El Charlot cubano en la utopía de Díaz-Canel

Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos más.
Camino diez pasos
y el horizonte se corre
diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine 
nunca la voy a alcanzar.
¿Para qué sirve la utopía?
Sirve para eso: 
para caminar.
Eduardo Galeano.


Hay traumas de miseria colectiva que son como una sombra en persecución, que solo te abandonan el día en que dejas de respirar. A muchas generaciones de cubanos que están marcados por la pobreza les sucederá. No es algo que se borra muy fácil. Aunque se vayan del país, aunque pasen los años, aunque logren vivir dignamente, aunque algunos sueños se hagan realidad, la miseria estará ahí, resingándoles la existencia.

Ahora me vino la imagen de Chaplin cuando el director y productor de cine Mack Sennett le dijo: “Maquíllate y ponte un disfraz cómico”. 

Era el año 1913, en un estudio de Hollywood. Entonces Chaplin entró por la puerta de vestuario, observó los objetos a su alrededor y eligió prendas, ideando el disfraz entre el contraste de elementos de corte elegante y apariencia burguesa, pero usada y deteriorada como lo recrea la película Chaplin (1992): se puso un sombrero hongo de color negro, una corbata y una chaqueta ajustada por encima de una camisa blanca, pantalón ancho. Se maquilló con base blancuzca por todo el rostro, acentuó las cejas de oscuro y los ojos enmarcados con lápiz negro. Los zapatos enormes y un bastón de bambú como complemento, que resultó ser el más importante de su atuendo. 

Al salir por otra puerta que lo llevaría al escenario donde estaban grabando, se da cuenta que le falta algo y vira para dibujarse un pequeño bigote que lo haría parecer mayor. Mientras caminaba por aquel pasillo entre escaleras de madera, tablones, utileros, cajas, sillones, con las puntas de los pies hacia los costados del cuerpo, girando en círculos el bastón, iba creando a su icónico personaje de Charlot el vagabundo. Ese personaje como símbolo de resistencia y resiliencia que no lo utilizó solo para provocar risas, sino que mostró la realidad de la pobreza, el desamparo y la injusticia social. Detrás de ese humor, Chaplin contaba su propia historia de miseria, hambre, tristeza y mucho dolor, por una infancia también marcada en la pobreza extrema. 

Cuando yo camino dos pasos por mi querida Habana me encuentro con muchos Charlot vagabundeando sin brújulas hacia distintos horizontes, en busca de un pomo de aceite en cinco mil pesos. En una cola interminable frente al Banco Metropolitano en la calle de Galiano, Centro Habana, para extraer solamente de quinientos a mil pesos en efectivo de sus pequeñas cuentas bancarias, por la falta de efectivo de la moneda nacional en los bancos y los cajeros automáticos. Otra de las tantas desproporciones del sistema monetario y bancario cubano, junto a las tasas de cambio múltiples, la pluralidad de monedas y la imparable inflación. 

Camino diez pasos más y veo los mortecinos rostros de muchos Charlot en desesperación, con palabras cansadas de ser dichas. Se las dicen en murmullo unos a otros, las gritan, mientras caminan dos pasos más. Escasez. Hambre. Apagón. Miseria. Y yo medito como otra Charlot que conoce las enormes tristezas.

Camino y absorbo los vahos de la ciudad cadáver. Siento que atrás de mis pasos se quiebran las casas y las repetidas palabras. Un Charlot se me acerca y me pide dinero. También apesta a cadáver, pero no puedo aguantar la respiración, porque le respondo que no tengo. 

¿Por qué eres así?, insiste. ¡Oiga, mire mi cartera vacía!, le digo exasperada. Está bien, contesta en un tono inconforme y se aleja.

Y pienso en la reciente entrevista que le hizo Oliver Zamora, el periodista oficialista, a Miguel Díaz-Canel.

—¿Saldremos de la crisis en Cuba? ¿Podemos salir a pesar de todo? —le pregunta Oliver.

—Una vez le preguntaron a Galeano ¿para qué sirve la utopía? La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces, para sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. La esperanza sirve para caminar —responde el ingenioso de amamos el amor y odiamos el odio y la limonada es la base de todo. 

En otro momento de la entrevista, Oliver le comenta sobre el dolor que sentía Fidel por la crisis del Periodo Especial y las decisiones que tuvieron que tomar para sacar al país de dicha crisis, por lo que iba a generar cierto nivel de desigualdad. A lo que Díaz-Canel alude:

—Lo doloroso que era para Fidel tener que aceptar prácticas propias del capitalismo en estos momentos en el país… Pero por encima de todo, estaba salvar la Revolución.

Me sujeto de mi bastón invisible y hago pantomimas de asombro, impotencia y demasiada ansiedad, como la misma que tienen los demás Charlot que me observan. 

Escribo un cartel imaginario en el aire: ¡NO vamos a salir de la CRISIS con los mismos que nos llevaron a ella! 

Miro en torno a todos los Charlot. Están agotados de andar mucho, sujetados por intangibles riendas. Me quedo inmóvil unos segundos, sin parpadear. Pienso en que gran parte de estos Charlot terminarán como la madre de Chaplin, escondiendo trozos de pan envueltos en papel dentro de sus zapatos. 

Pongo mi mano izquierda en el pecho y me encojo sin dejar de sostenerme de mi bastón invisible y mis ojos se calan con lágrimas.