La CIA apunta de nuevo contra Cuba

Como parte de la creciente ofensiva del presidente Trump para “apoderarse” de Cuba, la CIA está ampliando de manera significativa sus operaciones clandestinas contra la isla. En los últimos días, funcionarios estadounidenses han filtrado que la Agencia está incrementando el número de agentes y activos dentro de Cuba, reposicionando satélites para reforzar la obtención de inteligencia e incorporando especialistas en ciberguerra y operaciones encubiertas de influencia al creciente contingente de personal encargado de aplicar la llamada “Doctrina Donroe” en el Caribe.

De hecho, la Agencia ha creado un nuevo y secreto “grupo de trabajo” cuya misión encubierta consiste, según se informa, en sembrar la división y la desestabilización dentro del Gobierno cubano, creando condiciones propicias para un golpe interno. El plan secreto contempla que la CIA impulse a dirigentes proestadounidenses hacia posiciones de poder. Esos funcionarios cubanos “pragmáticos” —es decir, maleables— actuarían entonces conforme a los intereses de Washington, dando lugar a una “alteración del régimen más que a un cambio de régimen”, según explicó The New York Times al describir estos esfuerzos encubiertos destinados a reproducir el modelo venezolano. Como parte del nuevo Marco Nacional de Prioridades de Inteligencia de la administración, informó ominosamente el diario, Cuba ha sido designada como un país de “Prioridad 1”.

“Las intenciones aquí no sorprenden, ya que Cuba ha sido durante mucho tiempo objetivo de los esfuerzos de la CIA en materia de espionaje, subversión y desestabilización, incluido el terrorismo”, respondió en una entrevista el viceministro cubano de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío.

Desde luego, los cubanos ya conocen este manual de trucos sucios. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, Cuba ha sobrevivido prácticamente a todas las formas de operaciones paramilitares, intentos de asesinato, infiltración, sabotaje y propaganda negra que la CIA tiene en su arsenal clandestino. Sin embargo, estas operaciones encubiertas pasarán ahora a complementar un esfuerzo estadounidense mucho más amplio para obligar a la dirigencia cubana a doblegar la Revolución ante el Coloso del Norte. Supervisada por el secretario de Estado Marco Rubio, la metódica campaña de “máxima presión” de la administración Trump para asfixiar a toda una nación constituye, con mucho, la amenaza más existencial a la que Cuba se ha enfrentado jamás.


Las guerras encubiertas de la CIA

La historia de las operaciones encubiertas de la CIA contra Cuba es ya legendaria. La invasión de Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta, los complots de asesinato apoyados por la mafia —pastillas envenenadas, bolígrafos con veneno, puros envenenados, trajes de buceo tóxicos, conchas marinas explosivas—, entre muchos otros intentos clandestinos de cambio de régimen, dominan el accidentado historial operativo de la Agencia. En ese contexto, el nuevo grupo de trabajo de la CIA para Cuba tiene varios precedentes, todos ellos fracasos rotundos.

Apenas un año después de que Fidel Castro llegara al poder, a comienzos de 1960 la CIA creó su primera unidad dedicada exclusivamente a Cuba dentro de su División del Hemisferio Occidental, conocida como la “Branch 4 Task Force”. Durante la primera reunión de este grupo de trabajo, según un resumen secreto, el jefe de la división, el coronel J. C. King, informó de que Fidel Castro contaba con un apoyo abrumador del pueblo cubano. “A menos que Fidel y Raúl Castro y el Che Guevara puedan ser eliminados de una sola vez”, advirtió King, “esta operación puede convertirse en un asunto largo y prolongado, y el actual gobierno solo podrá ser derrocado mediante el uso de la fuerza”.

Partiendo de esa realidad, la planificación del cambio de régimen evolucionó hacia la invasión paramilitar de Bahía de Cochinos, el fiasco más notorio de la larga historia de la CIA.

Tras la contundente derrota infligida por Cuba a la brigada de exiliados dirigida por la CIA en Playa Girón, los esfuerzos clandestinos de la Agencia contra la isla quedaron en gran medida suspendidos, al igual que la Branch 4 Task Force, mientras el presidente Kennedy contemplaba desmantelar la CIA y distribuir sus funciones entre los Departamentos de Defensa y de Estado. Sin embargo, a finales del verano de 1961, Kennedy aprobó la reactivación de las operaciones de la Agencia y, finalmente, un amplio nuevo programa de cambio de régimen: la Operación Mangosta.

Se creó entonces otro grupo de trabajo: la “Task Force W”. Al frente fue puesto William Harvey, un antiguo agente del FBI conocido por ir siempre armado. Pero durante la crisis de los misiles de octubre de 1962, cuando el mundo estuvo al borde del Armagedón nuclear, Harvey provocó la ira del fiscal general Robert Kennedy, quien además presidía el Special Group (Augmented), encargado de supervisar el programa Mangosta. La Agencia debía suspender sus operaciones de sabotaje durante la crisis, pero, en el punto álgido de la confrontación nuclear, un equipo de infiltrados de la CIA intentó volar la mina de cobre de Matahambre. A finales de 1962, el director de la CIA, John McCone, trasladó a Harvey a Roma y, a comienzos de 1963, el veterano oficial Desmond Fitzgerald asumió la dirección de la unidad dedicada a Cuba, rebautizada ahora como SAS (Special Activities Staff).

Bajo el mando de Fitzgerald, la CIA puso en marcha un programa encubierto con el nombre en clave AMTRUNK, cuyo objetivo era “dividir al régimen”; una operación que constituye un llamativo precedente del actual plan secreto de Trump para fragmentar el Gobierno cubano. En una propuesta de alto secreto dirigida al director McCone, Fitzgerald planteó “una estrategia de pinza basada en el estrangulamiento económico para debilitar y socavar al régimen, combinada con un intenso esfuerzo de sondeo destinado a identificar y establecer canales de comunicación con elementos no comunistas descontentos y potencialmente disidentes dentro de los centros de poder del régimen”. La misión de la CIA consistiría en “identificar y localizar a esos funcionarios”, señalaba la propuesta, e “intentar convencerlos de que su futuro pasa únicamente por deshacerse de Castro y establecer un nuevo gobierno que pueda reincorporarse a la familia de naciones de la OEA”.

Fitzgerald depositó sus esperanzas de éxito de AMTRUNK en un infiltrado de la CIA dentro del ejército de Castro, Rolando Cubela, alias AMLASH. “La piedra angular del plan”, señala Brian Latell, antiguo principal analista de la CIA sobre Cuba, “era utilizar a Cubela para estimular una rebelión dentro de las fuerzas armadas cubanas”. En una serie de reuniones clandestinas celebradas en Brasil y París, oficiales de la CIA —entre ellos el propio Fitzgerald— intentaron convencer a Cubela de que organizara una sublevación militar contra Castro. Sin embargo, Cubela, que pudo haber actuado como agente doble, dijo a sus contactos de la CIA que asesinar a Castro era una estrategia de golpe mucho más prometedora. Solicitó a la Agencia que le proporcionara un fusil de francotirador; pero, durante una reunión secreta celebrada en París el 22 de noviembre de 1963 —el fatídico día en que Kennedy fue asesinado en Dallas—, un agente de la CIA entregó a AMLASH un falso bolígrafo con una aguja hipodérmica oculta en su interior, hoy convertido en uno de los dispositivos más célebres de la siniestra mitología de la Agencia.


“Mejor que la KGB”

Para la CIA, Cuba ha sido la gran ballena blanca esquiva: un Moby Dick para el capitán Ahab de la Agencia. Los esfuerzos desplegados durante la Guerra Fría para hacer retroceder la Revolución cubana siguen proyectando su sombra sobre la historia de sus operaciones clandestinas: Bahía de Cochinos pasó a ser conocida como un “fracaso perfecto” que estuvo a punto de costarle a la CIA su propia supervivencia institucional. AMTRUNK fracasó, al igual que los múltiples complots para asesinar a los Castro. Cuando esas conspiraciones salieron a la luz a mediados de la década de 1970 gracias al comité especial del Senado presidido por el senador Frank Church, de Idaho, desencadenaron uno de los mayores escándalos políticos de la controvertida historia de la Agencia.

A mediados de 1987, la CIA sufrió otra gran derrota a manos de los cubanos, mucho menos conocida que Bahía de Cochinos. Un alto oficial de la inteligencia cubana, Florentino Aspillaga, entró en la embajada de Estados Unidos en Viena y solicitó desertar. A cambio proporcionó lo que un alto funcionario de la CIA describió como una información de inteligencia “explosiva”. “Nos dijo que todos los agentes cubanos que la CIA tenía en Cuba habían estado controlados desde el principio por la inteligencia cubana”, recordó James Olson, antiguo jefe de la estación de la CIA en Viena, en una reveladora entrevista con Foreign Policy. “Nos habían engañado. Nos habían derrotado”, recuerda haber pensado Olson. “Y aquello nos dejó completamente devastados”.

La información aportada por Aspillaga reveló que, entre 1961 y 1987, prácticamente todos los cubanos reclutados por la CIA habían sido, en realidad, agentes dobles, muchos de los cuales la Dirección General de Inteligencia (DGI) había ofrecido deliberadamente a la Agencia como carnado. “La inteligencia cubana había logrado controlar por completo toda nuestra red de activos en la isla”, concluyó Olson. Eso significaba que todas las técnicas operativas de la CIA habían quedado comprometidas; que el dinero pagado por la Agencia a sus informantes y colaboradores había terminado en las arcas de la inteligencia cubana; que la CIA tuvo que retirar oficialmente décadas de informes de inteligencia distribuidos a otros organismos de seguridad nacional de Estados Unidos; y que las identidades de al menos 170 oficiales de caso de la CIA que habían trabajado con aquellos agentes cubanos habían quedado al descubierto, con consecuencias devastadoras para sus futuras carreras clandestinas. “Fue”, afirmó Olson, “una de las peores derrotas que jamás haya sufrido la inteligencia estadounidense”.

Para agravar aún más la humillación de la CIA, menos de un mes después de la deserción de Aspillaga, Fidel Castro emitió por la televisión nacional cubana una serie de seis capítulos sobre las operaciones de la Agencia en Cuba. Los distintos episodios mostraban imágenes de oficiales de la CIA en La Habana y en otros lugares de la isla realizando diversas actividades propias del espionaje, como depósitos clandestinos (dead drops), reuniones secretas o la instalación de equipos de comunicación. La inteligencia cubana había filmado cada uno de sus movimientos. “Parecíamos una banda incapaz de acertar un tiro”, recordaría Olson.

La inteligencia cubana había humillado a la CIA “por su oficio, su disciplina, su sofisticación y su resistencia a la infiltración”, afirmó Olson. “Eran mejores que la KGB.”


Otra operación de “pinza”

La historia de la CIA en Cuba sigue siendo una advertencia sobre el carácter autodestructivo del abuso del poder imperial contra un país pequeño, pero orgulloso. Sin embargo, la administración Trump está poniendo ahora en marcha una versión moderna de la Operación AMTRUNK, recuperando una estrategia de “pinza”: un esfuerzo concertado de “estrangulamiento económico” que irá acompañado de un refuerzo de las operaciones encubiertas destinadas a reclutar funcionarios dentro del Gobierno cubano a los que Estados Unidos pueda controlar. El modelo de esta nueva guerra clandestina se remonta a comienzos de la década de 1960. Incluso cuando fracasaron, aquellas operaciones provocaron dolor y sufrimiento al pueblo cubano, exactamente lo que Estados Unidos vuelve a proponerse hacer ahora.

Los funcionarios estadounidenses no ocultan que su objetivo es asfixiar a Cuba hasta someterla. De hecho, el secretario de Estado Marco Rubio, responsable de la política intervencionista de la administración hacia la isla, habla abiertamente del “nudo corredizo” que Estados Unidos va estrechando progresivamente. “Cada vez que crean un nuevo mecanismo para intentar escapar del nudo corredizo, nosotros simplemente lo cerramos”, declaró Rubio la semana pasada en una entrevista con Axios. “Desde luego, no pueden esperar a que nos cansemos.”

Después de décadas de bloqueo económico y de las maniobras sucias de la CIA, Washington sigue intentando dar a los cubanos una lección imperial. “Lo que tratamos de enseñarles”, según el inquietante mensaje de Rubio, “es que no hay vías de escape”.






* Sobre el autor:
Peter Kornbluh
, colaborador habitual de The Nation sobre temas cubanos, es coautor, junto con William M. LeoGrande, de Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana. También es autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability.


* Artículo original: “The CIA Targets Cuba… Again”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.






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La república del billete redondo

Por Leonardo Cruz Pineda

Premio. No Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.