José Toirac: el arte de no decir que no

José Toirac ha dedicado buena parte de su obra a desmontar la fabricación política de las imágenes. Por eso sorprende que, al explicar su participación en una exposición inscrita en el centenario de Fidel Castro, parezca olvidar una de las lecciones centrales de su propio trabajo: las imágenes no significan solamente lo que el artista quiere que signifiquen; significan también dentro del dispositivo que las exhibe. 

Y el dispositivo, esta vez, no admite demasiadas dudas. La prensa oficial cubana incluyó PROFILE en la programación cultural del centenario y presentó la exposición como parte de las actividades dedicadas a la efeméride. Granma anunció para el 13 de agosto la muestra personal de Toirac en el Centro Experimental de Artes Visuales José Antonio Díaz Peláez, precisamente dentro del programa nacional por los cien años del nacimiento de Fidel Castro. 

Ante eso, la frase más inquietante del texto de Toirac no es estética. Es ética: “No seré yo quien diga que no; a mí hay que decirme que no”. 

Dicha por cualquier artista podría parecer una declaración de tenacidad. Dicha por José Toirac en la Cuba de 2026 resulta mucho más problemática. Porque a Toirac ya le dijeron que no. 

Durante décadas, la cultura cubana le dijo que no a determinados discursos, imágenes, exposiciones, libros, películas y artistas. Toirac pertenece precisamente a una generación que aprendió a trabajar dentro de esa prohibición y contra ella. Su obra sobre Fidel fue significativa porque apareció cuando apropiarse críticamente de la iconografía del Comandante todavía era penetrar en una zona vigilada del imaginario nacional. Su Tiempos Nuevos, sus apropiaciones publicitarias,Opus y otras piezas han sido leídas justamente como operaciones de desacralización del poder, de desmontaje de la retórica política y del culto construido alrededor de la figura de Castro. 

Pero hay una diferencia enorme entre trabajar sobre Fidel Castro y trabajar para el centenario de Fidel Castro. Esa diferencia no desaparece porque Fidel no aparezca físicamente en las obras. Una exposición “sobre Fidel, pero sin Fidel” puede ser una espléndida operación conceptual. También puede convertirse en la forma más sofisticada de garantizar la presencia de Fidel sin representarlo. 

El vacío, después de todo, también puede ser monumental. Y aquí surge la pregunta que PROFILE tendrá que responder no mediante declaraciones sino mediante sus obras: ¿Qué Fidel falta allí? ¿Falta solamente su rostro? ¿O faltan también los fusilamientos, las cárceles, las UMAP, los actos de repudio, los balseros, los presos políticos, los intelectuales censurados, los homosexuales perseguidos, las familias partidas por el exilio, las generaciones condenadas a abandonar el país? 

Porque si se elimina el cuerpo del dictador, pero permanece intacta la excepcionalidad histórica construida alrededor de él, no estamos necesariamente ante una desmitificación. Podemos estar ante una mitología todavía más eficaz. 

Toirac conoce demasiado bien esta operación como para ignorarla. Por eso tampoco resulta inocente cerrar su texto preguntando: “¿Acaso la muerte no es incierta cuando se ha cumplido bien la obra de la vida?” 

¿Cumplido bien qué obra? En un texto escrito para explicar una exposición organizada a propósito del centenario de Fidel Castro, la pregunta deja de ser una meditación abstracta sobre la muerte. Introduce inevitablemente una valoración sobre la vida cuya sombra organiza toda la muestra. Y ahí la ambigüedad deja de ser solamente un recurso artístico. Se convierte en una responsabilidad. 

No se trata de exigirle a José Toirac una declaración anticastrista, una profesión de fe opositora ni una obra diseñada según las expectativas del exilio. Nada sería más pobre que sustituir una ortodoxia por otra. Se trata de exigirle algo mucho más elemental precisamente porque es un artista mayor: que no confunda autonomía artística con suspensión del juicio moral. 

El Estado cubano puede tolerar hoy ciertas irreverencias contra Fidel que habría considerado intolerables cuando Fidel gobernaba. Incluso puede incorporarlas. Ese es uno de los privilegios de los poderes longevos: terminan aprendiendo a metabolizar su propia crítica. 

El problema entonces ya no es solamente qué permite decir el poder. Es qué consigue hacer con aquello que permite. Puede convertir la irreverencia en patrimonio, la disidencia estética en currículo, la ironía en decoración institucional y finalmente al artista que interrogó al caudillo en participante ilustre de su centenario. 

Precisamente por eso resulta insuficiente decir: “me invitaron”, “era un desafío”, “no seré yo quien diga que no”. Hay momentos en que decir que no también es una obra. Y quizás, en la Cuba de 2026 —después del 11J, con presos políticos todavía encarcelados, con millones de cubanos fuera del país y con un Estado empeñado en celebrar durante todo un año al hombre que edificó buena parte de su arquitectura autoritaria—, negarse a participar del centenario habría sido una intervención artística más radical que cualquier perfil

No sabemos todavía si las obras de esta exposición consiguen dinamitar desde dentro el homenaje que las contiene. Si lo hacen, habrá que reconocerlo. Pero sabemos ya algo más elemental: el régimen ha aceptado PROFILE dentro de su conmemoración. Lo ha anunciado como parte de ella. Lo puede exhibir, fotografiar, archivar y contabilizar entre los acontecimientos culturales de los cien años de Fidel. Ese hecho también forma parte de la obra. 

José Toirac pasó buena parte de su carrera preguntándonos qué hace el poder con las imágenes. Tal vez PROFILE nos obliga ahora a formular la pregunta inversa: ¿qué hace el poder con José Toirac? 

Y otra, todavía más incómoda, ¿por qué José Toirac, esta vez, no quiso decir que no? 












Profile


Por José Ángel Toirac.


Días atrás recibí con alegría la noticia del término de la remodelación de la Elemental: la escuelita en 23 y C donde varias promociones iniciaron sus primeros pasos en el mundo del arte. 

La actual dirección de la escuela, que hoy ostenta el nombre de Centro Experimental de las Artes Visuales José Antonio Díaz Peláez, me invitó a realizar una muestra personal en sus dos salitas de exposiciones. 

El mensajero fue Emilio Rodríguez, mi profesor de pintura, con el que entablé una entrañable amistad, de ya casi cincuenta años, cuando él cumplía su servicio social como profesor en mi Guantánamo natal. ¿Cómo podría negarme yo? 

El pie forzado fue el centenario del nacimiento de Fidel. Algunos amigos me aconsejaron desatender el desafío, pero en mi opinión sería necio declinar: no seré yo quien diga que no; a mí hay que decirme que no. 

¿Y por qué pensaron en mí? Pues porque soy egresado de allí y porque mi obra explora temas sensibles y urgentes de nuestra cultura: entre estos, la eficacia (o no) y la pertinencia (o no) del relato hegemónico de nuestra historia y de sus protagonistas. No es de extrañar que, trabajando sobre estos asuntos, la imagen de Fidel haya aflorado con sistematicidad a lo largo de mi carrera. 

Para mí es un reto abordar hoy la figura de quien, como última voluntad (expresada por Raúl públicamente y luego concretada en la ley 123 del 2016), prohibió cualquier tributo y uso de su imagen como expresión de culto a la personalidad. 

Por consiguiente, la exposición que he preparado es sobre Fidel, pero sin Fidel. De ahí la pertinencia del título de la muestra: PROFILE (perfil). Cierto es que, como expresé anteriormente, el motivo de celebración fue su natalicio. Pero toda vida es un viaje de la cuna a la tumba. 

Por eso la muestra es un recorrido y la muerte una referencia constante. ¿Acaso la muerte no es incierta cuando se ha cumplido bien la obra de la vida? 


* Publicado el viernes 21 de agosto de 2026 en la cuenta de Instagram de José Ángel Toirac






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Ponte dentro del campo de exterminio

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El castrismo opera su emborronamiento últimono solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.