En el mes de mayo
Mi única conciencia real del Kentucky Derby, mientras crecía al otro lado del río, frente a Louisville, consistía en reparar en el nuevo vaso conmemorativo que aparecía cada mes de mayo en la alacena y que, casi siempre por culpa mía, acababa cayéndose y rompiéndose antes de que llegara el siguiente. Aunque mi padre asistió a la carrera todos los años durante más de una década, llevando de vez en cuando a mi hermano mayor con él, nunca me habló de ella, salvo para preguntarme, cuando tuve edad suficiente, por qué caballo quería que apostara mis dos dólares de rigor. Su postura, en general, era que hablar del trabajo equivalía a estar trabajando, y de eso ya había bastante.
Un periodista deportivo acaba acostumbrándose a que la gente se le acerque en un restaurante o en una reunión de padres del colegio para discutirle algo que escribió en una columna o dijo en un programa de radio. Y mi padre era sensible a la menor crítica —en realidad, a la menor mención— de lo que escribía, casi hasta el extremo de encogerse físicamente, algo que quizá tenía que ver con el hecho de haber llegado a ese oficio por el camino inverso. A diferencia del periodista deportivo típico, cuya pasión es el deporte y que, además, sabe hilvanar una frase, la ambición de mi padre había sido escribir —poesía, nada menos—, y el deporte era simplemente lo que conocía; de modo que terminó ganándose la vida con ello un poco por accidente. Cuando el semanario alternativo de Columbus, Ohio —adonde nos mudamos cuando yo tenía doce años para que él aceptara un puesto en el Columbus Dispatch— empezó a publicar una sección fija titulada “The Sully”, en la que cada semana elegían y desarrollaban la frase que consideraban más extravagante de las que mi padre había escrito durante los siete días anteriores (por ejemplo: “‘La segunda base sigue siendo un terreno indefinido que todavía no hemos conseguido abarcar’, dijo John Hart, director general de los Indians, sonando exactamente como un hombre al que están a punto de arrancarle la cara de un mordisco”), nos sorprendió lo dolorosa que fue su reacción. Para cualquier otra persona habría resultado evidente el elogio que se escondía detrás de la broma; él, en cambio, no consentía que aquel periódico entrara en casa.
Hace dos años, en mayo, estuve sentado con él en su habitación del Hospital Metodista Riverside, en Columbus. Se estaba recuperando de lo que debía haber sido una operación de quíntuple bypass, pero que, cuando el cirujano vio realmente su corazón, terminó convirtiéndose en un séxtuple bypass. Durante el año anterior ya había pasado por la operación del aneurisma y, después, por otra intervención —sin éxito— para reparar la hernia provocada por aquella primera cirugía. “Mi sucesión de achaques”, me escribió en una carta, “ha terminado por enfrentarme, al fin, con bruscas intuiciones de la mortalidad”. Por lo demás, la escena no tenía nada de lúgubre. La última operación había salido bien y parecía encontrarse mucho mejor de lo que tenía derecho a esperar. El sedante, cuyos efectos empezaban a desaparecer, y, supongo, veinticuatro horas sin fumar lo tenían algo irritable, pero estaba contento de hablar, y eso hicimos, en susurros, porque el anciano con quien compartía habitación aquella noche ya se había quedado dormido.
Le pedí que me contara qué recordaba de todos aquellos años escribiendo sobre deporte. Había visto cosas extraordinarias: a Michael Jordan en Carolina del Norte, a un John McEnroe adolescente, a Bear Bryant, a la Big Red Machine de Cincinnati.
Esto fue lo que me dijo:
—Estuve en el Derby de Secretariat, en el 73, el año antes de que nacieras; creo que ni siquiera te habían concebido todavía. Aquello fue… pura belleza, ¿sabes? Salió desde el último lugar, que era lo que solía hacer. Yo estaba cubriendo al caballo que terminó segundo, Sham. Al llegar a la última curva parecía que la carrera era suya. Lo que tienes que entender es que Sham era rapidísimo, un caballo precioso. En cualquier otro año habría ganado la Triple Corona. Y sencillamente no parecía posible que pudiera existir un caballo más rápido. Todo el mundo lo estaba mirando a él. La carrera estaba, más o menos, terminada. Y, de pronto, hubo una especie de… no sé, como una alteración en el rabillo del ojo, en la visión periférica. Y antes de que alcanzaras a distinguir qué era, allí venía Secretariat. Y un instante después ya había dejado atrás a Sham. Nadie había visto nunca correr así a un caballo; muchos de los viejos decían exactamente lo mismo. Era como si fuera otro animal.
Anoté aquellas palabras al volver al apartamento de mi padre, donde mi hermana menor y yo íbamos a pasar la noche. Vivió dos meses más, pero aquella fue la última vez que lo vi con vida. Un año después fui a la Biblioteca Pública de Nueva York y busqué los artículos que había escrito para el Courier-Journal (entonces el Courier-Journal & Times) aquel primer sábado de mayo de 1973. Había dos firmados por “Mike Sullivan, Staff Writer”: uno, el puramente informativo, sobre Sham; y otro, más extraño, perdido en las páginas interiores de la sección, que quizá algún día interese a los estudiosos del periodismo, aunque solo sea porque muestra hasta qué punto el Nuevo Periodismo había penetrado en la prensa provincial a comienzos de los años setenta.
En él, mi padre cuenta cómo vagaba por Churchill Downs la mañana del Derby, buscando algo sobre lo que escribir. A mitad del artículo aparece “The Kid”, “de extremidades largas… vestido con unos vaqueros viejos y unas zapatillas deportivas… se parecía mucho a un mozo de cuadra o a un ayudante de establo”. Mi padre siempre iba al Derby con un traje blanco de lino, a la manera de su gran héroe, Mark Twain (aunque su colega y amigo, el célebre cronista hípico Billy Reed, escribió una vez que parecía más bien “un coronel Sanders trastornado”, un aspecto que imagino debía de hacerlo bastante accesible para cualquier hippie despistado).
The Kid le confiesa a mi padre que se ha colado sin entrada y que intenta conseguir un autógrafo del jockey Laffit Pincay para un “colega” suyo de Michigan. Sigue un diálogo extraño, muy de finales de los sesenta. Mi padre le aconseja que abandone su plan de hacerse pasar por un mozo de cuadra —podrían descubrirlo— y que, en cambio, “se abra paso hasta la valla del pasillo de salida cuando termine la carrera” para intentar conseguir allí el autógrafo. Quedan en encontrarse después del Derby.
“Entonces me diría si había conseguido el autógrafo…”.
Fue la frase siguiente, y última, la que por alguna razón me pareció extraña y, al mismo tiempo, extrañamente conmovedora cuando me la encontré allí, entre el zumbido y la luz mortecina del lector de microfilmes.
Decía así:
“Si The Kid fracasó en su misión, esta historia termina aquí”.
Entre los añales
Todos los caballos cumplen un año el primero de enero siguiente a su nacimiento, ya que el Año Nuevo coincide, más o menos, con la aparición de la nueva camada. Como la temporada de cubrición va de febrero a junio y la yegua gesta durante once meses, un caballo puede tener entre siete y doce meses cuando pasa a ser oficialmente un añal. Eso significa que los animales puestos a la venta en Keeneland, en Lexington (Kentucky), en septiembre de aquel año tenían entre dieciséis y veintiún meses de edad. Quizá sea entonces cuando los pura sangre alcanzan su mayor belleza. Ya han dejado atrás la rigidez torpe y las rodillas desproporcionadas de los potrillos, y sus músculos empiezan a desarrollarse, ondulando suavemente bajo el pelo como olas vistas desde lo alto.
Había programada una subasta de dos días, el 10 y el 11 de septiembre. Llegué la mañana del día 10. Hacía un tiempo espléndido: el bajo techo de nubes grises tan característico del centro de Kentucky había dado paso a un cielo de un azul intenso salpicado de pequeñas nubes blancas. En la entrada me entregaron mi hip book, el catálogo en el que aparecen todos los potros y potrancas —todavía sin nombre, identificados únicamente por el número que llevan sujeto a la grupa— junto con el nombre de sus consignadores o propietarios. El libro incluye además extensos pedigríes, de una página cada uno, en los que se detalla el dinero ganado en premios por el padre y la madre de cada animal. En la parte superior de cada página figura un árbol genealógico de tres generaciones. Casi todo el mundo lleva el catálogo en la mano, consultándolo y haciendo anotaciones en los márgenes. Es una especie de libreto para una de las representaciones más insólitas de Estados Unidos.
El proceso por el que cada caballo llega hasta el martillo del subastador comienza la semana anterior, cuando entrenadores, propietarios y otros compradores realmente interesados se reúnen en las cuadras de Keeneland, donde los potros permanecen expuestos. Cada animal es sometido a un exhaustivo reconocimiento veterinario, cuyos resultados se proyectan en un circuito cerrado de televisión justo antes de que entre en la subasta. A los posibles compradores se les informa si el caballo tiene el vicio de morder las vallas (cribber), lo que puede provocar problemas gastrointestinales, o si es un potro con problemas de descenso testicular (ridgling), categoría que comprende tanto a los monórquidos como a los criptórquidos, es decir, potros con uno o con ambos testículos sin descender, respectivamente. Los entrenadores los examinan de arriba abajo, investigan aún más a fondo sus pedigríes —para eso hay una biblioteca en el recinto— y los observan correr un poco. La mayor parte de las decisiones importantes —por qué caballos pujar y hasta cuánto dinero estar dispuesto a ofrecer por ellos— se toman mucho antes de que empiece la subasta pública.
La subasta en sí es una cuestión de nervios para quienes están a punto de desembolsar una fortuna y de espectáculo para quienes solo han venido a mirar. Los caballos son conducidos, uno tras otro, por un recorrido sinuoso desde las cuadras hasta el estrado. Primero avanzan al aire libre; después entran lentamente —siempre lentamente— en el paddock; de allí pasan a un corral cubierto y alargado, deteniéndose en varios puntos del recorrido para que los entrenadores, tensos por estar a punto de jugarse millones de dólares ajenos, puedan echarles un último vistazo. Durante todo el trayecto los mozos no dejan de cepillarlos, peinarles las crines y susurrarles para tranquilizarlos, haciendo cuanto está en su mano para que parezcan magníficos y de temperamento apacible. La cantidad de dinero que puede perderse por un movimiento brusco e inesperado —capaz de poner nervioso al caballo y hacer que, delante de los compradores, parezca demasiado fogoso— es sencillamente absurda. La gente se inclina sobre las barandillas para verlos pasar. Los más llamativos entre el público son los árabes, que se desplazan acompañados de séquitos de guardaespaldas y asistentes de gesto imperturbable. Algunos caballos advierten toda esa atención y tiran de la brida, como si les molestara. Los entrenadores más prestigiosos a veces entran en el corral junto a un animal que ha despertado su interés. Permanecen allí de pie, con los brazos cruzados y mordiéndose el labio, mientras recorren deliberadamente con la vista el cuerpo del caballo, examinando cada ángulo y cada tendón en un intento de calcular el valor de un corredor que aún no ha disputado una sola carrera.
Desde el corral, los caballos pasan a una especie de bastidores, la última parada antes de salir a subasta. Es entonces cuando quienes tienen intención de pujar por un animal cuyo recorrido han seguido se dirigen al anfiteatro donde espera el subastador. Cada vez que se anuncia un número de lote, una puerta de madera de unos siete metros y medio de altura, semejante a la entrada de un castillo medieval, se abre de par en par. Un mozo distinto, vestido con una elegante chaqueta verde y pantalones negros, toma las riendas y conduce al potro hasta el escenario de madera. Después, la puerta vuelve a cerrarse.
El alba
Entre los primeros testimonios conscientes que dejamos de nosotros mismos, en las cuevas prehistóricas de España y Francia, los caballos ya están ahí: encabritados, galopando en estampida. Y todo indica que ya habíamos empezado a ver en ellos algo más que simples animales. Quienes estudian el arte de la Edad de Hielo señalan un hecho paradójico: los caballos constituyen un porcentaje considerable de las figuras pintadas en cuevas donde, sin embargo, apenas aparecen entre los huesos desechados. Incluso existe lo que parece un altar dedicado al caballo, en una cueva del sur de Francia, de hace unos quince mil años: una “figura de arenisca arrodillada”, al parecer una yegua, rodeada de cráneos y adornos con forma de cabeza de caballo. Nuestra fascinación ante su presencia —¿quién no la ha sentido simplemente al encontrarse frente a uno, al otro lado de una cerca?— es tan antigua como cualquier otra cosa que podamos llamar nuestra.
Su historia comenzó hace cincuenta millones de años, en Norteamérica, en lo que hoy son las Grandes Llanuras. Eran los Eohippus, el “caballo del alba”: animales del tamaño de un perro pequeño, con varios dedos rematados en garras. En algún momento del Mioceno, mientras se elevaban los Alpes y los primates comenzaban a diversificarse, encontraron el camino hacia Sudamérica y cruzaron el puente terrestre del estrecho de Bering —en dirección opuesta a la que seguiríamos nosotros mucho después— para colonizar Europa y Asia: manadas de caballos salvajes, sementales dominantes con sus harenes de yeguas, “bandas de solteros” formadas por machos subordinados, desplazándose por las estepas y las llanuras.
Se habían convertido en ungulados, con un solo dedo funcional en cada extremidad. Habían desarrollado esos enormes ojos que parecen seguirte estés donde estés, como los retratos antiguos cuyos ojos nunca dejan de mirarte, y que les permitían vigilar al mismo tiempo la hierba que pastaban y a los depredadores ocultos entre ella. Y se habían vuelto rápidos, más rápidos que cualquier otro animal terrestre salvo los grandes felinos; pero estos solo podían mantener esa velocidad durante unos cientos de metros, mientras que esta criatura era capaz de correr desde la mañana hasta la noche.
Todo el genio de la evolución se había concentrado en modelar el aśva, como lo llamaban los antiguos en sánscrito: ese verbo hecho carne, esa criatura cuyo cuerpo entero parecía desear únicamente correr, desde los enormes ollares, que aspiraban inmensas bocanadas de aire hacia el vasto corazón y los pulmones, hasta sus largos y poderosos cuartos traseros. Cuando galopa, el caballo, en realidad, salta, como una liebre gigantesca.
Entre los añales II
Los asientos del anfiteatro propiamente dicho están reservados para los grandes compradores, pero en cualquier momento hay suficientes de ellos inspeccionando los lotes que vienen a continuación como para que uno pueda deslizarse hasta una de sus butacas y contemplar el espectáculo. El subastador se sienta en lo alto de un enorme estrado, a unos cuatro metros y medio por encima del escenario. Los caballos son tan altos que necesita estar allí arriba para ver por encima de ellos, y esas proporciones absurdas le dan el aspecto de un juez indiferente salido de una novela de Kafka. Utiliza el parloteo frenético y cantarín de las ferias rurales, no el tono grave y monocorde de las subastas de arte. (Hay algo deliciosamente innecesario en ese estilo; cuesta creer que un solo caballo fuera a venderse por un dólar menos si simplemente dijera: “Tengo una oferta de quinientos mil dólares. ¿Alguien ofrece setecientos cincuenta mil?”). La letanía no se interrumpe desde la mañana hasta la tarde, mientras los números de lote se suceden sin pausa: cuando un subastador se cansa, otro ocupa su lugar; cuando un caballo sale por la izquierda del escenario, otro espera ya para entrar por la derecha, un carrusel de todas las combinaciones posibles de negro, castaño, blanco, alazán y tordo.
Junto al subastador, en el estrado, hay dos auxiliares. Él no canta las pujas según lo que ve, sino según lo que ellos le susurran. Ellos, a su vez, observan a los detectores de pujas, hombres apostados al pie de los pasillos que escrutan al público en busca de una ceja que se arquea o un leve chasquido de un bolígrafo, la señal de que alguien ofrece más dinero. Ese anonimato deliberado por parte de los compradores más ricos tiene su utilidad, porque para un postor desconocido hay cierto prestigio en enfrentarse cara a cara con alguno de los grandes nombres de la sala, una especie de juego de poder que puede encarecer muy deprisa las cosas para todos los implicados. Como experimento, me siento en la primera fila y me vuelvo para observar al público, con curiosidad por ver si soy capaz de detectar alguna puja. No consigo descubrir ni una sola. Cuando uno de los detectores identifica a alguien dispuesto a subir la oferta que reclama el subastador (“buscocuatrocientosmilahoracuatrocientosmil…”), gira sobre los talones lanzando un “¡Hyah!” o un “¡Hey!”. Cada uno tiene su propio grito. El auxiliar anota la nueva cifra y se la repite en voz baja al subastador y, de pronto —misteriosamente, porque el primer eslabón de toda la cadena es casi imperceptible—, el precio vuelve a subir.
Mientras tanto, los potros de un año pasean de un lado a otro del escenario; a veces se encabritan, los cascos repiquetean sobre la madera y sus ojos oscuros recorren la sala con una expresión desorbitada, devorando a la multitud como aquella pantera del poema de Rilke. De algún modo resulta mucho más extraño, mucho más inquietante, estar delante de un pura sangre que de una jirafa o de cualquier otro animal exótico cuya principal característica sea precisamente su rareza. La belleza de estos caballos tiene algo de místico. No puedo evitar fijarme en cuánto se parecen, pese a la cola, a unos ciervos gigantes. Cada movimiento de sus extremidades posee una especie de vibración fugaz, de modo que uno parpadea esperando que desaparezcan. Muchos resoplan mientras están siendo vendidos. Otros permanecen en silencio. Aproximadamente uno de cada diez relincha, como si protestara por la insolencia con que lo observan, y ese sonido atraviesa la sala como unas tijeras, por encima de la atropellada cantinela del subastador. Cagan copiosamente y, además del mozo que los conduce, hay sobre el escenario un empleado uniformado que, en cuanto el montón cae al suelo, lo barre con una escoba y lo recoge en una pala.
Esos dos hombres son las únicas personas negras que veo en toda la subasta, algo que me avergüenza reconocer que tengo que recordarme a mí mismo, después de haber pasado demasiado tiempo en el Sur como para que me llame ya la atención. Resulta sobrecogedor —aunque quizá no del todo justo— pensar que, si uno siguiera hacia atrás la genealogía del oficio del hombre sentado en lo alto del estrado, el subastador de Keeneland, acabaría llegando a un tal Jerry Delph, a quien se considera el modelo del tratante de esclavos de La cabaña del tío Tom. Delph vendía seres humanos y caballos desde el mismo estrado de subastas, en el barrio de Cheapside, en Lexington, un lugar que, según el historiador oficioso del estado, Thomas D. Clark, “sigue contaminado por las indignidades que allí se cometieron contra la humanidad”.
Hay algo impresionante en contemplar a estos animales devolviendo la mirada a toda esa realeza árabe y aristocracia irlandesa, a los multimillonarios japoneses, al viejo dinero del Sur y a los recién llegados de la Nueva Economía que buscan un pasatiempo capaz de aliviar el aburrimiento… y también a ti. Hay una inocencia en estas criaturas; al fin y al cabo, son todavía niños. Pero también es innegable su orgullo. Parecen saber que todo ese despliegue —los cientos de millones que cambian de manos cada año, las multitudes rugiendo, la pompa, las lágrimas— gira en torno a ellos y carecería de sentido sin el poder que poseen. Sin embargo, ese poder es ambiguo, porque ya han aceptado el bocado y la brida. Del mismo modo que ellos son la razón de todo este espectáculo, todo ese dinero reunido en las gradas, toda esa arrogancia, es la razón de su existencia.
Cuando salgo del pabellón veo, en la última fila, a Bob Baffert y al príncipe Ahmed bin Salman bin Abdul Aziz, de Arabia Saudí, rodeados de presentadores de la televisión local y de aficionados. Son el entrenador y el propietario de Thoroughbred Corporation, una cuadra que, en muy pocos años, se ha convertido en una de las operaciones de cría y competición más exitosas del mundo. Baffert lleva el pelo completamente blanco, lo bastante largo como para caerle sobre la frente, y, aun dentro del edificio, luce sus inseparables gafas oscuras (es alérgico al heno y las usa para ocultar el enrojecimiento de los ojos). Bin Salman tiene una cara redonda y afable, el cabello cuidadosamente engominado y un bigote negro. Baffert es el rostro humano más reconocible del mundo de las carreras y Bin Salman, probablemente, su figura más poderosa. Sin embargo, ambos representan exactamente lo contrario del viejo hombre de caballos de Kentucky (Baffert vive en California, comenzó montando modestos caballos quarter horsey, además, está el asunto de su alergia al heno), de modo que en Lexington se les quiere y se les detesta con una intensidad aún mayor que en cualquier otro sitio.
Siguiendo el consejo de Baffert, Bin Salman acaba de ofrecer cerca de cinco millones de dólares por el lote número 203, un alazán bisnieto de Secretariat. Por pura curiosidad intento contar cuántos de los 573 caballos de la subasta llevan sangre de Secretariat, pero me aburro al llegar al centenar: los grandes campeones engendran auténticos ejércitos de descendientes.
Sorprendentemente, la oferta no basta. El jeque Mohammed bin Rashid al Maktoum, ministro de Defensa de los Emiratos Árabes Unidos, se adjudica el caballo por cinco millones y medio. Más tarde le pregunto a Rogers Beasley, director de ventas, si el jeque y el príncipe suelen enzarzarse en una pugna, elevando las pujas únicamente por derrotarse el uno al otro.
—Antes sí —me responde—. Se han vuelto un poco más listos.
No lo dice con pesar: solo aquel día se vendieron caballos por más de sesenta millones de dólares. Bin Salman, sonriendo y encogiéndose de hombros con ese gesto de “¿qué se le va a hacer?” para las cámaras, parece aceptar deportivamente la derrota. Baffert, en cambio, no consigue ocultar su decepción. Tenía muchas ganas de entrenar a ese caballo.
Una mirada impasible
Mi viaje a la subasta de potros de un año, en septiembre, fue apenas la segunda vez que regresaba a Lexington desde que habíamos enterrado allí a mi padre un año antes. La tarde del día doce, cuando ya se había adjudicado el último lote y la mayoría de los compradores iban camino del aeropuerto, salí de Keeneland bajo un cielo violeta, casi radiactivo, en el que ya se adivinaba el primer matiz del otoño. Pasé junto a un hombre flaco, calvo y sin camisa que caminaba distraídamente por el borde de la carretera, agitando sin entusiasmo una bandera estadounidense. El coche apuntaba hacia la casa de mi abuela, donde me alojaba, pero, en el último momento, giré hacia el cementerio.
La tumba de mi padre está en Calvary, un cementerio católico situado justo enfrente del Lexington Cemetery, que, casualmente, ocupa el lugar donde estuvo el primer hipódromo de la ciudad y donde están enterrados todos los miembros de la rama episcopaliana de mi familia materna. Los dos cementerios, separados de manera tajante por la carretera, el tráfico y las verjas, me parecieron entonces un resumen bastante exacto de lo opuestos que habían sido mis padres en casi todos los aspectos: él, católico; ella, protestante. Ella, de la vieja Lexington; él, nieto de inmigrantes irlandeses, criado en White Plains, Nueva York, y llegado a Lexington solo en la adolescencia, cuando su padre, supervisor de obras, consiguió trabajo dirigiendo la construcción de una planta de IBM a las afueras de la ciudad. Ella, antigua animadora de un internado; él, antiguo hippie de Memphis (de los hippies más extravagantes, como podrá confirmar cualquiera que sobreviviera a aquella época). Y la lista podría seguir. Sigue siendo un enigma cómo lograron permanecer juntos durante veinte años.
La lápida aún no estaba colocada y la hierba todavía no había cubierto la tierra. No había nadie más. No llevaba flores ni nada que dejar allí y me sentí ligeramente incómodo, como si estuviera entrando donde no me correspondía.
Una de las cosas más difíciles de asumir tras la muerte de mi padre —creo que para muchos de los que lo sobrevivimos— es hasta qué punto el duelo y el luto parecen inadecuados frente a cualquier recuerdo del hombre que fue. Era una persona profundamente divertida, coleccionista y difusor de chistes verdes y de recortes cuidadosamente seleccionados de la página de sucesos sobre crímenes demenciales ocurridos en parques de casas móviles. Había heredado alguna variante de ese humor irlandés oscuro y desenfadado que atraviesa la obra de Synge y de Flann O’Brien, esa capacidad de convertir el peor escenario imaginable, el estallido de ira más feroz, en un chiste que hacía soportable cualquier desgracia. No era una cualidad exenta de inconvenientes, porque la utilizaba para mantener a raya nuestra preocupación por su salud.
Conservo una carta suya, escrita menos de un mes antes de morir, en respuesta a una pregunta que le hice sobre el programa de ejercicio que le había prescrito el médico. En su estilo habitual, tan dado a los epítetos (era una de sus debilidades), escribió: “Hace tres días conduje con el mayor garbo estas valerosas extremidades alrededor de la circunferencia de 1,2 millas del lago Antrim… ¡y qué diversión ver a aquellos repelentemente “musculados” fanáticos del ejercicio dispersarse y encogerse de miedo mientras yo lanzaba el Toyota a toda velocidad por las curvas cerradas!”.
Por mucho que bromeara, sus decepciones y sus tristezas nunca llegaron a abandonarlo. Su propio padre había muerto cuando él tenía solo diecinueve años, desplomándose prácticamente con las botas puestas, en plena faena, en una obra. “En el funeral —me contó una vez mi padre— cuatro hombres se acercaron a mi madre diciendo que ellos habían sido quienes lo sostuvieron cuando cayó. Fue así como supo que, en realidad, no lo había sujetado nadie”. Aquello lo destrozó. Adoraba a su padre. Dejó la universidad y durante un tiempo quedó completamente desorientado. Ahora comprendo que, en cierto sentido, siempre siguió siendo un hijo.
En uno de sus diarios hay planes para escribir un libro que contara la historia de su padre, la historia de “un hombre grande y desconocido”. Nunca llegó a escribirlo. Su temperamento no estaba hecho para un compromiso tan prolongado, para esa capacidad del artista de abstraerse de las responsabilidades que compiten por su atención y que exige, reconozcámoslo, una cierta dosis de crueldad. Así que aceptó la derrota con dignidad y sin el menor rastro de autocompasión. Escribía sus artículos para el periódico, y los escribía bien, abajo, en aquel enorme escritorio de cuero verde, sentado en su silla chirriante, envuelto en una nube de humo. El escritorio se perdió por accidente durante la liquidación de la herencia. Estará ahora en algún establecimiento del Ejército de Salvación en Louisville o, quizá, en un vertedero.
La noche en que murió regresé a su apartamento de soltero, en aquel triste complejo residencial, y me senté ante el viejo escritorio, rodeado de las pocas cosas que había dejado. En los cajones estaban sus “cuadernos para dejar de fumar”, como él los llamaba: libretas especiales, separadas de las demás, llenas de su escritura rápida y ondulante. Empezaba una nueva cada vez que intentaba abandonar el tabaco. Mientras vivía había hojeado alguna, furtivamente y sin permiso. Ahora me pertenecían, junto con toda su “obra creativa”, según disponía el testamento. Eran, en buena medida, ejercicios de autoflagelación, llenos de pensamientos sombríos y de esfuerzos por encontrar y aferrarse a su propia fuerza de voluntad. Cuánto deseaba cambiar. Mucho más de lo que cualquiera de nosotros podía desearlo por él.
Recuerdo una ficha que había dejado sobre la mesilla de noche, escrita durante un breve periodo en que asistía a un grupo de apoyo. Decía:
“Razones para dejarlo:
- Preocupa a mis hijos”.
Icono
Nunca hemos tenido del todo claro si el caballo simboliza la muerte o la vida, la paz o la guerra; depende de la cultura a la que se acuda y, a lo largo de la historia, su significado vacila como una brújula en el polo. Los símbolos se vuelven más polisémicos cuanto más familiares nos resultan: el jade siempre significará pureza, pero la manzana puede representar cualquier cosa. Y nada —hasta, pongamos, 1913, cuando Henry Ford empezó a utilizar piezas intercambiables, o incluso hasta hoy en algunas partes del planeta— nos ha resultado más familiar que el caballo. No es exagerado decir que una persona que hoy conoce de verdad a los caballos comprende mejor lo que significó ser humano en el pasado que el historiador más erudito.
En muchos lugares —prácticamente en todo el mundo industrializado— el caballo ha desaparecido de la vida cotidiana. Es un animal de compañía, un caballo de policía o, como mucho, la montura de algún vaquero irreductible. Pero miles de años de simbiosis dejan huella. Donde esa huella se percibe con mayor claridad es en el lenguaje, en esa profunda familiaridad, en la extraordinaria riqueza de palabras que ha generado. Uno puede volverse loco reparando en ellas. Más allá de todas las metáforas que han pasado a formar parte de nuestra lengua —todos los ponytails (colas de caballo) y tantivies (galopes desenfrenados), los horsebeans (habas), horseleeches (sanguijuelas) y horselaughs (risotadas); más allá de todos los drogadictos que se inyectan white horse (heroína) y de todos los rateros ahorcados en la mare foaled of an acorn (la horca)—, está lo mejor de todo: la terminología, las palabras que hemos ido creando para convivir tan estrechamente con estos seres durante tanto tiempo, para poder hablar de ellos y de cuanto hacen: piebald (pío) y roan (ruano), withers (cruz) y farrier (herrador), crupper (grupera) y martingale (martingala). Un marciano, provisto únicamente de tiempo y de un diccionario, podría reconstruir la historia de la humanidad fijándose en esos puntos donde el vocabulario se multiplica de pronto, donde la lengua estalla, señal de una intimidad prolongada, de una necesidad. Y, sin embargo, en una ironía tan extraña como perfecta, cuando ese marciano llegara a la palabra “caballo” encontraría la bandera blanca de la lexicografía: “origen desconocido”.
Existe una teoría según la cual nuestra propia lengua —la auténtica lengua de la que procedemos, el indoeuropeo— fue, ante todo, la lengua de unos jinetes. Desde hace tiempo los lingüistas históricos se preguntan por qué hablamos una derivación de una oscura lengua que, según se cree, surgió hace unos seis mil años en las estepas de Asia Central, en lugar de alguna de las muchas lenguas que en otro tiempo dominaron Eurasia y de las que hoy solo sobrevive el vasco. Un arqueólogo llamado David Anthony, del Institute for Ancient Equestrian Studies de Nueva York, relacionó ese enigma con el hecho de que precisamente en esas estepas él y otros excavadores habían encontrado cráneos de caballo de cinco mil años de antigüedad que presentaban las primeras huellas conocidas del desgaste producido por el bocado, un descubrimiento que retrasaba en un milenio el origen de la equitación.
La teoría sostiene que una tarde cualquiera un grupo de personas pertenecientes a una de aquellas sociedades esteparias estaría contemplando unos caballos encerrados en un cercado cuando alguien —Anthony especula con que quizá fuera un niño— decidió intentar subirse encima de uno. Era una idea que solo podía ocurrírsele a alguien ante muy pocos animales; aparte del caballo, únicamente el camello y el elefante ofrecían esa posibilidad. Aunque el Equus puede resultar muy peligroso cuando lo necesita, es el único gran cuadrúpedo con pezuñas que carece de cuernos o astas con las que herirnos, y su lomo es lo bastante largo y robusto para soportar nuestro cuerpo, una afinidad biológica que ya observó Darwin cuando escribió en El viaje del Beagle: “Un hombre desnudo sobre un caballo desnudo constituye un espectáculo admirable; no tenía idea de hasta qué punto ambos animales armonizaban entre sí”.
Las dos especies —ambas especies— ya nunca volvieron la vista atrás; lo que hasta entonces habían sido destinos separados quedó entrelazado como una doble hélice. El caballo se salvó de la extinción hacia la que parecía encaminarse inexorablemente, y aquellos hombres se convirtieron en jinetes. Puede que esos jinetes, hablando su áspero protoindoeuropeo, después de haber aprendido a montar y a guiar a unos animales que los demás seguían utilizando únicamente para obtener carne o leche —o que simplemente contemplaban con admiración—, no solo lograran expandir su cultura a una velocidad hasta entonces inimaginable, sino también infundir el temor de Dios —literalmente, quizá— a cuantos encontraban en su camino. Poco después, todo el mundo hablaba su lengua, adoraba a sus dioses con cabeza de caballo y montaba a caballo.
Primer sábado de mayo
Sé que unos viejos amigos de Lexington tienen asientos justo por encima del nivel de la pista, frente a la línea de meta, así que dejo mi sitio en el palco de prensa de Churchill Downs y bajo por la escalera metálica blanca hacia la tribuna. A lo largo de los bordes del tejado se apostan hombres sombríos, con chalecos y gafas de sol, armados con rifles de francotirador y prismáticos. Dicen que este año las medidas de seguridad son especialmente estrictas, en parte por la presencia del príncipe Bin Salman, miembro de la familia real saudí y, como tal, una de las pocas personas sobre la faz de la tierra a quienes los fundamentalistas árabes odian más que a nosotros y a los israelíes. Para poder pasar los controles, toda la comida tiene que ir en plástico transparente.
Mis amigos Chris y Becky, y los hermanos de Chris, llevan bolsas de plástico transparente llenas de panecillos de jamón, una especialidad de Kentucky, y me dan de comer. Sobre nuestras cabezas flota un dirigible y dos avionetas de hélice arrastran pancartas: “Merrill Lynch discrimina a las mujeres” y “Dèja Vù: club de caballeros totalmente desnudos. SHOWGIRLS”. El sol empieza a brillar con fuerza. Un tipo con sombrero Panamá fuma un porro justo al lado de una soldado del ejército vestida de camuflaje, y la gente les hace fotos.
Chris y sus hermanos, John y Patrick, tienen juntos un negocio de flores, y me cuentan una historia del Derby del año anterior, cuando decidieron echarle un vistazo de cerca a la tradicional guirnalda del Derby, un manto de rosas en forma de herradura que se coloca alrededor del cuello del caballo ganador. Cuando dieron con ella, había una mujer allí, encargada de custodiarla.
—Oye, ¿de dónde vienen esas rosas? —le preguntó John.
—Bueno, estas son rosas especiales —dijo la mujer—, cultivadas aquí mismo, en Kentucky.
—Qué va —dijo él—. Son ecuatorianas.
—Sí, tienes razón —dijo ella—, pero no se lo cuentes a nadie, ¿vale?
Ya han comenzado las carreras preliminares, el undercard, como llaman a todas las carreras no televisadas que se disputan antes de “la grande”, la cual, cuando hay una carrera grande, siempre tiene lugar hacia el final de la jornada. Mis amigos discuten sobre sus apuestas, pero yo he decidido jugarme todo mi dinero en el Derby.
Durante los últimos ocho meses, desde la subasta de potros de un año, he seguido a la generación de caballos que entonces tenían dos años y ahora tienen tres —la edad de los que compiten en la Triple Corona—, con la esperanza de tener suerte y descubrir que, por pura casualidad, había estado siguiendo a uno de los aspirantes. He ganado mucho dinero con un sublime potro negro llamado Mayakovsky, que quedó colocado, tal como yo había apostado que haría, en el Hopeful de Saratoga, y he perdido aún más viendo a un caballo irlandés, Johannesburg, cruzar como una exhalación la línea de meta en la Breeders’ Cup de Belmont Park. Me he esforzado por aprender sobre este deporte. Y, en el proceso, me he convertido en un lector devoto del Daily Racing Form, apenas vagamente consciente de lo que sucede en el mundo más allá de los dos titulares casi a modo de disculpa que aparecen en cada número, en la cuarta página, bajo el epígrafe “Noticias breves”.
De vuelta en el paddock —el recinto circular donde se reúnen, ensillan y montan los caballos antes de cada carrera—, la gente se agolpa contra la barandilla, no tanto para ver a los caballos como para ver a los famosos, que tampoco están allí para ver a los caballos, sino para verse unos a otros y asegurarse de que USA Today los fotografía por su lado bueno. Sean “Puffy” Combs está aquí, vestido de blanco, junto con Joey Fatone, de ’N Sync, el de la perilla que parece pintada con betún; también está Kevin Richardson, de los Backstreet Boys, el de la cara delgada y la perilla de tienda de disfraces. Richardson es de Lexington: lo oí cantar “The Star-Spangled Banner” antes de un partido de los Wildcats, y lo hizo con auténtico brío. Alguien dice: “Eh, ¿esa no es Britney Spears?”. Pero no, es Jessica Simpson, otra cantante pop rubia. También está Ivana Trump, con un elegante sombrero de plumas.
Un tipo corpulento, con pinta de universitario de fraternidad, camiseta blanca y gorra blanca, le está gritando a Ivana, y la gente llega incluso a callarse para facilitarle la tarea.
—¡Ivana! —brama.
Ella sigue charlando.
—¡I-V-A-N-A! ¡Te queremos, Ivana!
Ella continúa dándole la espalda, pero para todos resulta evidente que ahora le da la espalda deliberadamente, lo cual tiene su gracia. Ha atravesado el velo. Envalentonado, cambia de objetivo y se dirige a Puffy, que ahora se hace llamar P. Diddy.
—¡P Daddy! ¡P. Daddy! —grita.
Una mujer se acerca y le da una buena palmada en la espalda cada vez que suelta uno de aquellos desaforados gritos con nombres. La oigo referirse a él como “mi hijo” mientras habla con otra persona que está allí al lado.
El comportamiento de este lunático y de su madre plantea una pregunta acerca de la gente que está dentro del paddock: ¿qué clase de persona se sometería voluntariamente a lo que, en esencia, es un cóctel al aire libre, sin comida, rodeado de desconocidos y bajo un sol abrasador, dentro de un recinto que parece un campo de concentración, vestido de manera estrafalaria y tratando de aparentar tranquilidad mientras cientos, si no miles, de paletos borrachos lo miran con descaro y lo insultan abiertamente? Es triste comprobar, una vez más, que todo este asunto de las carreras de caballos gira en torno a los ricos, porque los ricos son horribles. No hay nada que no puedan estropear. Y, por supuesto, si hay otra cosa en torno a la cual giran las carreras de caballos, es la gente que no tiene dinero para perder —los apostadores— perdiéndolo.
Por eso resulta hermoso cuando aparecen los propios caballos, en su ignorancia y su majestuosidad, y hacen valer su presencia en medio de toda esta mierda. “Oh, Caballo, Caballo, Caballo —escribió D. H. Lawrence en una carta—, cada vez que das una coz haces añicos un cercado”, y ahora sé exactamente a qué se refería. Solo aquellos a quienes la fama les ha vaciado el alma por completo son incapaces de volverse a mirar a los caballos de tres años cuando dan lentamente su vuelta por el paddock. ¡Y los jinetes! ¿Quién podría no amar un deporte que cuenta con su propio batallón remunerado de hombrecitos, con sus sedas alegres y brillantes, sus rostros jóvenes, su ambigua condición de casi enanos? Si se piensa bien, hemos tenido que desarrollar una raza especial de seres humanos para que los purasangres puedan tener jinetes.
El dirigible pasa justo por encima y provoca un eclipse momentáneo de sol, y decido entrar en el paddock propiamente dicho, ya que me he tomado la molestia de conseguir una acreditación de prensa. Pero falta demasiado poco para el Derby. Aunque consigo pasar al primer guardia de seguridad, otro tipo, con un uniforme más nuevo, me pone la mano en el pecho y dice:
—Solo si está con la NBC.
No sé por qué no me limito a llamar “amigo” a este hombre y decirle que, si el señor Costas no se está bebiendo esta botella de agua dentro de treinta segundos, los dos podemos empezar a buscarnos otro trabajo. Mientras me acompañan hacia la salida, veo a Bob Baffert, estrechando manos con una mano y acariciando a su caballo con la otra. Hasta anoche, él y Bin Salman tenían dos caballos inscritos en el Derby, pero uno de ellos, Danthebluegrassman, ha sido retirado de la carrera esta mañana, de modo que ahora les queda uno solo: un potro negro con una estrella blanca entre los ojos, War Emblem, que sacude nerviosamente la cabeza. Hasta esta mañana nunca había oído hablar de ese caballo. Baffert parece confiado, a pesar de que la prensa ya le ha dado una buena paliza por inscribir tarde a Danthebluegrassman, lo que dejó completamente fuera de la carrera a otro entrenador de Kentucky.
Tengo una prima en algún lugar del legendario interior de la pista, así que voy a buscarla, convencido de que allí sí voy a ver unas cuantas cosas dignas de contemplar. Pero también esto resulta decepcionante. La multitud del interior de la pista se comporta increíblemente bien (todos los periódicos hablarán de ello a la mañana siguiente: el menor número de delitos jamás registrado). Parece que los rifles y la norma de las bolsas de plástico han surtido efecto. Espero al menos ver tetas y peleas a cuchillo, pero esto se parece más a gente lanzándose por toboganes de agua improvisados y haciendo el pino sobre barriles de cerveza, hombres besando el vientre de mujeres, ese tipo de cosas. Aunque el interior de la pista sigue siendo un lugar maravilloso para contemplar cierto tipo de rostro de Kentucky, un rostro que la odontología y las recomendaciones nutricionales han vuelto obsoleto en otras partes del mundo. Hay un estereotipo sureño que no tiene nada de exagerado y que quizá preste cierto fundamento al viejo tópico de que los habitantes de los Apalaches conservaron una herencia cultural inglesa que el resto del país dilapidó: el extraordinario estado de los dientes de muchos habitantes de Kentucky, que parecen caerse o ser arrancados en grupos, en lugar de uno a uno, lo que confiere a sus sonrisas un aspecto bastante estremecedor.
Llego al asiento que mis amigos me han guardado justo a tiempo para ver cómo conducen los caballos hacia la salida, con los jinetes flotando sobre ellos y el pelaje reluciendo bajo el sol perfecto como si estuvieran cubiertos de aceite. A cada uno lo acompaña un tranquilo caballo guía, cuyos nervios no están tan crispados como los del purasangre, y cada uno esconde el rostro en el cuello de su compañero a medida que se acercan a los cajones de salida. Una voz anuncia por los altavoces que ahora cantaremos “My Old Kentucky Home”. Aquí y allá se despliega un pañuelo cuando algún hijo o hija de Kentucky no consigue contener una lágrima. En el palco inmediatamente delante del nuestro hay un grupo de hombres de veintitantos años con aspecto de WASP acomodados (blancos, anglosajones y protestantes) que todavía no han despertado a su homosexualidad, un tipo que se encuentra por todas partes en el Sur. Llevan trajes de popelina hechos a medida que más o menos combinan entre sí, camisas de los tonos pastel más suaves, suavísimos, y se abrazan por los hombros. Mientras cantan y se balancean, cada uno mira a los demás a la cara, como buscando confirmación de la emoción que está sintiendo. Cuando llegamos al segundo verso de la canción —que solo en 1972 fue modificado en el programa, sustituyendo el “Es verano, los negros están alegres” de Stephen Foster por el verso que yo aprendí en la escuela, “Es verano, la gente está alegre”—, los muchachos sonríen ampliamente y recalcan la palabra original.
Cantar ese verso constituye un momento bastante cargado en la historia del Derby. Los blancos se opusieron con fuerza al cambio incluso a esas alturas, y hay que tener presente que el hipódromo siguió segregado hasta bien entrada la década de 1950: entradas separadas, tribunas separadas, baños separados. Y todo ello en un deporte cuya historia no solo cuenta con mozos de cuadra negros entregados y expertos —algo que encajaba bastante bien en la antigua visión sureña blanca de cuál era “su lugar”—, sino también con grandes jinetes negros. En el primer Derby, celebrado en 1875, trece de los quince jinetes, incluido el ganador, eran negros. (Pregúntele a cualquier sureño por qué son negros los muñecos de jockey que adornan los jardines. No tendrá ni idea). Los únicos rostros negros que he visto hoy estaban en el paddock y pertenecían a raperos.
Oscuridad
Vale la pena leer la letra completa de la canción, “My Old Kentucky Home”, una de las más famosas de Foster. No es en absoluto lo que uno imagina. Los “negros” no están realmente “alegres”; quiero decir, ni siquiera en la propia canción. Foster está jugando con uno en ese verso, a ver si consigue que saque el pañuelo. Cuenta la leyenda que compuso la canción durante una fiesta, un “alegre baile” celebrado en una vieja casa de campo, entre damas y caballeros que bailaban. Hay que imaginárselo allí, anotando la última estrofa al dorso de una partitura mientras finge escuchar al hijo borracho de algún terrateniente explicar que los negros de su familia no tienen de qué quejarse:
La cabeza ha de inclinarse y la espalda habrá de doblarse,
dondequiera que vaya el negro:
unos días más, y todos los pesares terminarán
en el campo donde crece la caña de azúcar.
Unos días más cargando el fatigoso peso,
no importa, nunca habrá luz,
unos días más hasta que avancemos tambaleándonos por el camino,
y entonces, mi viejo hogar de Kentucky, ¡buenas noches!
“No importa, nunca habrá luz”.
Pocas letras, fuera del blues primitivo y del heavy metal británico, podrían igualar ese verso en desesperanza. Los responsables del Derby deberían obligar al público a cantar la canción entera, en lugar de expurgar un solo verso.
Varias de las canciones de Foster fueron éxitos en vida, y consiguió negociar un acuerdo de regalías con un editor musical de Nueva York. Pero era un alcohólico de proporciones cósmicas y bebió hasta endeudarse de manera crónica, hasta el punto de empezar a vender los derechos de sus composiciones por unos pocos dólares cada una, para luego gastarse esos dólares en cerveza.
Murió en un hotel del Bowery en enero de 1864, mientras la Guerra Civil hacía estragos. Llevaba días en cama con fiebre; su mujer y su hijo lo habían abandonado mucho tiempo antes. Una madrugada se levantó para llamar a una camarera y pedir ayuda, pero se desvaneció y, al caer, se abrió la cabeza contra el lavabo que había junto a la cama. Horas después lo encontró George Cooper, uno de los pocos amigos que le quedaban. Cooper describió así la escena:
Steve nunca usaba ropa para dormir y allí estaba, tendido desnudo en el suelo, sufriendo horriblemente. Tenía unos maravillosos y grandes ojos castaños, y me miraron con una súplica que jamás podré olvidar. Susurró: “Estoy acabado”, y pidió algo de beber… Lo vestimos y lo llevamos al hospital.
Foster murió tres días después. La historia ha dejado constancia de las posesiones que tenía al morir: en su maltrecha cartera de cuero había treinta y ocho centavos y un trozo de papel en el que había escrito a lápiz: “Queridos amigos y corazones bondadosos”.
En la recta final
La experiencia de una carrera de caballos depende mucho del lugar que uno elija para sentarse. Aquí, junto a la línea de meta, veré pasar al pelotón dos veces: una nada más salir de los cajones y otra cuando crucen la meta, pero no veré absolutamente nada del resto de la carrera. Ni siquiera alcanzo a ver las gigantescas pantallas electrónicas instaladas en cada una de las curvas. Desde el palco de prensa —el extremo opuesto— podría mirar con prismáticos y seguir cómo se desarrolla la carrera entera, ver los movimientos, la lucha por la posición, quién usa la fusta y cuándo. Pero uno nunca sabe cuándo volverá al Kentucky Derby, y yo quiero saborear la tierra que levantan sus cascos, quiero verles los ojos.
Cuando se abren de golpe los cajones, los caballos parecen una tormenta insólita que avanza compacta sobre la pista, las patas envueltas en una nube de polvo que arrastran tras ellos, los colores destellando caleidoscópicamente bajo el sol. Me sorprende el estruendo de sus cascos. Se impone incluso al rugido de la multitud. La visión me deja tan atónito que, cuando consigo reaccionar, ya han desaparecido tras la curva. Los que estamos sentados cerca de la meta nos quedamos de pie, escuchando la narración y esperando a que regresen.
A medida que la carrera se desarrolla a través de la voz aguda y metálica del locutor del hipódromo, noto que predominan nombres que no me resultan familiares, y uno en particular: War Emblem. Va en cabeza desde la salida. Forzamos la vista bajo el sol para distinguir al pelotón cuando aparece por la última curva y, cuando lo hace, War Emblem sigue delante. Cruza la meta sin haber perdido el liderato en ningún momento, mientras las sedas verdes y blancas de la Thoroughbred Corporation —los colores de la bandera saudí— ondean sobre la espalda del jinete.
La multitud está extrañamente callada. Hay más aplausos que vítores. Prácticamente nadie había hablado de este caballo, y la inmensa mayoría de los apostadores decide en función de lo que se dice, que es precisamente la razón por la que los hipódromos ganan dinero.
En las entrevistas posteriores a la carrera, Baffert y Bin Salman están genuinamente exultantes. “Esos últimos cien metros —dice Baffert—, desearías que duraran para siempre”. Como es comprensible, los periodistas abordan con cautela el hecho de que el príncipe sea el primer propietario árabe que gana el Derby, precisamente este año, y no solo un árabe, sino un saudí, y no solo un saudí, sino un hombre que lleva “bin” en el nombre. Es el propio príncipe quien saca el tema al decir que no ha ganado para sí mismo, sino “para los saudíes, los grandes amigos de los estadounidenses”; pero cuando un reportero valiente se atreve a preguntarle algo así como “¿No cree que todo esto resulta un poco extraño?”, Bin Salman lo despacha enseguida. “Soy un hombre de negocios, no un político”, responde: una afirmación extraña en boca de un príncipe, aunque exacta. “Dejaré [esas preguntas] a sus políticos y a los míos”.
A los periodistas de la prensa diaria les interesa más saber si Bin Salman y Baffert “han comprado la carrera”. La historia de cómo llegaron hasta War Emblem carece por completo de romanticismo y es profundamente estadounidense. Tres semanas antes del Derby se dieron cuenta de que no tenían ningún aspirante. Para Bob Baffert, que ya había ganado dos veces el Derby, aquella era una situación inaceptable. Así que un día, en Riad, el príncipe estaba viendo por satélite el Illinois Derby y vio algo en el caballo ganador, que había dominado la carrera de principio a fin y se había impuesto alejándose de sus rivales. Llamó a Baffert, que inmediatamente compró el potro a su propietario original, un magnate del acero de Chicago llamado Russell Reineman, por 900.000 dólares. (“Últimamente el negocio del acero ha estado fatal”, diría después Reineman para explicar su decisión de vender). A Baffert le gustaba War Emblem, y, pese a que el caballo era un tanto desequilibrado (antes de la que habría sido su primera carrera, en septiembre de 2001, War Emblem tiró al jinete y salió corriendo del paddock hasta un aparcamiento), el entrenador empezó inmediatamente a prepararlo con la Triple Corona como objetivo. En conjunto, la historia no podría estar más alejada de lo que a los aficionados a las carreras y a quienes escriben para ellos les gusta escuchar. La historia favorita es: “Criamos este potro desde que tenía un año en nuestra hermosa finca del Sur, vimos su potencial, siempre creímos en él y ahora aquí estamos”.
Bin Salman no ofrece la que, a mi juicio, sería la respuesta obvia a esa acusación: señalar que Reineman y su entrenador, Frank Springer, ni siquiera pensaban inscribir a War Emblem en el Derby (el caballo tiene fragmentos óseos y otros problemas de “solidez” física), lo que significa que ninguno de nosotros habría tenido el placer de verlo correr. En lugar de eso, da una respuesta más directa y probablemente también más verdadera. Lo que dice hace que me caiga bien: “Todo el mundo compra el Derby, porque para ganar hay que comprar un caballo o criar uno. Si me dice cuál va a ganar [el año que viene], volveré a comprarlo”.
A la mañana siguiente, el repartidor trae el Courier-Journal, la edición del día después del Derby. Pienso que ninguno de mis hermosos potros del año anterior ha merecido siquiera una mención. La mayoría ni siquiera llegó a la carrera: ni Mayakovsky (nunca inscrito), ni Buddha (retirado), ni Officer, al que oí describir a Bin Salman por televisión como el mejor caballo de dos años que había visto en su vida. Los redactores de mesa del Courier optan por un pequeño eco histórico a la antigua usanza: en grandes letras negras, el titular dice: WAR EMBLEM.
Belleza
Desde hace un par de años tengo en la pantalla del ordenador tres pequeños vídeos granulados que saqué de Internet. Hago clic en ellos al final del día, cuando baja el azúcar en sangre y empieza la afasia. Son copias piratas de algún documental deportivo de televisión de finales de los setenta sobre Secretariat, y cada uno muestra su victoria en una de las pruebas de la Triple Corona de 1973. La calidad es tan mala que apenas se distingue algo más que un puñado de masas marrones pixeladas, pero la pista de audio incluye las narraciones de los tres locutores, que son memorables. Una de ellas —la de Chick Anderson desde Belmont Park, que termina con Anderson conteniendo las lágrimas de incredulidad mientras grita: “¡Parece que se está despegando…! ¡La ventaja aumenta! ¡Secretariat se distancia ahora! ¡Corre como una MÁ-QUI-NA TRE-MEN-DA!”— está a la altura de la retransmisión de Herb Morrison del Hindenburg por su pura fuerza descriptiva y su espontánea grandeza verbal. Secretariat tenía la costumbre, sobre todo al principio de su carrera, de comenzar las carreras en último lugar; de hecho, en la narración del Derby no se oye mencionar su nombre (salvo en el obligado repaso inicial del pelotón) hasta que los caballos casi han llegado a la última curva, de modo que, cuando su nombre irrumpe en la narración, uno puede cerrar los ojos y verlo abrirse paso.
Aquella tarde corrió cada uno de los tres últimos cuartos de milla más rápido que el anterior, después de haber pasado todo el primer cuarto en último lugar. Su tiempo oficial, 1 minuto, 59 segundos y 2/5, sigue siendo el récord del Kentucky Derby, cuando se acerca ya el trigésimo aniversario de aquella carrera. Sham también batió ese día el anterior récord del Derby, lo que da una idea del nivel del pelotón.
Secretariat tiene su Boswell, o quizá sería más exacto decir su Homero, y se llama William Nack, autor de Secretariat: The Making of a Champion (1975). Es una obra maestra del género, posiblemente la única obra maestra del género. Escribir un buen libro sobre caballos no es tarea fácil si se escribe para adultos. Los animales no son buenos protagonistas, por la sencilla razón de que, a menos que uno tenga dinero apostado a su éxito o su fracaso, a cualquier persona mayor de diez años le resulta imposible identificarse plenamente con ellos. Los libros que funcionan, como Seabiscuit, de Laura Hillenbrand, publicado el año pasado, lo consiguen dedicando la mayor parte del tiempo a los seres humanos cuyos destinos discurren más o menos paralelos a la pista. También hay mucho de eso en el libro de Nack, pero de algún modo encontró una técnica que le permitió convertir al caballo en el personaje central sin personificarlo, sin recurrir siquiera, salvo una o dos veces, a la falacia patética. El estilo se asemeja al de la crítica de arte, y con razón.
La descripción que hace Nack de la Hopeful de Secretariat, una carrera para caballos de dos años que se celebra cada septiembre en el hipódromo de Saratoga, en Nueva York, capta perfectamente cierta cualidad mística que poseían las carreras de Secretariat y que se percibe al ver las grabaciones: no es que estuviera por encima del resto del pelotón —es decir, no era un abusón ni un tedioso dominador—, sino que estaba fuera de él:
Secretariat se lanzó sobre el pelotón con una arrancada, acelerando por el exterior al tomar la curva, sin que Turcotte tuviera que apremiarlo, avanzando a grandes trancos como si fuera independiente de cualquier impulso que poseyera la carrera, independiente de su ritmo y su cadencia, independiente de las luchas cambiantes, a cámara lenta, que se desarrollaban en su interior, de las pequeñas batallas por la posición y la ventaja. [Él] no respondía a ninguna fuerza generada por la carrera, sino que se movía como si hubiera desarrollado su propio campo cinético más allá de ella, y Turcotte recordaría después que permaneció tranquilamente sentado, sobrecogido.
Secretariat era, como dicen los entendidos en caballos, “por” Bold Ruler, su padre; y era “de” una yegua llamada Somethingroyal, su madre: su decimocuarto potro, nos cuenta Nack. Era un alazán, de pelaje “como una moneda de cobre recién acuñada”, con calces blancos en tres patas y una estrella blanca entre los ojos. Durante casi toda su vida lo llamarían Big Red, su “nombre de cuadra”. Su nombre de competición le fue asignado algunos meses después de nacer, como es costumbre entre los purasangres. El reglamento establece, entre otros criterios, que el nombre de un caballo de carreras no puede superar los dieciocho caracteres —espacios incluidos— y que no puede ser obsceno ni estar ya utilizado, ya sea por otro caballo o por una persona “notoria”. Elizabeth Ham, empleada de Meadow Stables, en Virginia, donde nació el caballo, había sido anteriormente secretaria personal de Norman H. Davis, delegado estadounidense en la Conferencia de Desarme de Ginebra de 1933, “sede de la secretaría de la Sociedad de Naciones”. Fue ella quien propuso el nombre.
La mejor manera de describirlo no es como el mejor caballo, ni como el mejor corredor, ni siquiera como el mejor atleta del siglo XX, sino como la mejor criatura. Verlo en movimiento es una de las cosas que podremos mostrarles a los extraterrestres cuando vengan a juzgarnos y nos pregunten por qué deberían perdonar nuestro mundo.
Algunos discrepantes sostienen que Man o’ War fue superior, pero la mayoría de quienes vieron correr a ambos caballos con sus propios ojos se inclinan por Secretariat, y está además el hecho de que Man o’ War, cuya carrera transcurrió en una época en que el “dopaje” con opiáceos no estaba regulado, también ha sido descrito como “el mejor caballo yonqui de todos los tiempos”. Cuando Man o’ War murió, en 1947, fue embalsamado —el primer caballo al que se le hizo tal cosa— y permaneció expuesto durante tres días. Dos mil personas desfilaron ante su féretro. Había muerto con una enorme erección que, de algún modo, permaneció tumescente después del proceso de embalsamamiento. Alguien tuvo la consideración de cubrirla con una manta antes de que comenzara el desfile de dolientes.
Fuera de la pista
Después del Kentucky Derby, me sumo al numeroso grupo de quienes sostienen la teoría de que War Emblem —y/o Victor Espinoza, su jinete— “robó” la carrera. Se dice que un caballo “roba” una carrera cuando sale rápido e impone un ritmo engañoso. Los otros caballos, más fuertes, que acechan al que va en cabeza, confunden su velocidad con el límite de sus posibilidades y se mantienen justo detrás, esperando a que se canse. Pero el caballo se está guardando algo. Y cuando los perseguidores empiezan a lanzar su ataque, él libera sus reservas y aprovecha la ventaja acumulada para llevarse la carrera. Es una táctica legítima que no merece del todo ese nombre peyorativo, pero no deja de ser un ardid, y a menudo no permite saber cuál es realmente el caballo más rápido del pelotón. Mi opinión, compartida por muchos, es que War Emblem no tendrá nada que hacer en el Preakness ni en el Belmont Stakes —las dos pruebas restantes de la Triple Corona—, porque los jinetes ya conocerán sus trucos y se asegurarán de agotarlo antes de que encare la recta final.
Veo la Preakness en un local de apuestas hípicas fuera del hipódromo, en Chinatown, a solo un par de manzanas, por cierto, del hotel donde Stephen Foster encontró la muerte. Dentro de cada uno de estos locales existe toda una cultura autosuficiente, perfectamente funcional, un yin y un yang de esperanza cautelosa y abatimiento estoico que se arremolina dentro de cada cabeza y circula por el propio recinto. Qué ambiente tan serio. Tengo la impresión de que muchos de estos hombres están aquí desde que abrió el local, que no se marcharán hasta que cierre por la noche y que llevan años haciendo lo mismo todos los días. Los hombres —no hay mujeres— son en su mayoría chinos e hispanos. No hay el menor aire festivo. Todos están absortos en su hoja de apuestas, en alguno de los monitores de televisión o en alguna de las máquinas automáticas donde se introducen las apuestas. Aquí y allá veo a algún “steeper”, un hombre que no tiene dinero, o es demasiado tacaño, para apostar, pero que va recogiendo boletos desechados con la esperanza de que algún novato no se haya dado cuenta de que, por ejemplo, si ha apostado a que un caballo quede tercero y este termina segundo, también ha ganado dinero.
En el hipódromo, normalmente se puede distinguir al jugador empedernido del aficionado a los caballos por si durante la carrera grita el nombre del caballo o su número. Aquí todo es “¡Seis! ¡Seis! ¡Seis!”, y observo que algunas de las hojas que utilizan los apostadores para calcular las probabilidades ni siquiera incluyen los nombres de los caballos. Lo que hacen estos hombres es calcular complejas ecuaciones matemáticas, una y otra vez, tratando de convertir sus sueldos en algo un poco más sustancioso. Las apuestas suelen ser pequeñas. Cuando termina una carrera, rara vez se oye un gemido o un grito de júbilo. Se dan la vuelta y regresan a alguno de los mostradores.
Me acerco a una máquina y consulto los números en el Daily Racing Form. Durante todo el tiempo tengo detrás a un chino con unas gafas de cristales increíblemente gruesos que repite: “Está bien, señor. Por favor, señor. Está bien, señor”. Está a punto de empezar una carrera en la que quiere apostar. Finalmente consigo entender cómo funciona la máquina, que escupe mis boletos con un zumbido y un golpe seco.
Momentos después comienza la carrera. No consigo oír la narración por todo el barullo, pero veo con suficiente claridad lo que está ocurriendo. Contra lo que suele ser habitual en War Emblem, no es el primero en salir de los cajones. La cabeza la comparten un caballo llamado Menacing Dennis y otro llamado Booklet, entrenado por John T. Ward. Tengo dinero apostado a este último. Pero al llegar a la primera curva, Booklet se ha quedado atrás y es War Emblem quien comparte la cabeza con Menacing Dennis. Después queda War Emblem solo. Niego con la cabeza. Cuando encaran la recta —el Preakness es la más corta de las carreras de la Triple Corona; sucede con una rapidez casi cómica, teniendo en cuenta toda la expectación que genera—, veo cómo Proud Citizen, entrenado por el kentuckiano D. Wayne Lukas, se acerca hasta quedar a un cuerpo de War Emblem. Y pienso: ya está. Le han descubierto el farol. Pero entonces algo sale mal. Victor Espinoza azota a su caballo y, en lugar de no ocurrir nada, que es lo que se supone que debería suceder, War Emblem acelera. Es de verdad, maldita sea. Se distancia de Proud Citizen. En los metros finales surge otro desafío, esta vez de un caballo llamado Magic Weisner. Pero War Emblem corre todavía más rápido y también se distancia de él. De pronto, ha ganado. De pronto, está en condiciones de conquistar la primera Triple Corona en veinticuatro años. Y esta vez no cabe hablar de haber “robado” la carrera. Fueron a por él, pero era demasiado bueno.
En el local de apuestas a nadie le importa. Ya están recorriendo con la vista las hojas en busca de la siguiente carrera, ya están haciendo cola ante las máquinas. Por supuesto, me veo obligado a admitirlo una vez más: de esto van las carreras. De estos hombres. De los rostros alzados, orgullosos y solitarios de estos hombres, con caballos de rayos catódicos brillándoles en los ojos y números bailándoles en la cabeza. Hago una bola con mis boletos y los dejo en la papelera junto a la puerta.
Sangre
En Stud (2002), el libro del escritor de The New Yorker Kevin Conley sobre la cría de caballos, Conley señala un dato intrigante: el General Stud Book de James Weatherby, cuya primera edición apareció en 1791, precedió en treinta y cinco años a la primera edición de Burke’s Peerage. En otras palabras, existió un registro oficial de la aristocracia equina antes de que existiera uno para los seres humanos. Podríamos seguir esta tendencia —la de tomar la cría de caballos como modelo para organizar los asuntos reproductivos humanos— tanto hacia delante como hacia atrás en el tiempo. Comienza con Teognis, poeta griego del siglo VI a. C., quien escribió a un amigo que, en “los caballos […] buscamos el pura sangre, y el hombre procura obtener de él descendencia de buena estirpe; sin embargo, cuando se trata del matrimonio, un hombre bueno no se lo piensa dos veces antes de casarse con la mala hija de un mal padre, si este le entrega muchas posesiones”.
Dos mil quinientos años después, sir Francis Galton, primo de Charles Darwin, retomó esta idea. Galton es conocido como el padre de la eugenesia. En Inquiries into Human Faculty and Its Development(1883), sostuvo que los gobiernos del futuro podían aprender de los criadores de caballos, quienes comprendían que “a la larga, resulta más rentable utilizar las mejores yeguas para la cría que para el trabajo”. La obra de Galton fue recibida con gran entusiasmo en toda Europa y América.
En el siglo XX, ese trabajo fue continuado principalmente por dos hombres. Uno de ellos fue el estadounidense Charles Davenport, un prometedor biólogo convertido en charlatán de la ingeniería social, que escribió en Heredity in Relation to Eugenics (1911): “El hombre es un organismo, un animal; y las leyes para el mejoramiento del maíz y de los caballos de carreras también son válidas para él. A menos que la gente acepte esta sencilla verdad y permita que influya en la elección matrimonial […] el progreso se detendrá”. Davenport inculcó sus ideas a la esposa del magnate ferroviario E. H. Harriman y, con el dinero de ella (Rockefeller también aportó fondos), pudo establecer los laboratorios de Cold Spring Harbor, en Long Island, donde se congregaron investigadores empeñados en demostrar la necesidad de eliminar de la población a los “débiles mentales” y a otros indeseables (léase: negros). Se llevaron a cabo experimentos atroces y los datos fueron tergiversados con la suficiente eficacia como para que varios Estados adoptaran la política de esterilizar a los “incapacitados mentales”. Los archivos del laboratorio muestran que Davenport gastó 75.000 dólares —esto fue en la década de 1930— en adquirir “investigaciones sobre la genética del caballo pura sangre”.
El otro gran continuador de la eugenesia en nuestro tiempo fue Adolf Hitler, quien compara a los caballos con los judíos en Mein Kampf. La “voluntad de sacrificio” de los judíos, escribió, “no va más allá del puro instinto de conservación del individuo […]. Lo mismo ocurre con los caballos, que intentan defenderse colectivamente contra un atacante, pero vuelven a dispersarse en cuanto ha pasado el peligro”, lo que indica que, además de su violenta estupidez en todo lo relacionado con los asuntos humanos, Hitler sabía poco sobre el comportamiento de Equus en estado salvaje (tampoco era un buen jinete). Pese a ello, encontraba algo digno de admiración en el pura sangre y esperaba con ansia el día en que la “concepción popular de la vida” consiguiera “hacer realidad aquella época más noble en la que los hombres ya no se ocupen de criar perros, caballos y gatos, sino de elevar al propio hombre”.
Una vez más a la brecha
[SUBSECRETARIO DE DEFENSA] PAUL WOLFOWITZ: Si me permite un minuto, tengo aquí un despacho que me ha llegado de uno de nuestros hombres de las Fuerzas Especiales, que está literalmente a caballo, armado con una espada, junto a uno de los miembros de la Alianza del Norte.
[PRESENTADOR DE CBS NEWS] BOB SCHIEFFER: ¿Con una espada?
WOLFOWITZ: Con una espada, junto a un grupo de varios cientos de hombres de la Alianza del Norte [que] no tenían más que caballos y rifles. Y decía: “Estoy asesorando a un hombre […] sobre la mejor manera de emplear infantería ligera y caballería en un ataque contra tanques, morteros, artillería y ametralladoras de los talibanes”, una táctica que, creo, quedó obsoleta con la invención de la ametralladora Gatling… Es, en cierto sentido, el regreso de la caballería, podría decirse, aunque ninguna caballería de la historia había podido hasta ahora solicitar ataques aéreos de bombarderos de largo alcance.
SCHIEFFER: ¿Y esta gente… los miembros de las Fuerzas Especiales saben montar a caballo? Quiero decir, una cosa es subirse a un caballo y agarrarse como uno pueda, y otra saber montar. ¿Reciben entrenamiento para montar a caballo?
WOLFOWITZ: No puedo asegurarlo, pero al parecer estos hombres sí sabían. Reciben entrenamiento en una extraordinaria variedad de técnicas de supervivencia, así como en las costumbres y lenguas locales, y son un grupo realmente asombroso.
—Face the Nation, 18 de noviembre de 2001.
Rastreador
Mi única experiencia verdaderamente “personal” con un caballo de carne y hueso tuvo lugar el verano en que cumplí once años. A esa edad me pasaba todo el tiempo en el bosque que había al otro lado de la calle de nuestra casa, en Indiana, vestido de camuflaje y practicando cómo repeler la invasión rusa que la televisión me había convencido de que era inminente. Debía de haberme ganado cierta fama en el vecindario por saber moverme por aquellos parajes o, para ser más exactos, por ser el niño gordito y raro que sabía moverse por aquellos parajes. No solo estaba pasando por una etapa de sobrepeso aquel año, sino que me había convencido de que, si me aplastaba el pelo contra la cabeza con agua, parecería más delgado, lo que significaba que tenía que escabullirme constantemente al baño de la escuela; por si fuera poco, se me habían caído los dos incisivos superiores, pero solo había vuelto a salir uno, y este tenía la punta torcida. Mi sonrisa era más fácil de imaginar que de describir y, para rematar, me había dado por llevar una boina de camuflaje. Mi padre llevó hasta el final de su vida en la cartera mi foto escolar de aquella época. Decía que le levantaba el ánimo.
La hija de uno de los colegas de mi padre había perdido a su poni, Flicka, y su madre llamó a la mía para preguntarle si yo podía buscarlo. Acepté la misión con orgullo y solemnidad, y puede que aquella tarde incluso me aplicara un poco más de pintura en la cara. Estuve horas recorriendo absurdamente el bosque, buscando rastros entre las hojas. En un momento dado, mientras bajaba por un sendero que solía frecuentar, levanté la vista y vi un zorro rojo que venía hacia mí. Fue el único animal salvaje que vi jamás en aquel bosque, que ni siquiera merecía llamarse “bosque”: eran unos matorrales entre dos urbanizaciones. Finalmente, cuando ya tenía hambre y estaba a punto de echarme a llorar, encontré un cráneo de ciervo blanqueado en el lecho de un arroyo. Lo agarré triunfalmente y corrí con él hasta la casa de la afligida niña, componiendo mentalmente el relato de mi descubrimiento.
Cuando llegué, ya habían encontrado al caballo. Estaba a unos veinte metros del límite de su patio trasero. De algún modo se había soltado y había salido corriendo entre los árboles, pero la cuerda que aún colgaba de su cabezada se había enredado. El poni tiró y tiró hasta romperse el cuello, dijeron. Estaba medio descompuesto de una manera espantosa, con zonas en las que el tejido asomaba a través de la piel. Regresé lentamente al bosque y arrojé el cráneo entre unos matorrales.
Caballos muertos
El día de la carrera hay más de 100.000 personas en Belmont, una multitud que supera en varios miles el récord anterior, y eso en un momento en que se supone que los estadounidenses tienen miedo de las grandes concentraciones. Existe la posibilidad de ver a un caballo ganar la Triple Corona, algo que uno podrá contarles a sus nietos, y la gente quiere estar allí, aunque War Emblem sea propiedad de un tipo de Oriente Medio.
Miles de personas hacen pícnic en la hierba de la parte trasera. Otro día de tiempo perfecto. El ambiente parece sacado directamente del siglo XIX: da la impresión de que en cualquier momento podría comenzar un programa de cuatro horas de oradores religiosos, aunque aquí la gente, salvo los famosos, no va tan arreglada como en el Derby.
Hoy solo se permite entrar en el palco de prensa a los periodistas que escriben para diarios, así que ocupo el asiento de otra persona en la tribuna, lo bastante arriba como para poder ver toda la pista con prismáticos. Llego justo a tiempo para oír cómo se abren de golpe los cajones de salida de la cuarta carrera. Unos veinte segundos después, cuando el pelotón se aproxima a la primera curva, veo caer a un caballo en la pista y, después, a otro. De la multitud surge un gemido de horror. Inmediatamente empiezan a repetir el accidente en las enormes pantallas electrónicas, y cada vez vuelve a oírse el mismo gemido, aunque con menor intensidad. Una potranca llamada Imadeed tropieza —parece como si las patas delanteras simplemente le hubieran fallado— y otra yegua, Pleasant County, tropieza con ella. Una y otra vez se estrellan horriblemente contra el suelo a cámara lenta. En la repetición se ve que Pleasant County ya está muerta. Cae de cabeza y, para cuando su enorme cuerpo termina de desplomarse sobre la pista, las patas ya están rígidas. Imadeed consigue ponerse en pie tambaleándose y empieza a caminar cojeando. Los jinetes reproducen extrañamente la misma escena: uno se levanta de un salto, pero el jinete de Pleasant County permanece tendido. El que ha conseguido ponerse en pie corre hacia el otro y lo ayuda a levantarse. Llega una ambulancia para caballos y un par de hombres sacan la pantalla gris plegable que significa: caballo muerto. Esta pantalla resulta especialmente útil cuando hay que sacrificar a un caballo en la pista. Nada le quita más a una multitud las ganas de apostar en las carreras que ver cómo le pegan un tiro a un animal entre los ojos. A Imadeed, cojeando pero viva, la conducen hasta otra ambulancia, y ambos vehículos salen disparados.
Impulsado por el morboso deseo de averiguar qué harán con el cuerpo de la potranca muerta, me dirijo hacia la zona de las cuadras por un túnel largo y oscuro que huele maravillosamente a heno y mierda de caballo. Al final del túnel salgo a la luz y veo las cuadras de madera extendiéndose ante mí en hileras, alineadas a lo largo de calles tranquilas. Aquí atrás reina una calma absoluta, un ambiente casi pastoril. Todavía puedo oír los altavoces de la pista, pero ya parecen proceder de otro mundo. No tengo ni idea de adónde voy y, como un idiota, he olvidado traer el Racing Form, donde habría podido consultar el nombre del entrenador del caballo. Las cuadras se extienden a lo largo de más de un kilómetro y medio.
Dos tipos hispanos pasan junto a mí en un carrito de golf. Les hago señas para que se detengan y les digo que estoy “buscando el caballo muerto”. Intercambian una mirada, y el que va en el asiento del acompañante me dice que no han oído hablar del accidente. Dice que pueden llevarme hasta el puesto de información y se aparta para que suba. Les pregunto de dónde son: Puerto Rico y Panamá. ¿Y qué hacen, trabajan con los caballos? “No, man, limpiamos la mierda y cargamos el agua. El trabajo sucio”.
Una enorme mayoría de los mozos y empleados de cuadra que trabajan en los hipódromos y criaderos estadounidenses son hispanos, y la razón —aparte de la evidente: su disposición a trabajar duro y barato— es la misma por la que tantos de aquellos primeros jinetes eran negros. Los blancos ricos (y ahora también japoneses y árabes) son dueños de caballos, pero no suelen saber demasiado de ellos. Necesitan tener cerca a gente con experiencia y conocimientos. ¿Y quién sabe realmente de caballos? Quienes trabajan con ellos: los trabajadores. En 1875, el año del primer Derby, esos trabajadores eran antiguos esclavos, los hombres a quienes se había confiado el cuidado de los caballos en las plantaciones, que habían convivido con los animales y, en algunos casos, incluso habían dormido bajo el mismo techo que ellos, como Eddie Sweat, el mozo negro de Secretariat, durmió junto a su caballo la noche anterior al Preakness de 1973. Hoy, en Estados Unidos, cada vez resulta más difícil encontrar personas, del color que sean, que conozcan a los caballos de esa manera —es decir, no como animales de compañía—, de modo que propietarios y entrenadores han empezado a importar a sus trabajadores de cuadra.
Nuestro carrito de golf llega por senderos sombreados hasta el puesto de información, pero los guardias de seguridad que están allí, todos de cuarenta o cincuenta años y ya agotados por el que para ellos es el día de más trabajo del año, no quieren ni oír hablar de que estoy buscando un caballo muerto. Miran mi reluciente acreditación de prensa azul y naranja y niegan con la cabeza sin decir palabra. “Solo quiero saber qué le ha pasado”, digo a través de la ventanilla. “¿Pueden decirme en qué cuadra está su entrenador?”.
Uno de ellos se echa muy atrás en la silla de la oficina y le pregunta a un tipo que está en el rincón del fondo:
“¿Sabes quién entrenaba al caballo muerto?”.
“Ya se lo llevaron”, responde el otro.
“¿De verdad?”, digo. “¿Ya se la llevaron?”.
“Puedes ver al otro caballo”, dice el tipo, refiriéndose a Imadeed, la que sobrevivió. “Es una de Steve Young”.
Los mozos de la cuadra de Young me miran con desconfianza, y lo entiendo: a su jefe no le conviene que aparezca mala prensa contando cómo su carísimo caballo cayó y provocó la muerte del carísimo caballo de otro. Intento dejar claro que solo siento curiosidad. Si supiera decirlo en español, les diría: “Miren, ¡no soy más que un plumilla!”. Pero en lugar de eso pregunto, con una gramática apenas inteligible, por “el caballo que se calle”. Señalan con la cabeza al que están alimentando. “¿Es ella?”.
“¿Quién eres?”, pregunta uno de ellos, muy deliberadamente en inglés.
“Periodista”, digo. “Por una revista”.
“Habla con el señor Young”, dice, y señala hacia el otro extremo de la cuadra.
Encuentro a Young, el entrenador, en su despacho. Está repantigado en la silla, con un mando a distancia en la mano, viendo la televisión: la retransmisión en directo desde la pista. Al verme se levanta de un salto, con expresión de profundo disgusto. Tiene los ojos muy rojos y habla con la voz ahogada por la saliva: o ha estado bebiendo o ha estado llorando. Sospecho lo segundo.
Lo primero que dice, antes incluso de que yo pueda hacerle una pregunta, es:
“Todavía no lo sabemos”.
“¿Qué tan grave es?”, pregunto.
“Todo lo grave que puede ser”.
“Parece estar tan bien”.
“Está tranquila. Pero hay una contusión. Nos preocupa que se infecte”.
Los primeros informes indican que quizá sea posible salvar a Imadeed para dedicarla a la cría, pero la circulación nunca llega a restablecerse por completo en la pata derecha y será sacrificada en Kentucky el 20 de junio.
Empiezo a adentrarme en la zona de las cuadras, alejándome de la pista, y cuanto más avanzo, más tranquilo y bucólico se vuelve todo. Gallos, gatos de cuadra, palomas posadas sobre las balas de heno. Y los caballos, de pie en la penumbra de sus boxes, después de haber corrido ya o a punto de hacerlo, levantando de vez en cuando la cabeza mientras mastican para verte pasar, sus ojos aburridos deteniéndose un instante en ti antes de dejarte marchar.
Más grande
De regreso a la cuadra de Bin Salman, me desvío ligeramente y me quedo un minuto frente a la cuadra 5, donde estuvo alojado Secretariat antes del Belmont. Ahora hay poca actividad, pero en 1973 todo el que tenía acceso o conseguía pasar los controles de seguridad estaba aquí, solo para verlo. Desde su box, el número 7, lo condujeron hasta la carrera de caballos más extraordinaria jamás disputada. “Los logros perfectos”, escribió Kafka en “Los aeroplanos de Brescia”, “no pueden apreciarse”. Este sí pudo apreciarse.
Sham encabezaba el pelotón al entrar en la primera curva. Volaba. Todos los que veían la carrera sabían que iba demasiado rápido. La estrategia para Secretariat, para cualquier caballo, habría sido quedarse atrás y dejar que Sham se destruyera a sí mismo, pero Ronnie Turcotte decidió disputarle el ritmo. A todas luces, era una estrategia demencial. William Nack cuenta que, arriba, en el palco de prensa, los periodistas hípicos gritaban: “¡Van demasiado rápido!”.
Secretariat lo alcanzó justo después de la primera curva, y durante la primera mitad de la carrera hubo un duelo entre los dos rivales. Después, hacia el sexto furlong, Sham empezó a venirse abajo. Laffit Pincay lo retiró, al verlo en dificultades, y Secretariat se quedó solo. Turcotte no había hecho más que chasquear la lengua para animarlo.
Y entonces ocurrió. Aquello. Lo increíble. Secretariat empezó a correr más rápido. Al completar la primera milla, había pulverizado el récord del Belmont Stakes, y al llegar a la milla y un octavo había igualado el récord mundial (recordemos que solo tenía tres años; los caballos, hasta cierto punto, se vuelven más rápidos con la edad). Todos —el público, los periodistas en el palco, el propietario y el entrenador del potro desde su tribuna— esperaban que algo saliera mal, porque aquello era una locura. Pero él seguía aumentando la distancia respecto a los caballos más próximos, Twice a Prince y My Gallant.
Turcotte, al volverse, apenas alcanzaba a ver al resto del pelotón. A la milla y tres octavos, Secretariat había batido el récord mundial de Man o’ War. En aquel momento era, casi con toda seguridad, el caballo de tres años más rápido que había existido jamás. Y seguía aumentando la ventaja. Veintinueve cuerpos, treinta. Si no estaba a punto de sacarles una vuelta, como recordaba mi padre, a aquel ritmo no habría tardado mucho en hacerlo.
Terminó treinta y un cuerpos por delante de Twice a Prince. Su tiempo: 2:24. Había pulverizado el récord mundial —para un caballo de cualquier edad— en los doce furlongs, rebajándolo en dos segundos y dos quintos. Sin precedentes. Irreal. La gente lloraba sin poder contenerse. Los periodistas querían saber qué había hecho Turcotte, por qué había exigido tanto a Secretariat cuando la carrera estaba claramente decidida. Pero Turcotte ni siquiera había sacado el látigo. Apenas había tocado al caballo.
Hay un pasaje en la grabación del Belmont de 1973 que solo advertí después de verla decenas de veces. Ocurre cerca del final de la carrera. El cámara ha cerrado bastante el plano sobre Secretariat, dejando el encuadre apenas lo bastante abierto para abarcar al caballo y unos pocos metros de pista. Entonces, aproximadamente medio furlong antes de la meta —es difícil saberlo—, la cámara deja inexplicablemente de seguir al líder y se queda inmóvil. Secretariat sale disparado del encuadre y deja la pantalla vacía o, mejor dicho, llena de pista vacía. Cronometré con mi reloj ese vacío —el intervalo entre el momento en que Secretariat sale de la imagen y aquel en que Twice a Prince entra en ella—. Dura siete segundos. Y, de algún modo, cada uno de esos segundos dice más sobre lo que hacía grande a Secretariat que cualquier imagen suya en movimiento. En la historia de las ausencias profundas —los huecos entre los fragmentos de Safo, la tumba de Cristo, los lienzos negros de Rothko—, esta se cuenta entre las más hermosas.
Secretariat corrió algunas carreras más después del Belmont y ganó todas salvo una. Su valor como semental era demasiado grande para que sus propietarios se arriesgaran a que se lesionara en la pista, así que fue retirado a Claiborne Farm, en Lexington. Permaneció allí muchos años, engendrando innumerables descendientes, pero en 1989 desarrolló laminitis, una afección extremadamente dolorosa de los cascos, y hubo que sacrificarlo. William Nack estaba en Lexington cuando ocurrió y escribió sobre la experiencia para Sports Illustrated. Entrevistó al doctor Thomas Swerczek, el veterinario que practicó la autopsia a Secretariat. Esto fue lo que Swerczek le dijo:
He visto y practicado miles de autopsias a caballos, y jamás había visto nada comparable. El corazón de un caballo normal pesa unas nueve libras. Este tenía casi el doble del tamaño habitual y era un tercio más grande que cualquier otro corazón equino que hubiera visto. Y no se trataba de un agrandamiento patológico. Todas las cavidades y las válvulas eran normales. Simplemente era más grande.
Último tramo
En la cuadra del príncipe Bin Salman hay gente, pero no demasiada: sobre todo periodistas hípicos. El propio Bin Salman no ha venido, alegando asuntos de negocios en su país, aunque desde esta mañana circulan rumores de amenazas de muerte. (Por desgracia, esta es su última oportunidad de ver correr a War Emblem. El príncipe morirá de un ataque al corazón el 22 de julio, de regreso en Arabia Saudí, a los cuarenta y tres años). Falta poquísimo para la carrera, y un comentarista deportivo situado a unos metros de mí dice ante la cámara que ya está grabando: “Baffert dice que no tiene ninguna prisa. Llegará a tiempo”. El propio Baffert está justo dentro de la cuadra, con los brazos apoyados sobre los hombros de su hijo pequeño, mirándonos, inescrutable tras sus gafas oscuras.
Justo al otro lado del camino, detrás de nosotros, está la cuadra de D. Wayne Lukas, uno de los rivales de Baffert. La tensión entre los dos entrenadores aumentó cuando Lukas se encargó de decirle al New York Times que su caballo, Proud Citizen, llevaría antes y después de la carrera una manta con las siglas “FDNY”. (¡Aquí no hay propietarios árabes!). Parece que ninguno de los dos quiere ser el primero en sacar a su caballo.
De pronto, Lukas cede y decide salir. Todos nos volvemos para ver cómo conducen a Proud Citizen hacia el túnel que comunica con el paddock, rodeado por su séquito. Casi inmediatamente, Baffert se pone también en marcha, una vez demostrado lo que quería demostrar. Lleva a War Emblem de la brida y después se la entrega a un mozo. Es realmente un caballo hermoso: no negro como lo era Mayakovsky, no de un negro azabache, sino de un marrón muy oscuro, con una cara larga y orgullosa y aquella estrella blanca.
Todos echamos a andar con ellos, procurando mantener unos metros de distancia con el caballo. Hay un silencio extraño. Lo único que se oye es el suave crujido de la grava. El peso de la historia en el aire es como la presión de tu propia sangre en los oídos. Todos nos preguntamos si estamos participando, por tangencialmente que sea, en una Triple Corona. War Emblem mira a su alrededor, atento al revuelo. Toda su vida, desde que lo vendieron cuando era añal, ha sido así: desconocidos mirándolo fijamente. ¿Por qué están aquí?
Es maravilloso atravesar el túnel detrás de él, intentar no perder de vista su cabeza oscura mientras desaparece y vuelve a surgir inesperadamente entre las sombras; ver el polvo arremolinarse en la luz del sol al otro extremo del túnel, junto al paddock, hacia donde nos dirigimos; oír cómo la multitud que rodea el paddock empieza a rugir; ver las caras cuando él sale por fin, ahora piafando, a la luz. También esto, si queremos ser justos, tenemos que admitirlo: las carreras también tratan de esto. De la gloria.
No esperaba quedarme tanto tiempo en la zona de las cuadras y todavía no he hecho mis apuestas, aunque esta mañana prácticamente vacié mi cuenta bancaria con ese propósito. Salgo apresuradamente del paddock y vuelvo a subir al segundo nivel, donde, fiel como siempre, apuesto según el Sistema Sullivan: una cantidad respetable a que quede colocado cada caballo cuya cotización esté entre diez a uno y veinte a uno. Corro hacia mi asiento, con los prismáticos balanceándose. Ya me he perdido el elaborado rito de duelo por el 11-S.
Esta carrera no se parece a ninguna de las que he presenciado durante el último año. Hay algo que circula entre la multitud. Diría que es una especie de buena voluntad. Todos esperamos ver algo hermoso, algo que casi nunca ocurre, que casi nunca tiene siquiera la oportunidad de ocurrir, pero que hoy podría suceder. En todas las conversaciones que he mantenido y escuchado desde esta mañana, nadie ha expresado la menor preocupación por el hecho de que el propietario de War Emblem sea saudí. Saben que un caballo tiene que pertenecerle a alguien. Bob Costas está hablando de ello, pero nadie más. Es igual que con los escándalos de Clinton. Esta indiferencia absoluta hacia la realidad ficticia que comentaristas y columnistas se empeñan a diario en hacernos tragar me parece muy estadounidense y, por el momento, amo a mi país.
La gente grita incluso antes de que empiece la carrera, agitando los programas en el aire. Pero War Emblem tropieza nada más salir (más tarde, al ver la repetición, compruebo que casi cae al suelo) y, aunque se recupera, nunca consigue ponerse en cabeza. Gana la carrera otro caballo del que nadie ha oído hablar, uno con un nombre precioso: Sarava. Un potro llamado Medaglia d’Oro queda segundo, con una cotización de diez a uno.
Como en el Derby, la multitud permanece extrañamente apagada. Primero War Emblem los dejó mudos de asombro; ahora los ha dejado mudos de decepción.
Es curioso: no creía que quisiera tanto que ganara este caballo. Su historia era tan vulgarmente mercantil. Pero cuando por fin bajo los prismáticos, tengo los ojos llenos de lágrimas. Tardo un instante entero en darme cuenta de que acabo de ganar 500 dólares con Medaglia d’Oro.
Coda
De vuelta en casa, en Manhattan, es de mañana, y el sol flota entre los edificios como una burbuja de acero fundido, aunque aquí, en el Village, solo hay un resplandor, una claridad que crece detrás de las persianas y parece tenue, como un falso amanecer, como si en cualquier momento la luz pudiera pensárselo mejor y simplemente retirarse de nuevo, como la marea, hacia el mar, y todo volviera a ser oscuridad y espera. Es esa única hora silenciosa entre el último cocainómano al que por fin han echado del bar, berreando porque no ha conseguido acostarse con nadie, y los primeros bostezos retumbantes de las verjas de los comercios al subir, enrollarse y desaparecer. La quietud es sobrecogedora. Una vez más me pongo los auriculares, hago clic en aquellos lamentables videítos y oigo en mis oídos las narraciones de las carreras.
Una vez más cierro los ojos y lo veo correr: el Derby, el Preakness, el Belmont Stakes, 1973. Escucho a Chick Anderson mientras intenta, y fracasa, como es propio de los seres humanos, describir la perfección, describir lo que nadie había visto jamás y lo que ninguno de los que estaban allí volvería a ver.
Y todavía queda suspendida sobre todo aquello la vieja pregunta: ¿por qué? ¿Por qué corrió de aquella manera, sin que nadie lo obligara, ni siquiera lo apremiara, cuando ya no quedaba nadie ni nada a quien vencer, cuando no le esperaba ningún castigo si aminoraba el paso? Esta mañana, al menos, por fin, la respuesta está clara. No requiere fe alguna. Corrió así, lo sé, porque él podía y nosotros no.
Uno no tiene por qué saber qué es la belleza cuando uno es la belleza.
* Imagen de portada: El jockey Ron Turcotte conduce a Secretariat hacia la línea de meta para ganar el Kentucky Derby de 1973. Foto de archivo de Rich Nugent.
* Sobre el autor:
John Jeremiah Sullivan es un escritor, ensayista y periodista estadounidense, considerado una de las voces más destacadas de la no ficción literaria contemporánea. Es autor de Blood Horses: Notes of a Sportswriter’s Son (2004), donde entrelaza las carreras de caballos con la memoria de su padre, y de Pulphead (2011), una celebrada colección de ensayos sobre música, cultura popular, literatura y vida estadounidense. Ha colaborado extensamente con The New York Times Magazine y es editor para el Sur de The Paris Review. En 2015 recibió el Windham-Campbell Prize de no ficción, y su ensayo “Mister Lytle” obtuvo un Pushcart Prize.
* Artículo original: “Horseman, Pass By”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.

El día que faltó la ida
Premio. Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.
La república del billete redondo
Premio. No Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.










