La exposición Habana Antigua de 1922: Lydia Cabrera, el Convento de Santa Clara y la Condesa de Merlin (I)

“No deje de visitar la reconstrucción de la ciudad 
en que hace tres siglos vivieron nuestros antepasados”.
Publicidad de Habana Antigua, 1922


Introducción

En la zona más antigua de La Habana, en el ya por entonces antiguo Convento de Santa Clara, a las ocho de la noche del miércoles 22 de noviembre de 1922 fueron inauguradas —tras varios meses de muy publicitado trabajo y hasta una posposición de la fecha de apertura— dos grandes propuestas de exhibición: la Exposición Comercial e Industrial Internacional y Habana Antigua.[1] Ambas centralizaron, hasta inicios del año entrante, las muestras y actividades que se desarrollaron en el viejo inmueble que iniciaba así su accidentado tránsito de la vida religiosa a la secular.

La entrada del público invitado se dispuso por una puerta del tercer claustro del predio abierta hacia la calle Habana, frente a la de Porvenir —antes de la Samaritana—, que había estado destinada a servicios. Para cumplir su nueva función, esta fue bordeada por un pastiche decorativo de estilo neobarroco, con el fin de otorgarle monumentalidad y semblante “colonial”: un procedimiento de ostensible historización artificial.[2]

Como testigo de excepción, el periodista de eventos sociales Enrique Fontanills (1871-1932) narró las peripecias de ese acontecimiento en una crónica de la que reproducimos sus inicios:

Verlo todo.
Darse cuenta de todo.
¿Bastaría con una sola visita al viejo Convento de Santa Clara? 
Imposible.
Quise intentarlo anoche, en medio de la animación de la fiesta inaugural, pero era cosa poco menos que ilusoria, poco menos que irrealizable.
Llegar hasta la puerta del primitivo monasterio, por la calle de Habana, resultaba en las primeras horas una empresa enojosa.
Cerrado el tráfico, en un largo trecho, por un cordón de automóviles que avanzaban a tardo paso, difícilmente…
Un oleaje la gente.
Se apiñaban, se estrujaban.
[3]

Fontanills no solo documentó la jornada, sino que construyó una experiencia de multitud y modernidad urbana,convirtiendo un acto de inauguración en un lugar textual de prosa sensorial y dinámica. En lo sucesivo, otras muchas voces habrían de acompañar a la suya en la elaboración de una extensa narrativa sobre el conjunto expositivo. 

Accesibles desde el día siguiente con la compra de un ticket, la asistencia del público en general se programó para todos los días de la semana de tres de la tarde a medianoche. Ese horario tuvo frecuentes adelantos en la apertura, que en alguna fecha excepcional fue fijado incluso para las ocho de la mañana.[4]



Roberts Tobacco Co., Santa Clara Convent, Havana, Cuba, postal coloreada tipo linen, impresa por E. C. Kropp Co. (Milwaukee), ca. 1940. Dominio público. Imagen digital obtenida en la web.


Los martes y viernes, declarados “día de moda” según el argot comercial en Cuba en la época, se hicieron retretas para amenizarlas, para las cuales se construyó una glorieta en Habana Antigua que era puntualmente decorada por el jardín El Fénix.[5] En esas actuaciones musicales al aire libre, muy populares por entonces en el entorno urbano habanero, intervinieron la Banda de la Marina Nacional y la Banda del Estado Mayor del Ejército, entre otras agrupaciones.[6]

Estas modalidades organizativas ilustraban los procesos de racionalización y mercantilización moderna del ocio urbano que se estaban dando en el país. Más que un dato histórico, son un factor clave para comprender la concurrencia que las exposiciones alcanzaron. El avance de estos procesos era resultado de una economía expansiva, el alza numérica de las capas medias y las regulaciones sectoriales reductoras de la jornada laboral de obreros y empleados, en particular en las áreas urbanas y, a veces, específicamente en La Habana. 

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, en algunos ramos del trabajo asalariado se redujo el número de horas del día hábil, bajo diversas normativas y leyes: en 1909, a ocho para los empleados públicos de las distintas categorías;[7] en 1918, a igual número para los estibadores de la bahía de La Habana,[8] y en 1910, a diez horas para trabajadores de “hoteles, restaurantes, cafés, establecimientos de espectáculos públicos, kioscos destinados a la venta de tabacos y cigarros, talleres y oficinas de periódicos y las industrias en que, por su índole sea preciso el trabajo continuo (…), droguerías y boticas (…)”[9] Todo ello posibilitó que aumentara la cantidad de potenciales asistentes a eventos como el que nos ocupa, lo que contribuyó a la configuración para estos de audiencias, aparte de más extensas, socialmente variadas.

Para ser La Habana una ciudad todavía mediana en términos demográficos, aunque en aumento —de alrededor de 400.000 habitantes, con un turismo creciente pero limitado—, fue considerable la afluencia de espectadores a las exposiciones.[10] Diversas fuentes de archivo las describen como si estas hubiesen sido una suerte de blockbuster en la Cuba de los tempranos años veinte.[11]

Aunque alguno que otro periodista anunció el lunes 8 de enero de 1923 como el último día para la admisión de visitantes,[12] la fecha oficial divulgada al respecto, para Habana Antigua, fue el martes 9.[13] Alicia Longoria y Lydia Cabrera(1899-1991), organizadoras de la misma, anunciaron para su cierre la realización de un homenaje a la escritora María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la Condesa de Merlin (1789-1852), con una lectura presencial de versos de su sobrina, la poeta María de Santa Cruz (1843–1923).[14] Por un accidente que sufrió ese día, la última no pudo asistir al evento programado. Así terminó la temporada expositiva, justo cuando ambas exhibiciones estaban a punto de cumplir siete semanas de duración.[15] Su compartida clausura oficial o protocolar, pese a que se programó para el inmediato miércoles 10, se produjo finalmente el 24 de febrero siguiente.[16]

La organización del entramado expositivo de 1922 tuvo lugar en una coyuntura nacional posterior al colapso del ciclo expansivo del azúcar cubano asociado a los años finales de la Primera Guerra Mundial. Si a mediados de 1920 el precio del azúcar alcanzó su cenit en el mercado de Nueva York —llegando en julio a los 22 centavos por libra—, su caída estrepitosa en el segundo semestre del mismo año lo condujo en diciembre a un promedio de 5–6 centavos. Ello se acompañó de una crisis bancaria que evidenció las debilidades necesarias de corregir en la articulación del modelo económico vigente.



Secretaría de Obras Públicas, Entradas de la antigua iglesia del ex-Convento de Santa Clara, La Habana, 1930. Se observan la calle Cuba (al frente) y la calle Sol (a la derecha). Dominio público. Imagen digital obtenida en la web.


La crisis económica de 1920 a 1921 fue conocida popularmente como una etapa “de vacas flacas”, en contraste con los años previos bautizados como “de vacas gordas”.[17] No obstante, en 1922 ya se comenzaron a advertir signos estabilizadores con la normalización relativa de los precios, la reorganización del sistema financiero y la reactivación parcial del crédito, junto a la continuidad del sector azucarero.[18]

Fruto mayormente de voluntades representativas del empresariado y de la acción privada en general, las exhibiciones en el convento fueron evidencia de una energía modernizadora, heterogénea y conflictiva que, lejos de desplegarse linealmente, se rearticulaba en el país en un contexto de reajuste de las relaciones económicas, sociales y culturales. En sus primeras semanas coincidieron con la celebración simultánea, en el mismo recinto, del VI Congreso Médico Latinoamericano y, vinculado a este, de la Exposición Internacional de Higiene, así como de la Exposición Nacional de Niños. Estos últimos fueron hechos organizados directamente o bajo tutela de instancias gubernamentales.[19]

Como marco inicial de la Exposición Comercial e Industrial Internacional se efectuó el Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional de Artes y Oficios, y conectado con la Exposición Nacional de Niños el denominado Concurso Nacional de Maternidad, en su octava edición correspondiente a 1922.[20] De esa forma, las muestras se hicieron tributarias de un gran movimiento popular participativo que incrementó el interés por visitarlas. 

Ellas funcionaron como espacios de sociabilidad y formulación de nuevos imaginarios que estuvieron orientados discursivamente a la recuperación de la confianza en el futuro, necesaria tras la crisis reciente, y a la validación del pasado colonial en tanto capítulo imprescindible de la historia de Cuba. Esto se amalgamaba con —o contenía— una propuesta de identidad nacional que trazaba su largo recorrido desde la colonia hacia un porvenir de progreso. 

Componentes de un episodio largamente desatendido o menospreciado por la historiografía oficial del país, incluyendo la del arte, las exposiciones referidas, los concursos y el congreso médico que se les vinculó pueden constituir un caso de estudio de interés en la actualidad. Lo hacen pertinente la manera en que esos componentes concentraron expectativas, potencialidades, realidades y modos de imaginar la sociedad cubana de ese tiempo.



Federico Buendía, “El Monasterio de Santa Clara,” Social 8, n.º 1 (enero de 1923): 16. Dominio público. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Imagen digital: International Digital Ephemera Project (UCLA Library).


Las exposiciones: iniciativas y entidades participantes

Un conjunto de circunstancias se imbricaron a lo largo del año 1922 para hacer posible la elaboración y cumplimiento de este programa expositivo. Una primordial fue la venta por las monjas clarisas de su antiguo convento —inaugurado en 1644 como el primero y, con el tiempo, el más grande de religiosas en la ciudad— a la Compañía Urbanizadora Santa Clara, S. A., la cual fue constituida el 26 de enero de 1920 con el fin de comprar la edificación.[21]

El hecho formaba parte de un desplazamiento general, hacia nuevos repartos urbanos, de las comunidades religiosas que estaban radicadas en la parte antigua de la ciudad. Ello estaba motivado, particularmente en el caso de las órdenes femeninas de clausura, por ser estos vecindarios, distantes del centro capitalino, más propicios a satisfacer los requerimientos de aislamiento y tranquilidad que ellas demandaban para el ejercicio de su vida monacal, algo imposible ya en una Habana vieja de trazado compacto, superpoblada y ruidosa.[22]

El ex-Convento de Santa Clara entraba de ese modo en un circuito de valorización capitalista del suelo que transformaba funcionalmente el área primitiva de la ciudad. Los antiguos roles que esta había desempeñado se relocalizaban ahora en una trama urbana que crecía velozmente y se extendía hacia distantes limites, acentuando la ambición expansiva que desde el siglo XIX signó a La Habana.

En el curso de ese año —1920— se decidieron las condiciones de negociación entre las monjas y la susodicha empresa para hacer efectiva la compra-venta mediante escritura. La Compañía, interesada en demoler el grupo de construcciones que componían el establecimiento y desarrollar sobre sus terrenos un proyecto inmobiliario “moderno” de centro comercial y edificios de apartamentos, debía pagar un millón de pesos por la adquisición: cuatrocientos mil al momento de firmar el contrato de compra-venta entre las partes y seiscientos mil a plazos. Esta firma se llevó a cabo finalmente el 19 de abril de 1921.[23]

En las negociaciones, las monjas obtuvieron un tiempo de gracia para edificar su nueva sede y mudarse a ella, el cual siguió corriendo una vez consumada la transacción entre las partes. Habiendo adquirido las clarisas en la barriada habanera de Luyanó, desde octubre de 1919, el terreno para levantarla, entre 1920 y 1922 esta fue construida, trasladados a sus espacios los tesoros que pertenecían a la Orden y, por último, las propias religiosas.[24] El 28 de marzo de 1922 el viejo convento, compuesto por una iglesia ya desactivada, tres claustros y una huerta que ocupaban cuatro manzanas de la zona originaria de la ciudad, desplegados sus lados entre las calles Sol (norte), Luz (sur), Cuba (este) y Habana (oeste), quedó abandonado.[25]

El destino que presuntamente le esperaba era perecer bajo la picota, semejante al que había tenido la Iglesia y Convento de San Juan de Letrán, de padres dominicos: una alhaja colonial que, tras su venta, fue parcialmente demolida entre 1917 y 1919.[26] Así, el final asignado a ambos complejos conventuales, con sus respectivas iglesias, venía a ilustrar la fragilidad del legado arquitectónico de la colonia en un período de la vida del país marcado por el alza de los negocios inmobiliarios, la ausencia total de un régimen legal de protección patrimonial y, por consiguiente, de políticas de conservación de bienes inmuebles. Esto afectaba, en particular, el sector fundacional de la ciudad por entonces denominado, más bien ocasional y descriptivamente, como la Habana antigua.[27]



“El VI Congreso Médico Latino-Americano,” El Fígaro 39, n.º 48 (26 de noviembre de 1922): 751. Dominio público. Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Imagen digital: International Digital Ephemera Project (UCLA Library).


Por otra parte, en enero de 1922 se comenzó a organizar en la capital, por una comisión de médicos locales, el VI Congreso Médico Latinoamericano, satisfaciendo así un acuerdo aprobado en el anterior, efectuado en Lima en 1913, según solicitud al respecto del delegado oficial cubano que asistió al mismo, la cual contaba con la anuencia del gobierno nacional. La Secretaría de Sanidad y Beneficencia dispuso que la gestión del Congreso y de la Exposición Internacional de Higiene que debía acompañar al primero recibiera, por ley de la República, un presupuesto no menor de $35,000.00 pesos cubanos.[28]

Propuesto el Congreso desde un inicio para celebrarse entre el 19 y el 26 de noviembre del año en curso, los meses iniciales de 1922 fueron de intensa actividad en la definición de sus contenidos, programa y nómina de delegados nacionales y extranjeros.[29] Simultáneamente, comenzaron los preparativos de la Exposición Internacional de Higiene

En el mes de julio siguiente, por decreto presidencial del día 21, el Concurso Nacional de Maternidad y la Exposición Nacional de Niños, eventos interrelacionados correspondientes a la Secretaría referida, fueron convocados para realizarse conjuntamente con los anteriores.[30] En este concurso, para optar por los premios nacionales participaban los niños que obtenían el primer premio en los concursos municipales efectuados previamente. Su objetivo era estimular la lactancia materna y la mayor higiene infantil entre los sectores pobres.[31]

Casi en paralelo, un grupo de empresarios propuso organizar en la Habana una Exposición Comercial e Industrial Internacional.[32] Esta estuvo inspirada en la Foire de Paris, feria internacional de carácter anual, hoy todavía activa, que dedicada a promover la industria y el comercio se comenzó a celebrar desde 1904. La Foire de Paris significó una renovación del modelo de feria internacional del siglo XIX —que funcionaba como una vitrina de los logros de cada nación— al propiciar el tránsito de este hacia la economía de consumo del XX.[33]

Los promotores de la exposición cubana idearon hacer un Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional de Artes y Oficios, cuyas bases se publicaron por primera vez el 6 de abril.[34] De convocatoria abierta entre ese día y el 20 de mayo siguiente, el concurso procuraba la competición de entidades y personas radicadas en la Habana, aunque en el caso de las empresas estas pudiesen ser subsidiarias o representantes de foráneas. Con esto se definía el alcance del componente internacional que tendría la feria propuesta.

En una boleta impresa, que se distribuyó profusamente por diferentes medios, incluida su inserción en la prensa diaria, los votantes debían anotar los nombres y direcciones de aquellas empresas e individuos que deseaban premiar.[35] Esto es, se estableció que tanto las postulaciones de concursantes como los premios otorgados se definieran a través del sufragio popular.

En las bases del Gran Concurso se estipuló hacer dos escrutinios semanales durante el período señalado arriba. En el curso de los que se ejecutaron se fueron definiendo, progresivamente, los ramos económicos y de servicios al igual que las empresas específicas de estos que, de acuerdo con los votos obtenidos, lograron su incorporación al certamen.[36] Lo mismo sucedió con las profesiones y oficios y los individuos concretos representativos de unas y otros.[37] También se dispuso no publicar el nombre de ningún concursante, fuese empresa o persona, sino hasta después de que este rebasara la cantidad de cincuenta votos.[38]



“Notas de El Fígaro. La fiesta de la Maternidad,” El Fígaro 39, n.º 49 (3 de diciembre de 1922): 770. Dominio público. Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Imagen digital: International Digital Ephemera Project (UCLA Library).


Acorde con el reglamento citado, las empresas que obtuvieran el primer lugar en el certamen tendrían garantizada su comparecencia gratuita en un espacio de la exhibición prevista. Igualmente, se anunciaron premios para los votantes, a fin de estimular la participación ciudadana en el proceso de votación. La apertura de la muestra se propuso para comienzos del mes de julio “en un lugar pintoresco”, sin que se proporcionasen mayores detalles al respecto.[39]

Luego del conteo final, celebrado el 28 de mayo, los resultados del Gran Concurso se divulgaron en la prensa diaria dos días después.[40] Como ellos demostraron, el recurso al sufragio popular funcionó eficazmente. Este transformó el concurso en un ejercicio de pedagogía cívica y consumo simbólico, en el que la población fue interpelada en calidad de árbitro del prestigio de empresas, profesionales y practicantes de oficios. Así, el uso del voto se expandía a otros ámbitos de la vida social, distintos del estrictamente político, activando en los individuos una capacidad de discernimiento que, reflejándose sobre productos, servicios y prácticas, les permitía apropiarse de los valores de calidad y prestigio que estos encarnaban.

Debe añadirse a las entidades mencionadas hasta aquí, en nexo con los antecedentes de las propuestas de que venimos hablando, a la Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo, otra organización privada cuya fundación, también en el año de 1922, se dio a conocer públicamente en junio.[41] Esta se constituyó como una versión cubana del modelo de asociaciones de amigos del arte que, en el mundo hispano, tuvo su origen con la Sociedad Española de Amigos del Arte, creada en Madrid en 1909.[42]

La modelación institucional del ámbito cultural cubano de la época estuvo marcada por la primacía de agentes que actuaban grupalmente a título privado, según se evidenció en la constitución de esta sociedad. Esa dinámica tenía raíces profundas: en la etapa colonial, la construcción de la herencia institucional en la cultura recayó fundamentalmente en actores eclesiásticos, corporativos y privados, con una presencia gubernamental comparativamente limitada. Con transformaciones y reacomodos, una lógica funcional similar se prolongó durante las primeras décadas republicanas, como lo corroboran diversas iniciativas promovidas en ese período.

Algunas de ellas tuvieron una notable o exclusiva presencia femenina en su puesta en marcha y desempeño. Ello pone de relieve la importancia, en la Cuba republicana, de las redes femeninas —tanto de élite como de clase media alta y profesional, a veces unas y otras más o menos distantes entre sí, a veces en conexión— basadas en gustos, intereses y compromisos compartidos de índole cultural. 



“Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional. De Artes y Oficios,” Diario de la Marina, edición de la mañana, 6 de abril de 1922, 5. Dominio público. Imagen digital bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0.


En el seno de estas redes se desarrollaron variadas formas de interacciones, relaciones e intercambios de profunda incidencia cultural que, con frecuencia, desbordaron los marcos de la historia particular de las instituciones que se crearon gracias a ellas.[43] Un capítulo significativo al respecto es la interacción de esas redes con los agentes de la producción artística y literaria, incluyendo a artistas visuales, escritores, músicos, críticos, investigadores y otros.

Alicia Longoria de González de la Peña, una mujer miembro de la élite social del país, nacida en Gibara como hija de español y cubana, fue la promotora en Cuba de la Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo. Casada por ese tiempo con el pintor español José González de la Peña (1887-1961), residente junto a ella en La Habana, Longoria era una coleccionista reconocida.[44]

Desde su adolescencia, Longoria inició su particular presencia en el ámbito de las artes. En el Catalogue Spécial Officiel de Cuba à l’Exposición Universelle Internationale de 1900 à Paris, que registró la participación de la Isla, entonces bajo ocupación estadounidense, en ese evento, Longoria expuso pañuelos bordados en la sección del envío cubano denominada como Dentelles, Broderies et Passementeries (Encajes, bordados y pasamanerías), donde se recogían muestras contemporáneas de la rica tradición local de esas prácticas.[45] Poquísimo después, todavía soltera, incursionó como actriz en la capital española, donde viviera por varios años, en un teatro propio que su padre le construyó con el nombre de “Teatro Alicia”.[46]

El Consejo Directivo de la Sociedad estaba presidido por Mina Pérez Chaumont de Truffin (1878-1966), prominente benefactora y socialité, e incluía a otras mujeres de clase alta, entre las que se contaban Lila Hidalgo de Conill (1882-1979) y Estela Machado y Pérez-García (1890-1960), Condesa del Rivero, esposa del presidente de la empresa Diario de la Marina. En cumplimiento de sus funciones, el Consejo asignó a Longoria el cargo de directora de la entidad. 

En su acta fundacional, la Sociedad estableció como centro de su plan de actividades que:

Artículo 3.—Será objeto de la Sociedad: celebrar anualmente una Exposición de obras de arte que constituyan tradición artística en Cuba como: abanicos, encajes, bordados, telas, indumentaria, joyas, mobiliario, etc., etc.[47]



Medalla conmemorativa de la Exposición Comercial e Industrial de La Habana, 1922. Dominio público. Colección privada.


Coincidente con el orden de las sugerencias que se listaron en el artículo citado, se acordó presentar el año siguiente —1923—, en los salones del Diario de la Marina, una exposición dedicada al abanico en Cuba. No obstante, esos planes habrían de cambiar muy rápidamente al insertarse esta en el proyecto Habana Antigua.

Finalmente, entre julio y septiembre de 1922, todas las propuestas mencionadas desde el inicio convergieron en optar por el convento como sede y ajustar su calendario de realización a los meses de noviembre y diciembre. No se trataba simplemente de una coincidencia logística, sino de la producción de un sistema híbrido que implicaba a la empresa, el Estado y las élites. La hibridez suponía en este ejemplo, además de la coexistencia de actores diversos, la articulación de sus intereses en un “único” dispositivo de visibilidad pública cuyos componentes económico, científico y cultural tendían a legitimarse mutuamente. 

Por esos años, la joven república se esforzaba en demostrar en el plano interno, a la par que en el internacional, el grado de madurez que había alcanzado en tan pocos años de ejercicio como país independiente —solo veinte para 1922— y su capacidad para integrarse al concierto de las naciones modernas en las diferentes esferas de la vida social. Representar el nivel de progreso en general logrado por el país supuso definir el dispositivo referido como una vitrina amplificada de los avances en la producción de muy diferentes renglones —desde los suntuarios hasta los científicos, o hasta donde esas denominaciones resultaran posibles—, y de las riquezas artísticas acumuladas, es decir, implicó pensarlo como un espectáculo de interés masivo que pudiese actuar como estimulador del consumo y fortalecedor del orgullo nacional.

En la elección del ex-Convento de Santa Clara para un acontecimiento de tan amplia escala primaron de entrada, fundamentalmente, consideraciones de orden práctico. No se contaba en la ciudad con otro inmueble disponible que, además de posibilitar el despliegue de quioscos al aire libre, reuniera en cantidad suficiente numerosos espacios bajo techo, de distintos tamaños, que estuvieran aptos para acoger expositores.

Se suponía que, una vez finalizadas las exposiciones, el recinto sería demolido, por lo que debía aprovecharse la oportunidad que brindaba la demora en tumbarlo para la explotación productiva de sus antiguas estancias. Es decir, las muestras constituían una suerte de “despedida” al convento, aunque no debe obviarse que, para algunos de los organizadores de estas, también podían significar la posibilidad de impulsar, en la opinión pública, la idea de conservarlo para el futuro, como efectivamente sucedió.

No obstante lo dicho hasta aquí, debe tenerse en cuenta lo siguiente por su importancia para futuros sucesos que atenderemos: muy discretamente, sin difusión alguna, los nuevos dueños del antiguo convento iniciaron gestiones, desde febrero de 1922, para venderlo al gobierno. Las mismas no se hicieron del conocimiento público sino hasta el año siguiente.[48]

A la larga, la decisión de utilizar el inmueble como sede de un programa expositivo y de eventos puso en juego, casi seguramente en el momento sin mucha conciencia por parte de sus principales actores, una interacción compleja —a veces problemática— entre modernización urbana, memoria histórica y uso cultural del pasado. En las décadas sucesivas, esta se constituyó en un destacado asunto de debate en el país con posicionamientos que nutrieron nuestra cultura republicana. Así, el convento dejó de ser únicamente un soporte físico para devenir un objeto de disputa simbólica en las reflexiones sobre el sentido mismo de lo moderno y de las relaciones entre tradición y modernidad.

Otro ministerio de gobierno, la Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo, se sumó rápidamente al plan en desarrollo respaldando, de diferentes maneras, la celebración de la Exposición Comercial e Industrial Internacional.[49] Numerosas entidades oficiales se incorporaron como expositoras a las exhibiciones, especialmente a la Exposición Internacional de Higiene, con contenidos institucionales.

Las cámaras de industriales y comerciantes, así como el empresariado en general, generaron un amplio movimiento de apoyo al esquema de actividades previsto y a las iniciativas particulares a desarrollarse en su decurso, mediante la renta de espacios para la promoción de productos y servicios, la realización de donaciones de diversa índole y el financiamiento de premios del Concurso Nacional de Maternidad.[50]



Federico Edelman y Pintó, “Magnífica donación. A propósito de la Exposición de Arte Retrospectivo de la Asociación de Pintores y Escultores,” El Fígaro 39, n.º 48 (26 de noviembre de 1922): 755. Dominio público. Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Imagen digital: International Digital Ephemera Project (UCLA Library).


En julio, en el marco de este proceso organizativo, la Asociación Nacional de Pintores y Escultores anunció la presentación, en su sede de la calle Prado n° 44, de un proyecto sin precedentes en la historia artística del país: la Exposición de Arte Retrospectivo Cubano.[51] Inaugurada el 17 de noviembre y clausurada el 26 del mismo mes, esta se realizó al margen de los eventos del convento, pero afín a los propósitos de Habana Antigua

En la casona de Prado se reunieron obras procedentes de las colecciones del Museo Nacional, la Escuela Profesional de Pintura y Escultura “San Alejandro”, la Casa de Beneficencia y el Colegio de Belén, correspondientes tanto a artistas cubanos como a extranjeros que habían trabajado en el país.[52] De ese modo, la institución se incorporaba al reconocimiento y difusión del legado artístico colonial más antiguo.


Las exposiciones: hacia su inauguración

De finales de agosto de 1922 en adelante comenzaron en el convento aquellos trabajos de remozamiento y adaptación de sus edificios que debían satisfacer las necesidades del gran evento propuesto, cuidando a la vez —de acuerdo con los criterios técnicos del arquitecto nombrado al efecto, J. Escudé— no alterar la traza y fisonomía original del lugar.[53] Un ejército de obreros, cuya cifra se contó en algún momento en más de ciento cincuenta, inundó hasta noviembre los otrora locales monjiles.[54]

Muchas veces, por lo menos en las primeras semanas, el quehacer de los trabajadores se veía interrumpido por el trasiego de visitantes. Esto demoraba las tareas en ejecución y amenazaba el cumplimiento del cronograma general dispuesto para la rehabilitación del establecimiento. En consecuencia, los organizadores de las exposiciones se vieron obligados a aplicar medidas restrictivas al respecto.[55]

La instalación de un sistema de alumbrado adecuado a las expectativas de visita de un público cuantioso fue una de las tareas más complejas que se acometieron.[56] A la par, debieron realizarse pruebas de peso en el piso superior de los claustros para comprobar si estos resistían el tráfico fluido de grupos de personas.[57] Ya en la última fase de las labores, se implementaron inclusive jornadas nocturnas para cumplir a tiempo los compromisos del caso.[58]

Se designó un director artístico para la Exposición Comercial e Industrial Internacional y la Exposición Internacional de Higiene. Fue adjudicado el cargo a Francisco Molina, quien acumulaba experiencia en semejantes labores. Según se informó por entonces, Molina había fungido como director del pabellón de Cuba en la Panama-Pacific International Exposition que tuvo lugar en San Francisco, California, del 20 de febrero al 4 de diciembre de 1915.[59]



Secretaría de Obras Públicas, Plano del ex-Convento de Santa Clara de Asís, La Habana, 1924. Se indican los tres claustros (1–3) y la huerta (4). A la derecha, calle Sol (norte); a la izquierda, calle Luz (sur); abajo, calle Cuba (este); arriba, calle Habana (oeste). Dominio público. Imagen digital obtenida en la web.


En octubre fueron nombrados, agrupados bajo el paraguas de la Exposición Comercial, los comités honorarios y efectivos que debían encargarse en lo sucesivo de todos los asuntos relacionados con las exposiciones y eventos colaterales como un conjunto. El ambicioso programa a celebrarse requería el despliegue de acciones cuidadosamente coordinadas entre todas las partes involucradas a fin de lograr su cumplimiento y mayor brillo. 

Como presidentes de honor fueron nombrados el Dr. Arístides Agramonte (1868-1931), Secretario de Sanidad y Beneficencia, y el General Dr. Pedro Betancourt (1858-1933), Secretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.     Se asignó la responsabilidad de presidente efectivo a Frank Steinhart (1864-1938), quien ocupaba semejante cargo en la Havana Electric Railways Company y era una de las personalidades más sobresalientes de la comunidad estadounidense asentada en Cuba.[60]

Al fin, el 19 de noviembre, a las diez de la mañana, fue inaugurada oficialmente la Exposición Internacional de Higiene, que incluyó una sección dedicada a la Exposición Nacional de Niños. Esta última representaba la secuencia de desarrollo, desde las instancias municipales hasta la nacional, del Concurso Nacional de Maternidad.[61]

La ceremonia respectiva tuvo lugar en la nave central de la antigua iglesia, transformada en salón de actos, que se ubica en el ángulo formado por las calles Cuba y Sol. Sobre el sector del primer claustro, aledaño a la iglesia, se ubicaron a los expositores de la mencionada Exposición Internacional de Higiene

También de manera oficial, ese mismo día, a las nueve de la noche, se inauguró el VI Congreso Médico Latinoamericano en el Teatro Nacional.[62] Las sesiones de presentación de ponencias por los especialistas cubanos y del exterior participantes en el programa académico aprobado se iniciaron, a partir del día siguiente, en el salón mencionado del convento.

La Exposición Internacional de Higiene tuvo una amplia incorporación de secciones y planes institucionales diferentes, correspondientes a las distintas dependencias de la mencionada Secretaría de Sanidad y Beneficencia. Además, incluyó a numerosas empresas privadas pertenecientes al ramo médico y veterinario.[63]

El 26 de noviembre, en acto celebrado en el Teatro Nacional, se dieron a conocer los resultados del Concurso Nacional de Maternidad, que tuvo un jurado de expertos y personalidades públicas del país.[64] En esa fecha se clausuró el congreso médico, aunque numerosos de sus delegados internacionales permanecieron en La Habana, por varios días más, hasta completar la agenda de actividades planificadas para agasajarlos y mostrarles los logros del país en el ámbito de la salud.[65]

Como dijimos de inicio, fue el 22 de noviembre —posponiendo la fecha originalmente fijada para el 19— que se inauguraron las dos más grandes y sonadas exposiciones planificadas.[66] La Exposición Comercial e Industrial Internacional propiamente dicha, reuniendo representantes de la más amplia variedad de ramos de producción y comercio, superó todas las expectativas de sumatoria de empresas. Ella cubrió con su montaje la mayor parte del área del convento, tanto en interiores (en las llamadas celdas de las monjas, los pasillos de circulación techados y otras dependencias de uso colectivo) como al aire libre (en los jardines de los claustros primero y tercero y la huerta). Un grupo mucho más reducido de empresas fue incorporado a Habana Antigua, que ocupó de manera exclusiva el segundo claustro.

Aunque no contamos con una estadística final al respecto, según datos parciales, un mes antes de abrir —el 20 de octubre— el conjunto expositivo contaba con ochenta y cinco entidades y empresas privadas registradas, más varias dependencias públicas no contabilizadas.[67] Menos de media quincena después —el 2 de noviembre—, la cifra de las primeras había subido a alrededor de ciento veinte.[68]



Waldo Lamas y Osvaldo Valdés de la Paz, Historia del Convento de Santa Clara de Asís (La Habana: Montalvo, Cárdenas & Co., 1922), portada. Dominio público. Imagen digital: Google Books.


El número de estas siguió aumentando en lo sucesivo en la zona extendida por donde se desplegaba la Exposición Comercial. Ello estimuló que el comité organizador de esta solicitara el área cubierta por los organismos públicos de la Exposición Internacional de Higiene, una vez que la última fuera clausurada a comienzos de diciembre. La solicitud fue aprobada por la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, por lo cual la Exposición Comercial se convirtió en un proyecto en crecimiento frente a sus visitantes.[69] Una de las novedades que incorporó fue una exhibición canina.[70]

Tengamos en cuenta, además, que decenas de empresas adheridas inicialmente a esta gran exposición formaron parte, por dedicarse a la salud humana o animal, de la Exposición Internacional de Higiene al esta inaugurarse. Luego, una vez que la anterior fuera clausurada, mantuvieron su presencia expositiva como parte de la Exposición Comercial.

Un comentarista de la época describió así esta gran muestra, especialmente los quioscos ubicados al aire libre, sorprendido por lo que consideró como su imaginativo montaje:

Los industriales, por ejemplo, han hecho allí todo lo que podía desearse en instalaciones. Por esta razón los kioskos de la Exposición causan la admiración de los que los visitan. Y así ocurre que solo se oyen alabanzas para la gruta de la Cotorra, para el paisaje ártico de la Cerveza Polar, para la Filosofía, para la pirámide originalísima de los vinos de Sánchez Romate y Hnos., para la lavandera del jabón Candado, para la reproducción magnífica de la Alhambra de Granada que ostenta la Anglo Swiss con sus productos Lechera, Saint Charles, etcétera; el kiosko admirable de la Manufacturera Nacional, el de las pinturas Marletta, el de la la fábrica de sobres, el de mosaicos y ladrillos de La Cubana… [71]

A pesar del entusiasmo general suscitado por el programa desarrollado en torno al VI Congreso Médico Latinoamericano, la Exposición Internacional de Higiene y la Exposición Comercial e Industrial Internacional, los laureles del público se los llevó Habana Antigua. Este asistió en ella a una recreación múltiple de la historia colonial de la ciudad que, centrada en la vida cotidiana de las élites, no tenía antecedentes ni contaba por entonces con una presencia institucional, a pesar de la apertura reciente del Museo Nacional y su oficialmente asignado perfil polivalente.[72]

Son abundantes los comentarios elogiosos que, respecto a la experiencia de la visita a la última, guarda el archivo documental de la historia de Cuba.[73] En cambio, en este parece primar un desentendimiento casi total de las posiciones adversas a la muestra que se dieron, hasta donde puede colegirse, a través de actitudes más bien veladas o indirectas. 

Hubo intentos inmediatos de entender el porqué lo “colonial recreado” tuvo mayor impacto que lo técnico-científico en el ánimo de la audiencia, pero hoy necesitemos regresar sobre el tema para encontrar una mejor explicación al respecto de la que fuera dada.[74] Lo que es incuestionable es que el deseo de narrativa histórica se impuso en preferencia a lamodernidad técnica.

En el contexto que analizamos, Habana Antigua, más allá de su importancia expositiva concreta, funcionó como un dispositivo de reescritura del pasado colonial en clave moderna. En ella, la modernización urbana en curso, la cultura del espectáculo y una incipiente conciencia patrimonial confluyeron, bajo el impulso de iniciativas privadas y agentes culturales específicos, evidenciando las transformaciones que se sucedían en el ámbito cultural del país y, especialmente, de su capital.


Alicia Longoria y Lydia Cabrera: Habana Antigua

La construcción del Convento de Santa Clara, hasta llegar este a la forma con que abrió al público masivo en 1922, se desenvolvió en varios capítulos que tuvieron lugar en distintos momentos de los casi tres siglos de existencia del inmueble como sede monacal. La conformación física de este se definió entre 1638, año en que se colocó su primera piedra, hasta mediados del siglo XVIII, aproximadamente, cuando luego de finalizado el tercer claustro se ejecutó en el primero de estos, en 1751, el gran aljibe.[75] Entre otros trabajos que se realizaron posteriormente dentro de sus bordes, quizás uno de los más significativos fue la ejecución, en 1908, de un corredor de dos plantas entre los claustros primero y segundo, levantado a expensas de la superficie de este último.

Dentro del área que la congregación ocupó desde temprano, en el segundo claustro, cuyas obras comenzaron después de 1657 —con exterior corriendo a través del ángulo formado por las calles Cuba y Luz—, quedó insertado un pequeño segmento de la Habana del siglo XVII que se incorporó a la Orden como propiedad en el año citado.[76] Las monjas preservaron durante siglos, sin sensible modificación, los edificios originarios de este enclave. Conservados hasta el presente, ellos son la llamada Casa del Marino y, contiguo a esta, el actualmente identificado como matadero de la ciudad, que sustituyó al incendiado en 1622. Hoy se considera que ambas obras se levantaron poco después de esa fecha y estuvieron relacionadas.[77]



Fotógrafo no identificado, uno de los pasajes del segundo claustro del ex-Convento de Santa Clara, 1922. A la izquierda se observan, en orden sucesivo, la Casa del Marino, el matadero, un edificio anexo y, al fondo, las celdas de las monjas; a la derecha, las ventanas y el muro del corredor que separaba el segundo claustro del primero. Reproducida en Waldo Lamas y Osvaldo Valdés de la Paz, Historia del Convento de Santa Clara de Asís (La Habana: Montalvo, Cárdenas & Co., 1922), s. p. Dominio público. Imagen digital: Google Books. La leyenda original de la imagen no se corresponde con la documentación histórica del enclave.


Estas son las construcciones habaneras que, previas a la construcción del convento, fueron asimiladas al interior de este. En el entorno de ellas, sobre los terrenos que formaron parte del matadero, se configuró el cuadrilátero trapezoidal del segundo claustro.[78] Al matadero se le adicionó posteriormente otra obra de techo horizontal, la cual se erigió a comienzos del siglo XX, en el marco de las renovaciones comentadas arriba.[79]

Con su ubicación física poco ortodoxa dentro del perímetro del claustro, el conjunto de edificios citado segmenta el espacio que lo rodea como si a este lo formaran callejones de una trama urbana, cuando en realidad esos pasajes de circulación se crearon en el propio decurso constructivo del convento. De todos modos, la peculiar disposición de los elementos citados ha tenido mucho peso en la lectura histórica del trazado del área.[80]

La Orden de las Clarisas, por ser de clausura, solo permitía el acceso al interior del establecimiento a las autoridades eclesiásticas, sacerdotes vinculados al servicio a las monjas, personal indispensable como médicos, arquitectos y obreros hombres, así como a criadas y esclavas de servicio. Bajo ciertas condiciones, podían vivir en él niñas pupilas o educandas y mujeres donadas o beatas. También, ocasionalmente, y siempre mujeres, aquellas parientes con problemas serios de salud o por otros motivos graves.[81]

Al desaparecer dichas restricciones y poderse recorrer las dependencias del convento por primera vez en 1922, luego de la partida de las monjas, el recinto del segundo claustro fue asumido por quienes lo visitaban como aquello que parecía ser: un pequeño fragmento del trazado urbanístico y el mobiliario arquitectónico de la ciudad previa a la existencia de la edificación. Los casi trescientos años que, como un blasón, esta contaba, no requirieron de inmediato que alguien problematizara semejante percepción del lugar, que se compartió durante décadas sucesivas entre estudiosos, intelectuales y legos.

A partir del mismo siglo XVII el segundo claustro se fue llenando progresivamente de celdas —en realidad, una suerte de apartamentos o casas de distintas dimensiones, a veces relativamente amplios—, ubicados en las líneas rectas que rodeaban a este por las alas este (calle Cuba), oeste (huerta) y sur (límite con la calle Luz). Esas celdas se fueron disponiendo en dos plantas sobre corredores irregulares abiertos hacia el patio. 

Ellas funcionaban como el ámbito privado de descanso y recogimiento personal de las monjas y las residentes seglares de la congregación.[82] En su compacidad, semejaban un vecindario. Ese modo de construir vivienda, que se extendió luego por el tercer claustro, convirtieron al convento en una suerte de pequeña barriada, aunque aislada de las dinámicas urbanas de la ciudad real.[83]

El tesoro singular que resultaba ser el segundo claustro inspiró a los organizadores de la Exposición Comercial e Industrial Internacional un tratamiento expositivo especial, distintivo, para el lugar, reforzando la evocación de la vieja ciudad que, con su talante, este suscitaba. La expresión “Habana antigua” para denominarlo se propagó de inmediato. Se hacía necesario enfocar el programa que se iba a albergar en su perímetro desde una perspectiva histórico-cultural: nada mejor para lograrlo, entonces, que acudir a las diferentes modalidades del arte dado el enorme potencial simbólico del mismo.[84]

Esa fue la última sección en ser sumada a los trabajos de remozamiento del convento, que comenzaron allí en la segunda quincena del mes de septiembre. Todavía el diecisiete de ese mes decía un anónimo comentarista al intentar describir el estado del proyecto expositivo en el momento:

La parte antigua de la Habana, que se encuentra cerrada a la vista del público [es decir, no autorizada para la circulación de visitantes con pases, a excepción de los llamados casos especiales, Nota del Autor] y que realmente es la más interesante de todas las dependencias del viejo convento, no ha sido contratada aún a pesar de las ofertas importantes que algunos expositores han hecho. Es posible que permitan la colocación de algunas industrias, pero estas han de ser de índole especial y en muy corto número para no privar a los visitantes de poder saborear a su antojo, una cosa que se ha conservado como preciosa reliquia histórica.[85]

En ese texto su autor también registraba la visita a esa área del convento, durante el mismo día que la suya, de Nicolás Rivero Muñiz (1886-1946), segundo Conde del Rivero, periodista de profesión y ya antes identificado como presidente de la empresa Diario de la Marina. Este se encontraba dirigiendo el registro de vistas del lugar que hacía el reconocido fotógrafo de origen español Federico Buendía, algunas de las cuales se publicaron luego en la revista Social.[86] Pocos días después del encuentro descrito fue anunciado que al Conde le había sido ofrecida —y aceptada por él— la dirección artística general de Habana Antigua.[87]

Fue el Conde quien propuso a Alicia Longoria, directora de la recién fundada Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo, y a Lydia Cabrera, también miembro de esta, que elaboraran el programa de exposiciones a presentar y condujeran su realización.[88] Ambas asumieron el encargo a título personal.[89] Ello debió haber ocurrido en fecha inmediata a la designación del Conde, en el marco de la segunda quincena del mes de septiembre, según posibilita deducirlo el cotejo de las fechas del proceso organizativo de la exhibición.

Puede presumirse, además, que en ese momento ya había alguno que otro compromiso expositivo contraído, o por lo menos apalabrado, con el interés de potenciar el ambiente histórico colonial del lugar. La Casa Borbolla, por ejemplo, una suerte de bazar donde las antigüedades se codeaban con los muebles de estilos antiguos de su propia fabricación y la venta de un amplio inventario de objetos de arte, parece que fue convocada desde temprano para participar en la Exposición Comercial e Industrial Internacional. Ella apareció, también a fines de septiembre, en las primeras listas de empresas registradas al efecto.[90]



Alicia Longoria de González de la Peña y su esposo en la sede de la Asociación de Pintores y Escultores de La Habana, Social 3, n.º 12 (diciembre de 1918): 22. Dominio público. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Imagen digital: International Digital Ephemera Project (UCLA Library).


Cabrera era para entonces una muchacha de veintitrés años recién cumplidos el 20 de mayo, que se había graduado de bachillerato por régimen libre, según su información autobiográfica.[91] Pese a su interés en ello, estaba imposibilitada de cursar estudios especializados o superiores por la prohibición paterna de asistir a establecimientos académicos, vedados por prejuicios morales en la Cuba de la época a señoritas de alta clase, o de familias que compartían los valores de la misma.[92] Eso, a pesar de que su padre, el editor, escritor y político Raimundo Cabrera (1852-1923), era ideológicamente liberal y un amante de aquello que se entendía como  progreso en los albores del siglo XX.

Ya también ella había publicado artículos y dibujos en la prensa cubana e ilustrado libros, a lo que añadía el haber colaborado como cronista regular de eventos sociales, bajo el seudónimo de Nena, en la revista propiedad de su padre, Cuba y América.[93] Su sección “Nena en Sociedad (En vez de Crónica Social)”, la sostuvo mensualmente —con algunas interrupciones con motivo de un viaje familiar al exterior o del cortísimo regreso a la revista de su histórico periodista de sociales, François G. de Cisneros (1877-19?)—, entre sus catorce y diecisiete años de edad.

En los primeros meses de 1922, Cabrera había obtenido el reconocimiento de la crítica artística por su participación como pintora en el VII Salón de Bellas Artes, inaugurado el 10 de abril.[94] Además, había integrado la Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo desde su fundación hacia el mes de junio y, probablemente alrededor de esa fecha, había comenzado su asociación empresarial con Longoria en una casa de arte de perfil variado que denominaron Alyds.[95]

Dedicada a vender papeles pintados, cretonas y toiles de Jouy,[96] la casa se comprometía con garantizar al cliente la importación directa de París de todo tipo de tapices y telas. También incorporó, desde sus comienzos, la oferta de servicios de decoración interior y venta de antigüedades y muebles, que luego amplió a otros. Alyds pronto convertiría a Cabrera, no sé en qué medida a gusto o a pesar suyo, en una empresaria reconocida que junto a Longoria seguía la norma de “vender bellamente”, para usar una expresión de lisonja con que las alcanzara el abogado, escritor y periodista Jorge Mañach (1898-1961).[97]

El trabajo que Alicia Longoria y Lydia Cabrera hicieron para Habana Antigua ha sido calificado por el investigador Ricardo Hernández Otero como una curaduría en algún texto reciente que, dedicado a otro asunto, alude a esta muestra más o menos tangencialmente.[98] Se trata de una afirmación, de interés para nuestros fines, cuya pertinencia parece necesario someter a discusión.

Sabemos que son muchos los riesgos de utilizar una denominación de carácter profesional, cuya consistencia y encarnadura son productos de la contemporaneidad, para referirse a las actuaciones desplegadas en un programa expositivo de hace más de cien años por personas no dedicadas, de forma sistemática, a organizar productos culturales de este tipo. La noción de curaduría designa una práctica que goza hoy de reconocimiento académico propio como resultado de su complejo desarrollo histórico, su capacidad para consolidarse en el ámbito museístico y la expansión de sus prácticas relacionadas. Podría, por lo tanto, parecer inútilmente anacrónico —o incluso una forma de sobreinterpretación— aplicarla a un contexto como el cubano de 1922, caracterizado por una historia museal breve y precaria.

A pesar de lo dicho inmediatamente arriba, un análisis de la conceptualización del proyecto y de las estrategias y métodos aplicados en su ejecución por Longoria y Cabrera permite reconocer en Habana Antigua un enfoque con analogías al que hoy podemos identificar como curatorial. De hecho, este fue desarrollado por ambas, de manera intuitiva, siguiendo “la lógica interna” de las ideas que elaboraban y el plan de trabajo adoptado para plasmarlas. 

En alrededor de dos meses, ellas consiguieron montar una exposición —o mejor, un conjunto de estas, según ya ha quedado dicho— que se avista hoy como una experiencia cultural particular de necesaria revisitación.[99] Nos proponemos al respecto, e inevitablemente para un próximo capítulo de estudio, abordarlas desde los presupuestos metodológicos que identifiquen las posibilidades de hacer las aseveraciones precedentes. No obstante, nos quedan todavía algunas cosas por decir aquí.

No puede escapársenos que afirmar lo anteriormente dicho como premisa de la argumentación sobre Habana Antiguaconlleva peligros que quisiéramos evitar. Unos son los que resultan del enfoque de investigación de perspectiva invertida, siempre tentador, es decir, de la lectura del pasado a partir del presente del discurso, como reconstrucción de un origen. Esto es, adjudicándole al pasado las características germinativas del presente.

Los otros son aquellos derivados del enfoque causal clásico, que constituye al pasado en un peldaño, momento o antecedente obligatorio —o necesario— de la presunta historia del objeto de estudio según su estado actual. O, para decir algo similar, haciendo del presente una consecuencia directa e inevitable del pasado, como si los hechos se conectaran entre sí con un entronque fatalista. 



“Lydia Cabrera, la exquisita y genial artista” (fotografía de Federico Buendía), Diario de la Marina (La Habana), edición dominical, suplemento fotográfico, 21 de mayo de 1922, s. p. Dominio público. Imagen digital bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0.


Hablamos, en uno y otro ejemplo, de las distorsiones que amenazan el accionar “contra el tiempo” que implica adoptar, para el estudio de Habana Antigua, como instrumental de comparación, el acervo teórico con que hoy cuenta la curaduría en su condición de disciplina. Este, sin embargo, parece ser de insoslayable utilidad al afrontar lo que, en los días que corren, se podría denominar, por su carácter de sub-rama o variante de la crítica de exposiciones, como crítica de curaduría de exposiciones. La historia de la crítica artística confirma que la primera no necesariamente tiene que contener a la segunda.

Por todo eso, hemos preferido hacer uso del enfoque analógico para nuestros objetivos, que posibilita localizar correspondencias que iluminen la propuesta en cuestión: Habana Antigua, mediante una lectura transversal —apoyada en el instrumental teórico de la curaduría, repetimos— entre sus contenidos y condiciones de producción, por una parte, y la discursividad contemporánea de esta disciplina, por otra. No renunciamos a la historia, sino que suspendemos momentáneamente la cronología para privilegiar las relaciones entre ambos planos.

Casi seguramente hacia finales del mes de septiembre y comienzos de octubre de 1922, contando frecuentemente con la colaboración de otras personas cercanas a los objetivos propuestos como el propio Conde del Rivero, bajo cuyo liderazgo actuaban, Longoria y Cabrera iniciaron su doble tarea de pensar y hacer la exhibición con la suma rapidez que su cercana fecha inaugural exigía. 

Mientras se desenvolvía ese proceso, un autor anónimo describió como sigue el área destinada a esta, en una suerte de contraste de aspiración poética entre los nuevos fines que se le adjudicaban y sus imaginarios y hasta fantasiosos orígenes coloniales:

Aquellas calles que se robaron a la ciudad, que se amurallaron para sumarlas al recinto conventual, que perdieron la animación para sumirse en un estado de santa quietud y que así permanecieron tres siglos, sin perder un solo detalle de la época de su construcción, volverán a animarse, sus tortuosos pasajes recibirán durante la oscuridad de la noche el baño de una luz más intensa, los candiles de aceite serán suplidos por potentes arcos voltaicos y el pueblo todo correrá en determinado día lleno de curiosidad a admirar aquellos lugares que encierran recuerdos del pasado. Pero la multitud que acuda allí, no será la de caballeros de capa y espada, ni de hermosas damas con amplios ropajes. El tiempo lo ha desfigurado todo. Lo único que queda son los edificios que los años no han podido destruir.[100]

Afortunadamente, en el caso de Habana Antigua la intención del encargo coincidía con los intereses culturales de sus ejecutantes. Aun más, si Alicia Longoria y Lydia Cabrera pudieron desarrollar su trabajo —cuya complejidad y extensión veremos a continuación— en el corto lapso mencionado, fue porque ambas llevaron a este el capital cultural que acumulaban sobre las artes en general y, con semejante importancia, sobre el tema específico abordado. 

También facilitó su tarea el conocimiento que tenían de las colecciones locales que guardaban objetos de interés para el proyecto, así como el trato directo, muchas veces amistoso, que las unían a los coleccionistas cubanos más prominentes, en tanto pertenecientes unas y otros al mismo círculo social. Desde la fundación de la Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo, Longoria y Cabrera comenzaron a difundir el inventario general de algunas de estas colecciones en diversas entregas del suplemento en rotograbado del Diario de la Marina, algo que por su propia iniciativa el mismo medio había empezado a hacer esporádicamente desde poco antes. Estos esfuerzos mancomunados dieron a conocer a la masa de lectores del periódico, ampliamente ilustradas, las riquezas que aquellas contenían.[101]

Cabrera, además, no solo manifestó desde su infancia un gran interés por las artes, la literatura y el conocimiento cultural en general, sino que estuvo en el centro de los acontecimientos que delinearon la naciente cultura republicana y fue formada en un ambiente de profunda conexión con el legado al respecto de la colonia.[102] Así pues, ella llevó a su curaduría aquellos asuntos que más le interesaban sobre el tema desde antes, según demuestra el seguimiento que podemos hacer, a través de varias fuentes, de su formación intelectual temprana.

El día 22 de noviembre, cuando se inauguró, todavía no habían podido ser instaladas todas las exhibiciones del segundo claustroEn particular, sufrieron retrasos en el montaje las muy anunciadas Exposición del Abanico y Exposición de Arte Retrospectivo. Como sucedió con la Exposición Comercial e Industrial Internacional, también Habana Antigua se fue ampliando frente a los ojos del público. 

Poco después de su fecha de apertura, se publicó reiteradamente en la prensa un aviso publicitario con la lista de sus muestras principales, en la que se incluyó el título y un breve comentario del contenido de cada una de ellas.[103] Todas fueron reunidas bajo un slogan movilizador: “No deje de visitar la reconstrucción de la ciudad en que hace tres siglos vivieron nuestros antepasados”.



Página de Diario de la Marina (La Habana), año XC, n.º 328, edición de la mañana, jueves 7 de diciembre de 1922, 28. Dominio público. Imagen digital bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0. Junto a varias noticias concernientes a Habana Antigua, aparece también en esta página un texto sin firma que puede atribuirse a Lydia Cabrera, acompañado de un dibujo alusivo a la exposición realizado por la propia autora.






Notas:
[1] La primera fecha de inauguración prevista para estas muestras fue el 19 de noviembre. Ver: “Exposición del Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, núm. 306, edición de la mañana, miércoles 15 de noviembre de 1922, 24.
[2] Enrique Fontanills, “El viejo convento”, Habaneras, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 312, edición de la mañana, martes 21 de noviembre de 1922, 7; Pedro Antonio Herrera López, El Convento de Santa Clara de la Habana Vieja (La Habana: CENCREM, 2006), 172–73.
[3] Enrique Fontanills, “Al paso. En el Convento de Santa Clara”, Habaneras, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 232, edición de la tarde, jueves 23 de noviembre de 1922, 4.
[4] “[Anuncio de horario especial de apertura de Habana Antigua],” Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 316, edición de la mañana, domingo, 26 de noviembre de 1922, 1; “La Habana Antigua y la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 320, edición de la mañana, miércoles 29 de noviembre de 1922, 1.
[5] Enrique Fontanills, “La Habana Antigua. Habaneras”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 306, edición de la mañana, miércoles 15 de noviembre de 1922, 7.
[6] Enrique Fontanills, “En la Exposición”, Habaneras, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 242, edición de la tarde, viernes 8 de diciembre de 1922, 5; Enrique Fontanills, “En la Exposición Comercial”, Habaneras, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 339 (340), edición de la mañana, martes 19 de diciembre de 1922, 7.
[7] Al final del segundo gobierno provisional de Estados Unidos en Cuba, que se extendió entre 1906-1909, se estableció la jornada laboral de ocho horas para los empleados públicos —excepto en casos excepcionales— según la Ley del Servicio Civil de 18 de enero de 1909. Ver: Ley del Servicio Civil de Cuba de enero 18 de 1909 (Habana: Imprenta, Papelería y Encuadernación de Rambla y Bouza, 1909), 22.
[8] Según la Reglamentación del trabajo de los obreros de la Bahía de la Habana, correspondiente al 2 de diciembre de 1918, dictado bajo el gobierno del Mayor General Mario García Menocal (1866-1941), que se extendió durante dos períodos entre 1913-1917 y 1917-1921, la jornada laboral de los estibadores se fijó en 8 horas y se normaron las condiciones de horarios de trabajo y montos de pagos de horas según turnos y horarios, incluyendo las horas extras, entre otras cuestiones. Ver: Legislación obrera de la República de Cuba (Habana: Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo, 1919), 14-18.
[9] En 1910, bajo el gobierno del Mayor General José Miguel Gómez (1858-1921), que se extendió entre 1909-1913, se dictó la Ley del Cierre de los Establecimientos Comerciales, propuesta por el senador Emilio Arteaga Quesada, la cual dispuso que los establecimientos comerciales y los talleres de zonas urbanas debían cerrar a las 6 de la tarde de lunes a viernes y los sábados a las 10 de la noche, mientras que las tiendas minoristas a las 8 de lunes a viernes y los domingos a las 10 de la mañana. Asimismo, en el caso de los dependientes de restaurantes, cafeterías, hoteles y otros establecimientos semejantes la jornada no podía pasar de 10 horas diarias. Legislación obrera de la República de Cuba, 60-68, 61.
[10] J. C. M., “Prueba del éxito de la exposición, el favor que el público le dispensa”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 324, edición de la mañana, domingo 3 de diciembre de 1922, 14.
[11] En la museología contemporánea el término “blockbuster” se comenzó a usar a partir de los años 1970 para designar exposiciones de alto impacto público, gran atractivo tanto en sus contenidos como en su instalación y mercadeo agresivo. Hemos tomado la palabra, metafóricamente, para referirnos a la Exposición Comercial e Industrial Internacional y Habana Antigua ya que no se conocen otras exposiciones artísticas en Cuba, en la primera mitad del siglo XX, que hubieran sido tan visitadas y comentadas.
[12] De manera insistente se anunció el cierre al público de las dos exposiciones para el lunes 8 de enero. Ver: Enrique Fontanills, “Programa del domingo”, Habaneras, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 7, edición de la mañana, domingo 7 de enero de 1923, 6.
[13] “Último Sábado Blanco de la Habana Antigua”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 6, edición de la mañana, sábado 6 de enero de 1923, 9.
[14] Antonio Maura, “Homenaje a la Condesa de Merlin”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 6, edición de la tarde, martes 9 de enero de 1923, 1; “La venerable poetisa cubana María de Santa Cruz”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 9, edición de la mañana, martes 9 de enero de 1923, 1; “La fiesta en honor de María Santa Cruz en la Habana Antigua”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 10, edición de la mañana, miércoles 10 de enero de 1923, 1.
[15] La variada información de prensa de la época no aclara si fue ese mismo martes que también cerró finalmente la Exposición Industrial y Comercial Internacional, aunque puede suponerse que así sucedió. El trazado del recorrido de ambas exposiciones obligaba a pasar por la primera área de la Exposición Comercial antes de acceder a Habana Antigua.
[16] “Clausura de la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 56, edición de la mañana, domingo 25 de febrero de 1923, 24.
[17] Martin Rodrigo y Alharilla, editor, Cuba, de Colonia a República (Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, S.L, 2006), 32.
[18] Ramiro Guerra, Un cuarto de siglo de evolución cubana (La Habana: Librería Cervantes, 1924).
[19] “6° Congreso Médico Latinoamericano”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 54 edición de la mañana, sábado 4 de marzo de 1922, 1, 24; “Concurso Nacional de Maternidad”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 203, edición de la mañana, viernes 4 de agosto de 1922, 1.
[20] “Concurso preliminar de la gran exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 82, edición de la mañana, miércoles 5 de abrilde 1922, 1.
[21] Para este asunto nos hemos basado fundamentalmente en la investigación de Pedro Antonio Herrera López sobre el Convento de Santa Clara. Ver: Herrera López, El Convento de Santa Clara, 162-166.
[22] Véanse al respecto los conventos de monjas dominicas y carmelitas, cuya historia fue divulgada por el arquitecto e investigador Luis Bay Sevilla (1885–1948) en artículos publicados en Arquitectura: “El Convento de Santa Catalina de Sena”, Arquitectura (La Habana: Colegio Nacional de Arquitectos), año XI, no. 124–125, noviembre–diciembre de 1943, 427–451; “El Convento de Santa Teresa”, Arquitectura (La Habana: Colegio Nacional de Arquitectos), año IX, no. 98, septiembre de 1941, 279–300, 306.
[23] Herrera López, El Convento de Santa Clara, 164–165.
[24] “Monasterio de Santa Clara”, El Fígaro (La Habana), año XXXIX, no. 14, 2 de abril de 1922, 216–217.
[25] Herrera López, El Convento de Santa Clara, 165.
[26] Mudados los dominicos a su nueva sede en El Vedado, la Revista Bimestre Cubana publicó en 1917 un estudio sobre la antigua edificación de estos, cuya demolición comenzó ese mismo año: Jesús Saiz de la Mora, “El Convento de San Juan de Letrán o de Santo Domingo”, Revista Bimestre Cubana (Habana: Sociedad Económica de Amigos del País), vol. XII, no. 3, mayo–junio de 1917, 169–185.
[27] Un estudioso del tema, Emilio Roig de Leuchsenring (1889–1964), señaló que no fue hasta 1928 que —bajo la presidencia del General Gerardo Machado (1871–1939), por ley de 24 de julio— se autorizó al poder ejecutivo de la República a declarar “Monumento Nacional” a edificaciones y lugares de interés histórico, artístico o patriótico, así como a dictar aquellos reglamentos y disposiciones que, en cada caso, se considerasen más eficaces para la mejor protección de estos. Roig de Leuchsenring, “Prólogo”, en Los Monumentos Nacionales de la República de Cuba. Vol. I. La Plaza de Armas Carlos Manuel de Céspedes de La Habana (La Habana: Junta Nacional de Arqueología y Etnología, 1957), 7–8; el texto de la ley aparece reproducido en la página 11 del mismo volumen.
[28] “6° Congreso Médico Latinoamericano”, Diario de la Marina, 4 de marzo de 1922, 1, 24.
[29] Hubo un seguimiento prolijo de la organización del Congreso por parte de la prensa diaria de la época. 
[30] “Concurso Nacional de Maternidad”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 197, edición de la mañana, sábado 29 de julio, de 1922, 1, 17.
[31] Ibid.
[32] “En breve se inaugurará una gran exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 78, edición de la mañana, sábado, 1° de abril de 1922, 1.
[33] Para conocer las características de la Foire de Paris inmediatamente antes de la celebración en La Habana de la Exposición Comercial e Industrial Internacional, véase La Chronique des expositions et de l’exportation (París), 13e année, juin 1920, número ampliamente ilustrado dedicado a la edición de 1920 de la feria.
[34] “Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional. De Artes y Oficios” Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 83, edición de la mañana, jueves 6 de abril de 1922, 5.
[35] “Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional de Artes y Oficios”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 96, edición de la mañana, miércoles 19 de abril de 1922, 12.
[36] Entre los rubros o grupos de empresas se contaban, por ejemplo, los de armas y explosivos o de fonógrafos y discos, entre otros muchos. Los resultados publicados de cada escrutinio incluían las denominaciones de los rubros y entidades que habían obtenido mayor votación, hasta llegar, en la selección final, a los más votados.
[37] De profesiones y oficios se constituyeron grupos tales como los de abogados, comadronas y tapiceros, entre muchos otros. Dentro de ellos se colocaban, al difundirse los resultados de cada escrutinio —hasta el último—, los nombres de los individuos con mayor votación. Como botón de muestra, pueden consultarse los resultados correspondientes al tercer escrutinio, del 19 de abril: “Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional, de Artes y Oficios”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 102, edición de la mañana, martes, 25 de abril de 1922, 11–12.
[38] “Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional. De Artes y Oficios”, Diario de la Marina, 6 de abril de 1922, 5. Esa disposición no pudo respetarse en el primer conteo, dada la baja cifra de votos que las empresas e individuos propuestos alcanzaron, aunque el concurso terminó logrando un amplio respaldo del público; véase también “Gran Concurso Comercial, Industrial y Profesional de Artes y Oficios”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 88, edición de la mañana, martes 11 de abril de 1922, 15.
[39] “Gran Concurso Comercial, Industrial, Profesional. De Artes y Oficios”, Diario de la Marina, 6 de abril de 1922, 5.
[40] “Gran Concurso Industrial, Comercial, de Artes y Oficios”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 137, edición de la mañana, martes 30 de mayo de 1922, p. 9.
[41] “Un hermoso proyecto artístico”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 145, edición de la mañana, miércoles 7 de junio de 1922, 1.
[42] Sociedad Española de Amigos del Arte, Estatutos (Madrid: Imprenta del Ministerio de Marina, 1925).
[43] Durante la República, fueron múltiples las iniciativas culturales privadas desarrolladas en Cuba por mujeres pertenecientes a los estratos sociales alto y medio, pero quizás las dos de mayor relieve y larga trayectoria, ya activas en los años veinte, fueron la Sociedad Pro-Arte Musical (1918-1967) y el Lyceum Lawn Tennis Club (1929-1968). Ver: Sigryd Padrón Díaz, La Sociedad Pro Arte Musical (La Habana: Ediciones Unión, 2009), y Whigman Montoya Deler, El Lyceum y Lawn Tennis Club. Su huella en la cultura cubana (Unos & Otros Ediciones, 2017).
[44] Lydia Cabrera, “La Asociación Cubana de Arte Retrospectivo y la Exposición del abanico antiguo en la Habana”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 195 (La Habana), edición de la mañana, jueves 27 de julio de 1922, 13.
[45] Catalogue Spécial Officiel de Cuba à l’Exposición Universelle Internationale de 1900 à Paris (Paris: Prieur et Dubois, 1900), 152, 187.
[46] “Alicia Longoria”, Entre páginas, Diario de la Marina (La Habana), año LXIV, no. 114, edición de la tarde, viernes 15 de mayo de 1903, 3; Madrid en Emilia Pardo Bazán, Ayuntamiento de Madrid, 8 de octubre–7 de noviembre de 2021, catálogo, 80.
[47] “Asociación Cubana de Arte retrospectivo”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 154, edición de la mañana, viernes 16 de junio de1922, 12.
[48] “Compró el Estado el recinto conventual de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XCI, no. 73, edición de la mañana, miércoles 14 de marzo de 1923, 1.
[49] “La Secretaría de Agricultura y la Exposición Comercial e Industrial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 233, edición de la mañana, domingo 3 de septiembre de 1922, 10.
[50] “La Exposición de Arte Retrospectivo y el Abanico”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 294, edición de la mañana, viernes 3 de noviembre de 1922, 24; “Distribución de premios en el VIII Concurso Nacional de Maternidad”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 318, edición de la mañana, lunes 27 de noviembre de 1922, 1, 14.
[51] “Asociación de Pintores y Escultores. Exposición Retrospectiva”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 134, edición de la tarde, miércoles 5 de julio de 1922, 2.
[52] Federico Edelman y Pintó, “Magnífica donación. A propósito de la Exposición de Arte Retrospectivo de la Asociación de Pintores y Escultores”, El Fígaro (La Habana), año XXXIX, no. 48, noviembre 26 de 1922, 755.
[53] “Reformas necesarias”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 247, edición de la mañana, domingo 17 de septiembre de 1922, 10.
[54] “Exposición Comercial e Industrial constituirá un éxito”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 292, edición de la mañana, miércoles 1° de noviembre de 1922, 11.
[55] La curiosidad que, aun sin haber abierto al público las exposiciones, despertaba el enorme convento y las labores que se llevaban a cabo en su fábrica, fue elevando gradualmente el número de visitas al inmueble. Primero, se decidió permitir solo las autorizadas con pases; pero después de un corto tiempo hasta estas se hicieron difíciles de satisfacer. Por un lado, entorpecían las labores de los obreros y, por otro, embargaban el tiempo del personal con funciones organizativas, administrativas y de dirección, por lo que también debieron ser suspendidas con excepción de casos especiales. Ver: “La Exposición de Higiene Infantil”, Diario de la Marina, 19 de septiembre de 1922, 6; “El Secretario de Agricultura en la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 282, edición de la mañana, domingo 22 de octubre de 1922, 10.
[56] “Entusiasmo por la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 275, edición de la mañana, domingo 15 de octubre de 1922, 1; “Las instalaciones en el ex-Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 215, edición de la tarde, sábado 28 de octubre de 1922, 6.
[57] “La Exposición de Higiene Infantil”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 188 (La Habana), edición de la tarde, martes 19 de septiembre de 1922, 6. Un anuncio indirecto de venta de tabacos utilizó como motivo de su argumento el turno de noche de los obreros en el viejo convento: “Apareció un fantasma en el Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 302, edición de la mañana, sábado 11 de noviembre de 1922, 3. 
[58] “De la Exposición Internacional de Higiene”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 281, edición de la mañana, sábado 21 de octubrede 1922, 1. 
[59] “La Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 278, edición de la mañana, miércoles 18 de octubre de 1922, 24.
[60] “Exposición Comercial e Industrial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 276, edición de la mañana, lunes 16 de octubre de 1922, 9.
[61] “El VI Congreso Médico Latino-Americano”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 311 (La Habana), edición de la mañana, lunes 20 de noviembre de 1922, 1, 13-14, 20.
[62] Ibid.
[63] “La Exposición Comercial Internacional”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 193, edición de la tarde, martes 26 de septiembrede 1922, 2.
[64] “Distribución de premios”, Diario de la Marina, 27 de noviembre de 1922, 1, 14.
[65] “Del VI Congreso Médico Latino-Americano”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 321, edición de la mañana, jueves 30 de noviembre de 1922, 1, 16.
[66] “La Exposición Comercial del Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 309, edición de la mañana, sábado 18 de noviembre de 1922, 24.
[67] “Exposición Comercial e Industrial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 280, edición de la mañana, viernes 20 de octubre de 1922, 10.
[68] “Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 293, edición de la mañana, jueves 2 de noviembre de 1922, 11.
[69] “Se ampliará la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 322, edición de la mañana, viernes 1° de diciembre de 1922, 24.
[70] Dr. Miguel Ángel Mendoza, “La Exposición Canina”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 341, edición de la mañana, miércoles 20 de diciembre de 1922, 12.
[71] “La Habana Antigua y la Exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 345, edición de la mañana, domingo 24 de diciembrede 1922, 32.
[72] La lista de donaciones recibidas por el Museo Nacional en 1912, el año anterior a su apertura al público, da cuenta de su pretendido perfil polivalente: “Museo Nacional. Gestión del Sr. Emilio Heredia”, Diario de la Marina (La Habana), edición de la tarde, año LXXIII, no. 1, miércoles 1° de enero de 1913, 4.
[73] “La Habana Antigua y la Exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 316, edición de la mañana, sábado 25 de noviembre de 1922, 1.
[74] L. Frau Marsal, “La Actualidad”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 316, edición de la mañana, sábado 25 de noviembre de 1922, 3.
[75] Alina Romeo Sáez, Alberto Hernández Oroza y Pedro Ramón Cuétara Pérez, “El estudio de caso”, en Convento de Santa Clara de Asís, La Habana, Cuba: Indicaciones para la recuperación funcional y el redesarrollo, eds. Giacomo Tempesta y Jacopo G. Vitale (Firenza: Firenze University Press, 2024), 22. El texto citado, que se extiende entre las páginas 15 y 31 del libro, constituye una cronología particularmente valiosa de la historia del inmueble desde sus orígenes hasta el presente. 
[76] Herrera López, El Convento de Santa Clara, 89-98.
[77] Ibid., 85. Cabe señalar que, aunque en esta página el autor afirma que la “llamada ‘Casa del Marino’ fue construida junto con el matadero en 1622”, luego matiza sus palabras al decir del matadero que “fue construido poco después del incendio de 1622”, sin precisar ese año como el de la construcción del lugar (98). No obstante, por las perentorias funciones públicas que el edificio cumplía, además de por su sencillez constructiva, no debe haberse demorado su erección. 
[78] Obsérvese el plano del claustro al respecto.
[79] Romeo Sáez et al., “El estudio de caso”, 23.
[80] “La Habana Antigua y la Exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 316, edición de la mañana, sábado 25 de noviembre de 1922, 1.
[81] Herrera López, El Convento de Santa Clara, 113-118.
[82] Ibid.
[83] Ibid.
[84] José Ignacio Rivero y Alonso, “La Exposición”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 307, edición de la mañana, jueves 16 de noviembre de 1922, 2.
[85] “Reformas necesarias”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 247, edición de la mañana, domingo 17 de septiembre de 1922, 10.
[86] “El Monasterio de Santa Clara” [fotos de Federico Buendía], Social (La Habana), vol. VIII, no. 1 (enero de 1923), 16.
[87] “Las exposiciones científicas y comerciales en el Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 265, edición de la mañana, jueves 5 de octubre de 1922, 24.
[88] “Exposición del Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina, 15 de noviembre de 1922, 24.
[89] “Las reformas en el Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 296, edición de la mañana, domingo 5 de noviembre de 1922, 28.
[90] “En el Antiguo Convento de Santa Clara”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 257, edición de la mañana, miércoles 27 de septiembre de 1922, 6.
[91] El primer anuncio publicitario de Alyds, diseñado por Lydia Cabrera, como todos los que se distribuyeron directamente desde el negocio, apareció publicado el 15 de septiembre de 1922, en momentos en que estaba por nombrarse al Conde del Rivero como director artístico general de Habana Antigua y, por lo tanto, estaban a punto de incorporarse al trabajo curatorial de la sección Alicia Longoria y la propia Lydia. Ver: “Alyds”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 186, edición de la tarde, viernes 15 de septiembre de 1922, 5.
[92] Aunque estimulaba la asistencia de sus hijos de ambos sexos a la escuela de enseñanza elemental, luego de esta Raimundo Cabrera le reservaba a las hembras la enseñanza en el hogar. Por eso, Lydia Cabrera asistió a la Academia de Pintura y Escultura “San Alejandro” muy pocos meses, a escondidas de él, y debió cursar el bachillerato bajo régimen libre. No pudo hacer estudios académicos superiores sino en París, ya fallecido su padre. Ver: Rosario Hiriart, Lydia Cabrera: vida hecha arte (New York: Eliseo Torres & Sons, 1978), 129.
[93] Luego de la muerte de Lydia Cabrera en 1991, fue Isabel Castellanos quien publicó el primer estudio documentado con material de archivo de la biografía de esta, incluyendo su etapa profesional juvenil previa a su viaje a París en 1927 a fin de establecerse en dicha ciudad. Castellanos abordó en su texto la formación de la Sociedad Cubana de Arte Retrospectivo —en la que Cabrera participara desde su fundación— y su temporalmente corta actividad pública de la época. Ver: Lydia Cabrera, Páginas sueltas, ed., introd. y notas por Isabel Castellanos (Miami, FL: Ediciones Universal, 1994).
[94] Luis Gómez Wangüemert, “El Salón 1922”, Crónicas de arte, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 104, jueves 27 de abril de 1922, 13, 16.
[95] En la biografía de Cabrera, todavía un trabajo en proceso, los hechos relacionados aquí con la fundación de Alyds fueron bien establecidos gracias al acucioso y fino espíritu investigativo de Isabel Castellanos. Ver: Cabrera, Páginas sueltas. También puede consultarse al respecto: Ricardo Hernández Otero. “Lydia Cabrera, empresaria y publicista”. Rialta, 13 de junio de 2020.
[96] Toile de jouy es un estilo pictórico textil, originado en la localidad francesa de Jouy-en-Josas en el siglo XVIII, que se caracteriza por estampados monocromáticos sobre algodón o lino de escenas bucólicas, galantes o históricas. Todavía en demanda, se usa para cortinas, tapicería y decoración.
[97] Jorge Mañach, “Vender bellamente”, Glosas, Diario de la Marina (La Habana), edición de la tarde, año XCI, no. 160, sábado 28 de julio de 1923, 1.
[98] Hernández Otero, Ricardo, “Lydia Cabrera”.
[99] En su vejez, Lydia Cabrera afirmaba que Habana Antigua había sido vista por 40,000 personas y, aun cuando no contamos con estadísticas oficiales sobre sus visitantes, son numerosas las referencias escritas de distintas personas de la época que destacaron la masiva asistencia que alcanzó a tener la exposición: Hiriart, Rosario, Lydia Cabrera, 151.
[100] “Entusiasmo por la Exposición Comercial”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 275, edición de la mañana, domingo 15 de octubre de 1922, 1.
[101] “Nuestro suplemento de foto-gravure. Arte retrospectivo”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 198, edición de la mañana, domingo 30 de julio de 1922, 1.
[102] “Mi padre conocía bien la Habana Vieja y desde muy niña me llevaba con él a recorrer sus calles. En aquellos paseos me iba hablando sobre lugares, edificios… recuerdo sus explicaciones sobre el Convento de Santa Clara, la antigua casa de la Condesa de Merlin… aquí murió fulano de tal, allí está el Obispado… Desde entonces sentí una gran afición por las antigüedades; luego, nuestros viajes a Europa influyeron en despertar en mí un gusto por las cosas antiguas”, Ver: Hiriart, Rosario, Lydia Cabrera, 152.
[103] “Habana Antigua. Siglo XVII”, Diario de la Marina (La Habana), año XC, no. 319, edición de la mañana, martes 28 de noviembre de 1922, 5.






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Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)

Por Antonio José Ponte

De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.






Ponte dentro del campo de exterminio

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El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.

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