Podría comenzar diciendo: “Es difícil describir en una imagen lo que Desfila La Habana, la más reciente novela de Antonio José Ponte, representa una vez leída”. Pero estaría mintiendo.
Un relato que menea en la coctelera a La Habana de los años 50, con Ernest Hemingway, Ava Gardner, Meyer Lansky, Errol Flint, Santo Trafficante, Herbert L. Matthews, Fulgencio Batista o Fidel Castro, me dejó con ganas de darle alas a la imaginación.
Lo que sí puede salirnos es una impresión inauténtica e impostada, como una postal turística o como los carros americanos estampados en las camisas de los modelos de la pasarela de Chanel en el Paseo del Prado, en épocas del Deshielo. Por tal razón, la metáfora que me viene a la mente, si alguien me preguntara, parece cosa de videojuego de los años 90 mezclada con el universo de Harry Potter.
Desfila La Habana es un relato de ficción cuyo volumen se hincha, como por arte de magia, y aparece en un estante entre dos libros; uno es Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene y el otro es Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante.
A ambos lados de los tres libros, a izquierda y derecha, pudieran estar perfectamente tomos de Historia Antigua, Moderna, Contemporánea (cubana o no), números de revistas Bohemia y Carteles, un busto de Martí, un álbum, una presilladora, un tabaco escondido y más polvo de la cuenta cubriéndolo todo. El texto cuenta una historia irreal que pone a prueba la Historia de Cuba a ritmo de película de Hollywood.
Ponte ha escrito una novela basada en personajes más que reales, que están martillados de modo inmisericorde en el imaginario colectivo. Se ha escrito y producido tanto sobre esos personajes que podría resultar un cliché, o una chochera, esta enésima vuelta novelesca a esa Habana que el castrismo sepultó en tiempo récord. Pero sucede que el autor relaciona a todos esos personajes reales que visitaron y habitaron La Habana con una gracia, un humor y una distancia tan prudente de la solemnidad, que los personajes que sí son ficticios de nacimiento parecen tan reales como los otros.
Al texto le viene de maravilla que La Habana de los años 50 esté tan “gastada”, gracias a todo lo que fue fotografiada, filmada, descrita, gozada e idealizada. Que haya tanto material documental disponible sobre aquellos años de la ciudad le da una cadencia cinematográfica envidiable. Parece fácil lograr semejante golpe de efecto y probablemente lo es; pero el efectismo es pura basura si no subyace en el relato una pulsión morbosa y descarada, como la que hay en Desfila La Habana.
Quienes conozcan la ciudad, por haberla vivido o haber nacido en ella, podrán sentir la sensación extraña de estar leyendo una historia novelada que da para un film noir; pero un cine negro con detalles coloreados como en Rumble Fish de Coppola.
Imaginen de pronto las copas del bar Sloppy Joe´s o de la barra del Hotel Sevilla-Biltmore iluminadas, pero no con luz, sino coloreadas, como se dice en la jerga de los acuarelistas cuando se resalta un elemento con color y se deja el resto de la composición en blanco y negro.
En un momento, el escritor británico Norman Lewis cree ver en el bar del Sevilla-Biltmore a un hombre que se parece al también escritor británico Graham Greene. El traje del segundo se ve en el “plano” de un color verde grisáceo y el color del líquido en la copa que acaba de dejar a medias para retirarse es amarillo. Ese es el temperamento cromático de Desfila La Habana.
La novela tiene también unas especies de espinas que invitan a la caricia y que vale la pena comentar y resaltar.
Desfila La Habana es una trenza hecha con varias historias simultáneas, que implica fundamentalmente a extranjeros y cubanos de élite, la mayoría de ellos personajes históricos: Fulgencio Batista, Ruby Hart Phillip, Armando Hart o Norman Lewis.
Se trata de situaciones e intercambios verbales que ocurren en una Habana apenas descrita. Si no se conoce la ciudad, difícilmente pueda verse dibujada con pulso arquitectónico esa capital de una Cuba a poco de ser castrada; esa Habana precastrista que alternaba lo lumínico y lo oscuro con cadencia de baile.
Aparece como una ciudad a punto de entrar en revolución, de ser desguazada por los caprichos de un hombre, sin que importen mucho que sus meridianos y paralelos se encuentren en el Mar Caribe. O sea: una novela que sucede en la perla predilecta de la Guerra Fría, justo antes de comenzar a serlo. Una especie de novela histórica sazonada con abundante ficción.
Es importante, aunque no imprescindible, tener en cuenta como personaje principal de Desfila La Habana a Norman Lewis. Estuvo realmente en la ciudad a finales de 1958 e inicios de 1959, enviado por The Sunday Times para tomar el pulso de lo que sucedía realmente con Fidel Castro y sus hombres.
Hablaba bien el español. A partir de esa circunstancia de un personaje real flotando en líquido amniótico ficcional, el autor desarrolla una serie de historias paralelas que se rozan sutilmente, que involucran a los personajes históricos con los que no lo son.
Por un lado, un par de habaneros que tienen una revista que es una especie de Playboy local y que andan tras unas fotos de Ava Gardner en la casa de Hemingway. Por otro, Errol Flint en un prostíbulo en Manzanillo envuelto en una situación casi surrealista; Norman Lewis siendo presentado al General Enrique Loynaz del Castillo y Meyer Lansky mirando el mar de madrugada en el Malecón cerca del Hotel Riviera, que era suyo.
Desfila La Habana es una novela casi negra, pero sobre todo es una historia de ilusiones, altas expectativas y planes B, contada en una ciudad vibrante que justo se encuentra a punto de cambiar radicalmente. Que esa ciudad sea La Habana no importa mucho y a la vez sí.
En un pasaje se puede leer: “¿Podría estar a las nueve en Colón? Vic le preguntó si barrio o cementerio. Porque en La Habana el cementerio y el barrio de prostitución compartían ese nombre”.
A esto me refiero.

Diario de la invasión (VII)
La independencia como idiotez. También, como indigencia e impunidad.









