David Hockney y yo, el flâneur habanero


He soñado con cuatro caballos negros. Dicen que el augurio de soñar con estos animales debe venir acompañado del contexto, la acción y de la apariencia de la criatura, para poder desentrañar lo que representa. 

En mi sueño los caballos eran azabache, sublimes, jóvenes y corrían intrépidos por un prado en pleno día. He leído que el número cuatro implica los cuatro pilares del ser: el físico, el emocional, el espiritual y el mental. De hecho, el caballo negro revela misterio, libertad y transformación, pero a la vez puede significar miedo a lo desconocido, a lo fatal.

Las imágenes del subconsciente nos traen pasajes vívidos, debemos descubrir el simbolismo de los fragmentos que protagonizamos y otros donde somos espectadores dentro del sueño. Y, del mismo modo, saber cuando algo nos alerta que estamos soñando y despertamos inmediatamente. 

Intuyo que el mensaje que me envía mi subconsciente es diáfano, como un aviso para emprender proyectos. Quizás sea jugar el papel del flâneur de Baudelaire, ese vagar recorriendo las calles de la ciudad, haciendo pequeñas estancias en sitios cerrados para aguzar los sentidos. Ver el esplendor de la naturaleza en las obras de Dios que hablan a través de los artistas. 

Hay tanto que descubrir que no nos alcanzaría la vida para apreciarlo todo. Tampoco a la mayoría nos es permitido, por la imposibilidad de viajar. Aunque la aventura del viaje interior es la más necesaria para aliviar el espíritu. No obstante, podemos hacerlo mediante imágenes documentales; de esa manera podemos penetrar y pernoctar en ciudades extranjeras, antiguos templos, plazas, arquitecturas y parajes exóticos. 

A veces me pasa algo extraño, quizás tenga relación con soñar despierta: me inserto en las pinturas de David Hockney, un artífice que colocó el mundo gay en sus obras, un arte proveedor de frescura y autenticidad. Asumo que no fue fácil para alguien nacido en una época de represión sexual. 

Me hubiera encantado ser amiga de él, gran innovador en su época, y que, sin embargo, se adaptó a la revolución del arte con valentía. Ahora me identifico con un Hockney diferente, sin esos ámbitos en que los protagonistas permanecen estáticos, sentados en una sala, cada cual aislado, inmersos en su propio silencio. Ya conozco a sus hombres en las piscinas, en duchas. Sé de la indiscutible carga de erotismo en una mirada, en un roce mínimo, en la intimidad de lo doméstico.

Ahora me atraen mucho más sus cuadros de colores vibrantes, paisajísticos. Toco y huelo sus jarrones con naturaleza muerta, me provocan ternura sus gatos, especialmente uno rodeado de hojas verdes y el otro al lado de un tocadiscos, como si escuchara la música que sale del aparato.

Quisiera sentarme en esa terraza acogedora con muebles y revistas donde ha quedado un rastro humano invisible. Y, por último, poder montar en una de las bicicletas apoyadas en una fachada. Su esencialidad me ayuda a mirar, porque no sé siquiera lograr un buen dibujo, por lo que busco la plasticidad en la fotografía, donde es esencial el impacto de una escena callejera. 



Fotografío la belleza, la atrapo y luego la dejo libre. Igualmente hago con lo feo, lo que nos repele, eso que no queremos mirar largamente porque desgarra los ojos y el corazón. Entonces queda registrado; después, muere. No queremos repetir ese horror. 

Así encuentro una forma de revelar lo que me ofrece la ciudad y su gente, siendo al mismo tiempo una rebelión por dar a conocer cómo se apoderan las formas destructivas, cómo regresa un nuevo Apocalipsis, el que se genera a partir de la podredumbre social, cuando el origen de las culpas proviene de cuatro jinetes sin garbo ni misterio; ellos van por ahí cortando cabezas y estas emergen más tarde como la cola de las salamandras.

Es imposible cercenar tantas cabezas, porque se regeneran con rapidez. Puede que se produzca el fenómeno de la cabeza doble, sostenida por el delgado cuello, la anomalía del dolor cuando se hace crónico.

¿Habrá cambios en esta vida? ¿Seremos seres normales alguna vez? La alegría y la tristeza se amalgaman, el día y la noche se complementan, nada es casual, sino causal. Los libros se acercan a las manos y se quedan haciéndonos compañía, aspirando el polvo junto a nosotros, convirtiéndonos en novelas vivientes. En los cuadernos de fotos somos unos desconocidos que sonríen.

Nos damos cuenta que los amigos cambian o desaparecen de nuestro contexto real. La mayoría de los sistemas son destructivos para la humanidad, habitar un árbol o una cueva podría ser el destino final, quizás el más sabio. 

Si bien los argumentos para aferrarnos a la vida y al arte son imperecederos, también están sujetos a metamorfosis necesarias. Envejecer es terrible, solo una fuerza intrépida lo retrasa para seguir en ese vagabundeo, como el flâneur de Baudelaire que desanda las calles y no participa. O, si lo hace, es solo desde su óptica personal.

Ya lo dijo Edgar Allan Poe: 

Is all that we see or seem 
But a dream within a dream?

Lo más difícil e inextricable es soñar con los ojos abiertos.







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