Estados Unidos inventó el futuro, pero alguien pagó el alquiler

Estaba en Providence, en los días en que mi vida pasaba por Brown University, y todavía me deslumbraba esa facilidad norteamericana para convertir cualquier cosa en promesa.

El campus parecía recién lavado, aunque yo estaba en la Medical School y allí los aromas se distorsionaban. Los árboles ocupaban su sitio con férrea disciplina. Los edificios, de ladrillo, fingían haber nacido incluso antes que la historia.

En las cafeterías, los estudiantes caminaban con vasos enormes, como si dentro llevaran el café, su destino y la enorme deuda universitaria que deberían pagar.

Yo pasaba muchas horas en el laboratorio. Allí el sueño se mezclaba con el olor a etanol y los cultivos celulares con la ansiedad. Las máquinas hacían ruidos que uno terminaba aceptando como parte de la familia.

Una tarde, casi noche, me quedé recogiendo con un técnico de origen italiano. Olvidé su nombre. Era de esas personas que sostienen la ciencia sin salir en la foto. Sabía dónde estaba cada anticuerpo, qué congelador mentía sobre la temperatura y qué doctorando iba a cargarse el experimento antes de tocar la pipeta.

Cerró una nevera, miró las cajas de reactivos y dijo:

—Aquí la ciencia funciona mientras alguien la pague.

Lo dijo sin épica. Como quien avisa que el autobús pasa cada media hora. Me reí. Luego entendí que no era un chiste.

He recordado esa frase al leer los números que las revistas Science y The Lancet han dedicado, directa o indirectamente, a mirar Estados Unidos cuando el país se acercaba a sus 250 años. 

Una de ellas destaca la potencia científica. La otra recuerda las grietas, las desigualdades, los cuerpos que quedaron fuera de la foto oficial. Ambas tienen razón.

Estados Unidos no inventó la ciencia moderna. Eso sería darle demasiada autoría a un país que, cuando Newton ya había hecho de las suyas, ni siquiera soñaba con redactar su autobiografía nacional. 

Lo que hizo fue otra cosa. Convirtió la ciencia en una maquinaria de Estado, mercado y prestigio. Y le salió bastante bien.

Ahí están las vacunas, internet, los ordenadores, la biotecnología, los telescopios, la carrera espacial, los hospitales enormes, las universidades que parecen ciudades. Y ese poder blando que consiste en conseguir que medio planeta sueñe con publicar allí, estudiar allí, trabajar allí o, al menos, poner en su currículum que pasó seis meses allí.

Estados Unidos entendió pronto que la ciencia no era un adorno. Tampoco una lámpara para decorar el salón de una nación culta. En cambio, sí es músculo, defensa, negocio y relato. Me atrevo a decir que es futuro empaquetado en convocatorias, becas, laboratorios, patentes y discursos de graduación.

De cualquier manera, la historia oficial prefiere otro decorado. Le gusta hablar del genio individual. ¿Ejemplos? El muchacho que monta una empresa en un garaje. El investigador que no duerme hasta descubrir algo. La chica brillante que llega de un pueblo remoto y acaba cambiando el mundo con una beca, una idea y una sonrisa de anuncio universitario.

Todo eso existe. Pero, también existe la factura de la electricidad.

El genio necesita una silla, un salario, un técnico competente, una centrífuga que no vibre como una lavadora soviética. Necesita un jefe que consiga dinero y un sistema que aguante años de fracasos sin pedir resultados para ayer.

La ciencia no se hace únicamente con talento. Se logra con tiempo comprado. Y esa es una de las grandes lecciones estadounidense.

La otra es menos agradable: quien paga, orienta.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos apostó por la investigación porque entendió que el conocimiento podía decidir guerras, curar enfermedades, conquistar mercados y enviar banderas a la Luna. Ergo, la ciencia entró en el corazón del poder. Se vistió, primero con una bata. Más tarde, de uniforme. Y luego de traje.

Ese cruce concibió maravillas. Generó abusos. Produjo vacunas y vigilancia, terapias y desigualdad, universidades prodigiosas y sistemas de acceso que dejan a muchos mirando desde la puerta.

Nada de esto invalida su grandeza. De hecho, diría que la vuelve humana. O sea, incómoda. Porque cuesta celebrar a Estados Unidos sin terminar aplaudiendo demasiado fuerte. Y cuesta criticarlo sin sonar como quien disfruta de la caída ajena desde un balcón pequeño.

La ciencia norteamericana merece una mirada menos adolescente. Sin postal, ni pancarta.

Ha sido refugio para miles de científicos que escaparon de guerras, dictaduras, pobreza o mediocridad burocrática. Ha sido casa para estudiantes extranjeros que encontraron allí lo que sus países no podían darles: equipos, dinero, bibliotecas, conversación, libertad práctica.

Estados Unidos absorbió talento como quien abre una ventana durante un incendio. Muchos respiraron. El país ganó. La ciencia ganó. Mientras tanto, las patrias de origen se quedaron mirando cómo sus mejores cabezas se marchaban.

Luego, está la otra parte: el mérito. Esa palabra tan útil para dormir bien. Estados Unidos habla mucho del mérito. Lo pronuncia con una seguridad religiosa. El mérito asciende, el mérito compite, el mérito llega, el mérito gana. Mas el mérito suele viajar mejor cuando tiene pasaporte, contactos, inglés perfecto, tiempo para pensar y alguien que pague la mudanza.

Durante décadas, mujeres, minorías raciales, latinos, pobres, migrantes sin red y otros cuerpos mal colocados en la fotografía de la excelencia tuvieron que demostrar el doble –¿solo el doble?– para entrar en habitaciones donde otros heredaban la silla. Tengo que decir que, por mucho que digan, la ciencia no quedó fuera de eso. Ninguna bata blanquea automáticamente la historia.

La medicina norteamericana investigó y curó. También clasificó mal, excluyó mal, experimentó mal y escuchó mal. Algunos errores fueron hijos de su época. Otros fueron hijos de la soberbia. Conviene no confundir ambas genealogías.

Aquí aparece The Lancet recordando que la ciencia, cuando se mira al espejo, descubre algo menos decorativo que premios Nobel. De hecho, descubre a quién estudió. A quién ignoró. A quién clasificó como un caso. A quién llamó normalidad. A quién convirtió en muestra. A quién dejó fuera de la estadística y luego culpó por no aparecer en los datos.

La ciencia estadounidense, con toda su grandeza, también enseña eso: el conocimiento puede producir justicia o administrarla tarde. Ergo, la pregunta no es si Estados Unidos ha sido una potencia científica. La pregunta es qué hizo con esa potencia. Y, yo agregaría, qué haremos nosotros con la lección.

Porque Europa suele mirar a Estados Unidos con esa mezcla tan nuestra de envidia y superioridad moral. Criticamos su mercado salvaje, mientras usamos sus plataformas. Reímos de sus excesos, mientras mandamos a nuestros jóvenes a sus universidades. Desconfiamos de sus empresas, mientras esperamos que nos vendan el próximo fármaco, el próximo algoritmo, el próximo aparato que cambiará la medicina.

Somos muy críticos con el imperio. Hasta que necesitamos su laboratorio. También nosotros deberíamos preguntarnos cuánto estamos dispuestos a pagar por la ciencia que decimos querer.

Queremos innovación, convocatorias limpias, transferencia, pureza académica, investigadores excelentes, contratos decentes, ciencia útil, rápida, barata, ética, competitiva, internacional y con impacto social. De ser posible, antes de diciembre.

Estados Unidos, al menos, entendió que el conocimiento cuesta dinero. Luego hizo con ese dinero cosas admirables y cosas discutibles. Esa es la diferencia entre una potencia científica y un país que organiza jornadas sobre la importancia de la ciencia, mientras el proyector falla. ¿Hablo de España?

El aniversario norteamericano no debería servirnos para repetir la palabra “imperio” como si fuera una explicación completa. El imperio existe, claro. Se nota en el idioma de los papers, en las bases de datos, en los rankings, en las revistas, en las patentes, en las farmacéuticas, en Silicon Valley y en esa manera de decidir qué descubrimiento parece universal y cuál queda como curiosidad local.

También se nota en nuestra dependencia. Un país invierte durante décadas en ciencia y luego el mundo entero usa sus resultados. Hay algo brillante ahí. Sin duda.

Aquel técnico italiano de Providence no necesitaba tanta teoría. Él conocía la verdad por la vía doméstica. La sabía porque había pedido reactivos, reparado equipos, salvado experimentos ajenos y visto pasar generaciones de estudiantes convencidos de que la ciencia empezaba con ellos. Cuando dijo que todo funcionaba mientras alguien lo pagara, estaba resumiendo mejor que muchos editoriales la relación entre conocimiento y poder.

La ciencia quiere parecerse al aire: libre, limpia, disponible. En realidad, se parece al alquiler: alguien tiene que firmar, alguien tiene que pagar, alguien puede subir el precio.

Aquella tarde-noche salimos del laboratorio y Providence estaba silenciosa. El técnico apagó la luz, cerró la puerta y dijo que mañana seguiríamos, si no se acababa el presupuesto. Pensé que exageraba. Ahora creo que estaba siendo prudente.

La ciencia no muere cuando se equivoca. Para eso tiene método. Fallece antes, de una forma menos teatral: cuando una sociedad quiere sus frutos, desprecia sus costes y deja que otros decidan qué merece ser conocido.






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Diario de la invasión (VIII)

Por Orlando L.uis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.