Bruce Davidson. Girl with a birdcage, 1966.
Es un efecto óptico. Persistencia de la retina. Ver a Cuba donde no quedan ni trazas.
En Manhattan sobran las banderas de Puerto Rico. La isla es la capital de la islita. La mayoría, últimamente, las guindan en blanco y negro. Protestan por algo, siempre. Puerto Rico es la nación que nunca nació.
En mi mente reconstruyo enseguida los colores originales. Ocurre sin darme cuenta. Veo las banderas en blanco y negro como si fueran a todo color. No son los de Puerto Rico, por supuesto, sino los colores de Cuba: tres franjas de azul cielo y un triángulo de rojo rubí.
Manejo a lo largo del Broadway dominicano y me viene de frente un truck blandiendo la bandera en blanco y negro de la estrella solitaria. La independencia como idiotez. También, como indigencia e impunidad.
De inmediato, la veo en colores. Sin que intervenga mi voluntad. Aunque quite la vista y vuelva a mirar. Allí sigue. Aunque parpadee a la velocidad de la luz bajo el semáforo de la West 145th, poniendo en riesgo a los pasajeros que confían en mí. Allí sigue. No hay remedio, es la singá bandera cubana. El trapo heroico de una nación que pide a gritos morir.
Supongo que estoy enfermo. O demasiado sano.
Cuba asalta mis sentidos cuando ya creía que haberla borrado de allí. Me pasa lo mismo con la invasión. Me hice adulto sabiendo que habitaba en un tiempo prestado llamado la Revolución. Y que esa Revolución sería eterna a menos que culminara con la coda climática de una invasión.
Toco el claxon cuando me cruzo con mi vecino chofer. Tres veces. Notas cortas, asimétricas, con un ritmito remoto de reguetón. El boricua me interroga por la ventanilla y yo lo saludo con mi pulgar izquierdo hacia arriba. Él cree que estoy en solidaridad con el blanco y negro de su Puerto Rico colonial. Si supiera, el pobre, me daba un tiro con el arma ilegal que porta escondida en su guantera.
Lo está saludando un cubano que siente solidaridad con la invasión a su propio país. Uno que aspira a contar, también, con una bandera en blanco y negro para nuestra patria. Una Cuba óptica que nos permita reconstruir sus colores única y exclusivamente en mi retina.
Una cubanía inercial, cuántica, invertida.
Una cubanía muda, microscópica, que corte tangencialmente el magnífico lastre de la memoria de nuestra corteza cerebral.
Voy a parar aquí. A la pinga con las banderas en blanco y negro de dos países antiparalelos que solo una vez se cruzaron, en el parto primigenio de una invasión.
Ya paré aquí. Dejar de teclear es lo que se me ocurre ahora para que el diario de la invasión no parezca escrito con inteligencia artificial.

Diario de la invasión (V)
Después del colapso y los crímenes del colapso, será impensable llamarse de izquierdas en la cuna de la izquierda latinoamericana.









