Después, fichó por el Real Madrid y su carrera, como la del 77-78% de los jugadores que fichan por el Real Madrid (ha sido estudiado con gráficos), fue cuesta abajo.
“¿Dónde está el Cannavaro del Mundial?”, se preguntaba un titular posterior, creo que del diario Marca (sobra decir que no le saco el mejor partido a las webpages ni a las demás páginas, leídas o escritas, propias o ajenas; por eso he terminado aquí). Respuesta: está en el Mundial.
Hoy Fabio Cannavaro es ese central rapado que sale en la foto de los mejores goles de un jovencísimo Lionel Messi, estampándose contra el poste del arco que custodia Iker Casillas.
Sudáfrica, 2010
Con Italia campeona, me he quitado un peso mundialista de encima —Italia, también: en el mundial de Sudáfrica ni siquiera supera la fase de grupos; la relajación, la resaca post-Copa cae como un mazazo— y decido cambiar de equipo.
Entre 2006 y 2009 me he hecho aficionado del Barça de Messi. Por lo tanto, ahora mi equipo es Argentina.
En 2010, Argentina cae eliminada en cuartos de final ante Alemania, que le mete cuatro.
En retrospectiva, considero que, si bien no era necesaria esa humillación (aunque, para humillación, los siete que le metería Alemania a Brasil cuatro años más tarde, ¡en Brasil!), sí era necesario que Argentina perdiera. En cuartos o en semifinales. Ante Alemania o ante el equipazo que a la postre saldría campeón: España, la nueva superpotencia del fútbol.
El DT de aquella Argentina era Maradona y se hubiera creado un relato muy dañino, además de un pésimo ejemplo para los niños (siempre la demagogia esta de los niños), si Maradona llegaba a ponerse dos veces la corona de campeón del mundo: una como jugador y otra como entrenador.
El podio del Balón de Oro del año 2010 fue 100% Barça. Como premio de consolación tal vez, o quizás porque despegaba ya la carrera armamentística Messi-Cristiano (trasunto de la rivalidad Barça-Madrid), le regalaron a Messi el trofeo que claramente llevaba el nombre Andrés Iniesta.
Aún tengo sentimientos encontrados al respeto.
Seguimos.
Brasil, 2014
Argentina llega a la final. Ya no es la Argentina de Maradona y de Messi. Es sólo la Argentina de Messi. Es su momento.
Y la final es contra Alemania, ni más ni menos.
Veo el partido en Varadero, en el lobby de un hotel de GAESA, en un pantalla-plana de no sé cuántas pulgadas, dispuesto por GAESA para la ocasión. Pan y circo.
Cerca de mí hay un grupo de muchachas que se han pintado las mejillas con los colores de la bandera teutona. Cuando la cámara protocolar recorre la fila de los equipos, deteniéndose rubio por rubio, algunas hacen el gesto de soplarles un beso.
No les gusta el fútbol: les gustan los futbolistas alemanes.
Las odio a todas, por supuesto, pero comprendo que hay algo ancestral, algo visceral, algo podrido, que me conecta con ellas.
No es esta playa trópico-nacional (sus voces y su putería dejan claro que son cubanas, por más que se den crema de turistas europeas); no es la generación (son mucho más jóvenes que yo); tampoco es GAESA (aunque GAESA un poco sí, siempre).
Es la ansiedad. O la angustia, más bien. Es la influencia de Harold Bloom.
Es un libro abierto llamado La angustia de la heterosexualidad. Cuyo subtítulo bien podría ser El libro de la risa y el olvido.
Argentina pierde por un gol en la prórroga. Marca por Alemania un tal Mario Götze. ¿Alguien se acuerda de Mario Götze?
Pues, eso. En el viaje de vuelta de aquellas vacaciones, el regreso Varadero-Habana, me acompaña una nube de pesadumbre.
Rusia, 2018
En Kazán, en el verano tártaro, Argentina cae en octavos de final ante Francia. Yo ya me he convencido de que Messi, el mejor futbolista del mundo, nunca será campeón del mundo.
Rusia es la Ruina. Rusia es la Resignación.
Para sorpresa de nadie, Francia llega a la final. La sorpresa es que su rival esta vez es Croacia. Croacia en su prime: el equipo de Modrić (Real Madrid) y de Rakitić (Barça).
Quiero que ambos le ganen a Francia. En la política-fútbol, que es una poética, las rivalidades hacen extraños compañeros de cama. Y compañeras también. Que alguna vez fueron pioneras yugoslavas.
En el Estadio Olímpico de Moscú está la presidenta Kolinda Grabar, luciendo la camiseta ajedrezada de la šahovnica.
Yo quiero que a Grabar la graben saltando tras la victoria. Quiero que las derechistas liberales rubias de cincuenta años salten de alegría y se quiten la camiseta.
No, no pudo ser.
Qatar, 2022
Ocho años después, Argentina vuelve a llegar a la final. Y la final es contra Francia, ni más ni menos. Y se decide en los penaltis.
“Hoy puede ser el día, abuela”, dicen sus compañeros que dijo Messi mirando al cielo.
Yo lo miraba desde el otro lado de la pantalla, Roberto Baggio desde los palcos VIP del estadio Lusail, y su abuela —la primera persona que lo llevó a un campo de fútbol allá en Rosario, cuando él era un niño— desde el otro lado de las nubes del Golfo Pérsico. Y ese fue el día.
Messi no falla su penalti, acierta, alza la áurea copa y yo una y mil sombras acompasadamente ardiendo, que unos meses después me fui de Cuba, da igual lo que ponga aquí porque nadie ha seguido leyéndome, sé lo que significa pertenecer a un equipo fantasma, sé lo que significa acertar y sé lo que significa fallar, arte o fútbol o guerra, escribir esta columna cansa, no escribirla cansa más: aquellas transmisiones de Tele Rebelde, Juan Carlos, aquellas nanas, cántame una, canta otra vez.
Canadá / Estados Unidos / México, 2026
Con Messi campeón, me he quitado el segundo peso mundialista de encima. He cerrado otro ciclo.
Aunque me gustaría ver a Messi hacer el doblete, todos en Argentina saben que cuatro años pesan mucho si no hay relevo generacional y poco recambio ha habido. Son más lentos y están menos dopados.
¿Italia? Sigue de fiesta. Ni siquiera clasificaron para este mundial: perdieron, balcánicamente (y en penales, porque lo que no se puede perder es la costumbre), para ceder su puesto a Bosnia y Herzegovina, que son otros dos nombres de Croacia.
España, por otro lado, y salvando las distancias, hoy me recuerda a aquel podio del Balón de Oro del 2010: es como si Luis de la Fuente, actual DT de la selección nacional de mi país adoptivo, hubiera entrado al grupo de WhatsApp del Barça y hubiera dado “seleccionar a todos”.
Casi.
Y ya veremos qué no pasa.
O no.
(Continuará…)

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn










