Tremendo ‘ostine’(maniobras para llenar el vacío insular)



Pequeñas maniobras contra la porfía de la policrisis y contra la intransigencia de pequeños y muy encadenados aburrimientos —entre la estupefacción y la violencia— que la policrisis genera. 

Pequeñas maniobras: segunda novela de Virgilio Piñera, el hombre del agua por todas partes. El hombre de la circunstancia maldita, la circunstancia sin peces (ni pescadores a medio kilómetro, digamos, de la costa).

Cuando perteneces al grupo de quienes hacen de los libros un refugio y una praxis dentro del mejor humanismo (y que ningún pirimpimpín sudoroso venga a decirme que esa es una-de-las-conquistas-de), resulta obvio que quienes no tienen libros, o no leen, buscan refugiarse en otras cosas. Aquí Perogrullo interviene feliz. Si no tienes trabajo y no lees y tu teléfono está casi descargado, ¿a qué te dedicas? 

En uno de esos grupos de Telegram que agrupan a varones buscadores de morbo, sexo y diálogos sin ostine —no se dice obstinación sino ostine—, veo que todos los participantes procuran formalizar encuentros personales discretos o anhelan conectividad para hacer videollamadas masturbatorias o se ubican en el carril del sexting: diálogos densos + fotos.

Tales son algunos hechos en La Habana crepuscularia y grisácea de 2026.

En general, los fanáticos se dividen en dos grupos: los que son profundamente ignorantes y los que son profundamente manipuladores. Ambos grupos prosperan aquí. El primero es la preciosa cosecha del segundo.

¿Cómo escribir un libro político que sea bueno en tanto literatura y cuyo hacerse, mientras es leído, se revele con los atributos de un shape-shifter? El problema es que el inconsciente es anterior al lenguaje. Y espera por el lenguaje para ser manifestado.

¿Se dice idiolecto o ideolecto? Bueno, no importa. 




El caso es que normalmente uso el verbo desmoronarse cuando me refiero a La Ciudad. La Habana se desmorona y el sexo (o los alrededores del sexo) se constituye en un arquitrabe secreto. No es fuga, sino el arte de la fuga. O acaso una forma pueril de desobediencia.

Telegram. Privado de un tal Osimán. ¿Ozymandias? “No vamos a tener sexo, sino a ver películas donde hay sexo explícito”, digo. Agrego una cabecita sonriente. Broma. Me gusta aclarar las cosas cuando hay que aclararlas, aunque sea por medio de emojis, risitas mudas y estocadas. 

“Está bien, me da igual porque tengo tremendo ostine”, dice. “Yo también”, digo. “¿Por dónde andas?”, dice. “Reparto Santos Suárez”, digo. “Me sirve, vivo por el Mónaco”, dice. “Estamos cerquita”, digo. “¿Y por dónde cojo?”, dice. 

En este punto la conexión se interrumpe, porque la señal desaparece. Cuando los mensajes regresan, noto que hay dos suyos donde menciona mi libro Sexo de cine. Qué barbaridad. Le hago el cuento a mi esposa, que es una gata egipcíaca. 

“Consecuencias de publicar, ¿no?”, observa sonriente.

El placer no es confiscable. Y hay que experimentar. Porque si experimentas ya tendrías tu invernadero.

La Habana ectoplasmática, La Habana real (que sigue siendo un ectoplasma), La Habana tenebrosa. 

En el Salón Paraíso, donde hay dos silenciosas plantas eléctricas, de las cuatro habitaciones destinadas al morbo y el fornicio hay dos cuya iluminación es, sin embargo, mediante velones de iglesia. El Salón Paraíso está regenteado por una condiscípula que alguna vez se obsesionó con la poesía de T. S. Eliot. Vestido corto, bermellón, cuero artificial.

El sexo-arquitrabe. Hay una especie de lucidez en lo “prohibido”. Cada orgasmo arroja una sombra sobre la falsedad del deber. Cuando ocurre el apagón, desde los ventanales del Salón Paraíso, que está en la segunda planta de un edificio de Centro Habana, nadie grita obscenidades. 

El Salón Paraíso es un hermoso lugarcito para el folleteo de clase, la singueta libresca. En el vestíbulo, los dueños han construido un bar (la decoración es un tanto febril) donde hay una máquina de café que parecería una máquina de Picabia, a no ser por la presencia tranquila y feliz de quien atiende los pedidos. Aun así, alguien se asoma y, con voz alcohólica, grita: “¡No quiero que la patria me contemple orgullosaaa!”

Debo aclarar que hay un cuento de Virgilio Piñera titulado así: “Salón Paraíso”.

Se hace el silencio. La piel aprende a no pedir permiso y eso hace que se transforme en un territorio para la escritura. Es decir: para la libertad. Acabo de incurrir en un lugar común, lo sé.

Una sociedad fallida necesita y hasta exige cuerpos útiles, productivos, medibles. Pero allí, en el Salón Paraíso y hasta en las esquinas oscuras donde una pared se ha derrumbado, los cuerpos no fabrican nada que pueda ser inventariado. Cuando la Bestia de Jean Cocteau le regala a Bella el collar de perlas y diamantes con un relicario de esmeraldas, ella se lo da a una de sus envidiosas hermanas. Y cuando esta se lo pone frente al espejo, lo que aparece allí es una ristra de cebollas podridas. 




Esos cuerpos son inútiles para todo cuanto se oponga a la Gran Libertad, o a la libertad que ellos crean durante el sexo. Al experimentar, no es que le den la espalda al desastre. Más bien, asumen e incorporan el desastre desde una perspectiva sin heroísmo.

El joven que vive por el Mónaco cancela su visita porque debe hacer la cola del banco. Así, cuando la tragedia es repetitiva en su letanía de malas noticias, los cuerpos eligen insistir en la fertilidad del exceso. O, para ser más precisos, volver a la carga con la posibilidad real del exceso

Desde la cola del banco, vuelve a decirme que tiene tremendo ostine y que quiere (“con mente abierta”, me exhorta) ver esas películas y algunos videos conmigo.

“En mi casa hoy no hubo almuerzo”, me cuenta. “Tengo café y galletas dulces”, propongo. “¡Ñooo, voy en esa!”, escribe y añade un emoji. 

“¿Vienes entonces?”, pregunto. “Paso por casa de mi novia, le dejo un dinerito y voy a verte”, confirma.

Refugiarse no es meterse en un lugar, porque los refugios materiales ya no existen, a no ser que las balas empiecen a silbar. Refugiarse es tocar y que te toquen y así sabes que existes aquí y ahora a pesar del abismo. Lo frágil resiste. Lo frágil está destinado a ser un náufrago.

Abro la puertaventana del balcón y me asomo. El basurero está a punto de cerrar la calle, pero fue incendiado ayer y parece que, con la ligereza de las cenizas, su volumen cedió un poco.

Preparo la cafetera. Me queda medio paquete de galletas María. No hay electricidad, por supuesto. Pero mi laptop está al 94 por ciento.