Momento para los cambios radicales

En tanto la crisis de la nación cubana empeora hasta límites que hasta hace pocos años habrían parecido inconcebibles, somos muchos los que nos preguntamos por qué el régimen comunista no acaba de reconocer su fracaso y procede —para la salvación de todos— a desmontar un modelo de Estado que ha probado sobradamente su inviabilidad. 

¿Son los comunistas cubanos más ideológicamente puros que los altos cuadros de la Unión Soviética y Europa Oriental, con Mijaíl Gorbachov a la cabeza, que admitieron hace casi cuatro décadas que el sistema marxista-leninista es un fiasco sin justificación y sin futuro?

Como cubano, siento una invencible repugnancia por esa mafia crapulosa que, contra toda lógica, aún manda en mi país y a quien se debe la ruina y el envilecimiento masivo de nuestra gente. ¿Es que no tienen ni pizca de vergüenza? La pregunta es retórica. Obvio es que no la tienen. Carecen en absoluto de decoro, ese ingrediente que José Martí tenía por esencial para la convivencia civilizada. En presencia del total naufragio de la nación, se muestran incapaces de reconocer su responsabilidad y persisten, por el contrario, en culpar a terceros, particularmente al gobierno de Estados Unidos. ¿Hasta cuándo funcionará esta farsa?

Es muy difícil de pronosticar, salvo que —necesariamente— ha de llegar el momento en que termine y, mientras más se demore ese fin, tanto mayor será el monto de sufrimiento y frustración que pese sobre los cubanos, como mayor será la cólera y la sed de venganza de ese pueblo contra sus opresores. Dicho de otra manera, el tiempo de maniobra para llegar a soluciones negociadas se reduce vertiginosamente para solo dejarle lugar a un único expediente: la violencia. 

El movimiento revolucionario que se inició el 26 de julio de 1953 con el chapucero y criminal asalto a una fortaleza del Estado se aferra a un relato fraudulento que, de no ser propia y cuerdamente deconstruido, terminará de la misma sangrienta manera en que empezó, aunque potenciado con estruendo. El liderazgo de ese despotismo espurio tiene tan solo dos salidas: devolverle sus libertades al pueblo de Cuba, o el patíbulo. Hasta ahora parecería que se inclinan a elegir lo segundo.

Llama la atención que la izquierda de las grandes democracias del mundo siga respaldando, en alguna medida, la supervivencia de la tiranía cubana (igual que simpatiza con el régimen venezolano o con la oprobiosa teocracia iraní). La felicidad de otros pueblos poco le importa, solo le motiva su animadversión hacia Estados Unidos que —pese a todos los defectos que puedan apuntársele— es el líder de la democracia a escala planetaria. 

Esta inclinación natural de la izquierda, que hereda de la Guerra Fría, es una franca contradicción. La opresión es nefasta, no importa en nombre de cuál ideología se ejerza. Desde luego, el comunismo es la peor de todas, porque al crimen suma la ineptitud.

Si los mandantes de la mafia cubana tuvieran, además de decoro, un poco de sentido común y de instinto de supervivencia personal, cederían a las presiones de Washington para echar por la borda un sistema que ha demostrado sobradamente su inoperancia y hasta podrían —como interlocutores— conservar una cierta tajada de poder. La soberbia, que los obnubila y los lleva a embriagarse de su propio discurso, los incapacita para un diálogo serio y radical. Creen que pueden seguir sobreviviendo indefinidamente como adversarios de Estados Unidos a sus propias puertas, sin advertir que ese tiempo ya se acabó y que el gigante enojado podría impacientarse y llegar a barrerlos de un papirotazo.

La humana estupidez es siempre lamentable. Nicolás Maduro creyó que el presidente Trump solo alardeaba y, por esa creencia, hace más de seis meses que duerme en la celda de una cárcel de Brooklyn. El fin de la dirigencia cubana podría ser muchísimo más dramático si no cobran conciencia de que el momento de hacer los cambios radicales es ahora.






Diario de la invasión (IX)

Por Orlando Luis Pardo Lazo

Los 250 años de Estados Unidos eran equivalentes a los cero años que los cubanos hemos vivido en democracia.