Esperando la primavera en La Habana

Llegó la hora. A la dictadura cubana le toca su fin. Sin peros, sin excusas ni pretextos. Sin pactos de ninguna clase. Váyanse ya, piérdanse. Como los dinosaurios, van a desaparecer. Cenizas de fósil en el basurero de la historia.

Cuba se enfrenta a una crisis humanitaria que empeora día tras día. Los únicos responsables del desastre son los déspotas en un poder decadente. Cuanto más rápido se esfumen, más rápida la recuperación.

La crisis de Cuba no es algo nuevo. Lo único que cambia con las políticas de Trump es su magnitud. Esta crisis viene desde que la dinastía Castro asaltó el poder y convirtió a Cuba en uno de los lugares más improductivos y represivos de la Tierra. Los fracasos de la dictadura son tan monumentales que no cabrían en ninguna lista, por muy larga que fuera.

Desde que fue absorbida por el imperio soviético en los sesenta, Cuba es un estado parásito, incapaz de sobrevivir sin benefactor. Primero, los soviéticos, hasta que en 1991 la URSS colapsó y Cuba perdió todo apoyo vital. Años después, Hugo Chávez vendría al rescate y Venezuela devendría el nuevo benefactor, regalando petróleo y múltiples subvenciones a la Isla.

Ahora que el grifo venezolano fue clausurado por Donald Trump, la dictadura cubana está en las últimas. La mayoría de los cubanos se enfrenta a una escasez extrema de combustible, electricidad, comida, agua, medicinas y demás necesidades básicas. Lo más probable es que hayas leído o escuchado que Estados Unidos es el culpable. Pero es mentira. Una mentira tan burda como fácil de refutar.

Vayamos a un hecho innegable que resume el legado funesto de la dictadura. Cuba cuenta con uno de los suelos más fértiles del planeta y está rodeada de mares rebosantes de peces. Sin embargo, desde que la llamada Revolución abolió la empresa y la propiedad privada, los alimentos escasean brutalmente. Ahora, sin el petróleo y los subsidios venezolanos, La Habana ya no puede pagar ni siquiera los alimentos importados, que son cruciales para que la gente no muera.

¿Quién es responsable de esta catástrofe absurda?

Antes de que Cuba fuera comunista, sus ricas tierras alimentaban a la nación. El país era tan próspero que, durante la primera mitad del siglo XX, atrajo a más de un millón de inmigrantes en busca de fortuna desde Europa y otras partes del mundo. Cuba exportaba una buena parte de su producción, incluidos millones de toneladas de azúcar. Después de 1959, la producción azucarera se contrajo sin cesar, haciendo imposible la exportación y la satisfacción del consumo interno. Durante las últimas tres décadas, la mayor parte del azúcar consumido en la Isla se importa de otros mercados, incluido el de Estados Unidos.

Lo mismo ocurre con otros productos agrícolas. En la última década, Cuba ha tenido que importar un inverosímil 70% – 80% de los alimentos que consume la población. Solo en 2025, se importaron 236,539 toneladas de pollo desde los Estados Unidos y se gastaron casi 130 millones de dólares en productos del mar provenientes de terceros países.

¿Por qué? Porque la dictadura comunista detenta el control absoluto de la producción de alimentos y sigue aferrada con obstinación a políticas económicas absurdamente ineficientes. Cada vez producen menos alimentos para el consumo propio o la exportación. A medida que la producción agrícola cae en picada, los líderes del castrismo gastan más y más dinero en la represión para sofocar todo disenso, toda reforma, toda iniciativa individual, toda innovación.

El aparato represivo es colosal y muy caro de mantener. Irónicamente, es la única empresa eficiente de Cuba. En este momento crucial, cuando la dictadura parece al borde del colapso definitivo (debido, permítanme recalcarlo, a su propia culpa), ¿qué hará en concreto Trump con semejante criatura agonizante? ¿Cómo encaja Cuba en los objetivos de la recién acuñada Doctrina Donroe, un principio nebuloso, escaso en detalles, que busca restablecer el predominio norteamericano en las Américas?

Cuando sacó de un tirón al dictador Nicolás Maduro, lanzándolo de Caracas a una celda de Nueva York, Trump aseguró que la dictadura de Cuba sería su próximo objetivo. Esta amenaza contra los tiranos de La Habana complació infinitamente a millones de cubanos que amamos la libertad, pero nos dejó preguntándonos qué se estaría guardando Trump bajo la manga.

Trump ha sido sistemáticamente vago sobre sus planes para Cuba y los pactos que estaría ofreciendo a la dictadura. El día antes de lanzar un ataque masivo contra Irán, sugirió al vuelo que los Estados Unidos podrían llevar a cabo una “toma amistosa” de Cuba. ¿Qué quería decir, en la práctica, con esa expresión sacada del universo empresarial?

En la jerga del empresariado, una toma amistosa es la fusión o adquisición en la que los directivos de una empresa voluntariamente acceden a que la misma sea absorbida por otra. A diferencia de una toma hostil, en la que a menudo se destituye a los altos ejecutivos y se reforma el modus operandi de la empresa adquirida, una toma amistosa tiende a mantener los puestos clave en sus cargos y a introducir apenas cambios en la política corporativa.

En el léxico geopolítico, una toma amistosa de Cuba podría significar que la dinastía Castro y sus secuaces permanezcan en el poder y continúen a cargo de la Isla, tal como lo han hecho hasta hoy, acaso con cambios cosméticos como trocar sus uniformes militares por trajes de Armani, o construir casinos para turistas y factorías explotadoras tipo Vietnam para el trabajador local.

Esperemos que no. Confiemos en que Trump estaba bromeando o hablando metafóricamente. Cuba necesita librarse de sus opresores de una vez por todas, lo antes posible. Solo eso pondrá punto final de inmediato a la crisis humanitaria. Es lo mejor para el pueblo cubano, para el hemisferio occidental y para todo el planeta, en el actual contexto y de cara al porvenir.

El 6 de marzo, una semana después de iniciada la guerra contra Irán, al recibir al equipo de fútbol Inter de Miami en la Casa Blanca, Trump habló sobre la dictadura de Cuba “cayendo pronto” y presumió de conversaciones de alto nivel con La Habana. “Quieren hacer un trato, desesperadamente. Ustedes ni se imaginan”, dijo. Luego soltó una promesa a Jorge Mas Santos, dueño del Inter y presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana: “Vas a regresar [a Cuba]”, sentenció. “Y va a ser un gran día, ¿sí?”.

Más recientemente, habló de “tomar” Cuba y alardeó: “Creo que puedo hacer lo que me dé la gana con ella”. El 27 de marzo, mientras elogiaba las victorias militares de Estados Unidos en Irán, volvió a prometer: “Cuba es la próxima”. Más fanfarronería. Más vaguedad. Más insinuaciones de pactos y resultados promisorios.

Si la toma de Cuba y la concreción de los pactos de Trump redundan en algo que no sea un cambio total de régimen, seguido de una transición que conduzca a la verdadera libertad de los cubanos, no será ningún gran día para nuestro pueblo. Todo lo contrario.

Confiemos en que detrás de esas insinuaciones y promesas nebulosas se esconda por fin un grandioso día. Que así sea, Dios Todopoderoso, por favor. Que nuestro día ya venga llegando, con una auténtica resurrección.



* Artículo publicado en Time, el 23 de abril 2026: https://time.com/article/2026/04/23/waiting-for-spring-in-havana/. Traducción de Orlando Luis Pardo Lazo.