El 11J no ha terminado

Hoy es 11 de julio[1].

Para muchos cubanos, dentro y fuera de la Isla, esta no es simplemente una efeméride perteneciente al pasado. Es una fecha que se vive en la expectativa.

Revisamos las redes sociales. Actualizamos la página. Volvemos unos minutos después. Miramos para ver si la gente ha salido otra vez a las calles, si se escuchan cazuelas desde otro barrio, si alguna carretera ha sido bloqueada, si ha aparecido un pequeño incendio en la oscuridad, si alguien ha logrado subir un video antes de que desaparezca la conexión.

Desde La Habana me llegan mensajes a deshora, extemporáneos, tardíos y fuera de secuencia:

Estoy bien, pero estamos incomunicados.

La frase contiene una de las contradicciones centrales de la Cuba contemporánea: la supervivencia junto al aislamiento, la insistencia en hablar junto a la posibilidad constante de la interrupción.

Esta semana, el sistema eléctrico nacional colapsó dos veces. Entre un colapso y el siguiente, vecinos de varios barrios de La Habana salieron a las calles golpeando cazuelas, tocando las bocinas de sus automóviles y exigiendo electricidad. En mayo, cientos de personas ya habían protestado en la capital, bloqueando carreteras con montones de basura en llamas y gritando en la oscuridad. Estas protestas no tienen la magnitud del 11 de julio de 2021. Pero tampoco están desvinculadas de él.

El gobierno ha trabajado incansablemente para impedir la simultaneidad y la visibilidad nacional que hicieron posible el 11J original. Las protestas se mantienen locales, fragmentadas, difíciles de documentar y más fáciles de reprimir. Pero continúan. Han ocurrido este año, este mes, esta misma semana.

En el epílogo de la tesis doctoral que defendí en 2022, escribí:

Las protestas continúan, aunque no siempre llegan a la Red. Internet en Cuba se va y regresa, siguiendo lo que todos sospechan es una de las maneras preferidas por las autoridades de controlar el flujo de información.

Escribí esas palabras sobre las secuelas de julio de 2021. Siguen estando, de manera inquietante, en tiempo presente.

El 11J ocurrió y, después, permaneció.

Permaneció en el imaginario político del país. En el reflejo de mirar hacia la calle cada vez que desaparece la electricidad. En el temor del gobierno a que las multitudes lleguen a hacerse visibles unas para otras. En las familias que siguen esperando el regreso de los presos a sus hogares. Las organizaciones de derechos humanos estiman que cientos de personas vinculadas a las manifestaciones de julio de 2021 permanecen encarceladas, algunas cumpliendo condenas de más de veinte años.

También permanece en el cuerpo y en el paradero incierto de Luis Manuel Otero Alcántara.

Luis Manuel fue arrestado el 11 de julio de 2021, antes de que pudiera llegar a las protestas. Su condena de cinco años debía haber terminado el 9 de julio pasado. En lugar de ello, las autoridades lo sacaron de la prisión de Guanajay y lo trasladaron a un lugar no revelado. Permanece bajo custodia del Estado, aparentemente a la espera de autorización para abandonar el país. Ya ha cumplido la condena que fue injusta desde el principio y, sin embargo, el Estado sigue decidiendo dónde puede existir su cuerpo y bajo qué condiciones puede ser libre.

Un cacerolazo no puede reparar una red eléctrica. Un montón de basura en llamas no puede vaciar una prisión. Una protesta espontánea no produce, por sí sola, un programa político ni resuelve la crisis que llevó a la gente a salir a las calles.

La protesta no es la solución. Es el síntoma.

Pero un síntoma no es algo insignificante. Es el momento en que el sufrimiento privado se vuelve audible, compartido y, por lo tanto, político. Revela la fractura que el discurso oficial intenta ocultar. El sonido de las cazuelas no nos dice qué vendrá después. Nos dice que el presente se ha vuelto insoportable.

Quizá por eso seguimos mirando hoy las redes.

No estamos esperando que la historia se repita exactamente. Los acontecimientos históricos no regresan por mandato ni obedeciendo al calendario. Miramos porque el 11J demostró que las frustraciones dispersas podían reconocerse entre sí, que un barrio podía ver a otro y que aquello que parecía aislado podía convertirse, de pronto, en algo colectivo.

El gobierno cubano también lo sabe.

Por eso el 11J no ha terminado. Está siendo contenido.





[1] Publicado el 11 de julio de 2026 en inglés como 11J, Still en la página Between Tongues (Entre lenguas) de Lizabel Mónica. Traducción y edición de Hypermedia Magazine






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