El béisbol, los cubanos y las destrucciones 

El pasado domingo fue un día cuya sola mención, a los cubanos puede provocarnos dolor estomacal, pero al menos yo, durante la mayor parte de la jornada, olvidé que era 26 de julio. 

No fue algo ideado. Acaso haya sido una protección que se activó en mi mente para protegerme. Y me hizo bien, porque me permitió disfrutar de un espectáculo que no había apreciado antes en su totalidad: la ceremonia anual de exaltación al Salón de la Fama del Béisbol en Cooperstown. 



Tony Oliva.


A la inducción de tres nuevos integrantes al Salón de la Fama (Clase 2026) acudieron 57 miembros de la realeza del béisbol, una cifra récord. El solo hecho de ver a esas figuras legendarias me emocionó. Durante años solo conocí sus nombres en las listas de los mejores de todos los tiempos, como Mike Schmidt, Johnny Bench y Ozzie Smith.

Igualmente emotivo fue ver a dos cubanos en ese grupo de leyendas: el avileño Tany Pérez y el pinareño Tony Oliva. Hay otros cuatro jugadores de la Isla en el Salón de la Fama: Martín Dihigo, José Méndez, Cristóbal Torriente y Orestes Miñoso, pero ninguno de ellos alcanzó la exaltación en vida. Completan la cifra de cubanos en Cooperstown el narrador Felo Ramírez y el empresario Alejandro Pompez. 



Carlos Beltrán.


Los inducidos en la Clase 2026 —el estadounidense Jeff Kent, el curazoleño Andruw Jones y el puertorriqueño Carlos Beltrán— hicieron el relato de sus respectivas historias de vida deportiva. Todos demostraron ingenio y sabiduría. Todos fueron discursos conmovedores. Pero el que más nos emocionó a los hispanoamericanos fue el de Carlos Beltrán, porque nuestra lengua y nuestras costumbres estuvieron presentes en los mensajes a su familia y a Puerto Rico. 



Cuatro años atrás, en este escenario, fueron exaltados con sus placas los cubanos Orestes Minnie Miñoso y Tony Oliva. Minnie había fallecido en 2015, con el pesar de no haberlo alcanzado en vida. En su discurso en inglés, Tony Oliva expresó: “Estoy bien orgulloso de poder ingresar al Salón de la Fama hoy junto a Orestes Miñoso”. 

Al final, hablando en español, dijo: “Estoy muy contento de ser cubano. Sé que muchos cubanos en Cubita están viendo lo que está pasando aquí. Ellos me apoyaron en Cuba y aquí en los Estados Unidos y en cualquier parte donde estén. Cada momento que pasa, mi mente está en mi Cubita”.

Ignoro cuántos familiares de Tony Oliva, en Pinar del Río, pudieron ver su discurso. Y más improbable aún es que en Ciego de Ávila y Camagüey pudieran ver el de Tany Pérez en el año 2000. 



Tany Pérez.


Entre las tantas cosas de las que nos privó el régimen a los cubanos en la Isla está la de poder ver las Grandes Ligas. Paradójicamente, Cuba fue el primer país extranjero que pudo apreciar un juego de la Major League Baseball (MLB) por televisión. 

A partir del 1º de octubre de 1955, los cubanos tuvimos la posibilidad de ver en vivo la Serie Mundial entre los Yankees de New York y los Dodgers de Brooklin. En 1959, hasta el mismo Fidel Castro asistió a un abarrotado estadio del Cerro durante la llamada pequeña Serie Mundial, cuando los Cubans Sugar Kings enfrentaron y vencieron a los Minneapolis Millers por el cetro de las Ligas Menores, en medio de su campaña para alcanzar Las Mayores con el lema: “Un paso más y llegamos”.



Jeff Kent.


Pero el aguafiestas en jefe le puso fin a ese sueño. La temporada 1960-1961 fue la última de la liga cubana de béisbol profesional. Para el líder de la roboilusión, los deportistas profesionales eran esclavos. La pelota profesional, en la neolengua instaurada en el país caribeño, recibió el calificativo de esclava. Y así lo pregonaban funcionarios y voceros. De ahí en adelante, las ligas de béisbol profesional, en tanto representantes de ese esclavismo, se volvieron invisibles para los televidentes en la Isla.

De tal manera, los amantes del béisbol en Cuba nos vimos imposibilitados de seguir las carreras de esa constelación de peloteros nuestros que participaba en la MLB, a quienes conocíamos por haber jugado en los equipos de Almendares, Habana, Marianao, o Cienfuegos: Miguel Cuéllar, Camilo Pascual, Orestes Miñoso, Zoilo Versalles, Pedro Ramos, Leonardo Cárdenas, Tony Taylor, Luis Tiant, etc. Por extensión, nos perdimos la maravilla de ver jugar a Willie Mays, Mickey Mantle, Stan Musial, Ted Williams, Hank Aaron, entre tantos. Fue una censura tan nefasta como la practicada en los campos del arte y la literatura.



Andruw Jones.


Si los peloteros cubanos que después de 1961 optaron por seguir sus carreras en la MLB o en las ligas de México y del Caribe se volvieron invisibles en los medios oficiales del castrismo, quienes se atrevieron a ingresar en la diáspora, que fue creciendo a partir de los noventa, recibieron el calificativo de traidores y pasaron a la lista de innombrables.

Tal “política” privó a los aficionados en la Isla de disfrutar los triunfos de sus compatriotas. Nos obligó a no ver otra liga que no fuera la de casa. Esa práctica ha sido tan aberrante que, cuando de manera muy tímida, en la segunda década de los 2000, la televisión cubana comenzó a mostrar noticias de la MLB, las editaba antes para eliminar las que incluían a los cubanos.

Sin embargo, poco a poco, la censura se fue haciendo menos rígida y algunos juegos de la MLB, sobre todo en la postemporada, llegaron a las pantallas de los televisores de la Isla. Esa “apertura” tuvo su mejor momento en 2016, pues se pudieron ver, apenas un día después de efectuados, los partidos de la Serie Mundial, la épica lucha entre los Indios de Cleveland y los Cachorros de Chicago, ganada por el conjunto de la ciudad de los vientos con dos cubanos en su plantilla: Aroldis Chapman y Jorge Soler. Fueron los últimos juegos de la MLB que pasó la televisión cubana. 

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Diez años después, no le queda casi nada al régimen por destruir, pero no ha podido borrar el talento de los cubanos para jugar béisbol, inscripto en su ADN desde el siglo XIX. Cuba es el tercer país extranjero más representado en las Grandes Ligas y en el reciente Juego de las Estrellas siete cubanos estuvieron presentes. Ahora mismo, en medio de la oscuridad reinante en la Isla, los aficionados al mejor béisbol del mundo se las ingenian para seguirlo.

Esperamos que, dentro de seis, siete, ocho años, Aroldis Chapman ingrese al Salón de la Fama en Cooperstown y, tal como hizo Carlos Beltrán con la bandera de Puerto Rico, el misil cubano se saque del pecho nuestra bandera, mientras en todo el archipiélago se escucha su discurso, porque, como dijo Tony Oliva, Cubita siempre está ahí, en el corazón y en la mente.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.