Un tajo de agua del Tajo



La columna pasada fui a Londres, de correcorre. En esta iré a Toledo. Me dará tiempo a otras medievalerías antes de que suceda algo en, ustedes saben (falso: no hay un ustedes).

Distintos destinos, escrituras distintas. Lo único que no cambia, lo fugitivo que permanece y dura, es esta frase de Bradbury: “No pienses. El pensamiento es el enemigo de la creatividad”.

El viejo Ray también dejó dicho aquello de que las neuronas están en la punta de los dedos.

No sus terminaciones ni sus cables: las putas neuronas. 

En las puntas de.

Los dedos grasientos sobre el teclado. Dar con la tecla.

Esta anatomía, ese punta y aparte, no le gusta a la gente de la IA.

Abro paréntesis.

Hace poco hubo un concurso literario donde ganó un cuento escrito con IA y nadie se dio cuenta. El cuento premiado terminó colándose nada más y nada menos que en la revista Granta.

Alarma. 

Escandalito. 

No tiene la menor importancia. 

Lo vengo diciendo (¿pero, dónde?, ¿cuándo?): es una cortina de humo.

El tema no está en las cosas más o menos mierderas escritas con IA. El tema, para la lectura y la crítica y la clínica literarias, son las cosas escritas con cero IA pero que igual son cientoporciento IA, quieras o no lo quieras. 

Porque la cosa viene de antes de las teclas y de los teclados con mouse y de aquel Mouse de The Matrix.

Antes de que los arpaneteros se pusieran a jugar a esos yaquis sin pelota que son las redes neuronales artificiales. 

Antes, incluso, de los memorizadores de clásicos de Ray Bradbury en Farenheit 451 .

La temperatura del papel ceniza en la punta de los dedos. Humo de verdad. 

Carne cortical quemada.

La memoria humana manipula, ghostea, se autoengaña más y alucina mejor, porque conoce el estrés físico, el estrés político, de tener un cuerpo dentro de una dictadura, dentro de una guerra avisada que de todas formas mata soldado, sónicamente.

Cierro paréntesis.

Voy a Toledo.

En Toledo hay tantas tiendas de souvenirs por metro cuadrado que cada intersección de callejones me recuerda a Times Square, pero con murallas en lugar de pantallas y queso manchego y mazapán en lugar de combos fast food & furious.

En Toledo, el souvenir estrella es el arma blanca: espadas de todos los tamaños, puñales, navajas, alfanjes, cuchillos, cuchillas, cuchilles, cuchillxs…

El famoso acero toledano.

Diseños históricos y modelos seriales onda Juego de Tronos y Señor de los Anillos

Mi hijo está encantado. 

Por supuesto, son réplicas con denominación de origen. Pasamos la punta de los dedos por los bordes: no cortan.

No hay tajos en nuestras yemas.

En tiempos del Imperio español, sin embargo, los filos originales sí que provocaban Tajos. Con mayúsculas.

Se decía que el secreto de la metalurgia más potente de Europa estaba en el río, donde se hacía el templado: los espaderos toledanos calentaban la aleación al rojo vivo y la enfriaban de golpe sumergiéndola en las aguas del Tajo, de noche, bajo ciertas fases de la luna. La combinación de sales y minerales del agua del río hacía el resto. 

El resto es la forja de un mito.

Mito al que hoy se le extrae el kilo, el euro, el peso específico, en una mina de turistas.

El acero toledano me hace pensar en Resóplez, antagonista de Elpidio Valdés. Mi memoria ubica la referencia sablesca en uno de los cómics, no en los muñequitos.

Juan Padrón quería convencernos de que Resóplez era el malo y Elpidio el bueno.

Entramos a un restaurante a almorzar. La camarera reconoce nuestro acento y nosotros el suyo. 

Doblajes.

—¿De dónde son? —pregunta.

—La Habana —respondemos. 

Ancha es Castilla y al parecer estamos por todas partes, menos en Cuba. Por suerte.

—Yo soy de Ciego de Ávila —sonríe ella.



A raíz de esa repentina y geolocalizada complicidad: súbitos parlamentos de muñequitos juanpadronianos. Para eso hemos quedado.

De Júcaro a Morón y de Morón a Júcaro… De Júcaro a Morón y de Morón a Júcaro…



Hacían falta más trochas.

Más fortines. Más alambradas.

Después de almorzar, vamos al Museo del Ejército en el Real Alcázar. Y allí dentro, aunque el recorrido empieza con los guerreros de la Iberia prerromana, todo me hace pensar en Resóplez, once again. ¡Rediez!

Desde luego, hay turistas chinos en todas las salas. 

Venderemos réplicas de todas estas armas, estarán pensando. Venderemos réplicas de todas estas réplicas.

Donde otros ven la rueda de la Historia, ellos ven cadenas de suministros.



En la Protesta de Baraguá también había chinos, chinos manigüeros con sus ojillos opiáceos, escuchando un doblaje al mandarín del reguetón de Antonio Maceo.

Tráiganme clavos, puntillas, mi rifle tira cualquier cosa…



Pero el trabuco de Fico, que en ese otro muñequito se enfrentaba al acero toledano escenificando ya la supuesta “resistencia creativa”, también era un rifle español, por supuesto.

Los mambises tenían que haber perdido esa guerra.

No la perdieron. 



Entre las consecuencias de la no derrota tenemos: 

1) la amplísima difusión en Cuba de un best-seller en cirílico titulado Как закалялась сталь (Así se templó el acero), escrito por un estalinista con espondilitis anquilosante (la misma enfermedad que derrotó —fisiológica y generacionalmente— a Guillermo Rodríguez Rivera); y

2) la desaparición en Cuba de clavos, puntillas y de casi cualquier cosa que se pueda fundir para luego forjar otra cosa.

Mambises, bestias, no tiréis con ventanas…



Ahora los herederos renegados de los mambises, de aquellas bestias, estamos viviendo en lo que algunos analistas (todos somos analistas) llaman una “ventana temporal”. 

Ventana que más tarde o más temprano se cerrará para siempre. 

Deshecha en menudos pedazos, Fico.

En el Alcázar de Toledo, por otra parte, y por otra ventana, yo contemplo el horizonte manchego donde yace el río.

El Tajo divide la parte alta de la ciudad, este peñón medieval que encajona el casco histórico del moderno barrio residencial de Santa María de Benquerencia.

Hacia allá vamos.

Quiero acercarme a la ribera. Quiero dar con la tecla. Quiero dar con el tajo, tocando el agua con la punta de mis dedos, donde están las neuronas.

El oasis verde que rodea el río contrasta con la aridez, también mítica, del paisaje castellano y la piedra desnuda de sus murallas.

Y el agua del río tiene el color del té verde, también.

Lo cual me hace pensar en un inmenso librito de Guido Ceronetti titulado Pensamientos del té (Acantilado, 2018), que aquí voy a citar en su versión titulada Pensamientos del tajo.

Con minúscula, porque es un libro muy breve.

“El aliento del tajo penetra en los miembros muertos, no teme interrogar a estatuas inmovilizadas. Entre las grietas de lo árido introduce alguna gota suya, a lo descolorido le devuelve su lustre”. 

“Los pensamientos ajenos se tornan míos con gran facilidad; los míos, cualquiera que así lo desee, puede hacerlos suyos, no importa cuál sea el estimulante, no necesita nombre: el pensamiento no dice ni Tuyo ni Mío”.

“El hombre abre un tajo porque le amarga el hombre”.

“El tajo bebe al hombre, la sangre más amarga”.

(Manipulando citas desde el año 2001: una odisea de la apropiación. De eso que ahora llaman metacuración.Síganme, para más de lo mismo).

Llega un momento en la vida en el que uno entiende que lo más sensato es aprovechar la fuerza del Tajo, pienso.

Para pensar algo filoso, no hay nada como ser atravesado por ello.

Me acerco al agua. Aparto unas malezas, espanto a unas garzas y a una rata de agua (Arvicola sapidus) que se sumerge rápido porque sabe que está en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Saco un frasco y lo sumerjo rápido, como si la rata de agua fuera yo.

Lo cierro.

Seco el cristal por fuera.

Los protocolos de la metalurgia, de la aleación cortante y sonante, nacieron de la desconfianza hacia los maestros forjadores.

Todos muertos, por otra parte. 

Fantasmas a los que interrogar, en el mejor de los casos. 

No sé qué voy a hacer con esta agua, pero ya estoy diseñando protocolos. Envíos por correo postal.

Como mismo se enviaba el ántrax, ¿no?

Bolsitas de Tajo deshidratado como bolsitas té.

Un té que será enviado a quienes más lo necesitan.

El tajo de este frasco no dice ni Tuyo ni Mío.

Miento, no soy capaz de diseñar ningún protocolo.

Escribir en la era de la IA, insisten algunos, no consiste en encadenar signos de manera coherente, sino en diseñar estados de conciencia. 

Yo ni siquiera soy capaz de eso.

Solo sé que millones de hispanocubanos (¿millones?, citation needed) necesitan esta agua.

La guerra que tú crees necesaria quizá no sea ninguna guerra necesaria, porque la guerra siempre está sucediendo en el archivo del pasado y siempre comienza un día después, en el futuro. 

No hay presente ahora.

Habrá, quizás, quién sabe, una lista de especies amenazadas. Nunca protegidas.

Dios nos libre de dar pena a nadie. No tengo nada más que decir.

Yo me alegro de estar aquí. Y me alegro de estar conmovido.