Nunca voy a saber si no tengo mucha memoria de los acontecimientos que estremecieron a Cuba el 1º de enero de 1959, ni plena conciencia de los primeros momentos luego de la entrada de los barbudos en La Habana, porque mi familia vivía al sur de la ciudad y en mi casa no teníamos televisión; o si en ello influyó que nadie de mi familia cercana participó en la lucha por el derrocamiento de Batista, ni siquiera a través de la compra de bonos del 26 de Julio, algo común en aquel tiempo. Sí recuerdo claramente la algarabía y el entusiasmo de los vecinos ese amanecer de enero.
Recién había cumplido once años de edad y en mi casa apenas había oído hablar de lo que acontecía en la Sierra Maestra. Tampoco ninguno de mis padres y hermanos presenció la entrada de Fidel Castro a La Habana el 8 de enero, luego de recorrer el país desde Santiago de Cuba.
Durante esos primeros años convulsos, mi vida transcurrió sin cambios apreciables en su entorno. No participé en la Campaña de Alfabetización, ni en las innumerables tareas a las que fueron convocados los adolescentes cubanos, como las famosas recogidas de café en el oriente del país. Me movía entre mis estudios, juegos y salidas con mis amigas del barrio, alguna que otra vez al cine con mi madre o mis hermanos y asistencia a misa los domingos.
Por supuesto, es impensable que no estuviera marcada por lo que se desarrollaba en el país. Como era una niña que declamaba bien, durante los años en que cursaba sexto y séptimo grados, mis maestras y algunos vecinos dirigentes de las nacientes organizaciones de masa (CDR y FMC) me pedían con frecuencia participar durante actos públicos, en fechas patrióticas, con poesías de corte político. Hasta el día en que, más por hastío que por contrariedad, decidí no hacerlo más.
Recuerdo también, incluso con un poco de cariño, cuando un grupo de cinco niñas y un niño, de entre 9 y 12 años, formamos un “pelotón” de las Milicias Nacionales Revolucionarias, dispuestos a defender la Patria. Durante algunas semanas, en las tardes, hacíamos prácticas de infantería (marchas) en la propia calle en donde vivíamos. Los vecinos se divertían mucho con nosotros.
La presencia de Fidel Castro en nuestras vidas fue algo inevitable: era visible en todos los medios de difusión de la información; nos acompañaba a través de sus apariciones constantes en interminables discursos que se televisaban, se radiaban y se publicaban en todos los medios escritos; sus ideas, sus orientaciones y sus órdenes se analizaban en círculos de estudios realizados en las reuniones de organizaciones políticas y de masas, en asambleas de trabajadores, en reuniones estudiantiles. Pero yo solo lo tuve cerca en tres ocasiones.
Absorbido desde muy joven por las fiebres de la pasión política, a Fidel lo describen, sus amigos y enemigos de entonces, en permanente conspiración, obsesionado por alcanzar protagonismo y dispuesto a hacer uso de cualquier recurso, legal o ilícito, para lograr el triunfo de sus ideas.
Gracias al derecho constitucional de una república, desde sus inicios como estudiante universitario y luego como graduado de Derecho, tuvo a su disposición las revistas de mayor circulación en el país para sus textos críticos, después del golpe de estado de 1952. Fue autorizado a ejercer su propia defensa en el juicio por el asalto armado a dos cuarteles orientales, en 1953, y fue liberado, mediante una amnistía sin ninguna condición, quince meses después de haber sido condenado a quince años de prisión.
Como conductor de una contienda militar en la que su verdadero protagonismo es cuestionado, logró convencer a todos de que había sido la lucha en la Sierra Maestra y el Movimiento 26 de julio, creado por él luego del asalto fallido a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo, quienes debían llevarse toda la gloria del derrocamiento del desgobierno de Fulgencio Batista, obviando el indiscutible papel de la lucha en el llano y la participación del Directorio Estudiantil Revolucionario en ese logro.
Primer encuentro
Un domingo caluroso de agosto de 1966, como hacíamos con alguna frecuencia, disfrutaba con parte de mi familia de la playa Santa María. Luego del almuerzo, que el resto de la comitiva utilizó para descansar, mi hermana más pequeña y yo salimos a caminar por la arena. A medida que nos acercábamos a El Mégano, nos percatamos de que detrás de algunos de los pinos que rodeaban la playa estaba apostado un soldado. Inmediatamente, pensamos que seguramente Fidel estaba en el mar. Por entonces se decía que le gustaba nadar y realizar pesca submarina en sus ratos libres; así que seguimos nuestro camino, deseosas de encontrarnos con él.
Pronto descubrimos a un hombre parado en la arena que, vestido completamente con uniforme militar, llevaba en uno de sus brazos una elegante bata de baño de rayas verde olivo y negras, por lo que ya no tuvimos dudas de que estábamos en lo cierto. Por si esto fuera poco, vimos a lo lejos, en el mar, tres cabezas que se iban acercando poco a poco. Al llegar a la altura del escolta, nuestra irreverencia de adolescentes, sobre todo la de mi hermana, que era mucho más atrevida que yo, nos empujó a preguntarle si estaba esperando a su jefe y si podíamos quedarnos allí para verlo. Él accedió con la condición de que no lo molestáramos con ninguna petición, algo que a mí me resultó rarísimo.
Mi hermana, unos minutos antes del encuentro, me había preguntado que yo haría si ella intentaba tirarle a Fidel una rama que llevaba en sus manos. Aunque sabía que aquello era una broma, me quedé sin aliento cuando, ya frente a él, le preguntó si podía tocarle la barba, y lo hizo; él le preguntó si no le pinchaba.
La breve conversación que tuvimos antes de que se interesara por una pareja de extranjeros (creo que ingleses) que paseaban por la playa y también se detuvieron para saludarlo, fue bastante rara. Nos preguntó la edad, si estábamos solas en la playa, y luego pasó a indagar sobre nuestros estudios.
Yo recién había terminado el preuniversitario y había matriculado Licenciatura en Química en la Universidad de La Habana. “Muy buena disciplina”, dijo, “necesitamos Químicos para la Fábrica de Fertilizantes de Cienfuegos y para la Cubanitro de Matanzas”.
Tal vez ahora pueda parecer demasiado tonto, pero una muestra de lo que significaba ya la figura de Fidel Castro en nuestras vidas es que yo estuve temiendo, durante algunos meses, que al terminar mi carrera me ubicaran a trabajar en Cienfuegos o en Matanzas.
Luego, en un alarde de seductor, que yo no entendí totalmente en ese momento, por supuesto, nos preguntó por qué no estábamos disfrutando del agua de mar y cuando le dijimos que no sabíamos nadar, con una amplia sonrisa, sugirió que él nos hubiese podido enseñar, incluso en pocas horas, porque era experto en enseñar natación a jóvenes tan lindas como nosotras.
Mi hermana acababa de cumplir 16 años y yo estaba por cumplir 19.
No creo que existe un culto a la personalidad mayor, al menos en nuestro hemisferio, como el que se creó con el dictador más controversial de América Latina. Desde el mismo inicio de su llegada al poder, e incluso desde sus dos años en la Sierra Maestra, en donde se refugió con un puñado de sus hombres luego del fracaso de la llegada del yate Granma a las costas del sur oriental del país, se comenzó a montar un mito alrededor de su figura.
Al llegar al poder, rodeado de una falsa aureola creada por sus compañeros de lucha y una solapada propaganda interna y externa, fue recibido con entusiasmo por la mayoría de los hombres de negocio influyentes, intelectuales reconocidos, reputados periodistas y representantes de renombre de diversas manifestaciones artísticas; en fin, las llamadas “fuerzas vivas” de la sociedad cubana, que tuvieron la esperanza en el cambio necesario ante la corrupción del régimen instaurado en el país mediante un golpe de estado siete años antes.
El gobierno de los Estados Unidos de América, que por aquellos años quería alejarse de los dictadores latinoamericanos priorizando regímenes amistosos y democráticos, y alarmado por la creciente relación de Batista con el crimen organizado de ese país, también lo recibió con beneplácito.
Sin ningún tipo de pudor, se exageraron sus cualidades de liderazgo, se manejaron historias tergiversadas acerca de su valentía y coraje, se propagaron patrañas y falacias sobre su vida personal. Algunos periódicos estadounidenses lo llamaron “académico rebelde”, “jefe dinámico”, “libertador” y hasta “seguidor de la verdadera tradición estadounidense de George Washington”.
Es difícil hoy reconocer cómo todos se contagiaron con la emoción, pero la historia ha demostrado con creces lo que sucede cuando se cree en relatos cautivadores, pero dañinos.
Segundo encuentro
La entrada a los estudios universitarios significó un cambio brusco para la joven que estaba acostumbrada a la vida tranquila del barrio en el que vivía, Santos Suárez, y a sus alrededores. Mis salidas a El Vedado y a La Rampa, lugar que marcaba entonces el epicentro de la juventud cubana, eran escasas, con un padre celoso de la educación moral y decente de sus hijos.
No solamente estoy hablando del entorno social en el que comencé a moverme, sino de la ideologización a la que me enfrenté. Muy pronto supe que no me iba a ser posible mantenerme al margen del proceso revolucionario. En abril de 1967, partí hacia mi primer trabajo en la agricultura.
Durante 35 interminables días con sus noches, las estudiantes de las carreras de Química, Biología, Matemáticas y Física de la Universidad de La Habana (UH) trabajamos en la recogida de cebollas y en el cuidado de sus siembras, en Banao, a 20 kilómetros de la ciudad de Sancti Spiritus, y sin nadie a nuestro alrededor que no fueran los guajiros que nos adiestraban en las labores agrícolas, nuestras profesoras y compañeras de estudio y un representante del Partido Comunista regional, que visitaba semanalmente a las dirigentes del campamento.
Una tarde, ya en los albergues, luego de una jornada bajo el sol y mientras nos alistábamos para bañarnos, sentí la algarabía y los gritos: “¡Es Fidel, es Fidel; llegó Fidel!”
Todas salimos corriendo. Allí, en el centro del campamento, estaba él dentro del jeep de cuatro puertas en donde viajaba por la Isla en aquellos tiempos. A su lado, parados en los escalones laterales del vehículo y alrededor de este, sus escoltas, armados y vigilantes, intentaban detener el ímpetu de decenas de estudiantes. No llegué muy cerca de él, pero recuerdo su figura, imponente y sonriente.
Tan pronto se acallaron los gritos, nos preguntó cómo estábamos, qué tipo de actividad hacíamos, si nos atendían bien, si teníamos buena comida. Esto último era lo único de lo que no podíamos quejarnos, pues contábamos con buenos cocineros y un aceptable avituallamiento de comestibles. Lo demás era terrible: albergues de piso de tierra, techos y paredes de pencas de guano, hamacas para dormir, sin electricidad.
En un momento determinado y con su habitual desfachatez, nos preguntó si habíamos comido helados y le dijimos que no. Entonces nos prometió que los tendríamos allí al otro día. Creo que nadie le creyó; tal vez solo las más fanatizadas. Al día siguiente, nos esperaba, al regreso del campo, un camión refrigerado con tanquetas de helados de diferentes sabores. Creo que fue el día en que más helados comí en mi vida.
Lo que más recuerdo de aquella visita fue el accidente sufrido por una de nuestras compañeras de aula. Le decíamos Rosita Fornés, por su ligero parecido con la diva, aunque su estatura era menor; pero, su cabellera rubia, siempre bien peinada, y su glamour, inclinaban a algunos a compararla con la artista.
Una vez que el jeep abandonó el campamento, supimos que Rosita se había hecho una torcedura en un tobillo. Entre algunas estudiantes la llevaron cargada hasta su hamaca. Allí estuvo, con un dolor insoportable, asistida por las amigas que dormían más cerca, ayudada en sus necesidades básicas. No recuerdo el tiempo que estuvo allí, hasta ser trasladada a La Habana o que la vinieran a buscar sus padres.
Fidel Castro tuvo a su disposición todas las plazas del país para exponer sus ideas megalomaníacas y convencer a muchos de sus proyectos; dispuso de micrófonos en foros internacionales de la clase obrera, reuniones del Movimiento de Países no Alineados, asambleas generales de las Naciones Unidas, casi sin ninguna objeción.
Mientras mostraba a la comunidad internacional un país sitiado por la “mayor potencia imperialista del mundo”, se aliaba sin ninguna vergüenza al poder soviético, sabedor de que este podía ser su salvador o su válvula de escape. Estuvo a punto de favorecer una conflagración de resultados inimaginables cuando, de forma irresponsable, aceptó la instalación de ojivas nucleares de la URSS a escasas noventa millas del territorio estadounidense.
Tercer encuentro
Mi tercer encuentro con Fidel ocurrió en los inicios del mal llamado Período Especial, aunque no puedo ubicar con exactitud la fecha; ni siquiera el año. Durante una buena parte del tiempo que transcurrió desde inicios de la década de los noventa del siglo pasado hasta finales de ella, los estudiantes y profesores universitarios fuimos convocados a apoyar labores agrícolas, durante etapas de una o dos semanas en el curso académico. El campamento al que habitualmente íbamos se llamaba Sonrisas de la Victoria.
En una de esas estancias, mientras estábamos laborando en el campo, se apareció Fidel. Como era habitual en él, llegó sorpresivamente y estuvo conversando con nosotros durante unos minutos, en el propio lugar en donde nos encontrábamos trabajando.
Nos reunimos frente a él y sus escoltas, formando una especie de herradura; éramos fundamentalmente mujeres. En un momento de su intercambio, fijó la vista en una de las profesoras y la invitó a cambiarse de lugar, pues se había percatado de que a esta le molestaba el sol en los ojos. Le brindó su mano y nuestra compañera se ubicó de espaldas al sol, cerca de donde estaban parados él y sus escoltas.
El hecho no hubiese tenido mayor trascendencia si no hubiera sido por todo lo que desencadenó una vez que regresamos al albergue. Entre risas y bromas, discutimos por qué precisamente esa joven profesora había sido seleccionada para la muestra de amabilidad y la mayoría coincidió en que se debía a su indiscutible belleza.
A la par de la instauración de un escenario que favorecía ante el mundo la leyenda de una isla bloqueada y un líder redentor, la Seguridad del Estado encarcelaba, asesinaba o desterraba a opositores, disidentes o críticos incómodos. Aplicó el paredón de fusilamiento sin misericordia, tanto a algunos criminales de la dictadura batistiana como a compañeros de lucha que se enfrentaron a las ideas comunistas. No tuvo freno ante sus desatinos; estaba cumpliendo lo que, desde prisión, Fidel le indicara a Melba Hernández, su fiel asistente, en carta fechada el 17 de abril de 1954: “Mucha mano izquierda y sonrisas con todo el mundo (…). Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas”.
Después de una década de su desaparición física, todavía se sigue alimentando su veneración. A la llamada izquierda internacional y a una buena parte de sus amigos y compinches, dentro y fuera del país, les interesa tomarlo como referencia y pretenden seguir fomentando una imagen idealizada, muy lejos de la verdadera naturaleza de un guerrillero ególatra, falso y frustrado, que se convirtió en un tirano y gobernó a Cuba por demasiados años, con represión, injusticia y crueldad.











