Devenir animal: cuerpos que compiten

Fue tan fuerte el camino del animal al ser humano 
que ahora parece una broma macabra que el humano 
haya regresado, de nuevo, al animal.
Giorgio Agamben, Nuda vida.


El tiempo va pasando. Ya estamos en el segundo cuarto de siglo del XXI, en una isla a la deriva, en un barco-Isla que parece que se va a bolina y ya nada puede detener su desenlace. 

Sí, el tiempo va pasando entre una “resistencia” y una “paciencia”. Y los cuerpos humanos de los habitantes de la Isla-barco se van haciendo cada vez más animales. De nada sirve que uno se haga la paja mental de que vive en un jardín recobrado: el sol de la Isla-barco de carbón te hace recordar que nos crecen las pezuñas, nos cubrimos de pelo, ya no hablamos, no cantamos, no degustamos, solo ahumamos. 

Ese mismo tiempo no ha sido nuestro amigo. Ha sido como un látigo eléctrico, como un vaso de cuello de botella con una mezcla de marabú y vino de plátano burro. En verdad, muy amargo. 

Aquí los animales son menos humanos y los humanos luchan por un huevo de un ave plastificada. Todo desdibujado. Los sueños se han hervido: ya los sueños no creen en los sueños. 

Van pasando los segundos con la fuerza de un tren despeñado y somos más animales, bestias escupiendo la espuma del silencio. Estamos rodeados en las costas por unas alambradas psicológicas de las que cuelgan medicamentos vencidos y chocolates rancios llenos de hormigones muy picadores. 

Es el tiempo, es el tiempo el culpable de habernos puesto en el sueño de Alguien. Nada detendrá este devenir animal, solo la vida pone distancia. Ya somos más animales que un tigre y en nuestro bosque no cabemos. 

El hombre que habita esta Isla-barco de carbón ya no recuerda cuándo comenzó su metamorfosis. Quizás fue en aquel instante en que el horizonte dejó de ser promesa para convertirse en amenaza, cuando el sol dejó de calentar para quemar, cuando el agua dejó de saciar para ahogar. 

La filosofía de la supervivencia nos enseña que el ser humano no es una esencia fija, sino un tránsito perpetuo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese tránsito se desvía hacia la animalidad más profunda, cuando el camino del hombre al animal no es retorno sino caída? 

La Isla-barco no es un lugar geográfico, sino un dispositivo ontológico. Como bien sugiere Agamben, el estado de excepción se convierte en norma y la vida desnuda —esa existencia reducida a su mera facticidad biológica— revela la fragilidad de lo humano. En esta nave a la deriva los pasajeros han perdido toda distinción entre lo público y lo privado, entre lo sagrado y lo profano: solo queda el cuerpo. Y el cuerpo, cuando se abandona a la pura supervivencia, comienza a recordar sus orígenes prehumanos. 

El tiempo, ese látigo eléctrico que menciona el texto, no transcurre linealmente en la Isla-barco. Se contrae, se expande, se vuelve cíclico como las mareas que golpean el casco oxidado. Los relojes se han fundido. Solo queda el ritmo de los pulmones, el latido del corazón, el hambre que regresa cada amanecer. 

Este tiempo bestial ha erosionado la memoria colectiva y, con ella, toda narrativa de progreso que la modernidad nos legó. El hombre-animal que habita esta nave posee ya las características de una criatura híbrida, tan monstruosa como fascinante. Sus ojos han perdido el brillo de la reflexión para adquirir la mirada fija y amarillenta del depredador acechante. La frente, antaño elevada por el pensamiento, se ha inclinado hacia adelante, formando un arco que recuerda al Homo habilis en sus primeros balbuceos. Sus manos, antes diestras para la herramienta, se han encorvado en garras; las uñas, largas y quebradizas, arañan la superficie metálica del barco en busca de cualquier vestigio comestible. La espalda se ha encorvado, no por el peso de los años sino por el peso de la vigilancia perpetua. Y un vello áspero y grisáceo cubre ahora los brazos y el pecho, como si el cuerpo mismo reclamara un pelaje que la evolución le arrebató. 

El lenguaje —esa conquista que nos separó definitivamente del reino animal— se ha desintegrado en gruñidos, en siseos, en guturales que apenas articulan el hambre. Ya no hay diálogo, solo emisiones: sonidos que advierten, que reclaman, que se lamentan. Como el dodo de la isla Mauricio, esa ave torpe y confiada que desapareció sin dejar registro de su canto, la palabra humana se ha extinguido en esta Isla, reemplazada por un silencio espeso que solo se rompe con el chasquido de las mandíbulas. 

El dodo, que no supo volar ni huir, es ahora el emblema de esta humanidad que no supo preservar su propia esencia. El tilacino, ese tigre de Tasmania que la humanidad dejó extinguir en 1936, aparece en las pesadillas de los náufragos como un fantasma de lo que fuimos y dejamos de ser. Su extinción no fue natural, sino voluntaria, un crimen de lesa evolución. 

Ahora, en la Isla-barco, los hombres-animales repiten ese gesto: se devoran entre sí, olvidando que toda extinción comienza con el olvido del otro. El tigre de Tasmania es el espejo de nuestra propia desaparición como especie pensante, una advertencia de que la supervivencia sin memoria es solo una forma lenta de aniquilación. 

El quagga, esa cebra de franjas parciales que habitó Sudáfrica hasta 1883, representa la ilusión de lo domesticable, de lo controlable. Los habitantes de la Isla-barco aún conservan algún resto de esa ilusión: creen que pueden domeñar su destino, que pueden regresar a la orilla, que pueden recobrar su humanidad. Pero el quagga les recuerda, desde su ausencia, que la domesticación es un espejismo: el animal siempre retorna y, cuando el hombre intenta sobrevivir más allá de sus límites, se vuelve más salvaje que sus propias bestias. La franja incompleta del quagga es como la memoria incompleta de los náufragos: un dibujo a medio hacer que ya nunca se completará. 

El león del Atlas, soberano de las montañas norteafricanas hasta su desaparición en 1922, encarna la majestad que los hombres-animales han perdido. Aquí no hay reyes ni súbditos, solo cuerpos que compiten por un huevo de ave plastificada, por un medicamento vencido, por un chocolate rancio. La soberanía, esa ficción política que distinguió lo humano de lo animal, se ha desvanecido. Los náufragos son una horda sin jerarquías, una manada que obedece solo al instinto más primario. El león del Atlas, que una vez rugió en las cumbres, ahora ruge solo en el eco de su ausencia. 

El rinoceronte blanco del norte, con sus últimos ejemplares viviendo en cautiverio bajo vigilancia armada, es la metáfora perfecta de la condición del náufrago: una existencia vigilada, estéril, sin posibilidad de reproducción genuina. Los sueños de los hombres-animales se han hervido, como dice el texto. Ya no creen en los sueños porque la esperanza, como el rinoceronte, ha sido cazada hasta el borde de la inexistencia. 

En la Isla-barco, el deseo se ha vuelto mecánico, cíclico, vacío, un impulso que no engendra futuro, porque el futuro mismo ha sido cancelado. El búfalo cafre, ese toro salvaje de las sabanas africanas, que carga contra cualquier amenaza con una ferocidad inusitada, habita ahora los corazones de los hombres-animales. Su furia no es explosiva, sino contenida: una tensión muscular permanente que solo se libera en el momento del ataque.

La supervivencia ha convertido a estos seres en máquinas de agresión, en resortes que esperan la mínima provocación para desencadenar su violencia. Ya no hay meditación ni pausa, solo la respuesta inmediata del cuerpo que ha olvidado que puede pensar antes de actuar. 

El hipopótamo, ese coloso de los ríos africanos que pasa la mayor parte del tiempo sumergido para escapar del sol, encuentra su correlato en los habitantes de la Isla-barco, que se refugian en la penumbra de las bodegas para huir del fuego implacable del astro rey. Pero el hipopótamo, a diferencia de ellos, conserva una relación armónica con su entorno. Los hombres-animales, en cambio, han perdido toda armonía, toda sincronía con el mundo que los rodea. El agua que los rodea no es refugio, sino amenaza. Y su inmersión no es elección, sino condena. 

La hiena manchada, con su risa estridente que parece mofarse de la muerte, se ha instalado en la garganta de los náufragos. Ya no ríen de alegría, sino de desesperación, de ese humor negro que nace cuando la vida se reduce a la mera conservación. Su risa es un eco distorsionado de la que alguna vez compartieron alrededor de fogatas, contando historias que ahora yacen en el fondo del mar, junto con los sueños que se hundieron. La hiena ríe porque sabe que la muerte es la única certeza. Y los hombres-animales han aprendido esa risa como un tic nervioso, como un espasmo que ya no controlan. 

El guepardo, el más veloz de los felinos, corre en las venas de estos hombres transformados. Pero su velocidad no es la de la persecución, sino la del olvido: olvidan sus nombres, olvidan sus rostros, olvidan que alguna vez fueron humanos. Cada día corre más rápido la amnesia, cada noche borra un recuerdo más, hasta que solo queda el presente perpetuo del hambre y la sed. El guepardo es la fugacidad hecha carne. Y estos seres han aprendido a ser fugaces consigo mismos, a no detenerse en el pasado porque el pasado duele como una herida abierta. 

Paradójicamente, el elefante, símbolo de la memoria imborrable, también se hace presente en esta metamorfosis. Los hombres-animales no pueden olvidar del todo lo que fueron y esa memoria parcial, fragmentaria, es su condena más cruel. Como los paquidermos que recuerdan las rutas del agua a través de generaciones, ellos recuerdan —aunque sea vagamente— la textura de un libro, el sabor del vino, el calor de una caricia. Y ese recuerdo los atormenta más que este presente bestial porque les muestra, con cruel nitidez, el abismo que han recorrido. 

El cocodrilo del Nilo, esa máquina perfecta de paciencia que espera horas bajo el agua para asestar su mordida mortal, ha enseñado a los náufragos el arte de la espera. Pero su espera no es la del contemplativo, sino la del depredador: esperan el momento justo para arrebatar, para tomar, para sobrevivir un día más. La resistencia y la paciencia de que habla el texto son ahora las virtudes del cazador, no las del filósofo. 

Ya no hay reflexión en la espera, solo cálculo, solo el instinto que sabe cuándo atacar y cuándo retroceder. Las alambradas de las costas no son de metal, sino de miedo, de desconfianza, de esa certeza de que el otro es siempre una amenaza. Los medicamentos vencidos y los chocolates rancios que cuelgan de ellas son los restos de una civilización que prometió la eternidad y entregó solo caducidad. Los hormigones picadores que los recubren son los insectos de la conciencia, aquellos pensamientos que pican sin cesar, que recuerdan al hombre-animal su condición intermedia, su imposible retorno. 

Cada picadura es un recordatorio de que la frontera entre lo humano y lo animal no es un límite sino una línea borrosa que se desdibuja con cada día de supervivencia. El texto menciona que estamos en el sueño de Alguien y esta idea resuena con las filosofías del idealismo, que conciben la realidad como una ilusión o un sueño divino. Pero en la Isla-barco ese sueño se ha vuelto pesadilla, una pesadilla en la que el soñador ha olvidado que está soñando y los soñados han perdido toda esperanza de despertar. 

La supervivencia se ha convertido en el único argumento de una trama sin guionista en la que cada criatura es al mismo tiempo actor y espectador de su propia degradación. La pregunta no es quién sueña, sino si el sueño puede todavía interrumpirse. Los hombres-animales ya son más animales que un tigre, dice el texto, y en su bosque no caben. 

Este bosque interior, esta selva de impulsos y deseos, ha crecido sin control, desbordando los límites de lo que alguna vez fue una personalidad coherente. El tigre, ese felino solitario y territorial, encuentra su espacio en la jungla. El hombre-animal, en cambio, no cabe en ningún territorio porque su animalidad es híbrida, caótica, una mezcla de bestias extintas y salvajes que ninguna evolución podría explicar. Su bosque es un laberinto sin salida, un espacio que se contrae a medida que él mismo se expande en su ferocidad. 

Solo la vida pone distancia, afirma el texto con una sabiduría casi bíblica. Esta distancia no es geográfica ni temporal, sino ontológica: la vida misma es el proceso que nos separa de nuestra propia animalidad, que nos permite trascender el mero instinto hacia la reflexión, hacia el arte, hacia el amor. Pero en la Isla-barco la vida ya no es distancia sino inmanencia: un presente eterno que no conduce a ninguna parte, que no permite ningún salto cualitativo. 

La supervivencia, en su forma más pura, es la muerte de la trascendencia, el fin de toda posibilidad de ser más que lo que el hambre exige. No hay regreso posible de este devenir animal. No porque sea irreversible, sino porque el punto de partida —esa humanidad plena que imaginamos haber poseído— nunca existió realmente. El hombre siempre ha sido un animal que se cree humano, un ser que construye relatos para ocultar su condición bestial. 

La Isla-barco no hace más que despojarlo de esos relatos, dejar al descubierto el esqueleto de lo que siempre fuimos: criaturas que sobreviven, que se devoran, que se extinguen. El huevo de ave plastificada por el que luchan no es sino el símbolo de una esperanza que nunca fue más que un envoltorio vacío. Y los animales que fuimos —el dodo, el tilacino, el quagga, el león del Atlas, el rinoceronte blanco del norte— nos miran desde su extinción como desde un espejo donde reconocemos, por fin, nuestro verdadero rostro. 

El devenir animal no es un castigo sino la revelación de que el animal siempre estuvo ahí, esperando el momento en que la civilización dejara de sostener la ficción de lo humano.






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