Más que catedral, monumento filosófico


La catedral de la mujer, de Gleyvis Coro Montanet,



La poesía cubana escrita por la mujer, desde la mujer y sobre la mujer tiene ejemplos de excelencia universal. Y en el caso de esa pequeña isla que llamamos Cuba, nadie duda de la altura de la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Juana Borrero, Dulce María Loynaz o Reina María Rodríguez, por solo citar tres nombres cumbres en cuatro épocas y circunstancias distintas. 

Nadie dudará tampoco de esas ínsulas poéticas singulares por sus propuestas estéticas creadas por Soleida RíosOdette Alonso Yodú o Damaris Calderón. En un reto que he lanzado otras veces a los críticos, cito nombres que considero universales porque se han apartado de esa unanimidad provinciana, silenciadora y asfixiante que han sido las modas poéticas en las últimas generaciones de la poesía escrita en Cuba, concibiendo cada una de ellas voz propia y mundo poético propio. 

Tras la publicación del poemario La catedral de la mujer, de Gleyvis Coro Montanet, ningún ser inteligente podrá dudar de la madurez intelectual, creativa y singularidad de esta cubana ahora residente en España, desde donde lanza el grito más original, irreverente y fundadamente filosófico de la poesía cubana de las últimas décadas. 

En lo personal, recuerdo el impacto que me causó el poema “La novia de Lázaro”, de Dulce María Loynaz, que la colocó de golpe y porrazo en la cumbre de mi altar personal, en términos de poesía. Era la voz de una mujer rebelde y altiva, lamentando desde el amor y la mansedumbre de la pasión espiritual toda la soledad a la que había sido condenada. 

Como gran consumidor de ese difícil género –el que más devoro como lector–, disfruté descubriendo los aportes que a esa problemática tan controvertida y polémica que es “ser mujer y existir como mujer” hacían desde poemas contundentes, por su excelencia y carácter rompedor, escritoras como Carilda Oliver Labra, Fina García Marruz, Serafina Núñez, Georgina HerreraMaría Elena Cruz Varela, Mirta Yáñez, Wendy Guerra o, más recientemente, Jamila Medina Ríos y Legna Rodríguez Iglesias

Repito lo que seguro ya han notado: “poemas contundentes por su excelencia y carácter rompedor”, pero poemas aislados, al fin y al cabo, breves vitrales de luminosa intensidad comparados a esa catedral regia de luces en todos sus significados que Gleyvis Coro Montanet edifica, poema a poema.

Más que catedral, su poemario La catedral de la mujer es un monumento filosófico. Una catedral donde se rinde culto a esa maravilla de la naturaleza que definimos con un nombre pequeñísimo e imperfecto: mujer (maravilla que, por cierto, enfundados en todo el andamiaje de ese espíritu ancestral que hoy ciertos sectores tildan de “machista” o “sexista”, algunos insistimos en que es la obra más perfecta de Dios). 

Noventa poemas o, sería mejor decir, noventa sonetos (perfectos e imperfectos, clásicos o modelados/adecuados por la poeta para transmitir su potente mensaje) que captan ese infinito universo de esencias que nace en la mujer, irradia desde la mujer y es tipificador de la mujer en toda su humanísima complejidad. 

Una epopeya, además, al elegir lo que Sor Juana Inés de la Cruz eligió, aseguran los estudios sobre esa irreverente poeta mexicana, porque –Octavio Paz fue uno de quienes así dijeron– es la forma poética que obliga más a la claridad absoluta, a la definición precisa del verso, a la elección sustanciosa de cada palabra, al juego sonoro de la inteligencia. 

En resumen, es el canal perfecto si se quiere concebir ese andamiaje filosófico trascendental que persigue toda creación poética genuina –diferencia que hay que tener muy a la vista en tiempos como los que vivimos, en que cualquiera se cree poeta y a cualquier garabato de idea que sale de un cerebro “inspirado” se le considera poesía. 

Así, elegir el soneto como medio de expresión, se convierte en un reto del que Gleyvis Coro Montanet sale vencedora, dejándonos, además, una lección histórica, un guiño burlón, una seña de complicidad: nos enfrenta a la compleja estructura en la cual hemos enmarcado, como sociedad y como especie, a la mujer. Y lo hace a través del soneto, que durante un largo período de eso que llamamos Humanidad fue considerado algo que conmovía sentimental y espiritualmente el alma de la mujer y, por ello mismo, podía ser el mejor modo de alcanzar sus intimidades –incluidas las carnales–, como dejó dicho en varias ocasiones uno de los más populares sonetistas de su época en lengua española: el mexicano Amado Nervo. 

Es, entonces, una estocada de riposta de la mujer y desde la mujer. Leemos así sonetos que suenan como gritos de protesta, como llamados de atención, como bofetadas en el rostro, como manchas éticas en el comportamiento típico del juego social de roles impuesto al hombre y la mujer, recordándonos en cada verso hasta dónde es el hombre culpable de esa marginación, pero también cuestionándole a la mujer hasta dónde ella misma es responsable de esa marginación. 

No hay extremos cerrados, no hay callejones sin salida, no hay incomunicación, pues La catedral de la mujer es un libro que dialoga, reflexiona, cuestiona, tiende puentes, intenta buscar la luz lejos de los márgenes rígidos de intolerancia ideológica que ciertos feminismos han impuesto en el discurso público sobre esos espinosos temas.

En esencia, estamos ante un poemario irreverente, retador, apasionado, estremecedor, rebelde, sensible, conmovedor, hermoso; una juiciosa alerta a quienes gustan encasillar y simplificar en etiquetas los múltiples y casi eternos territorios espirituales, carnales y terrenales en los que la mujer se ha movido desde que existe eso que llamamos humanidad. 

Rebeldía manifiesta en cuestionar incluso los motivos que, sea por costumbre, por norma social, por definición de lo políticamente correcto en términos de proyección de la mujer, han forzado la asunción consentida del papel secundario del mal llamado “sexo débil”. Apasionamiento impuesto por el reconocimiento tácito de las fuerzas internas que, pese a las adversidades, la mujer despliega para sobrevivir en ese entorno adverso y hostil. Sensibilidad expandida en esa poética de la existencia única de las formas sensuales del cuerpo de mujer, de la voluptuosidad de sus fuegos, de la sabiduría atávica que recibió de la naturaleza o le insufló Dios. Hermoso, también, porque Gleyvis Coro Montanet ha configurado una pieza de orfebrería para que sus mensajes luzcan con todo el esplendor de las verdaderas joyas –algo que no debe extrañar, pues quien talla cuidadosamente estos sonetos ya había demostrado que es una voz muy singular en la literatura cubana.

Hay, y este es un aspecto bien distintivo y diferenciador, ese ingrediente místico, esa grandeza espiritual, ese aliento de eternidad incuestionable que parte al colocar en la balanza el cuestionamiento y el reconocimiento de la mujer como creación divina, como pieza fundamental en el plan de Dios para sus hijos, como generadora por excelencia del milagro de la vida, como célula clave en el desarrollo de la sociedad.

Siguiendo ese influjo que permea lo mundano con un hálito mítico sobrecogedor, muchas preguntas ontológicas son lanzadas en este libro mediante la poesía y respondidas lírica y bíblicamente. Es imposible no ser sacudido por el contrapunteo que buena parte de estos poemas establecen entre los límites de la fe y de la más terrena carnalidad; un contrapunteo que, a quienes creemos en ese Dios y ese Jesucristo sobre el que se ha levantado el cimiento de la cultura occidental, nos sacude constantemente, estremeciendo de muchos modos nuestros credos más arraigados.  

Lo dije la primera vez que hablé de este libro: no he leído ninguna obra (en ninguna de las tendencias, ideologías, plataformas emancipadoras y luchas sociales) que abarque con tanta elegancia, gracia, humor, profundidad crítica, excelencia poética, filosófica y literaria el debate que siempre ha existido en torno al vía crucis de la que, con ceguera estúpida, algunos siguen viendo solamente como “la compañera del hombre”.

Este es un libro necesario que mediante su Ars Poetica desarma por igual, con el argumento de la inteligencia y la musicalidad cautivadora de la poesía, las estrategias aniquiladoras del patriarcado universal, que ningunean el lugar que la mujer tiene por herencia natural o divina en la historia humana, y las estrategias montadas a capricho sobre tótems ideológicos, por sectores del discurso feminista internacional para quienes la mujer, sus derechos y su emancipación son simplemente piezas de un juego.

Estamos ante una obra singularísima en su propuesta estética, de altura universal en su hondo discurso humanístico, que brilla en el actual concierto de la poesía en lengua española.