Duanel Díaz Infante: “Mañach estaría probablemente más cerca de la socialdemocracia”


Desde Mañach o la República, el público no había vuelto a ver en ti un interés centrado en Mañach, a pesar de que has publicado varias obras de crítica y ensayo desde entonces. ¿A qué se debe este renovado interés? ¿Es algo personal o crees que es un interés compartido?

Hace poco vio la luz una compilación de acercamientos a La crisis de la alta cultura en Cuba, ensayo que cumplió un siglo el pasado año, y ahora, con motivo del centenario de Estampas de San Cristóbal, aparece esta edición de Casa Vacía con tu estudio introductorio. ¿Qué relevancia le das dentro de la obra de Mañach y, específicamente, dentro de su visión de Cuba?

En 2017 escribí un breve prólogo y algunas notas para La cura que quisimos. Artículos sobre la Revolución Cubana y reproduje ahí, como apéndice, el ensayo “Jorge Mañach o la crisis de la inteligencia en la América Hispana”, de Gastón Baquero, que nunca se había recogido. Fue excluido, obviamente por motivos políticos, de la utilísima compilación Una señal menuda sobre el pecho del astro. Ensayos de Gastón Baquero (selección, prólogo y cronología de Remigio Ricardo Pavón, Ediciones La Luz, Holguín, 2014). 

Pero es cierto que hasta ahora no me había “reconectado” del todo con Mañach. Después de varios libros dedicados fundamentalmente a la Revolución, esta vuelta a él (que viene a ser una vuelta a la República) se ha visto propiciada por el acceso a un buen número de textos suyos recopilados en la última década: Literatura cubana: Glosas (selección y prólogo de Marta Lesmes, Letras Cubanas, 2018); Jorge Mañach ¿crítico de arte? (selección y estudio introductorio de Luz Merino Acosta, Letras Cubanas, 2019), y desde luego todos los que compiló Carlos Espinosa. 

Además del ya mencionado que edité en Casa Vacía, estos volúmenes son: Perfil de nuestras letras (Linkgua, Barcelona, 2015); La civil discrepancia (Linkgua, Barcelona, 2020); Los idus cubanos de marzo (Verbum, Madrid, 2021); Las intenciones de Hilario Casas. Narrativa y traducciones (Linkgua, Barcelona, 2021); y, Estampas y visiones habaneras(Linkgua, Barcelona, 2025). Es un corpus enorme, que amplía considerablemente la imagen que teníamos de Mañach, bastante limitada a sus escritos más conocidos: La crisis de la alta cultura en CubaIndagación del choteoHistoria y estilo Martí, el Apóstol.  

Aunque se había reeditado en dos ocasiones, Estampas de San Cristóbal estaba out of print; de ahí la idea de hacer una edición del centenario. Cuando releí el libro, después de tanto tiempo, noté cosas que no había visto la primera vez, y me fui “enrollando” hasta terminar escribiendo un estudio mucho más largo de lo inicialmente planeado. 

Creo que la visión de Cuba que hay en las Estampas no se entiende del todo sin tener en cuenta el contexto biográfico: Mañach había regresado a Cuba después de vivir buena parte de su adolescencia y primera juventud en el extranjero: primero en España, entre 1907 y 1913, en Tembleque, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo donde su padre era notario, y en Madrid, interno en las Escuelas Pías de Getafe y luego en el Colegio Español, y luego de un breve regreso a la Isla, de 1914 a 1920 en Boston, donde hizo high school y college, y después un año en París, donde cursó estudios de derecho. De alguna manera, y esto se aprecia muy bien en una de las secciones más interesantes del Glosario, “sensaciones de la tierra”, Mañach, como Fernando Ortiz, que también pasó sus años formativos fuera de Cuba, estaba descubriendo el país.

Si tuviera que escoger una estampa que condense su visión de Cuba señalaría la XXXIII. Ahí Luján invita a Mañach a una fonda y, tras celebrar el hecho de que, aunque no lujosa, la comida ha sido suficiente, se produce el siguiente diálogo: 

–Sí, Luján. Pero, ¿no cree usted que nuestra cocina criolla es muy pobre?
–Todo lo característico nuestro es pobre, hijo, poco variado… Los tipos, los modismos, el paisaje, el clima, la cocina… Todo menos la fruta, tal vez. Pero no siempre en la variedad está el gusto. Muchas veces el gusto depende del paladeo… Hay que paladear bien lo nuestro: he ahí la fórmula nacional…

Esta reflexión recuerda inevitablemente la célebre frase martiana sobre el “vino de plátano”. Sin embargo, mientras Martí convierte la aceptación de lo propio en un principio de emancipación política y cultural, Mañach —vocero de una generación que ya no está luchando por fundar la república sino por refinarla—, desplaza el énfasis hacia la educación del gusto: no basta con que lo nuestro sea nuestro; hay que aprender a “paladearlo”. 

Significativamente, la conversación parte de una carencia: Mañach no idealiza lo cubano; dice sin rodeos que la cocina criolla es “muy pobre”. Luján —que en las Estampas funciona muchas veces como una voz sapiencial, casi como un alter ego pedagógico del propio Mañach— no lo contradice; reformula la cuestión, en lo que constituye una afirmación bastante sorprendente para un discurso nacionalista. Cuba no tiene la monumentalidad histórica de México o Perú, ni la inmensidad geográfica de Argentina o Brasil. Lo suyo es otra cosa. Luján no dice mitificar lo nuestro; dice paladearlo. Ahí aparece una idea muy de Mañach: la cultura no consiste en multiplicar los objetos, sino en educar la sensibilidad

Si tuviera que buscarle una filiación a esta visión de Cuba, diría que es azoriniana. En libros como Castilla o Los pueblos, Azorín no intenta demostrar que Castilla sea exuberante o extraordinaria; al contrario, insiste en la pobreza, la monotonía, la sobriedad del paisaje español. Ajena a toda grandilocuencia, es una estética del detalle, de la lentitud, del paladeo, casi en el sentido literal de la palabra. 

Y, ya puestos a encontrar afinidades y diferencias, diría que esta comida de las Estampas de San Cristóbal es, en muchos sentidos, lo contrario de la célebre cena lezamiana. En Lezama las descripciones, las asociaciones y las digresiones se multiplican sin cesar. El alimento desencadena una expansión del sentido; el gusto consiste en multiplicar las relaciones imaginarias. Son dos formas distintas de responder a una misma pregunta: ¿cómo puede una cultura periférica alcanzar la plenitud? 

Mañach responde mediante la disciplina del gusto; Lezama mediante la potencia de la imaginación. Hay incluso una oposición estilística. En Mañach, la frase va depurándose hasta llegar a una fórmula casi clásica: “Hay que paladear bien lo nuestro”. Es una oración elemental, carente de florituras, a la que no se le podría retirar ninguna palabra sin que perdiera el sentido. En cambio, en Lezama la frase nunca deja de crecer; cada objeto llama a otro, cada plato remite a una tradición, cada imagen produce otra imagen. Se diría que, si en Mañach el gusto depura, en Lezama multiplica. Pero esa proliferación no carece de centro; está organizada por la memoria familiar, por la genealogía. La cena lezamiana es la cena de doña Augusta; la de las Estampas transcurre en una fonda.  

Volviendo ahora a mi renovado interés en Mañach, en The Critical Essays of Jorge Mañach, (Northwestern University, 1970), una tesis de doctorado que consulté en 2002 en la Biblioteca Nacional y ahora he encontrado en PDF, Rosalyn O’Cherony cuenta que entre los papeles que la familia sacó de Cuba, conservados por su viuda, estaba el proyecto de una voluminosa antología de ensayos titulada “Letras, imágenes”, que incluía muchos de crítica literaria y artística, e iba a publicarse por la Editorial de la Universidad de las Villas. Creo que, de haberse llegado a editarse en 1960, antes que el exilio de Mañach lo hiciera inviable, esa faceta de su obra habría sido mucho más valorada. Me gustaría publicar al fin ese malhadado libro, cuya tabla de contenidos O’Cherony reproduce en un apéndice, pero es una empresa difícil porque incluye algunos folletos, como el excelente En el cincuentenario de Miguel Figueroa, sobre el insigne orador autonomista, el cual leí también en la Biblioteca Nacional, que me temo solo podrían encontrase en Cuba… 

El plan inmediato es sacar el año próximo Glosario (Ricardo Veloso, 1924), su primer libro, que reúne artículos publicados entre 1922 y 1924 en el Diario de la Marina, y más adelante Pasado vigente (Trópico, 1939) que contiene artículos de tema político y social “publicados en la prensa cubana en aquel trienio sombrío de 1930-1933, en que no se podía hablar demasiado claro”, y que inexplicablemente nunca se ha reeditado. 

El año 2027 será también el centenario de la revista de avance, y 2028 el de Indagación del choteo: creo que esos aniversarios van a renovar un interés por Mañach que, aquí en el exilio, se nota desde hace algunos años. El volumen que mencionas de Casa Vacía, la aparición de Ensayos fundamentales en Exodus, de Mañach, el estilo de la cultura, de Ángel Velázquez Callejas, y también, en esa misma editorial, las reediciones de La crisis de la alta cultura en Cuba y de Imagen de Ortega y Gasset con introducciones tuyas, la publicación de Un servicio público de cultura en Verbum: todo ello conforma, en la última década, un modesto “boom”. 

Se podría hablar, incluso, de una cierta actualidad de Mañach, y también de un Mañach todavía desconocido, o casi desconocido, sobre el que hay que mucho que investigar. 

¿Ves alguna otra razón para ese interés en rescatar a Mañach fuera de esas insuficiencias que mencionas sobre la edición de sus obras? ¿Has encontrado en las Estampas algo que haya sido obviado por los estudiosos de Mañach?

Lo que más me sorprendió esta vez fue algo que no ha sido señalado no ya por lo estudiosos de Mañach, sino por los de Carpentier. En mi estudio introductorio doy varios ejemplos de giros de las Estampas (y también de los cuentos y capítulos de novelas de Mañach, que son de esos años), que suenan muy “carpenterianos”. Se sabe que Carpentier admiraba mucho a Mañach y lo tenía como una suerte de mentor, pero, hasta donde sé, esa posible influencia estilística no se ha señalado.

Mas esto es solo una hipótesis. Mi lectura se propone, sobre todo, analizar la idealización de lo colonial español en relación con las transformaciones urbanas, sociales y culturales de los años veinte —el brusco crecimiento de capital, la norteamericanización de las costumbres, la emigración de los “polacos”, la emergencia del son, etc.— y cómo esto se relaciona con la literatura. La pregunta sería: ¿cuál es el lugar de la literatura en el proyecto intelectual del joven Mañach? 

Mi tesis es que a esos espacios coloniales evocados nostálgicamente en las Estampas (paseos, parques, monumentos, glorietas…), se asocia una cierta idea de la literatura que proviene del fin de siglo y que, ya en la época en que Mañach comienza a publicar —que es la época de la vanguardia—, estaba amenazada, entre otros factores por irrupción de la radio y el cine. 

En mi estudio yo rescato este pasaje de la entrevista que Varona concedió a Mañach para la revista de avance: “No sé cómo pueden hacer ustedes todo lo que hacen, amigo mío… Aquí nadie se ocupa del arte ni de la literatura; sencillamente no interesa… ¿Cómo puede pedirse más, ante un pueblo que está de espaldas a la cultura, embebido en hacer dinero? Siquiera antes, en mi tiempo, había un interés más público por estas cosas… Yo di un curso de conferencias en La Habana, allá por los 80s, y recuerdo que el local era poco más contener tales muchedumbres. Se anhelaba más, se respetaba más la obra de la inteligencia”. (“Una conversación con Varona”, en Jorge Luis Martí, El periodismo literario de Jorge Mañach, Editorial Universitaria, Río Piedras, 1977, p.238.) 

Me parece que esta observación es fundamental para entender al Mañach de los años veinte, quien escribe desde la conciencia de que ese público ilustrado que Varona le evoca ya no existe como tal, o está dejando de existir. Yo propongo la idea de que las Estampas registran esa pérdida, pero también se adaptan a ella en su forma misma: son textos breves, fácilmente legibles, sin referencias culteranas ni aparato doctrinal, capaces de circular en la prensa diaria sin renunciar a su carácter literario. 

El Mañach de las Estampas no es ya un letrado, como lo era Varona, sino un literato (es así como él mismo se define en Glosario). En mi lectura, las Estampas no prolongan ni el modernismo ni el costumbrismo, que son los dos movimientos a que la crítica las ha adscrito, sino que reformulan ambos en función de otro tipo de escritura, que no es el espacio “estético” de los primeros modernistas, pero tampoco el espacio “letrado” de los costumbristas. 

En otras palabras, lo que subyace al proyecto de Mañach no sería tanto el propósito ilustrado de regular moralmente a la sociedad, sino más bien la nostalgia de una literatura que ha de conservar, como en Martí y en Rodó, una función pedagógica.

Fíjate que los distintos géneros “para-literarios” de la República que Mañach cultivó (la conferencia-ensayo, el discurso académico, el elogio, la oratoria parlamentaria, la biografía, la historiografía, en particular ese conato de historia de la literatura cubana que es “Perfil de nuestras letras”, que lamentablemente llega sólo hasta Heredia), todo está vinculado a instituciones que sucumbieron a raíz de 1959, pero que ya antes estaban más o menos obsoletas, en relación con la vanguardia literaria, y a una cierta idea de la literatura que los origenistas intentan superar (y aquí Piñera está del lado de Lezama, contra Mañach) y luego los “jóvenes airados” de Lunes de Revolución.

Pero Piñera terminó escribiendo en el periódico Revolución (él, que en una carta le había reprochado a Baquero, cuando supo de su entrada en el periodismo, que se había convertido en “un Mañach”), Vitier de delegado a la Asamblea Nacional, y Arrufat (uno de los que desde el periódico del 26 de Julio atacaron con saña a Mañach) con un palacete en Prado regalo del gobierno de Raúl Castro. No sorprende que se regrese a Mañach como modelo de virtud cívica y probidad intelectual.

En una conmovedora semblanza que publicó en la revista Encuentro de la cultura cubana en 1998, Mario Parajón (a quien debemos un primer intento inconcluso de Obras completas de Mañach), escribía: “Yo he soñado varias veces que los cubanos jóvenes de los 50 amanecen una mañana con un ejemplar del Examen del quijotismo junto a la cama. Que lo abren, que lo leen, que lo discuten en sus reuniones. Sé lo que ocurre entonces: no se produce lo que se ha producido en las últimas cuatro décadas. Este no es más que un sueño fracasado, pero que alimenta otro aún por venir: que los jóvenes del año 2001 sí lean el Examen del quijotismo” 

Ni los jóvenes del 2001 se leyeron Examen del quijotismo ni los de este 2026 se lo van a leer, pero cabe pensar que el actual trance histórico del país —en que al fin se vislumbra un cambio de régimen, probablemente no a la democracia, pero sí al capitalismo— contribuya en algo a este realce de la figura de Mañach. 

El final del castrismo está creando, incluso más allá de los especialistas, un interés por sus orígenes, y ahí Mañach es una figura clave: participó en la redacción de la Constitución del 40, en la primera edición de La historia me absolverá, en la Revolución del 30… De hecho, uno de los aspectos de él que más me interesan (uno de esos Mañach virtualmente desconocidos de que hablaba yo antes) es su labor en el ABC; fue justo en esos años convulsos del machadato en que escribió Martí, el Apóstol.

¿Has pensado en explorar en términos conceptuales si, además de un préstamo entre Mañach y Carpentier en cuanto a la forma, se da también alguno en cuanto al contenido entre ambos ensayistas? ¿Pudieras abundar en cuanto a la importancia que daba Parajón al Examen del quijotismo? ¿Qué valor das a esta obra dentro de la ensayística cubana y por qué parece una quimera lo que deseaba Parajón?

No. Hay cosas como la evidente influencia de Ortega, pero eso es más bien una comunidad generacional. En “La ciudad de las columnas” lo que Carpentier celebra como el estilo de La Habana —la proliferación incoherente de elementos arquitectónicos en la Habana extramuros — es justo lo que se critica en las Estampas, donde hay más bien una idealización de la Habana Vieja.   

Parajón mencionaba Examen del quijotismo porque en este libro, según él, se ve “cómo [Mañach] no renuncia a ser idealista y cómo descubre que un ideal desconectado de la realidad, imposible de ser llevado a términos concretos, sólo conduce al desastre”. 

Así continúa Parajón: “que los jóvenes del año 2000 sí lean el Examen del quijotismo, sí sepan lo que hay en ese libro, y sí hagan suya la lucidez de Mañach para curarse en salud de los falsos idealismos y descubrir penosamente los idealismos buenos”. Es la idea de que la Revolución fue una especie de locura quijotesca, un noble ideal que llevado a la práctica condujo al desastre. Pero la paradoja aquí sería que el propio autor del libro en cuestión no supo ver a tiempo ese idealismo desconectado de la realidad. 

Los artículos reunidos en La cura que quisimos sorprenden bastante, por lo mucho que demoró Mañach en darse cuenta de lo que estaba pasando en Cuba, de la naturaleza perniciosa de la figura de Fidel Castro. De hecho, de haber muerto un año antes, antes de exiliarse y hacer declaraciones en Bohemia Libre, creo que la obra de Mañach habría sido cooptada en los años sesenta por las instituciones revolucionarias.

Por otro lado, la especie de que la lectura de un libro puede ser tan decisiva es aquella antigua idea decimonónica de que la cultura, la literatura, nos hace mejores personas y mejores ciudadanos. Es una idea que el propio siglo XX se encargó de desmentir, no hablemos ya del XXI. Y me parece significativo que Parajón la reproduzca de manera tan extrema justo en una semblanza de Mañach, porque este representa justamente esa fe humanista en las posibilidades de la cultura y la educación. 

Mañach fue, probablemente, el último intelectual cubano que consiguió llegar, desde el periódico (El PaísDiario de la MarinaAcción), la revista popular (Bohemia), la radio (la Universidad del Aire en sus dos etapas) y la televisión (Ante la prensa), a una audiencia relativamente amplia. Hoy ese lugar lo ocupan los influencers, cuya voz no procede del prestigio de la cultura letrada sino de lo opuesto: la inmediatez y visibilidad de las redes sociales. 

En una carta recogida en “El testamento filosófico de Jorge Mañach” (Miguel Márquez de la Serra, Diario Las Américas, 6 de agosto de 1961), Mañach se quejaba de haber vivido “en larga servidumbre de la palabra efímera”, pero es obvia la diferencia. Aquella palabra efímera remitía siempre a otra más duradera: el folleto, el libro. La autoridad del intelectual procedía todavía de la cultura escrita, aunque se ejerciera a través de los medios de comunicación de masas. Y no es posible imaginarse a Alex Otaola o Amelia Calzadilla recomendando la lectura de ningún libro de Mañach. 

Después de 1959, ocurren dos procesos simultáneos: el espacio público fue monopolizado por el Estado y la comunidad intelectual cubana quedó escindida entre la Isla y el exilio. Dejaron de existir, entonces, las condiciones que hicieron posible la figura intelectual que Mañach encarnó.

En cuanto al valor de Examen del quijotismo, en Mañach o la República escribí que era, “quizás, su ensayo más logrado”. El origen del libro es una conferencia que dio en la Facultad de Filosofía y Letras en 1947, por el centenario de Cervantes. Pero entre la conferencia y el libro, publicado en Buenos Aires en 1950, hay una distancia grande. Se ve que Mañach corrigió cosas, profundizó, investigó; trabajó mucho en este ensayo, que no es solo un “análisis fenomenológico del quijotismo” como actitud vital, sino también una reflexión sobre la España —sublime y ridícula, decadente y espléndida— del Siglo de Oro. 

Yo lo colocaría, junto al libro de Fina García-Marruz sobre Quevedo, y a “Hacia una filosofía, un lenguaje y un arte imperial… (Pensando en el quinto centenario de algo)”, de Manuel Moreno Fraginals, en una trilogía de ensayos cubanos mayores sobre el barroco español. Son, los tres, escritos motivados por centenarios (de Cervantes, de Quevedo, del Descubrimiento), pero que trascienden la meditación coyuntural. 

El ensayo de Mañach tiene fuerza porque tiene algo que decir y tiene finesse porque lo dice muy bien, con elegancia, dando siempre con la palabra justa. El autor demuestra una gran familiaridad con la bibliografía sobre el cervantismo, desde los filósofos (Ortega y Gasset, Unamuno, Ganivet, Madariaga) hasta los filólogos (Menéndez y Pelayo, Américo Castro, Karl Vossler, Helmut Hatzfeld), sin exhibir nunca el esfuerzo, es decir, sin caer en la pedantería, desde ese fundamental buen gusto que caracteriza a toda su prosa. 

Hace años en Cuba se publicó una recopilación de textos sobre El Quijote, que incluyen el Examen del quijotismo. ¿Qué opinas sobre la recuperación en la Isla de la obra de Mañach en estos momentos? Respecto a tu primer acercamiento a Mañach en 2003, ¿cómo sigues percibiendo su obra y qué cambiarías de aquel primer ensayo tuyo?

Seguramente te refieres a Del donoso y grande escrutinio del cervantismo en Cuba, compilación de José Antonio Baujin, Letras Cubanas, 2005. Ese libro vino a rectificar la exclusión a que fue sometido Mañach en Visión cubana de Cervantes, publicado por la misma editorial en 1980. Era parte del “rescate” de Mañach que había comenzado con la reedición de Martí, el Apóstol en la Editorial de Ciencias Sociales en 1990, prologada por Luis Toledo Sande y reseñada por Roberto Fernández Retamar. 

En el prólogo de Mañach o la República paso revista a ese acercamiento a Mañach que se produjo a lo largo de los años noventa, y que era el contexto inmediato de mi libro: el ensayo de Rojas en La gaceta de Cuba (“Jorge Mañach o el desmontaje intelectual de una República”); el de Jorge Luis Arcos en Temas (“Pensamiento y estilo en Jorge Mañach”); el de Jorge Domingo en Revolución y cultura (“Mañach, el vilipendiado”); el volumen que publicó la arquidiócesis de La Habana a raíz del centenario, que incluye un ensayo de Roberto Méndez sobre la polémica con los origenistas; el tomo de Ensayos de Letras Cubanas, prologado por Arcos; el libro de conferencias de Universidad del Aire que se publicó en 2001… En las últimas dos décadas se ha avanzado en ese sentido, sobre todo desde el punto de vista documental: en 2006, en el libro Viaje a los frutos, Ana Cairo reprodujo la introducción de Mañach a la primera edición de La historia me absolverá, así como el artículo “El ángel de Fidel”. 

Además de las compilaciones de Marta Lesmes y Luz Merino Acosta que mencioné arriba, está Martí en Jorge Mañach, de Salvador Arias, Letras Cubanas, 2014. También, ya en el orden de la interpretación y la investigación, el ensayo de Félix Valdés García “Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana” (Temas, oct-dic, 2007), y los libros Más allá del mito. Jorge Mañach y la Revolución Cubana, de Rigoberto Segreo y Margarita Segura, Oriente, Santiago de Cuba, 2012, y Jorge Mañach, el ABC y el proceso revolucionario del 30, de Yusleidy Pérez Sánchez, Editorial de Ciencias Sociales, 2013. Hay hasta un documental: Rara avis. El caso Mañach (Rolando Rosabal Perea, 2008), que se exhibió en la Muestra de Nuevos Realizadores.  

Además, vacas sagradas del oficialismo, como Graziella Pogolotti y Fernández Retamar, que habían sido discípulos de Mañach en la Universidad, escribieron semblanzas suyas. La de Retamar, “Jorge Mañach, el fundador más joven”, leída en la Academia Cubana de la Lengua en 2016, termina con una frase (“Tal obra pertenece al pasado de Cuba, pero a esa zona del pasado que sería torpe rechazar en bloque”, Alternativas de Ariel, Cubaliteraria, 2023, p.47) que encapsula muy bien el espíritu de esa recuperación institucional. La semblanza es insulsa: Retamar no tenía nada que decir. Graziella Pogolotti, a propósito de la salida de Más allá del mito. Jorge Mañach y la Revolución Cubana, escribió un artículo donde afirma que “Mañach solicitó aprovechar su año sabático en un contrato en Río Piedras”, ocultando que fue jubilado forzosamente de su cátedra de filosofía en la Universidad de la Habana.

Otro texto ejemplar del rescate oficialista de Mañach es “El controvertido Jorge Mañach”, de la propia Pogolotti, publicado en 2010. Este artículo epitomiza lo que vienen a ser, en mi opinión, los dos tópicos de esa suerte de indulto a Mañach que abunda en los medios oficiales cubanos. 

Primero, lo de “controvertido”. Ya en los ensayos de Arcos, de los noventa, se afirmaba que Mañach era muy “polémico”. Curiosamente, en lo que se había escrito sobre Mañach, sea en el exilio o antes del 59, no aparecía esa palabra. ¿Es realmente más polémico Mañach que Marinello, Roa, Baquero, Lezama o Vitier? Yo diría que no. 

De hecho, leído hoy, Mañach puede parecer extraordinariamente moderado. Muchas de sus ideas sobre la fragilidad institucional cubana, o sobre la necesidad, en un medio tan provinciano como este, de una cultura cívica y una crítica rigurosa, resultan bastante razonables. Mucho más polémico me parece atribuir el éxodo del 94 a una falta de lectura de Martí, como hizo Vitier, o firmar una carta justificando la pena de muerte para unos jóvenes que en su intento de secuestrar una embarcación para irse del país no hirieron a nadie, como también hizo Vitier. 

Mañach fue, indudablemente, un polemista incansable: discutió con casi todo el mundo, desde los comunistas hasta los batistianos, pasando por los ortodoxos. Pero una cosa es ser polémico en el sentido de participar en controversias públicas, y otra muy distinta tener ideas que resulten especialmente escandalosas o extremas. La insistencia en el carácter “polémico” de Mañach responde, sobre todo, al afán de marcar distancia respecto de un intelectual republicano que terminó enfrentándose al castrismo. Era una forma de advertir: “nos pertenece, vale la pena leerlo, pero no olvidemos sus limitaciones”. 

Esa recuperación de Mañach viene a ser una especie de salvoconducto; autoriza la lectura del clásico, pero solo después de distanciarse de sus posiciones políticas. Marta Lesmes, por ejemplo, escribe: “Durante su actividad pública y su quehacer intelectual, no siempre mostró Jorge Mañach coherencia en sus ideas, pero sí lo animó sistemáticamente una voluntad esencial de probidad que rigió siempre su conducta cívica. Con el convencimiento de la utilidad de la honestidad y del libre ejercicio del criterio, provocó y participó del debate epocal, a veces en defensa de tesis que no fueron las más certeras, pero dejó una estela de inquietudes y cuestionamientos, y aun cuando hoy no nos convenzan del todo o hayan perdido parte de su vigencia, sus argumentaciones no carecen de suficiente interés para la relectura del ciclo cerrado de nuestra historia republicana” (p.8).

Curiosamente, este tipo de señalamientos vienen a coincidir con algunos de los que, desde el otro extremo del espectro político, hizo Baquero, quien señalaba las “constantes transigencias y debilidades de Mañach en materia de política” (p.247). Baquero habla de “la tragedia de la inteligencia en la América Hispana”; Pogolotti del “drama del intelectual en el contexto de la República neocolonial”. Este nuevo cliché viene a ser, de algún modo, una variación marxista de la idea central de Baquero, que apuntaba al “desajuste perpetuo” entre hombres eximios y un medio irremediablemente degradado, el insalvable abismo entre la luz de la inteligencia y la oscuridad de las bárbaras masas. 

Si este señalaba el origen del supuesto drama de Mañach en las fallas del pueblo, acentuadas por el efecto nocivo de la Enmienda Platt sobre la conciencia nacional (Baquero da mucho peso al “trauma de 1898” en su interpretación del medio republicano), Pogolotti sitúa esa carencia en la burguesía. Afirma: “Se percató Mañach de las consecuencias nefastas, en lo político y en lo económico, del plattismo (Enmienda Platt). No llegó a desentrañar la naturaleza real del imperialismo, por lo que no llegó a entender que su proyecto intelectual operaba en el vacío. Carecía del sustento de una burguesía nacional, ahogada por la dependencia neocolonial”. 

Es, básicamente, la misma tesis de Arcos de que Mañach era, o más bien “quiso ser el ideólogo de una burguesía nacional inexistente en Cuba”. La idea de que Mañach expresa los intereses o la ideología de la burguesía aparece, en germen o de forma explícita, en la crítica marxista cubana de los años treinta y cuarenta, en Martínez Villena y Raúl Roa, pero, sobre todo, en José Antonio Portuondo, cuya lectura, extremadamente reduccionista, tuvo una enorme influencia después de 1959, y subyace a parte de ese rescate de Mañach iniciado en los noventa, que ya estaba anunciado en un ensayo de 1963, donde leemos: “Tuvo momentos muy altos dentro del minorismo y esto, pese a su actitud final, nadie nos lo podrá robar; esto pertenece a nuestra herencia cultural, pese a quien pese”. (“Mella y los intelectuales”, Crítica de la época y otros ensayos, Universidad Central de las Villas, 1965, p.104.)

Y, como en el otro cliché del “polémico Mañach”, en esta del Mañach “ideólogo de la burguesía inexistente (o dependiente)”, hay una cierta paradoja. Si la burguesía nacional era inexistente, ¿cómo pudo Mañach convertirse en una figura tan influyente durante tres décadas? Es obvio que esta reformulación tardía de la interpretación marxista de la historia cubana proyecta retrospectivamente sobre Mañach una burda teleología. Como la Revolución de 1959 triunfó y la República fracasó, entonces los intelectuales republicanos no marxistas pasan a ser representantes de un proyecto condenado de antemano (a menos que, como los origenistas buenos, sobre todo Vitier, lograran contribuir desde la imagenal renacimiento revolucionario y luego se convirtieran al credo castrista.)

Y es justo este horizonte (el de la República fracasada y la Revolución triunfante, o al menos resistente, vigente) que todavía prevalecía, inevitablemente, en los medios cubanos de los años noventa y facilitó ese rescate de Mañach, el que se desvanece ahora mismo. Esto es, el pasado de Cuba no es ya Mañach, sino Retamar (quiero decir, Retamar como emblema, lo que representa Retamar). 

Hay, así, no solo en el exilio un renovado interés en Mañach; también lo hay en el oficialismo. El año pasado, en el CanalCaribe entrevistaron a un profesor de la Facultad de Filosofía para hablar de Mañach, y ahí, además de volver a oír todos los clichés del rescate nacionalista de Mañach, nos enteramos de que el 25 de junio de 2025 recibió “merecido homenaje en su tierra natal Sagua La Grande”. 

En el sitio del MINREX encontramos un post de 2024 donde se rescata su gestión como Secretario de Estado. Y en el sitio de la UPEC salió, ese mismo año, un artículo donde se celebra, “más allá de las diferencias políticas que lo alejaron de Cuba”, la obra de Mañach. Este artículo, aunque brevísimo, evidencia cómo se van ampliando los límites de lo que se puede y conviene decir: “concluyó su etapa como profesor universitario. Hoy casi desconocido, vale desentrañar y darle su justo lugar como periodista crítico de la realidad de Cuba prerrevolucionaria a quien escribió el prólogo de la edición clandestina de La Historia me absolverá, y asumió el rol de editor del texto que Haydée Santamaría y Melba Hernández recibían de Fidel Castro, desde el Presidio Modelo de Isla de Pinos”. 

Esa Cuba, donde todavía no se puede criticar al Comandante en Jefe pero ya se puede decir “Fidel Castro” (la que adopta el lenguaje y hasta los símbolos de la antes repudiada burguesía, la misma que trasladó las sesiones de su Asamblea Nacional para el Capitolio recién restaurado, allí donde el distinguido senador pronunciara en 1941 su solemne discurso “El pensamiento político y social de José Martí”), también reclama su Mañach. 

Pero lo mejor viene, como siempre, desde fuera del oficialismo: el mismo año en que Retamar leyó su insípida semblanza en la Academia Cubana de la Lengua, Rafael Almanza publicó en la revista independiente camagüeyana La hora de Cubaun texto extraordinario: “Jorge Mañach, presente”.

En cuanto a tu otra pregunta, hay que insistir en que, de todos los escritores cubanos canónicos, Mañach es el que tiene una obra más dispersa e inaccesible; buena parte de la misma son artículos y folletos, muchos de los cuales siguen aún sin reeditarse. Mi percepción de Mañach ha ido cambiando a medida que he ido conociendo más esa obra y su contexto, que es la historia de Cuba entre el gobierno de Alfredo Zayas y la llegada al poder de Fidel Castro. 

En 2002 no solo conocía yo muy poco de lo que no había sido recogido en libros, sino que hubo algunos libros de Mañach que no pude leer. Uno en particular: Visitas españolas: lugares, personas, que me parece fundamental para entender mejor el vínculo tan fuerte que tenía con España. Otro libro que ha cambiado un poco mi percepción de Mañach es la compilación de sus relatos y capítulos de novelas. Yo esperaba que fueran malos y resulta que no: Mañach tenía madera de narrador. 

Pero la clave, para mí, no está ahí, sino en algo que en su semblanza Parajón destacó muy bien: “Liberal de nacimiento, eligió la mejor tradición que la cultura occidental conoce, la ilustrada, para que no hubiera decisión suya que no fuera razonable. Hablar con Jorge Mañach era asistir al espectáculo maravilloso de un hombre que piensa en voz alta y que se siente obligado a justificar todo lo que dice”. 

Ese es el verdadero tesoro de Mañach: una prosa gobernada por el rigor, no solo en su elaboración formal, sino en la disciplina del pensamiento. Ninguna afirmación parece dispensada de justificarse; ninguna idea renuncia a dar razón de sí misma. Los llamados de Mañach, desde sus primeros artículos en la prensa cubana, en favor de lo que llamaba “la impunidad de la crítica” y de la práctica de la “buena fe”, en un medio tan provinciano y dado al fulanismo como el cubano, son hoy más vigentes que nunca.  

¿Qué cambiaría de aquel libro? Mucho, desde luego. Creo que en algún momento reproduje el lugar común del Mañach “polémico”. Aunque yo estaba consciente de que no quería sumarme a ese rescate cínico, patrimonial, de las figuras del exilio antes condenadas al olvido, el libro inevitablemente participa de ese contexto, y no escapa a otras muchas limitaciones. 

Algo que definitivamente cambiaría es mi visión de la controversia con los origenistas; yo reproduzco bastante lo que Almanza llama “la interpretación corriente de su conocida polémica con Mañach del año 1949, según la cual Lezama es santo, y Mañach, un energúmeno”, y ahora pienso que las cosas no son tan así. Tras haber leído buena parte de la crítica literaria de Mañach, los ensayos que entre 1935 y 1939 publicó en la Revista Hispánica Moderna, y las entrevistas que les hizo a escritores y críticos españoles en 1957 y 58, reunidas en Visitas españolas: lugares, personas, tengo una visión diferente. 

Además, el irónico “no entiendo” de Mañach ante la poesía de Lezama no era una rareza entre los grandes lectores de su tiempo. Una reacción semejante habría podido encontrarse en un crítico como Alfonso Reyes e incluso en Borges. ¿Quién se atrevería, sin embargo, a acusar a estos de falta de sensibilidad literaria?

Una de las revelaciones de La cura que quisimos es una entrevista donde Mañach expone su visión sobre la política que debía seguirse con Cuba. ¿Hasta qué punto compartes su visión?

Esa es la entrevista de Bohemia Libre que mencioné arriba, en la cual de algún modo Mañach pide disculpas por haber apoyado a Fidel Castro. Apareció el 18 de junio del 61, justo una semana antes de su muerte. Mañach recomendaba entonces la “paciencia activa”, equivocándose de nuevo al pronosticar que por su falta de “raigambre”, la “República Socialista” “caer[ía]”. (p.234). Aquí estamos, sesenta y cinco años después.

“Castro ha montado un régimen de terror que, tarde o temprano, producirá una convulsión profunda y unánime de la consciencia cubana. Hay que esperar a que se madure”, decía Mañach. 

¿Es este, por fin, el momento de la convulsión? Mañach, con razón, culpa al gobierno norteamericano de haber abandonado a los cubanos de la Brigada 2506, y recomienda “conciliar el principio americano de no-intervención con el de protección de la democracia en el hemisferio”. Su posición era inequívoca, como el lenguaje era muy propio de la Guerra Fría, cuando Mañach instaba a Estados Unidos a abandonar la “actitud defensiva” en favor de “formas de acción que extirpen del hemisferio los focos de pestilencia y de contagio, ya se trate de dictaduras de viejo estilo o de injertos comunistas como el de Cuba”. 

Ahora bien, si compartir la visión de Mañach es, ahora mismo, no oponerse a la posibilidad o necesidad de una intervención con el trillado argumento de la soberanía nacional, yo la comparto. Pero es obvio que el contexto actual es muy otro: sea o no esa la salida más deseable para la situación desesperada en que se encuentra el país, no creo que el gobierno norteamericano vaya a intervenir militarmente en la Isla. 

Ahora bien, Mañach daba en esa última entrevista otra recomendación que, creo, sí tiene vigencia en la coyuntura actual: “Este es el momento de unirse todos para la liberación, no de discutir sobre el empleo de la libertad que todavía no se ha conquistado”.

¿Qué piensas de la opinión de Baquero, quien definió a Mañach como conservador pero que por su temor a ser visto como reaccionario lo llevaría a asumir posiciones políticas incongruentes con su espíritu conservador? ¿Hasta qué punto esta pretendida inautenticidad suya oscurece el juicio sobre su obra y posturas políticas?

Me parece que Baquero tergiversa en gran medida el accionar político de Mañach. En este ensayo, que contiene incluso errores factuales (afirma, por ejemplo, a propósito de la revista de avance que los “comunistas definidos”, entre los que estaba Carpentier, “miraban siempre al correcto, al sociable, al ‘académico’ Mañach como un burgués”, cuando lo cierto es que por entonces Carpentier tenía a Mañach en un pedestal), hay una cierta confusión entre conservadurismo político y conservadurismo artístico-literario. 

Baquero presenta, básicamente, a Mañach como alguien con un temperamento ajeno a toda vanguardia, que codirigió la revista de avance porque era la moda del momento. Pero hay que tener en cuenta que el vanguardismo en Cuba, como en el resto de los países latinoamericanos, fue también una forma de nacionalismo, de renovación nacional; esa es la lectura retrospectiva que Mañach hace en su conocido ensayo “El estilo de la revolución”. 

Hay, sí, una cierta escisión entre aquello que yo llamaba, a propósito de las Estampas, “nostalgia de la literatura” y el Mañach promotor del “arte nuevo” en 1927, pero eso no es raro. ¿Qué tiene que ver el Borges del ultraísmo con el Borges posterior, que vuelve a las formas métricas tradicionales y a la rima? Como Borges, Mañach no era inmune al espíritu de los tiempos. 

Según Baquero, “Mañach, pese a todos sus esfuerzos, seguía siendo un admirador de Sánchez Galarraga, de Agustín Acosta y de Leopoldo Romañach”. Un repaso a la crítica literaria y artística de Mañach refuta, o al menos obliga a matizar mucho, esta aseveración. Ahí está, por ejemplo, su reseña de Liberación, de Marinello, donde afirma: “Toda poesía, ha dicho con razón Díaz Canedo, es difícil, arcana”. (“El arcano de cierta poesía” titularía, no por azar, su primer comentario a la poesía origenista.) Y están sus ensayos sobre Amelia Peláez, sobre Lam, sobre Ponce, sobre Picasso, sobre Valéry. 

Si tal conservadurismo artístico es relativo, más lo es el supuesto conservadurismo político que Baquero deriva de aquel. El Mañach político es, por cierto, otro de esos Mañach desconocidos, que hay que investigar más (la semblanza de Octavio Costa en Cubanos de acción y pensamiento contiene algunas pistas que habría que rastrear), pero yo no veo esa “falta de carácter que en el orden de lo público tenía Jorge Mañach” que dice Baquero, ni veo que, tras la disolución del ABC en 1947, Mañach, al regresar a la política en lugar de “quedarse en su biblioteca”, haya cedido a una presión exterior. 

Por un lado, aunque esta idea del “sacrificio” de la vocación literaria en favor del servicio público procede del propio Mañach (aparece en su epistolario, en la polémica con Lezama y en otros lugares), en el interesantísimo reportaje “Veinticuatro horas de la vida de Jorge Mañach”, de Alberto Arredondo, publicado en Bohemia el 26 de mayo de 1946, vemos a un Mañach disfrutando de lo lindo de un mitin electoral en Agua Dulce. 

Lo del sacrificio viene a ser como el “fantasma” martiano de Mañach: Baquero interpreta la trayectoria de Mañach bajo la categoría de tragedia, pero aquí hay también una economía del deseo. Mañach no fue simplemente un escritor frustrado por las obligaciones cívicas; encontró en esas supuestas obligaciones una forma de realización. ¿Por qué, pudiendo quedarse en Nueva York de profesor en la Universidad de Columbia, regresó a Cuba en 1939? Allá habría tenido tiempo y tranquilidad para escribir sus libros (eso que dice envidiarle un poco a Reyes), pero acá podría ser delegado en una asamblea constituyente, representar a sus conciudadanos en el Congreso (esta campaña para la Cámara por la provincia de La Habana en 1946 la perdió, pero la del 40, para el Senado por Oriente, la ganó), conducir un programa de televisión y ser reconocido en la calle por algún lector. 

En ese reportaje de Bohemia, Mañach cuenta, por cierto, que en una de sus habituales caminatas junto al muro del Malecón (vivía todavía en Campanario 254, en una tercera planta, en la casa natal de Margot Baños, a donde se había mudado tras su boda en 1928), una vez lo abordó un transeúnte. “‘Ahora que usted no está trabajando, doctor…’ Yo lo interrumpí rápidamente: ¿Y quién le dijo a usted que no estoy trabajando? Estoy pensando mi artículo de mañana, y de eso vivo”.

El servicio público no fue únicamente para Mañach una renuncia a la literatura: fue también una fuente de reconocimiento, una manera de ocupar el centro de la vida nacional. ¿Era su vocación escribir libros, o asumir la tarea ingente de darle forma y fundamento a una nación inmadura? El “fantasma” sería: “yo, de vocación escritor, renuncio a hacer mi obra literaria para servir como conciencia ordenadora de la nación”

Pero esa renuncia, de la que darían fe todos los proyectos de libros que dejó inconclusos (las dos novelas, la Historia de la Filosofía, etc.), no es pura pérdida: ahí, como mediador entre una Cuba informe y la Ley de la cultura, está el goce. Mañach se convierte en Mañach justamente ocupando el lugar del que educa, modera, corrige, pule; un lugar que solo era posible, para decirlo en palabras de un artículo suyo de 1927 en El País, “en pueblos neófitos como el nuestro, donde todos los valores son nuevos y le falta a la conciencia pública esa intención estimativa que le viene de la tradición y de la cultura circundante”.

Eso por un lado. Por el otro, no hay incoherencia entre redactar el Manifiesto-programa del ABC, que no es un documento conservador, y luego militar en la Ortodoxia; ser Ministro de Estado en 1944, bajo la presidencia constitucional de Fulgencio Batista, y luego oponerse al golpe del 10 de marzo; criticar los efectos nocivos de la Enmienda Platt y aceptar, en su contexto específico, la mediación de Sumner Welles. 

Si se lee el folleto El militarismo en Cuba, se entiende mejor cómo Mañach pudo oponerse a la Pentarquía y al Gobierno de los Cien Días y, al mismo tiempo, convertirse después en uno de los críticos más lúcidos del régimen que surgió de su caída. Mañach no celebra retrospectivamente el desenlace de enero de 1934. Al contrario, sostiene que el militarismo instaurado con el golpe de los sargentos el 4 de septiembre del año anterior acabó frustrando las posibilidades de una normalización republicana. 

Esa preocupación por la supremacía del poder civil es uno de los principios de su pensamiento político, y explica su tenaz oposición a Batista tras el pronunciamiento de Columbia, y su polémica, por cierto, con el propio Baquero en el Diario de la Marina en abril de 1955, a propósito de las críticas de este al Manifiesto del Movimiento de la Nación Cubana

Yo no veo esa trayectoria en la política republicana como la de alguien de temperamento conservador que, por miedo a ser tachado de reaccionario, se montó en el carro de las revoluciones (esta es, grosso modo, la tesis de Baquero), sino como la de un hombre de centroizquierda, si no ateo, ajeno a toda confesionalidad, reformista, que sintió en la década del 20, como tantos intelectuales de entonces, la seducción del ideario comunista y, percibiendo lo pernicioso de esa ideología, la denunció enérgicamente, sin por ello oponerse a medidas progresistas como la extensión de derechos a los trabajadores o a las mujeres, como no se opusieron a ellas (más bien lo contrario) Orwell o Camus. Si hubiera que traducir hoy su posición al lenguaje político contemporáneo, Mañach estaría probablemente más cerca de la socialdemocracia que del conservadurismo.  

Ahora bien, si en toda política (que es una actividad donde hay que hacer concesiones, compromisos) hay algo de corrupción, en la política cubana de la República, que era extremadamente corrupta, era difícil participar sin mancharse, o sin decepcionarse mucho. Pero hay grados, y aquí es donde, me parece, la lectura de la supuesta “tragedia de Mañach” que hace Baquero resulta reveladora, no ya de la trayectoria de Mañach sino de la del propio Baquero. 

Quiero decir, esta interpretación determinista, a toro pasado, de la acción política de Mañach, termina proporcionando a Baquero una coartada intelectual para su propio apoyo al general Batista (un apoyo nunca acrítico, pero que incluyó su pertenencia al Consejo Consultivo entre 1952 y 1955). Si Cuba, como las repúblicas hispanoamericanas, estaba ya en un “trágico callejón sin salida”, imposibilitada para la democracia, entonces la colaboración con el dictador queda intelectualmente justificada. Si el afán de Mañach por “educar al soberano” era fútil, en tanto el pueblo (imprevisible, manipulable, incapaz de gobernarse a sí mismo), no puede, en principio, ser educado, aconsejar al gobierno de facto es perfectamente legítimo. Baquero se aproxima, por otra vía, al Lamar Schweyer de Biología de la democracia

La visión dicotómica de Baquero (conservador vs. revolucionario, derecha vs. izquierda), en mi criterio falsea la realidad; es preferible una división tripartita: si Baquero parece suscribir la visión propiamente reaccionaria, no ya del pueblo cubano sino de la naturaleza humana, que conduce, como en De Maistre y Donoso Cortés, a la negación de la soberanía popular, a la política antidemocrática, mientras, en las antípodas, la izquierda radical, heredera del jacobinismo, afirma absolutamente la perfectibilidad humana, Mañach se sitúa más bien en la gran tradición humanista que arranca en el Renacimiento y desemboca en el liberalismo moderno, la cual afirma, desde Marsilio Ficino y Pico de la Mirandola, la naturaleza medianera del hombre, equidistante de las bestias y los ángeles, capaz del mal pero también del bien. Frente al pesimismo de Baquero, Mañach se nos aparece como un optimista, pero no es el optimismo utópico de la izquierda radical, sino uno digamos escéptico, moderado, razonable.

Ahora bien, el ensayo de Baquero (que es, con todo, una de las piezas fundamentales que se han escrito sobre Mañach; nunca se ponderará bastante el mérito de Baquero, quien, desde los orígenes humildes que tenía, llegó a ser uno de los grandes periodistas cubanos y uno de los grandes poetas cubanos) contiene una observación en la que conviene detenerse. Al interpretar a Mañach como “un símbolo encarnado, una expresión viva de la desorientación general, de la inseguridad, de la sorpresa con que Cuba recibió, no la noticia de una revolución, sino el sesgo inesperado, ruptor, antihistórico, que daban a la revolución sus secuestradores”, él señala un hecho que a veces se pasa por alto. Cuando se piensa en el 59 y el 60, se suele evocar el entusiasmo, la “ilusión lírica” de enero; Baquero nos recuerda cuánto de incertidumbre, de indecisión, de inseguridad y de perplejidad hubo después, y cómo Castro aprovechó con astucia ese clima para consolidarse en el poder. 

El ensayo termina, paradójicamente, elevando a Mañach a la categoría de figura salvífica. El mártir resulta casi santificado, en un apasionado alegato sobre la actualidad de Mañach: si este fue el continuador de la gran tradición del siglo XIX, o, como el propio Baquero había escrito en un texto anterior, “un eslabón firmísimo, aunque martillado por golpes que ellos, los fundadores, no conocieron”(“Palabras sobre Jorge Mañach”, Diario de la Marina, 21 de abril de 1949), si “existe un continuo histórico, una entidad cultural, económica, política, moral, que se llama Cuba”, para preservar ese continuo la obra de Mañach resulta impostergable. Justo porque, siempre en un medio extremadamente hostil, representó “una luz tercamente negada a desaparecer”, “cuando más útil puede ser, tiene que ser, Jorge Mañach”, es tras los gravísimos sucesos que ocurrieron entre 1959 y 1961. 

Comprendiendo el castrismo casi como una plaga bíblica, Baquero planteaba la necesidad de una “reconquista de la patria”, sobre todo en el orden espiritual: “Cuba solo puede salvarse apelando a sus raíces, a todos sus recursos ideológicos y morales, legendarios e históricos”. 

Pero me pregunto, aceptando por un momento su planteamiento, si ese continuo histórico que en 1962 le parecía al poeta tan amenazado no está ya, tras casi siete décadas de dictadura, definitivamente quebrado, perdido el legado de los próceres; si el país para el que escribieron Mañach y Baquero sigue existiendo. De ser así, no volveríamos a Mañach para reconquistar nada, sino para comprender mejor qué fue aquella Cuba y cómo pudo perderse. 

Al margen del interesado rescate institucional, pero también de la función reparadora que, en el desvelo de un exilio empeñado en remediar “el mal de Cuba”, Baquero y Parajón le conceden, la obra de Mañach permanece como uno de los testimonios más altos de la República y, por ello mismo, imprescindible para seguir indagando las razones o sinrazones de su naufragio.







Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.