El artículo de Rafael Rojas contra el Informe del Departamento de Estado que presenta a Cuba como capital del comunismo del siglo XXI, publicado en El País el pasado 31 de julio, revela algo más persistente que una discrepancia historiográfica con Marco Rubio o con la política exterior de Donald Trump.
Detrás de la discusión acerca de China, Rusia, Venezuela, Black Lives Matter, Antifa, Hamás, Hezbolá y la capacidad internacional del régimen cubano se reconoce una vieja inclinación intelectual del autor, una zona de pertenencia que Rojas ha procurado conservar mientras se distancia del castrismo y acepta, sin mayores dramatismos económicos, el orden capitalista y la democracia liberal.
La reciente reedición de José Martí, la invención de Cuba permite observar con mayor nitidez aquella genealogía, ya que el propio Rojas recuerda que su formación intelectual combinó el republicanismo de la Escuela de Cambridge, la Escuela de Frankfurt, la oposición entre racionalidad instrumental y corriente utópico-emancipatoria, el posestructuralismo francés y la crítica del nacionalismo.
Su ruptura con el castrismo nunca significó una ruptura con tradiciones intelectuales de la izquierda occidental.
No se trata, por tanto, de descubrir ahora una inesperada simpatía izquierdista en un historiador que critica desde hace décadas al Estado cubano, sino de advertir que su ruptura con el castrismo nunca significó una ruptura equivalente con ciertas tradiciones intelectuales nacidas alrededor de la izquierda occidental. Esto ayuda a comprender la vehemencia con que rechaza cualquier tentativa de reunir bajo el concepto de comunismo fenómenos tan disímiles como el progresismo racial norteamericano, el islamismo radical, las nuevas izquierdas urbanas y los regímenes autoritarios aliados ocasionales de La Habana.
Rojas abandonó hace mucho cualquier expectativa socialista asociada con la planificación económica, el partido único o la propiedad estatal generalizada, pero no abandonó aquella sensibilidad emancipatoria que él mismo reconoce entre los sedimentos de su formación intelectual. Su liberalismo parece haberse construido menos mediante la negación absoluta de la izquierda que mediante una selección cuidadosa de aquello que de la izquierda debía sobrevivir después del derrumbe soviético.
Esa operación de selección acerca su itinerario a una frase martiana, cuya resonancia resulta difícil ignorar cuando se examina esta manera de situarse dentro del debate cubano: “en silencio ha tenido que ser”, seguida de aquella advertencia acerca de las cosas que, para alcanzarse, “han de andar ocultas”.
No habría que atribuir a Rojas propósitos secretos para los cuales no existen pruebas.
No habría que convertir la frase en insinuación conspirativa, ni atribuir a Rojas propósitos secretos para los cuales no existen pruebas, aunque sí resulta fértil como metáfora de una estrategia intelectual donde ciertas fidelidades se conservan bajo otras denominaciones, mientras el vocabulario revolucionario desaparece y sobreviven, transformados por la democracia liberal, algunos de sus impulsos culturales.
Lo que antes podía llamarse emancipación adquiere los nombres de ciudadanía, pluralismo, feminismo, antirracismo, derechos de las minorías o republicanismo democrático, mientras que aquello que pertenecía al programa económico del socialismo pierde centralidad o acaba incorporado al archivo de las experiencias fallidas.
La tercera edición de José Martí, la invención de Cuba, publicada por Verbum en 2025, recupera precisamente un libro aparecido en 2000, cuya apuesta consistía en separar a Martí de las apropiaciones nacionalistas y revolucionarias que habían convertido su pensamiento en patrimonio cerrado, sometiéndolo a lecturas procedentes del republicanismo atlántico, la nueva historia intelectual y el posestructuralismo.
Lo interesante para el presente análisis es que Rojas vuelve a identificarse, veinticinco años después, con aquella lectura y recuerda su antigua preocupación por la tensión entre una racionalidad técnico-instrumental y otra utópico-emancipatoria, mientras coloca a Martí cerca de esta última tradición. No parece accidental que el historiador que hoy reprocha al Departamento de Estado su incapacidad para diferenciar las izquierdas contemporáneas sea el mismo que ha dedicado buena parte de su obra a rescatar genealogías republicanas, emancipatorias y heterodoxas de las simplificaciones con que las instituciones políticas pretenden apropiárselas.
Rojas necesita separar: Cuba no es China, China no es Rusia, Rusia no es Hamás, Hamás no es Black Lives Matter.
Desde esta perspectiva, el artículo sobre el comunismo del siglo XXI posee un élan vital bastante definido. Rojas necesita separar. Cuba no es China, China no es Rusia, Rusia no es Hamás, Hamás no es Black Lives Matter. El feminismo no es estalinismo y el progresismo woke no constituye una prolongación tardía de la Tricontinental.
La exigencia de precisión histórica es legítima, e incluso necesaria, cuando las categorías políticas se ensanchan hasta perder contenido, pero detrás de esa precisión existe también una necesidad de preservar incontaminado cierto territorio de la izquierda contemporánea. Si toda protesta radical contra las instituciones norteamericanas pudiera incorporarse a una genealogía comunista, el liberalismo progresista, al cual Rojas permanece cercano, quedaría obligado a defenderse no ya de sus excesos internos, sino de una acusación histórica mucho más incómoda: la de prolongar, mediante nuevos lenguajes culturales, impulsos que alguna vez encontraron expresión en la izquierda revolucionaria.
Su argumentación se vuelve entonces defensiva en un sentido intelectual profundo. No defiende a La Habana, cuya ruina económica y agotamiento político reconoce, sino que protege la posibilidad de criticar a La Habana desde una izquierda democrática que no acepte ser absorbida por el anticomunismo conservador. Tampoco defiende el socialismo real, al que considera clausurado, sino el derecho del progresismo contemporáneo a reclamar una genealogía independiente del marxismo-leninismo.
De ahí que el artículo dedique tanta energía a las discontinuidades y bastante menos a una cuestión diferente, relacionada con la posibilidad de que organizaciones doctrinalmente heterogéneas establezcan alianzas tácticas, intercambien recursos, compartan adversarios o coincidan dentro de redes políticas sin necesidad de profesar la misma ideología.
Ese es uno de sus puntos vulnerables. Demostrar que Hamás no es comunista, que Rusia practica un capitalismo autoritario o que Black Lives Matter procede de tradiciones distintas del marxismo soviético, no demuestra que entre actores de procedencias diferentes no puedan existir convergencias circunstanciales, contactos o solidaridades recíprocas. La política internacional ofrece demasiados ejemplos de alianzas entre enemigos doctrinales como para convertir la diferencia ideológica en prueba de inexistencia de cooperación. Rojas combate con éxito la homologación conceptual, pero deja en segundo plano el análisis empírico de las conexiones, que sería precisamente el terreno donde el informe gubernamental tendría que ser probado o desmontado.
Introducir a Joseph McCarthy desplaza la controversia hacia un territorio moral.
También resulta reveladora su apelación al macartismo, pues introducir a Joseph McCarthy desplaza la controversia hacia un territorio moral donde el adversario llega marcado por la memoria de la persecución ideológica, la culpabilidad por asociación y la fabricación de enemigos internos. El procedimiento posee eficacia retórica, aunque reproduce una simplificación semejante a la denunciada.
Si resulta injusto llamar “comunista” a todo movimiento que confronte a Estados Unidos, tampoco basta invocar el macartismo para desacreditar cualquier investigación sobre redes de influencia entre gobiernos autoritarios y movimientos occidentales. La sospecha se vuelve ilegítima cuando sustituye la prueba, pero la crítica a la sospecha también puede convertirse en dogma cuando decide por anticipado qué relaciones merecen investigarse.
Algo parecido ocurre con la disminución geopolítica de Cuba. Rojas recuerda que la Isla está económicamente exhausta, depende del auxilio exterior y carece del peso necesario para dirigir una supuesta internacional comunista, una observación que posee evidente sensatez cuando se compara La Habana con Pekín. Sin embargo, la pobreza de un Estado no determina por sí sola la capacidad de sus aparatos de inteligencia, sus redes diplomáticas o su experiencia acumulada en penetración política.
La pobreza de un Estado no determina por sí sola la capacidad de sus aparatos de inteligencia.
Presentar la bancarrota económica como argumento contra la influencia internacional corre el riesgo de confundir magnitudes diferentes, ya que un país pequeño puede conservar saberes, contactos y dispositivos capaces de otorgarle una gravitación superior a sus recursos materiales.
La explicación electoral del informe completa el movimiento. Al atribuir buena parte de su sentido a la necesidad de movilizar votantes de Florida, Rojas reduce una doctrina de seguridad a su rentabilidad doméstica, interpretación plausible que, sin embargo, vuelve a revelar la asimetría de su método. Cuando analiza la izquierda reclama matices, genealogías separadas y discontinuidades rigurosas, mientras que al examinar a la derecha norteamericana encuentra con mayor rapidez una continuidad que enlaza macartismo, trumpismo, manipulación histórica y cálculo electoral. La complejidad que exige para su propio territorio intelectual se concede con menor generosidad al campo adversario.
Ahí aparece el motivo que atraviesa desde hace años buena parte de su obra y que la reedición de José Martí, la invención de Cuba vuelve a colocar ante nosotros. Rojas quiere liberar las tradiciones republicanas y emancipatorias de la apropiación estatal cubana, pero también desea impedir que sean confiscadas por el relato triunfal de la derecha después del fracaso comunista. Quiere sacar a Martí del panteón castrista sin entregarlo al conservadurismo, cuestionar la Revolución sin renunciar a determinadas herencias de la izquierda intelectual, aceptar el capitalismo sin convertir esa aceptación en adhesión cultural a la derecha.
El socialista desaparece, el emancipador permanece.
En ese sentido, aquello que “ha tenido que ser en silencio” no sería una conspiración política, sino una continuidad intelectual que rara vez se declara con el viejo vocabulario y que, sin embargo, permanece reconocible bajo categorías nuevas. El socialista desaparece, el emancipador permanece. El marxismo retrocede, la sensibilidad de izquierda conserva su sitio. La revolución deja de ser horizonte económico, mientras varias de sus antiguas aspiraciones culturales reaparecen traducidas al idioma del liberalismo progresista. Rojas se instala precisamente en esa traducción y desde ella escribe.
Su artículo contra el informe del Departamento de Estado adquiere así una significación mayor que la polémica coyuntural que lo provoca. Representa la defensa de una izquierda que necesita separarse del comunismo para sobrevivir dentro del capitalismo y de un liberalismo que necesita conservar algo de la izquierda para no confundirse con la derecha. Entre ambos impulsos se construye el lugar intelectual de Rojas: un lugar donde el castrismo constituye un fracaso que debe superarse, pero donde el anticomunismo continúa siendo observado con desconfianza, cuando amenaza con extender su juicio desde el régimen cubano hacia todo el universo progresista.
Lo que anda oculto, si aceptamos la metáfora martiana, no es entonces una adhesión clandestina al socialismo real, sino una fidelidad más sutil a la imaginación emancipatoria que sobrevivió a su derrota económica y encontró refugio dentro del capitalismo liberal.

Jinete, sigue de largo
“Gloria, duelo y la carrera por la Triple Corona”.










