Dos ajolotes

Eran albinos. Hembra y macho. Las dos inverosímiles criaturas nadaban en una pecera. Los dueños, dos académicos cubanos, eligieron para sus mascotas nombres y apellidos de poetas latinoamericanos.

A los ajolotes les reservaron tres piezas plásticas de bordes romos para generar un entorno y rutinas en ese breve mundo multiplicado por un espejo en el fondo del recipiente. Dos macetas carmelitas y una unión blanca para tuberías en forma de T. 

Escondrijos.

“Son muy delicados, cualquier objeto mínimamente afilado los puede herir”, dijo mi amigo doctor en letras.

Entonces pensé en el pellejo blanco y herido de los ajolotes, en la sangre, y en su insólita capacidad de regeneración. Creo que si le amputas una extremidad le sale otra igual de funcional. E imaginé que si mis amigos académicos cortaban sus mascotas por la mitad tendrían cuatro nuevas, funcionales, albinas.

Un motor oxigenaba el agua. Monótono rumor. Burbujas ascendiendo.

En la biblioteca Saint-Geneviève, el narrador del cuento Axolotl de Julio Cortázar consultó un diccionario y supo que los axolotls son formas larvales, una especie de batracios del género amblistoma. Tienen branquias y en este punto la naturaleza ejecutó una muda del nivel de realidad; belleza, extrañamiento, multifuncionalidad; el don de la eterna juventud conservados en sus rasgos.

“Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario”, dice el narrador. Además, leyó que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontró su nombre español, ajolote, y la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba como el de hígado de bacalao.

En un recipiente aparte mis amigos doctores en letras tenían otro. Enfermo. Preferí no mirarlo.

La tercera mascota de “cuerpecito rosado y como translúcido” —el narrador del cuento pensó “en las estatuillas chinas de cristal lechoso”— no estaba a la vista y por alguna razón que desconozco de súbito mi cabeza, o la imagen mental que mi cabeza construía, me eyectó a una calle inmunda de Cuba. Casi desierta. Una de tantas. 

Basura, humo, paredes agrietadas. Personas como zombis bajo un sol calcinador más el aura de un millar de migrantes —algunos literalmente muertos en el Estrecho de Florida luego de una tormenta, o fallecidos en un intricado paraje del Tapón del Darién después de una violación, un asalto o unas fiebres de espanto.

Uno de los ajolotes se ocultó en la maceta y el otro emergió del interior de la T. 

Sobrevino, creo yo, otro sonido. Extraño.

El motor de una patrulla. Monótono rumor. Cacerolazos ascendiendo en un país a oscuras y plagado de mosquitos y cucarachas en mitad del verano.

Puede que un ajolote sea algo más que una mascota. ¿Un túnel temporal, un hipervínculo, una máquina metafórica conectada por Wi-Fi o Bluetooth al fondo del espejo?

“Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente”, dice el narrador de Axolotl. “Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban”. 

También a mí.

La ciudad o el país erigido en mi cabeza se actualizaba con cada comentario o post que, sobre Cuba, había leído en las redes sociales. A pesar de las similitudes, la ciudad o el país se parecía menos a la isla atravesada por una autopista en la novela La autopista: the movie de Jorge Enrique Lage. Dramáticamente, adoptaba cada rasgo del escenario recreado en la novela Garbageland de Juan Abreu.

“Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo”, dice el narrador de Axolotl.

Yo, que con la yema di golpecitos en el cristal de la pecera, tuve la misma sensación. ¿Se trataba del vértigo que da saberse de súbito de vuelta en un erial?

Si el ser humano es responsable de la degradación del planeta, lo cual nos lleva al Antropoceno, ¿de qué manera podríamos conceptualizar la progresiva y sistemática degradación de Cuba?

El Negroceno es un concepto crítico emergente utilizado en la ecología decolonial para replantear la actual era de la crisis ambiental provocada por la acción humana. El Castroceno, por su parte, podría ser un concepto de crítica social y política que emerge de mí, o del fondo del espejo de una pecera conectada a dos ajolotes, o a sus ojos, para replantear la actual era de crisis humanitaria provocada por la acción de tres mandatos posteriores a 1959, y cuyo efecto es superior en destrucción al del embargo o bloqueo, en un país al que bien podríamos llamar Garbageland.

Negroceno: término que encontré en el ensayo Decolonial EcologyThinking from the Caribbean World de Malcom Ferdinand. En la cabeza y en el texto de Ferdinand la crisis climática no puede separarse de la violencia histórica de la esclavitud, el colonialismo y el capitalismo racial.

Castroceno: en mi cabeza, y en el espejo donde se multiplican los ajolotes, la crisis humanitaria, o “genocidio silencioso” en palabras del sacerdote cubano Alberto Reyes, no puede separarse de la violencia intrínseca e histórica de la Revolución. Tampoco su autoritarismo, la higienización del tejido social, la criminalización de toda forma de oposición y el progresivo capitalismo (racial) instaurado por el propio gobierno —el de Fidel, el de Raúl y el de Díaz-Canel en realidad constituyen un único cuerpo político en constante (des)formación— bajo la supuesta pretensión de preservar el socialismo.

Cual bombilla de luz negra, el Negroceno pone en contexto la esclavización de los pueblos africanos y la explotación de su trabajo, exponiéndolos cual pilares del extractivismo o explotación masiva de recursos naturales a gran escala para su exportación como materias primas o su integración en cadenas de producción. Visto así, se establece un vínculo entre el dominio de la naturaleza y la dominación y mercantilización de los cuerpos negros.

Al Castroceno le concierne la explotación de la naturaleza y el daño ambiental, el abandono de la tierra y la incapacidad de producir bienes y servicios. Le es inherente el terror y la represión; combinados se instauran cual única industria nacional y estatal eficiente. En conjunto, todo lo anterior nos sitúa de plano en la dominación y mercantilización de los cuerpos.

“Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas”, dice el narrador del cuento de Cortázar.

¿En mi intento de penetrar a través de sus ojos en el devenir de aquellas mascotas sentía yo un sordo dolor tras el vértigo provocado por Cuba, un dolor conectado a la desesperación y la agonía de familiares y amigos sumidos en la casi eterna oscuridad de un genocidio lento y silencioso en un erial rodeado de agua salada por todas partes?

Más de una vez me pregunté cuál podría ser el propósito de la progresiva precarización del país por parte del gobierno. Asolando todo a su paso con reformas, contrarreformas, ordenamientos, reordenamientos, paquetes de medidas, que, junto con el endurecimiento de las sanciones de los Estados Unidos, ha eyectado a la economía cubana al escaño del peor desempeño en la región

En ese desmontaje de políticas públicas hay una trama oculta, un bandidaje con grupos de poder, con ministros y viceministros dando la cara y las barrigas enormes en la línea de fuego y clanes entreverados en las reformas, contrarreformas, ordenamientos, reordenamientos, paquetes de medidas, me dije entonces, porque nadie puede ser tan lerdo para dispararse por voluntad propia en el pie un día sí y el otro también.

“Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir”, dice el narrador de Axolotl

Las 176 medidas, paquete de transformaciones económicas y sociales aprobado por la Asamblea Nacional del Poder Popular en junio de 2026, son una nueva vuelta de tuerca en la inhumana la realidad de Garbageland, donde los jubilados padecen la peor parte de una vida que, de manera bastante pareja, es peor para casi la totalidad de la población. 

Por el momento, la basura acumulada en las calles es una muestra más del descalabro. Cuando todo este desmadre encuentre un cruel equilibro, conectado al manejo de los desechos sólidos aparecerá, como mínimo, una versión tropical de Toni Soprano. Y no habrá nada de extraño en ello, porque eso, como todo lo que ha venido sucediendo, tenía que ocurrir.

Pongamos, por ejemplo, El Químico. Se vende y se consume y el tema podría dar para una serie de Netflix. La realidad siempre es mucho más extraña que la ficción. Dos historias podrían marchar en paralelo y la segunda conectaría con la basura. Y con la política, la corrupción, el racismo, el sistema educativo. En La Habana. Una versión tropical de The Wire

Barrios vulnerables, música urbana, clanes y un poder de nuevo tipo. 

¿Acaso es inconcebible una forma de gobierno con el sonido y el imaginario del Reparto como banda sonora e ideología? 

Al coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, del cuello le cuelgan dos cadenas de oro gruesas como látigos. Los medallones exhiben las siglas del exdueño de Cuba y su otrora mayoral: FCR y RCR. Fidel Castro Ruz y Raúl Castro Ruz. 

Justo en el pecho, El Cangrejo tiene su santoral. Al joven coronel guardaespaldas y empresario lo rodea la escenografía de las megaestrellas de la música urbana. Desde ahí el nietísimo imagina todo lo demás: “todo lo demás” es eso que él cree que no es política.

Quienes se asumen fidelistas se rasgan las vestiduras mientras consignan que El Cangrejo ha usurpado funciones, que es la persona menos indicada para comandar los destinos de Garbageland, que no detenta otro cargo que preservar la vida del abuelo. Para la embajadora de Cuba en Uruguay, en la parte final de una entrevista en La Diaria sobre la crisis de Cubadeclara: “solo ha sido el custodio de su abuelo”.

“Solo una cosa era extraña: seguir pensando como antes”, dijo el narrador en Axolotl. ¿Qué se resisten a ver o a callar todos ellos?

Con su acostumbrada dilación, la plana mayor del gobierno de Cuba dio el visto bueno al emprendimiento de El Cangrejo y, por consiguiente, a todo su imaginario, a su ideología, a lo que él cree o dice no es política, político. Ahora sé que no hubo nada de extraño, eso tenía que ocurrir.

Parafraseando a Cortázar en este julio de 2026, mi cara estaba pegada al vidrio de la pecera. Mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un ajolote inmóvil junto al vidrio, la hembra, que por nombre y apellido llevaba los de una poeta puertorriqueña. 

Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el cristal. En vez del ajolote vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera de la pecera, Garbageland se extendía cual escenario de fondo, ambas del otro lado del vidrio. 

Tal como le sucedió al narrador en el cuento de Cortázar, entonces mi cara se apartó y yo comprendí.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.