Adán y Adán, la historia de un silencio



Los más escépticos creen que el amor entre dos hombres es puramente abstracto, un instinto oscuro e irracional. Mientras que, para los católicos, es un pecado sin redención. Estos son conceptos de mentes estrechas. 

Contrariamente, siempre he pensado que el amor es uno solo y lo que en realidad importa es su vehemencia, el poder que genera. De eso trata The History of Sound (2025), el filme del sudafricano Oliver Hermanus, quien prescinde de ese cliché del que tanto se abusa en el cine sobre la homosexualidad masculina, en cuanto al sujeto activo y al pasivo, el dominante y el que tiende a plegarse a los deseos del otro.

En 1917, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, dos jóvenes estudian en un conservatorio en Boston. Una noche coinciden en el pub y, en medio de conversaciones con amigos, jarras de cerveza y el vaho de los cigarrillos, uno de ellos escucha una balada que canta alguien al piano. Es un tema que conoce desde niño, por su padre. La misma balada será el hilo conductor de la relación amorosa.

Lionel Worthing estudia voz, David White, composición. Se atraen enseguida. ¿Azar, destino, un canal donde la música es un hada milagrosa que los acerca? 

Así pasan la noche entera. Cantan, aprenden canciones y encuentran solaz y compañía en un micro-mundo que les pertenece, erigiendo un vínculo que los fortifica a cada momento. ¿Serán Adán y Adán sin la manzana de la discordia? 

Pues, sí. Entre ellos hay efluvios de una ternura perceptible y otra que se filtra a través de los ojos, en los gestos que no llegan a aflorar, en ese mirar hacia adentro que no es más que la pureza que vive en los corazones mansos y, al mismo tiempo, confluyen en el mismo ardor.

Ambos personajes son bellos, como esas obras de arte que merecen ser vistas y acariciadas. Para ello, el director escogió a Josh O´Connor y Paul Mescal, actores que reflejan una autenticidad sin alardes histriónicos y conforman una mezcla de erotismo y espiritualidad que conmueve al más indiferente de los espectadores. Los miramos arrobados, experimentamos lo que irradian, arrastrándonos entre el vaivén del candor y la pasión, en un sentimiento absolutamente real.

Hablan entre sí de vivencias profundas. Van en pos de una música y un arte que une a la gente, con ese lenguaje común para ser escuchados a plenitud, donde la hermosura irrumpe y se alza para todos. Pero no son melodías con letras vacuas, sino historias de personas sencillas, llamadas “folclóricas” por su tradición oral. 

Nadie sabe otorgarle una definición exacta. Para mí, son pura poesía. Aquellas más tristes son las que más recuerdo. En una de esas joyas, la letra habla de un muchacho que llora sin consuelo en la tumba de su amada. Entonces ella le pide que la deje dormir en paz, que viva y busque la felicidad. Mientras que la letra de Silver Dagger dice así:

No cantes canciones de amor, despertarás a mi madre. 
Ella está durmiendo aquí, justo a mi lado. 
Y en su mano derecha, una daga de plata. 
Ella dice que no puedo ser tu novia.
“Todos los hombres son falsos”, eso dice mi madre, 
“te dirán mentiras malvadas y amorosas”.

Cuando uno es feliz y no lo sabe, el equilibrio tiende a voltearse, se trastoca en el instante más imprevisto. A White lo reclutan como soldado para ser enviado a la guerra. Además del infortunio, suspenden las clases en el conservatorio. Entonces a Worthing no le queda otra alternativa que regresar a Kentucky, a la granja donde nació. 

El mundo se ha detenido para él. Los hábitos de la vida cotidiana, el trabajo rudo del campo y la monotonía lo saturan. Ahora es totalmente inmune a los colores de antaño, pues ya ha volado y necesita de otro paisaje. Extraña al otro hombre, se vuelve taciturno como un fantasma que se mueve y produce lo que se espera de él. Sus padres no son suficientes. Él es incapaz de expresar la soledad que lo acompaña. Seguramente, nunca lo entenderían. La nostalgia va in crescendo

Una misiva hace que vuelva la alegría a su rostro. El soldado regresa sin daños y lo invita a recopilar canciones, yendo por zonas remotas, lejos de los pueblos, allí donde habita la gente más empobrecida de la ciudad de Maine. 

Las voces de mujeres, hombres y niños quedarán impresas en una caja de madera con un enorme cuerno en el centro y cilindros de cera. 

Guiados por el mismo instinto, viven como nómadas en medio de la naturaleza. Caminan largas distancias, cruzan ríos, comparten las leyendas y realidades de otros, haciéndolas suyas también.

Al finalizar el recorrido, toman caminos diferentes, Worthing se marcha a Europa; White decide quedarse como maestro en Maine. Sin embargo, la elección forzosa, propuesta por White, es quizás el temor a un futuro que no les deparará la libertad que necesitan. 

Resulta curioso que en este largometraje haya varios viajes y, por tanto, tiempos de separación. De manera que, en la segunda parte, aparece Worthing en Italia con un jovencito que, al parecer es su enamorado. 

Luego se marcha a trabajar a Inglaterra y allá tiene una novia de la alta sociedad. A pesar de los incidentes y las nuevas personas en su vida, sigue añorando a White. No comprende el por qué de su silencio, pues ni siquiera le ha respondido sus cartas. Ya no volverá a verlo. El desenlace lo dejará tal vez, al principio, más asombrado que triste. Y, a continuación, iniciará un camino para llegar hasta él y aspirar otra vez su espíritu.  

En el último de estos tiempos, vemos a nuestro héroe anciano, dando una entrevista por la televisión. Es ahora un respetado etnólogo e investigador del folclor. Al día siguiente, recibe una caja misteriosa. Adentro de la misma, están los cilindros con las canciones grabadas y, en especial, hay uno con la voz de Worthing, hablándole. El emotivo instante lo llevará nuevamente a la visión de aquel pasado. 

Nadie puede desprenderse del pasado, ese pilar de la memoria. Y la memoria, a su vez, es un sostén para seguir amando lo que ya no tenemos. 

Un antiguo sentimiento puede quedar intacto, aunque los años hayan caído sobre nosotros como un alud. Lo que fue profundo no se desvanece. En este caso, ha quedado el anhelo de lo que pudo crecer aún más, si juntos hubieran compartido años de abundancia y placeres en una tierra bendecida.