‘Una batalla tras otra’: sexo, mentiras y revoluciones 


El domingo 15 de marzo, en el Dolby Theatre de Los Ángeles, se dieron a conocer los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, los codiciados Oscar, que en su edición 98 tuvo diez producciones compitiendo para ser la mejor película del año. 

Una de ellas, Los pecadores, hizo historia con nominaciones en dieciséis categorías, pero Una batalla tras otra (ganadora del Oscar, con 13 nominaciones) era la favorita, al imponerse en los galardones del Sindicato de Productores (PGA), el Sindicato de Directores (DGA), en los Critics Choice Awards, y en los Globos de Oro. Agréguese, además, su inmersión en los asuntos más relevantes del presente. Aquí repasaremos este filme de Paul Thomas Anderson. 

Drogado, aletargado, viviendo solamente para cuidar de su hija adolescente en un paraje de California, Bob recibe una llamada que lo descoloca y sitúa de golpe en un pasado al que no quería volver, del que había ido perdiendo las señales de acceso, aunque algo de ese pasado siguiera con él: en ese momento, estaba viendo La batalla de Argel (1966), la icónica película de Gilo Pontecorvo. 

El aviso del peligro que tenía Bob encima fue un mazazo. Reaccionó como el guerrero que había sido y escapó de sus perseguidores: entró en un túnel que lo condujo a otro escenario, con otro ritmo, con una velocidad que lo desbordaba. 

La batalla lo confrontaba de nuevo. No era ya el revolucionario que fue, sino solo el padre de Charlene-Willa, pero debía batallar por rescatarla. 

Sin embargo, después de dieciséis años atontado, Bob-Pat, es incapaz de ponerse a tono con el frenesí de las acciones y está todo el tiempo trastabillando. Se cae, se levanta, hasta que cae de una altura de doce pies. 

Rescatado por segunda vez, otra vez en la batalla, tratará de llegar primero adonde está Willa, perseguida por “El martillo”, el coronel Steven J. Lockjaw, quien la busca para borrar la posible evidencia que le impediría entrar en el club de los Aventureros Navideños, una sociedad secreta erigida sobre el precepto de la purificación racial. 

La posible huella del gusto de Lockjaw “por las negras” emerge de un pasado que lo conecta con Perfidia y con Bob-Pat, un triángulo de amor-violencia que recorre el filme como uno de sus ejes temáticos. De la misma manera que eliminó a casi todos los miembros de “Los franceses 75”, “El martillo” se apresta a hacer lo mismo con ese rastro incómodo de relaciones interraciales.

Por encima del extraño “triángulo amoroso” están las ideas socio-políticas. El filme de Paul Thomas Anderson (PTA) hace una relectura, no solo de Vineland, la novela de Thomas Pynchon, sino también del concepto de “revolución” en los nuevos contextos, en las nuevas batallas que envuelven la migración y la política. 

El resultado es una mezcla cinematográfica que combina el thriller, la comedia negra, el cine de aventuras, el suspenso, el cine de acción, el road-movie y el western, para ofrecernos un relato afín a los tiempos que corren. 

El virtuoso pulso narrativo de PTA va colocando cada pieza en su lugar, desde la escena inicial, la que va a desencadenar todo el conflicto posterior. En ese pórtico podemos hacer una lectura de los personajes del triángulo. Perfidia (Teyana Taylor): iracunda, furiosa, violenta, egocéntrica, individualista, sensual, sedienta de poder; Pat (Leonardo DiCaprio): limitado para tomar decisiones, subordinado, dependiente, enamorado de Perfidia; Lockjaw (Sean Penn): oficial de la guardia fronteriza, comanda un centro de detención para migrantes; pervertido sexual; seducido y humillado por Perfidia, el choque con ella lo sacude y se obsesiona con la revolucionaria. La carga de lujuria de ese choque será un fuego que impulsará la trama. 

En el encuentro siguiente, los papeles se invierten. Perfidia no podrá colocar el detonante que le dio Pat y, sorprendida por Lockjaw, es obligada a una cita que cambiará el destino de ambos: le entrega al oficial lo que había tomado en el campamento, los símbolos de poder que le arrebató, la gorra y la pistola. Sojuzgada, sometida, le entrega también su cuerpo. 

Las nuevas acciones de “Los franceses 75” ya no serán para liberar a inmigrantes; ahora son mostrados como asaltantes, delincuentes, terroristas. Y como tales, cazados, eliminados, a lo que contribuye la traición de Perfidia. 

La operación de limpieza del capitán Lockjaw le valió ser ascendido a coronel y lo puso en camino hacia la posible inclusión en el club de los Aventureros Navideños, una poderosa sociedad de supremacistas blancos. Mas aquí entramos en otro terreno, con otras marcas. La fotografía, la música, el sonido, el diseño escenográfico, nos avisan que es un espacio separado de la sociedad, de intrincado acceso.

Ya en la reunión con algunos miembros del club, Lockjaw es informado de que “su experiencia en el campo de batalla es muy útil”, porque “nuestra meta y la tuya es la misma: encontrar lunáticos peligrosos y acabarlos; acabar con haters y la chusma”. Y claro, esa chusma estaba localizada, en buena medida, en la migración. Por tanto, “si quieres salvar al planeta, empieza por la migración. Todos los días son como una gran batalla contra la expansión de la migración sin control”. 

En la reunión, le participaron al oficial de la guardia fronteriza que los Aventureros Navideños, son “personas superiores a otros seres humanos”, “rendimos cuentas solo a nosotros” y “ahorramos capas de burocracia”. Y, para que se diera cuenta de la exclusividad y la importancia del club, le dijeron que cuando sea miembro “jamás le faltará la riqueza”. 

Ahora bien, para entrar, a esta “red de hombres y mujeres con ideas similares sobre la purificación racial”, había que cumplir con determinados requisitos: pasar la inquisición doble yanki; ser americano de nacimiento, no judío; someterse a un estudio de vulnerabilidad voluntario; no haber tenido relaciones interraciales. Y fue en ese último punto donde al cazador de inmigrantes se le trabó el paraguas. 

Descubierta su mentira, Lockjaw es cazado en una persecución que pasará a la historia del cine. Sin duda, una secuencia que reescribe las narrativas de persecución y de rescate, desde Asalto y robo de un tren y La vida de un bombero, de Edwin S. Porter, y, por supuesto, Nacimiento de una nación de David W. Griffith. 

Como Una batalla tras otra es también una comedia negra de momentos absurdos, “El martillo” sobrevive y es convocado de nuevo al club, ahora para ser gaseado e incinerado. Solo por unos segundos pudo disfrutar de un despacho en la sociedad de supremacistas blancos.

La última escena del filme muestra a Willa a punto de acudir a una protesta a tres horas y media de su lugar de residencia. La batalla continúa, ahora conducida por una nueva generación. La hija de Perfidia y Pat tiene la furia de la madre, la nobleza del padre y mayor inteligencia que ambos.

Desde la entrada de Willa-Charlene (Chase Infiniti) en escena, en el Dojo del Sensei Sergio San Carlos (Benicio del Toro), vemos su determinación, espíritu de resistencia y el coraje que le permitirá salvar su vida y aportar esperanza por los tiempos venideros.

Justamente esa escena abre otra puerta a la época actual. Las manifestaciones de protesta que suceden en Baktan Cross nos recuerdan las de Minneapolis y Los Ángeles. Para tratar de capturar a Willa y Pat, las fuerzas de Lockjaw van allí con el argumento de que en esa ciudad santuario para “miles de frijoleros” y hay “organizaciones criminales”. Los objetivos de ataque son los lugares donde trabajan los inmigrantes.

El filme comienza en un centro para la detención de inmigrantes y termina con la partida de Willa hacia una protesta por la defensa de los inmigrantes. Se abre con el ataque de “Los franceses 75” ―que se declaraban revolucionarios― al campamento y cierra con otra forma de lucha. 

Lo que queda de las revoluciones armadas de los últimos setenta años en América son los despojos de los ideales que las animaron: la caricatura senil del sandinismo, en Nicaragua, y los estertores finales del castrismo, en Cuba, cuyo nombre se menciona en Una batalla tras otra como uno de los lugares donde ha estado la prófuga criminal Perfidia. 

Ya se ha hecho común, en el cine estadounidense, mencionar a la Isla como referencia de lo peor.