Días finales en la Casa Frente al Mar

Cuando hube tomado conciencia de que la Gran Utopía había terminado en medio de estrepitosos e incontables fracasos, una fría llovizna de ceniza empezó a caer a mi alrededor. 

Comprendí que la llovizna era un espejismo, o que su color era otro, como el de la sangre, y ordené mis pensamientos y llegué a la conclusión de que tenía que reconstruir al menos unos días, o unas semanas, de mi vida en la extraña Casa Frente al Mar. Por ejemplo, mis caminatas en silencio por la orilla, entre sargazos. 

Un optimismo cerúleo, con tonos de añil, resplandecía bajo la luz solar. ¡Cuán inevitable resulta la cuestión poética! Tanto como la cuestión política. Y me dije que recuperar la experiencia de cierto pasado iba a proporcionarme los parámetros de cordura que necesitaba.

Siempre he creído que caminar por la orilla del mar, observando reverente la lejanía oceánica, es un acto que contiene una dosis de prudencia sentimental, como si ejecutarlo remarcara mi situación de soledad, pero en un espacio limítrofe donde desaparecer de la vista de los demás no significaría haber muerto (ni que iba a percibirse, a la larga, como la circunstancia de estar muerto), para decirlo con radicalidad o exageración. 

Sin embargo, he aprendido que desaparecer de la vista de los otros —cuando ni leen noticias tuyas, ni ven fotografías recientes, ni oyen comentarios como: “Vaya, ¡qué extraña suerte!, hemos visto a G. cerca de la estación de trenes y nos saludó con la mano y hasta sonrió”— es como estar muerto.

La situación del horizonte, de verlo allí, cambiando de color con lentitud, al menos indica que hay tiempo aquí, que las horas cuentan, que el sol desplaza su radiación hacia el oeste y que hay movimiento. 

“Movimiento es vida”, dice un actor de fama en una película de monstruos. 

Esta ha sido una historia monstruosa. Hay instantes que me parecen temibles. No me refiero a algo que haya vivido y que pueda mencionar con conocimiento de causa, sino más bien a la posibilidad (no sé si espantosa o amable) de que un día, caminando por aquí mismo, repare en el hecho de que el día no avanza, que el sol se ha disuelto en la brillantez de unas nubes perfectamente inmóviles, que las olas apenas se agitan y que los sonidos, tan leves, que antes oía con claridad, ahora se extinguen.

Regresé a la casa imaginando la desconsolada congoja de la Gran Utopía, sus largos chirridos de organismo metastásico. En mi mano llevaba un palo negruzco y espinoso alrededor del cual se había enredado un sargazo verde. Hay algo de arte e intención en el sargazo cuando evita las espinas y las usa como apoyos para cubrir, como una sierpe, la totalidad del palo. 

Cuando llegué a la cocina y vi la jarra de cristal azul llena de agua hasta la mitad, comprendí, adelantándome a los hechos (y acaso desvariando un poco, lo cual es muy normal en este tiempo), que las consecuencias de los actos estaban anticipándose a los actos. 

Me acerqué a la jarra, sumergí en ella el palo negruzco, que enseguida se cubrió de burbujas plateadas, y vi cómo el sargazo se reblandecía y se despegaba, desmayándose hasta tocar el fondo de la jarra.

A un escritor como yo le tienen sin cuidado esos estertores. Ni siquiera le parecen importantes hechos de gran relieve como la muerte de la Gran Utopía, que siempre da paso a otra cosa de la que al cabo terminará aburriéndose y de la cual renegará tarde o temprano.

Cuando tienen poder, todos los utopistas acaban mintiendo.

Pero hoy no le hablaré a usted del bosque, sino de un árbol. La vida grande no debería ocultar la vida chiquita. 

Si no hubiera tenido esa experiencia, tan simple a primera vista, no habría comprendido por qué ciertas visiones (las padezco, las soporto) sobreviven en mi realidad y se acomodan. 

La de una mujer asiática, pondré ese caso, que caminaba (pude verla solo dos veces) de espaldas, hacia atrás, con la vista al frente e imprimiendo a su cómico andar (me refiero a una comicidad hasta cierto punto trágica y abstrusa) una firmeza que me pareció irracional. 

En alguna parte he leído que, si se camina de espaldas atravesando diversas puertas en cierto orden, uno puede borrar, por unos minutos, el tiempo, y aposentarse en un lapso dentro del cual sería posible ver la verdadera realidad de las cosas.

Pero la Gran Utopía había muerto, había revelado sus entrañas malolientes, y yo intentaba que ese hecho pasara por mi lado como el cadáver resbaladizo de un pez aterrador y sanguinario.

Lo notarías enseguida si no desearas desesperadamente que fuera real, me dice enigmático el yo que nace y pervive en la objetivación de mis reminiscencias. 

No alcanzo a comprender el significado de esa frase, pero de inmediato algo me impulsa a poner la jarra al sol, o bajo alguna porción de claridad que las ventanas de la sala dejan entrar. 

Cuando lo hago, siento encima de mí la mirada de hielo de la mujer asiática. Sé que es ciega, sé que una membrana traslúcida de color ámbar cubre sus ojos, y sé que, en cualquier caso, estaría sintiéndome sin poder verme, aunque he tomado por costumbre andar por la casa en el mayor silencio posible, sobre todo si, al seguir sus pasos, casi pisando donde ella pisa, mis recorridos ya no dan fe de la existencia de mi casa, sino de la suya, o de la que, al parecer, es o fue realmente mía en un tiempo que estoy aún por desentrañar.

Pero esto apenas tiene importancia en comparación con cruciales sucesos recientes. Y, aun así, debo referirme a otras cuestiones antes de proseguir. 

Al siguiente día, junto a la jarra de vidrio azul, hallé un pequeño servicio matutino. Mi costumbre de no desayunar (nada, excepto una taza de café) se veía contrariada por aquel servicio (un huevo cocido y un emparedado de pan y queso blanco con una rodaja de tomate), pero como sentía hambre devoré todo sin pensar en aquella dieta absurda a la que me había acostumbrado. 

Cuando abandoné la cocina, a mi mente vino la imagen de la mujer de un pescador que tiraba sus redes cerca de la casa. Era ella —pude recordar— quien solía venir, al amanecer, a preparar las cosas del desayuno y el almuerzo. Llegaba silenciosa, trabajaba en la cocina con premura y empeño, y se iba también en silencio, cuando ya todo estaba listo y ordenado.

Entonces la Gran Utopía vivía aún. 

¿Quién era la mujer del pescador, por qué se sentía (hasta donde pude notar) responsable de mi cocina, del orden que alcanzaba a poner en ella? 

Más allá de mis obsesiones con el maestro Hokusai, este pormenor iba y venía por mi memoria. Sin embargo, lo que en realidad me obsesionaba era que la mujer asiática había dado conmigo y procuraba invadir mi privacidad dentro del sueño, aun cuando, durante las mañanas y las tardes, esa intención suya se hallara bien lejos de manifestarse, como si por el día fuera una persona y por las noches, otra.

Todo se hizo más claro cuando, después de una copiosa cena en solitario (ni falta que hace que lo indique: cenar a solas ya forma parte de la configuración de mi identidad aquí), decidí ponerme a leer un rato. Los periódicos daban fe, machacones, del fin de la Gran Utopía, y las olas iban y venían con impávida tranquilidad. 

Fui a mi habitación, cerré por dentro y, no bien lo hube hecho, me acerqué, curioso, al vidrio de la contraventana. 

Acercarme no fue suficiente. Debo decir que me adherí al vidrio hasta impregnarlo de mi aliento. 

Mi frente, un tanto pegajosa, disfrutaba de la frialdad del cristal. Y abrí los ojos y miré de soslayo, sin girar la cabeza. La cama, el gavetero, la mesita de luz y el escaparate habían desaparecido, al menos de ese reflejo lateral y fantasmático. 

En su lugar había una colchoneta cubierta con un edredón malva, una mesa de patas muy cortas con un servicio que parecía de té, y un colgador con una percha donde se destacaba un largo vestido de color impreciso.

Determiné que tal era el sitio adonde la mujer asiática quería llegar. Y si eso era verdad, yo podía entonces respirar con alivio.

Cuando necesitas volver a la rutina de los días y las noches, cuando lo insólito te obliga a recomponer tus actos más cotidianos y ordenarlos de la mejor manera, entonces recuperas viejas costumbres que alguna vez fueron capaces de marcar una época, o colorearla con un matiz característico. 

Irme a dormir razonablemente temprano, desayunar negligente y sin prestar atención al reloj de la cocina, sentarme en el portal un rato y observar a los pescadores en la bruma de la lejanía, leer durante una hora tras almorzar, caminar por la costa antes de la declinación de la tarde, y ordenar la sección cripto-científica de mis libros. 

He ahí un resumen. Excepto lo del trabajo con los libros, lo demás ya se constituía, en firme, en un conjunto de actos sensatos.

Había demasiado orden, demasiado silencio. Pero eso era precisamente lo que yo quería, ¿o no? 

Nada de gritos, ni de vítores, ni de estruendos, ni de fiestas. 

¡Quién lo hubiera dicho, que la Gran Utopía, ahora muerta, ofrecía la imagen de su desnudez, su imagen real, y no era más que un camelo despreciable! 

La mezcla del tono almendra con el tono pardo montura se asemeja (pero solo un poco) al tono del naranja niebla. Sin embargo, ¿cómo describir la conexión de este último con la idea de un pretérito lejano? ¿Tiene el pretérito un color, es una gama de colores, un abanico de tonos? ¿Cuál era el color de la Gran Utopía?

Todo ensueño repetido obsesivamente, en forma de discursos, frente al espejo, llega a parecer… Parecer, ¿qué?

El murmullo de la espuma de las aguas no deja de arrullarme. ¿Por qué tendría que dejar de hacerlo?