“Tienes que conocer a Cristóbal”, me escribió mi amigo Arsenio Rodríguez Quintana cuando se enteró que yo andaba por Puerto Rico. No Colón, por supuesto, sino el otro: Cristóbal Díaz Ayala, redescubridor de la música cubana.
Arsenio me envió su número de teléfono y a la mañana siguiente estaba con el autor de Música cubana: del Areyto a la Nueva Trova (1993) y La marcha de los jíbaros: cien años de música puertorriqueña por el mundo (1998) en su casa en Guaynabo, hablando como si fuéramos amigos de toda la vida. Yo, agradecido desde ya a Arsenio y a la idea de compartir por unos días la misma isla con aquel señor que, a los 90 años, era la encarnación del saber musical de Cuba y de Puerto Rico.
En aquella primera visita, Cristóbal me hablaría de lo que antes había referido en otras entrevistas: de su auspiciosa niñez temprana en el Hotel Vista Alegre, donde le bastaba salir al balcón para oír de viva voz al Trío Matamoros y a Sindo Garay, que animaban el café de los bajos. O escuchar los domingos la banda municipal de Gonzalo Roig tocando desde la glorieta del parque Maceo.
Me contó de su adolescencia viboreña donde conoció a Marisa, su novia de toda la vida. De sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. De los encontronazos con lo que irrumpió en la vida de todos con el nombre ostentoso de “Revolución Cubana”. De su exilio inicial en Miami, donde fue dueño y dependiente de una bodega que pronto vendió y que con el tiempo se convertiría en el germen de la ahora famosa cadena Sedano’s. De su traslado a Puerto Rico, para sumarse a una compañía que fue parte del boom constructivo de la isla.
También me habló de sus programas de radio sobre música, de la tremenda colección de más de 60 mil discos que había donado a la Universidad Internacional de Florida (FIU) y de los proyectos que todavía lo obsesionaban en su décima década de vida, como la reconstrucción de las relaciones entre la música y el café.
Cristóbal era la encarnación de ese arquetipo que abunda tanto en la literatura y tan poco en la vida real: el del viejito sabio que, según entendí en su caso, es resultado de una juventud feliz y una madurez plena, sin rencores ni resentimientos, aunque no exento de grandes dolores, como la muerte temprana de uno de sus hijos. En Cristóbal había un toque de frescura y picardía mental que conservaba incluso cuando el tiempo insistía en doblegar su cuerpo.
En un encuentro posterior, Cristóbal me contó que siendo adolescente fue a una fiesta en El Vedado y, al intentar sacar a bailar a una muchacha, la chaperona de turno le salió al paso y le preguntó de él dónde era. Su respuesta fue: “De La Víbora”. A lo que la chaperona respondió: “El Cerro fue, El Vedado es y Miramar será. La Víbora no fue, ni es, ni será”, cerrando toda posibilidad de que el intruso bailara con la muchacha a su cargo.
Al contar aquella anécdota, Cristóbal volvía a ser el adolescente furioso y humillado por los protocolos habaneros que le asignaban valor a la gente de acuerdo a su barrio de procedencia.
Nada más distante del espíritu de Cristóbal al emprender su historia de la música cubana.
Cristóbal triunfa allí donde fracasa un Carpentier dominado por sus prejuicios musicales (que lo llevan a excluir del panteón musical a Lecuona o a los músicos populares del siglo XX) o donde falla la magnífica Cuba and Its Music de Ned Sublette, limitada por la convención de describir una República incapaz de engendrar la innegable maravilla musical que produjo.
El amor incondicional y desprejuiciado de Cristóbal por la música le permitía ver genealogías y conexiones deslumbrantes donde otros intentan uncir ese caballo desbocado que ha sido la inventiva sonora de la Isla a sus propias preconcepciones musicales o políticas.
Cristóbal en sus libros deja la música fluir en todas sus variantes y direcciones, e intenta, con la modestia y el detalle con que parecía emprenderlo todo, darnos las pistas esenciales para que podamos explicarnos la maravilla de su existencia. Su admiración (para mí, incomprensible) por Esther Borja no le impedía apreciar la importancia esencial que el otro Arsenio, Ignacio de Loyola Travieso Scull, más conocido como Arsenio Rodríguez o El Ciego Maravilloso, tiene para la música del siglo XX.
La devoción de Cristóbal por los creadores musicales no lo privaba de entender la contribución de productores, clubes sociales, estaciones de radio, estudios de grabación, cabarets y simples bares con victrolas a ese evento mágico que fue la explosión musical cubana en la primera mitad del siglo pasado.
Cuando le confesé que no había leído un mejor recuento de la música isleña que el suyo, me respondió con su modestia incorrupta: “Es que yo no escribo la historia de la música cubana como quien da una conferencia, sino como quien le cuenta un secreto a un amigo al oído”.
Cristóbal no tenía grandes conocimientos de teoría musical y rechazaba que le llamaran musicólogo. Su carrera como historiador de la música era la de un melómano excepcional que, desde sus limitaciones teóricas, encontró sentido donde otros muchos se han perdido en la manigua bullanguera de los géneros cubanos.
Sospecho que, si insistía en iniciar su relación con la música en el balcón del Hotel Vista Alegre, era para arroparse con una mística personal frente a otros autores supuestamente mejor preparados y así lidiar con su propio síndrome del impostor. Ni falta que hacía. El misterio de Cristóbal se resuelve de manera sencilla si se ve como combinación de amor infinito por el objeto de estudio y una sistematicidad que rayaba con la manía, a lo que se añade una clara inteligencia y una gracia natural para relatar.
Luego de aquella primera visita se me hizo costumbre y obligación ir a verlo a su urbanización en Guaynabo en cada uno de mis viajes a Puerto Rico. Una de mis preciosas mañanas en la isla la dedicada a visitar aquella casa ya sin discos, pero poblada por porcelanas de Lladró, cuadros de amigos pintores y la reconfortante hospitalidad de Marisa.
Allí fui con toda mi familia para que conocieran a aquella pareja de viejitos maravillosos. Iba a comprobar cómo la pareja se recuperaba de sus contratiempos físicos, pero sobre todo a hablar de música: allí contrastaba mis intuiciones sobre la evolución musical de Cuba con la visión limpia y afable de Cristóbal, que no se permitía el vicio del conservadurismo.
Cuando alguna vez me oyó despotricar contra la cadencia del reguetón, Cristóbal me detuvo para advertirme que después de todo el reguetón utilizaba una versión actualizada del ritmo de la habanera. “Papam, pam pam”, decía, dando las correspondientes palmadas: “ese ritmo que los músicos llaman ‘café con leche’”.
Esa observación me bastó para reconciliarme en parte con el sonsonete que amenaza con tragarse toda la música en estos días, aunque en particular prefiera esa variante cubana conocida como “reparto”, la que al menos cuenta con el ritmo redentor de las claves.
Hace un tiempo quise homenajear a Cristóbal en una novela en la que todavía trabajo, dedicada a la vida neoyorquina del otro Arsenio Rodríguez, El Ciego Maravilloso. Allí introduje un personaje que comparte su nombre de pila y muchas de las características de Cristóbal. Lo imaginé más joven, estudiando Derecho en la Universidad de Colombia y a la vez coleccionista ávido de todo tipo de músicas, además de asesor esporádico de la protagonista de mi libro, que es una estudiante de Antropología que hace su tesis sobre Arsenio.
En mi libro lo recreé como no lo había conocido, joven y con el apartamento atiborrado de discos, pero con el mismo trato afable y la misma inteligencia que no se esfuerza por exhibirse. Cuando le envié a Cristóbal ese capítulo dedicado al personaje que él me había inspirado, no me respondió. Temí lo que se teme en esos casos: que en Cristóbal se había iniciado el declive definitivo del cuerpo y de la mente, ese que deja sin palabras las despedidas.
En mi última visita a Puerto Rico, en diciembre de 2025, pregunté por Cristóbal en todas partes para comprender que en la isla entera no teníamos ni un solo amigo en común y que la próxima noticia que recibiría de él sería la de su obituario.
La noche del pasado martes 5 de mayo, por fin, recibí la confirmación y reconocí que, a pesar de la vida larguísima y plena de Cristóbal, siempre es difícil despedirse de alguien que, además de bueno, supo transformar sus querencias y manías en una obra inmensamente útil. Ahora solo me queda estirar la conversación al releer sus libros, imposibles de encontrar, y que merecerían una reedición más cuidada. Pero, créanme, no será lo mismo.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn












