Todd Webb. La Salle Street and Amsterdam Avenue, Harlem, 1946.
He visto catorce Fourth of July desde que salí de Cuba. En realidad, trece. En 2016 yo vivía en Islandia y, al menos por un año, los Estados Unidos habían dejado de existir.
Fue un alivio, debo confesarlo.
Los primeros 4 de Julio fueron entretenidos. Remitían a películas norteamericanas vistas en blanco y negro en mi primer país. Después, se fueron haciendo repetitivos. Casi paródicos. Una fecha cada vez más ajena y parecida a las feas manifestaciones en que me veía inmerso en Cuba.
Al final, se hicieron agónicos. Opresivos. Con un calor inverosímil para la alta latitud donde siempre me sorprenden los aniversarios del Tío Sam.
El 4 de Julio de 2026 resultó, otra vez, una ausencia.
Crucé de Manhattan a West New York. Me mezclé con barrios enteros, asomado al río Hudson para en definitiva no ver nada en el extremo sur de Manhattan. Un fiasco. Ni un solo fuego artificial.
A mi alrededor, escasos norteamericanos. Yo, rodeado de la típica jocosidad cubana. Fui parte de un piquete de fantasmas que nos sentíamos menos que testigos. Tipos que envejecían en el extranjero mientras le soltaban su mofa arcaica a una fecha patria que no nos representaba.
Una efeméride hecha de vacío inercial. Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.
Nadie a mi alrededor mencionó una sola palabra de las entradas anteriores de este diario de la invasión. Como si no existiera. Como si yo ya no fuera yo. Entendí que nosotros éramos los invasores.
Sin embargo, estábamos puntualmente en casa. Aquí. Ahora. En el apenas perpetuo. No hay otro tiempo y lugar para nuestra tropita de militantes de un pasado que no acaba de pasar. Somos los okupas de un espacio propio que nunca reconoceremos como nacional.
Cuando la invasión a Cuba por fin se verifique, entonces sí nos vamos a quedar en tierra de nadie. Los cubanos ni regresando conseguiremos regresar.

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Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.









