Cuando ser guapo era una estirpe y ‘pinchar’ no era una conga anunciada


Crónicas de La Polaka: nuestro legado en La Habana

Hay ciudades que se habitan y ciudades que terminan habitándonos. La Habana pertenece a esta última estirpe. Desde hace muchos años camino sus calles reales y sus calles de papel, sus plazas abiertas al mar y sus archivos silenciosos, y en cada uno de esos recorridos he comprendido que una ciudad nunca es solamente un conjunto de edificios, avenidas o monumentos. Una ciudad es, sobre todo, una suma de memorias, de voces interrumpidas y de vidas que siguen respirando en las fotografías, en los periódicos amarillentos, en las cartas olvidadas y en los testimonios de quienes se negaron a dejarla desaparecer.

Estas crónicas nacen precisamente de esa convicción. No pretenden ser una historia total de La Habana, tarea imposible para una ciudad que se multiplica en cada mirada, sino una invitación a recorrer sus pliegues menos visibles. Me interesa la ciudad monumental, pero también la ciudad escondida; la de los grandes acontecimientos y la de los personajes anónimos; la de los artistas consagrados y la de las mujeres y hombres que apenas dejaron un rastro en los documentos y que, sin embargo, contribuyeron a construir el alma de esta Isla.

A lo largo de mi vida como investigadora he aprendido que los archivos poseen una extraña capacidad para devolvernos el pulso del pasado. Basta abrir un expediente judicial, desplegar un viejo programa de mano, leer una nota de prensa o descubrir una fotografía sin identificar para que aparezca, de pronto, un universo entero. Cada documento contiene una historia esperando ser contada. Cada hallazgo es una puerta entreabierta.

Por eso estas páginas serán también el relato de una búsqueda. Aquí convivirán la investigación histórica, la memoria cultural y la experiencia personal de quien ha pasado años persiguiendo nombres, fechas y rastros dispersos. En ellas encontraremos a artistas, intelectuales, mujeres de la noche habanera, emigrantes, músicos, personajes del hampa, barrios desaparecidos y leyendas urbanas. Aparecerán las luces de la ciudad, pero también sus sombras, porque ninguna memoria resulta completa si renuncia a las zonas más complejas de su propia historia.

He decidido llamar a este espacio Crónicas de La Polaka: nuestro legado en La Habana porque el legado nunca pertenece a una sola persona. Los archivos que consultamos, las fotografías que conservamos y las historias que rescatamos forman parte de una herencia común. Es un patrimonio hecho de recuerdos y de olvidos, de presencias y de ausencias, que nos interpela y nos obliga a mirar de nuevo.

Escribo estas crónicas con la certeza de que la memoria necesita ser contada para permanecer viva. Lo hago, además, desde un sentimiento profundamente personal. La Habana me ha enseñado que las ciudades poseen una biografía secreta y que, en ocasiones, la labor del investigador consiste simplemente en escucharla. Cada calle tiene algo que decir. Cada edificio guarda una huella. Cada documento es una conversación interrumpida que espera ser reanudada. Abro, pues, estas páginas con la voluntad de compartir un largo itinerario de descubrimientos. No escribo para clausurar historias, sino para abrirlas. No escribo para levantar monumentos de nostalgia, sino para devolver la palabra a quienes la perdieron entre las arrugas del tiempo.

Estas serán las crónicas de una ciudad que nunca termina de contarse y de un legado que todavía nos pertenece. Y de alguien, yo misma, para quien esos márgenes siempre prohibidos, han sido la mayor escuela de sabiduría, placer, literatura y formación, pues reconozco que yo, una chica burguesa y criada entre algodones, en cuanto puso su cuerpo en solitario en la ciudad de la sombra, entendió que en los secretos y en las vivencias habita la poderosa luz de contar y renacer.




Cuando ser guapo era una estirpe y ʻpincharʼ no era una conga anunciada


De la Garduña a los negros curros: sombras sevillanas que cruzaron el Atlántico

Siempre he desconfiado de las historias demasiado ordenadas. Las ciudades, como las personas, suelen guardar una vida secreta que apenas aparece en los libros y que se esconde en los márgenes de los documentos. La Habana no es una excepción. Durante años he perseguido las huellas de artistas, escritores, prostitutas de lujo, músicos y personajes olvidados, pero he terminado comprendiendo que una parte esencial de la historia de la ciudad se encuentra precisamente en sus sombras.

Entre esas sombras aparecen los llamados negros curros. Los descubrí hace muchos años de la mano de Fernando Ortiz. Sus páginas me produjeron la extraña sensación de estar contemplando un mundo apenas entrevisto, una sociedad paralela que había desarrollado su propia estética, su propio lenguaje y sus propios códigos de honor. Aquellos hombres, vestidos con pañuelos llamativos, sombreros ladeados y bastones de adorno, caminaban por las calles de La Habana colonial con el orgullo de quien sabe que pertenece a una comunidad distinta.

Ortiz los describió como una singular subcultura urbana, compuesta por negros y mulatos profundamente hispanizados, muchos de ellos vinculados a las tradiciones populares sevillanas. Su presencia se concentraba en los barrios próximos al puerto, en las zonas de intensa circulación humana, en aquellos espacios donde convivían el comercio, la marginalidad y la aventura.

Y fue entonces cuando una vieja pregunta, generó otra, y otra y comenzaron a perseguirme. ¿De dónde procedían realmente aquellos códigos de conducta? ¿Cómo había nacido aquella singular manera de vestir, de hablar y de entender el prestigio callejero? ¿Existía algún parentesco con las viejas culturas del hampa andaluza? La respuesta, todavía provisional, me condujo a otro territorio fascinante: la leyenda de la Garduña.

La Garduña ocupa un lugar ambiguo en la historia española. Para algunos fue una poderosa sociedad secreta dedicada al crimen; para otros, una invención literaria nacida del romanticismo y de la fascinación por las conspiraciones. Su propia existencia continúa siendo objeto de debate. Sin embargo, más allá de que la organización hubiera existido o no, lo verdaderamente importante es que el mito de la Garduña refleja la presencia de un universo social muy real: el de los bajos fondos sevillanos.

La Sevilla de los siglos XVII y XVIII fue una ciudad extraordinariamente compleja. Puerto del imperio, puerta de América y escenario de una intensa movilidad humana, también fue el hogar de pícaros, tahúres, contrabandistas, prostitutas, ladrones y aventureros de toda condición. Las tabernas, los callejones y los muelles alimentaron una verdadera cultura de la marginalidad, con sus propias reglas y jerarquías.

No deja de ser significativo que Fernando Ortiz insistiera en el origen sevillano de muchos de los negros curros. A medida que profundizaba en esta cuestión, comencé a sospechar que los curros podían representar algo más que un simple fenómeno delictivo. Tal vez constituían la adaptación habanera de una vieja cultura urbana llegada desde Andalucía y transformada en el contexto americano.

Los paralelos son demasiado numerosos para ser ignorados. Ambos mundos compartían una fuerte conciencia de grupo. Ambos desarrollaron lenguajes propios, comprensibles únicamente para los iniciados. Ambos hicieron de la valentía, del desafío y de la reputación personal una forma de prestigio. Ambos nacieron en barrios portuarios, espacios donde se mezclaban las mercancías, las lenguas y las gentes procedentes de todos los rincones del Atlántico.

Incluso su estética parece responder a un mismo impulso. El vestido llamativo, el gusto por el adorno, la teatralidad de los gestos y la construcción de una identidad visible convierten a los negros curros en algo más que una banda de delincuentes. Constituyen una verdadera comunidad cultural. Con frecuencia olvidamos que el Atlántico no transportó únicamente mercancías, esclavos o ideas políticas. También trasladó formas de hablar, maneras de vestir, supersticiones, músicas y culturas de la marginalidad. El océano fue un inmenso corredor de intercambios invisibles.

Quizá por ello, cuando observo la historia de los negros curros, no veo únicamente un episodio pintoresco de la Habana colonial. Veo un fragmento de Sevilla que cruzó el mar y adquirió una nueva vida en el Caribe. Las ciudades poseen memorias subterráneas. A veces esas memorias sobreviven en un expediente judicial; otras, en una fotografía olvidada o en las páginas de un viejo libro de Fernando Ortiz. Y algunas veces, como ocurre con los negros curros, sobreviven en una pregunta que todavía espera respuesta.

Tal vez nunca podamos demostrar la existencia de un vínculo directo entre la Garduña y los curros habaneros. La historia rara vez concede certezas absolutas. Pero sí podemos afirmar que ambos pertenecen a una misma geografía cultural, la de las hermandades del margen, la de las sociedades nacidas en las fronteras de la ley y de la pobreza, la de los hombres y mujeres que construyeron, desde la periferia, una parte esencial de la historia de nuestras ciudades. Por eso he querido comenzar estas crónicas con ellos. Porque también las sombras forman parte de nuestro legado en La Habana.


La sombra de la Garduña y el viaje de los hombres del margen

La Garduña pertenece a ese territorio incierto donde la historia y la leyenda se miran de frente. Durante siglos se la describió como una poderosa hermandad del crimen organizada en Sevilla y extendida por otras ciudades españolas. Se le atribuyeron jerarquías, juramentos, señales de reconocimiento y una compleja red de ladrones, espías y asesinos. Sin embargo, la documentación que permitiría demostrar su existencia como una gran organización unificada resulta extraordinariamente frágil y muchos historiadores contemporáneos consideran que buena parte de su fama procede de relatos románticos del siglo XIX.

Pero la inexistencia de la Garduña como institución perfectamente organizada no significa que el mundo que la inspiró fuera imaginario. La Sevilla de los siglos XVII y XVIII albergó una extraordinaria variedad de comunidades marginales. Allí convivían gentes de toda condición: marineros, esclavos y libertos africanos, trabajadores del puerto, contrabandistas, buscavidas, prostitutas y pequeños delincuentes. Era una ciudad mestiza y profundamente atlántica. Entre sus calles y tabernas se desarrollaron verdaderas culturas del hampa, con códigos de conducta propios y formas de solidaridad que a menudo escapaban al control de las autoridades. En ese universo desempeñó un papel importante la población negra sevillana.

Hoy solemos olvidar que Sevilla llegó a tener una de las comunidades africanas y afrodescendientes más numerosas de la Europa moderna. Negros esclavos y libres participaron en los oficios urbanos, en las cofradías religiosas y en la vida cotidiana de la ciudad. Algunos prosperaron; otros quedaron atrapados en los márgenes de la pobreza y de la delincuencia. Las fuentes judiciales muestran la presencia de negros y mulatos en riñas, pequeños robos, contrabando y otras actividades vinculadas a los bajos fondos urbanos. Y aquí surge una hipótesis que me parece particularmente sugerente.

Si las culturas del hampa sevillana fueron reales y si entre sus integrantes hubo hombres negros y mulatos, ¿por qué no pensar que algunos de ellos, o de sus descendientes, terminaron cruzando el Atlántico? ¿Por qué no imaginar que ciertos códigos de conducta, ciertas formas de vestir y determinados lenguajes de la marginalidad viajaron hacia el Caribe junto con quienes abandonaron Andalucía en busca de nuevas oportunidades?

No se trata de afirmar la existencia de una rama habanera de la Garduña. La documentación no permite semejante conclusión. Se trata, más bien, de plantear la posibilidad de una transmisión cultural. Los negros curros que encontró Fernando Ortiz en La Habana presentan rasgos que recuerdan poderosamente a aquellas antiguas comunidades marginales sevillanas. Su orgullo de grupo, su lenguaje particular, su sentido del honor callejero, la teatralidad de su apariencia y la ocupación de determinados espacios urbanos parecen responder a una larga tradición atlántica.

La Habana y Sevilla compartieron durante siglos un mismo horizonte marítimo. Fueron ciudades portuarias, cosmopolitas y profundamente mestizas. Por sus muelles circularon mercancías, riquezas y personas, pero también costumbres, canciones, supersticiones y formas de entender la vida. Quizá los negros curros fueron herederos de ese inmenso trasvase de memorias. Quizá en los callejones de Jesús María, en las tabernas próximas al puerto o en las casas de vecindad de la vieja Habana sobrevivieron ecos de una Sevilla popular que el tiempo terminó por borrar.

No puedo demostrarlo todavía. La investigación apenas comienza. Pero los documentos, cuando se observan con paciencia, suelen revelar conexiones inesperadas. Y cuanto más me acerco a la historia de los negros curros, más tengo la impresión de que sus pasos conservan un lejano acento andaluz.

Las ciudades se parecen más de lo que creemos. A veces una calle de La Habana termina desembocando en una plaza sevillana. A veces un gesto, una palabra o una forma de anudarse un pañuelo nos hablan de un viaje ocurrido hace siglos. Y acaso sea esa la verdadera tarea de estas crónicas: seguir el rastro de esas huellas diminutas que el tiempo no ha conseguido borrar.


Jesús María: geografía sentimental y criminal de los negros curros

Hay barrios que se dejan describir y otros que exigen ser escuchados. Jesús María pertenece a estos últimos. Cada vez que me acerco a su historia tengo la sensación de entrar en una ciudad dentro de la ciudad, en un territorio que durante siglos fue puerto, frontera y refugio. Allí convivieron marineros, estibadores, esclavos libertos, inmigrantes, artesanos, músicos, prostitutas y toda una población flotante que hizo de aquellas calles un extraordinario laboratorio humano. Si La Habana monumental se levantó mirando al poder, la Habana de Jesús María nació mirando al mar.

El puerto fue su verdadera matriz. Por él entraban mercancías y fortunas, pero también hombres sin oficio, aventureros, desertores, fugitivos, africanos esclavizados, negros libres procedentes de otros territorios del Caribe y emigrantes españoles que llegaban con poco más que la esperanza de una vida distinta. En esos espacios de enorme movilidad social las identidades se transformaban con rapidez y las costumbres viajaban de un lado a otro del Atlántico.

Fue en ese escenario donde los negros curros encontraron uno de sus principales territorios. Fernando Ortiz los describió como hombres de singular presencia. Su forma de vestir, su manera de caminar y la importancia que concedían al prestigio personal los convertían en personajes inmediatamente reconocibles. El pañuelo anudado al cuello, el sombrero ladeado, el bastón, las prendas vistosas y el cuidado del aspecto exterior formaban parte de una auténtica representación de sí mismos.

El cuerpo era un lenguaje. La apariencia decía quién era cada uno, a qué grupo pertenecía y cuál era su posición en la jerarquía invisible de la calle. Pero los curros eran mucho más que una estética. Desarrollaron una auténtica cultura urbana. Poseían expresiones propias, giros lingüísticos y una forma particular de entender el honor. La reputación era un capital social de enorme valor. El coraje, la capacidad de responder a una ofensa y la lealtad al grupo constituían elementos esenciales de su identidad.

A menudo se los ha reducido a simples delincuentes. La realidad parece más compleja. Los documentos judiciales, las referencias periodísticas y los estudios de Ortiz permiten ver un universo humano diverso, en el que convivían trabajadores portuarios, pequeños buscavidas y personajes vinculados al delito. Como ocurre con tantas comunidades marginales, la frontera entre la legalidad y la supervivencia cotidiana era frecuentemente difusa.

Por eso me interesa tanto Jesús María. Porque en sus calles se puede observar el nacimiento de una auténtica cultura popular habanera, profundamente mestiza y atravesada por influencias atlánticas.

No deja de llamarme la atención la semejanza entre ciertos comportamientos de los curros y las antiguas comunidades marginales de Sevilla. Ambas hicieron del barrio una patria emocional. Ambas desarrollaron un lenguaje propio. Ambas otorgaron un enorme valor al prestigio y a la solidaridad grupal. Ambas se movieron en las proximidades del puerto, ese gran escenario donde las identidades se mezclan y se reinventan. Pienso muchas veces en aquellos hombres caminando por las calles de Jesús María.

¿Recordaban todavía las historias escuchadas a sus padres y abuelos? ¿Conservaban palabras llegadas de Andalucía? ¿Habían heredado viejas costumbres de los bajos fondos sevillanos? ¿O habían creado, en la otra orilla del océano, una cultura completamente nueva?

La historia rara vez responde de manera definitiva a estas preguntas. Pero la investigación nos permite, al menos, seguir las huellas. Y las huellas son numerosas. El puerto, las tabernas, los oficios humildes, las redes de sociabilidad masculina, el orgullo de grupo y la teatralidad de la vida callejera dibujan un paisaje extraordinariamente coherente.

En realidad, cuando uno observa con atención a los negros curros termina comprendiendo que la historia de La Habana no puede escribirse únicamente desde los palacios, las instituciones o las grandes figuras políticas. También debe escribirse desde sus barrios populares, desde sus márgenes y desde aquellos hombres y mujeres que construyeron la ciudad desde abajo. Cada calle de Jesús María conserva todavía algo de aquella memoria. Quizá un nombre. Quizá un gesto. Quizá una palabra.

Las ciudades tienen la costumbre de esconder sus secretos en los lugares más humildes. Y sospecho que una parte importante de nuestro legado habanero continúa aguardándonos precisamente allí, en las viejas calles del barrio curro, donde el rumor del puerto y las voces del pasado todavía parecen confundir.


Las mujeres del mundo curro: amores, supervivencias y silencios en La Habana popular

Toda historia de los márgenes corre el peligro de convertirse en una historia de hombres. Los expedientes judiciales, las crónicas policiales y los testimonios de la época suelen hablar de los curros como si hubieran sido los únicos protagonistas de aquel universo. Sin embargo, basta detenerse un momento para comprender que ninguna de aquellas vidas habría sido posible sin las mujeres que compartieron sus calles, sus pobrezas y sus esperanzas.

Ellas aparecen pocas veces en los documentos y, cuando lo hacen, suelen hacerlo de manera injusta. Las encontramos convertidas en simples acompañantes, en víctimas, en amantes o en figuras secundarias. Pero la ciudad popular se sostuvo, en gran medida, sobre el trabajo silencioso de esas mujeres.

Las hubo lavanderas, vendedoras ambulantes, costureras, cocineras, criadas, tabaqueras, taberneras y pequeñas comerciantes. Algunas criaban solas a sus hijos; otras mantenían economías familiares enteras gracias a un oficio humilde y precario. Muchas aprendieron a sobrevivir en un entorno duro, marcado por la pobreza y la incertidumbre. También existieron las mujeres de la noche.

La Habana portuaria conoció un extenso universo femenino vinculado al entretenimiento, al baile y a la prostitución. Reducirlas a una categoría moral sería un grave error. Muchas de ellas fueron extraordinarias estrategas de la supervivencia, capaces de construir redes de solidaridad y de negociar espacios de autonomía en una sociedad profundamente desigual. Imagino a esas mujeres caminando por las calles de Jesús María al caer la tarde, llevando en la cabeza un cesto de frutas, esperando a un marinero que no regresó o defendiendo con fiereza el pequeño espacio que habían conseguido conquistar.

La historia las ha dejado casi siempre en los márgenes. Por eso estas crónicas también les pertenecen. Porque ninguna ciudad puede comprenderse si olvida a las mujeres que la sostuvieron con su trabajo y con su memoria.


La ciudad de las esquinas: tabernas, puertos y memorias del margen

Hay ciudades que se recuerdan por sus monumentos y otras que se recuerdan por sus esquinas. La Habana pertenece a las segundas. Las grandes historias suelen detenerse en los palacios, las fortalezas o los edificios oficiales. Yo, en cambio, siento una enorme fascinación por las tabernas desaparecidas, los cafés humildes, los solares y los muelles. En esos lugares aparentemente menores se tejió buena parte de la vida de la ciudad.

El puerto fue una inmensa escuela de humanidad. Por sus muelles pasaron emigrantes, músicos, marineros, comerciantes, aventureros y fugitivos. Cada barco traía mercancías, pero también historias. Cada desembarco modificaba un poco el rostro de La Habana.

Las tabernas actuaban como pequeñas repúblicas de la conversación. Allí se cerraban negocios, nacían amistades, se escuchaban noticias de lugares remotos y se intercambiaban canciones y leyendas. Muchas veces, la historia oficial se escribía en los despachos, pero la verdadera temperatura de la ciudad podía medirse en aquellas mesas de madera desgastada.

Me gusta pensar que la memoria de una ciudad también se conserva en sus espacios perdidos. Una esquina puede desaparecer físicamente y, sin embargo, seguir existiendo en el recuerdo de quienes la habitaron. Un café puede haber cerrado hace un siglo y continuar vivo en una fotografía, en un anuncio de prensa o en una vieja carta. La Habana está hecha de esas persistencias.

Por eso, cuando escribo sobre sus barrios y sus personajes, siento que no estoy reconstruyendo únicamente un pasado. Estoy restituyendo una geografía sentimental que todavía nos pertenece. Cada esquina tiene una historia. Cada calle es un archivo.

Comenzar estas Crónicas de la Polaka: nuestro legado en La Habana desde los márgenes, es sostener que las ciudades se comprenden mejor cuando se observan desde abajo. Las sombras, los barrios populares, las mujeres olvidadas, los personajes del puerto y las viejas culturas del hampa forman parte de una herencia tan valiosa como la de los grandes nombres y las grandes instituciones. La Habana que me interesa no es únicamente la ciudad monumental, sino también la ciudad secreta. La que sobrevive en un recorte de periódico. La que se esconde en una fotografía sin nombre. La que continúa respirando en la memoria de sus calles.

Tal vez escribir estas crónicas consista precisamente en eso: en devolver la palabra a quienes el tiempo dejó en silencio y en recordar que nuestro legado no está formado solamente por lo que decidimos conservar, sino también por todo aquello que aún estamos a tiempo de rescatar.






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Diario de la invasión (VII)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

La independencia como idiotez. También, como indigencia e impunidad.