Me complace dar la bienvenida a la escritora cubana Lisbeth Lima Hechavarría en “Puntos de cultura”: espacio de conversación en Radio Franklin, la Radio del barrio acá en Santiago de Chile; un programa que busca generar reflexión, conocimientos y miradas críticas sobre el acontecer de la cultura viva comunitaria y sus cultores.
Lisbeth, además de escritora también lleva algunos años dedicándose a la crítica y la investigación literaria, motivo por el cual arriba a Chile como Becaria en la segunda mitad del 2024 para cursar un Magíster en Estudios Literarios y Culturales Latinoamericanos, impartido en el Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Actualmente se desempeña como Estudiante de Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual en la Universidad Andrés Bello, avecinándose entonces en la capital tras haber vivido nueve meses en Valparaíso y otros nueve en el corazón de Viña del Mar.
Recuerdo haber establecido vínculo a través de sus redes sociales cuando supe, en noviembre de 2024, que estaría en el Espacio Literario de Ñuñoa con el fin de realizar la curaduría de una obra a presentarse. Creí propicio el encuentro para conversar sobre algunos proyectos que he venido desarrollando con otros escritores cubanos y fue así que supe sobre su trayectoria interdisciplinaria. Pues, a pesar de no haberse licenciado en humanidades ni Ciencias Sociales, ha desarrollado una carrera que cuenta con resultados en ese ver, no solo los estudios mencionados en el campo de las letras sino también cargos profesionales en el marco de la cultura, además de cinco libros publicados.


Lisbeth Lima Hechavarría en la presentación del libro Atrapadas de la autora chilena Victoria Cabrales en el Espacio Literario de Ñuñoa
Tomando lo anteriormente planteado como punto de partida, Lisbeth, me atrevo a afirmar que tu escritura actualmente parece situarse en el cruce entre la memoria, la migración y la crítica cultural; así podemos constatarlo en tus diversos ensayos críticos, reseñas literarias y poesías publicadas desde tu arribo a este país hasta la fecha.
¿Cómo se fue construyendo ese recorrido personal e intelectual desde Santiago de Cuba hasta Chile?
Bueno, primero, muchas gracias por la invitación. Me alegra estar en este espacio porque creo profundamente en la conversación como forma de pensamiento colectivo. A veces una llega a una mesa de diálogo y siente que no viene solo a “presentarse”, sino también a ordenar un poco la memoria, a preguntarse de nuevo quién es, de dónde viene y qué experiencias la han ido formando, así que agradezco iniciar de este modo.
Yo vengo de un Santiago a otro. Nací en una ciudad del oriente cubano profundamente atravesada por la música, la oralidad y la memoria popular, pero también cargada de tensiones sociales mediadas por muchas formas de resistencia. Creo que eso ha sido vital en mi formación: venir de un territorio donde la palabra circula constantemente, donde se conversa incluso desde un adentro intervenido por la religiosidad característica, donde se narra desde la memoria familiar y barrial con un sentido de pertenencia enorme. Al menos así lo siento yo aun estando lejos.

Bóveda religiosa de Lisbeth Lima Hechavarría.
Suelo pensar que mi relación con la escritura no nace solamente de la literatura, aunque los libros han sido fundamentales en el proceso, pero, sobre todo, nace de la escucha de historias familiares, relatos de pérdida, de supervivencia. Nace además de interesarme en cómo las personas cuentan sus vidas, cómo recuerdan, cómo callan, cómo transforman una experiencia en relato; creo que ahí está mi motivación: en entender que narrar no es simplemente contar algo, sino disputar el sentido de lo vivido.
Supongo entonces que eso explique el que mis afanes literarios vengan constantemente de la necesidad de cuestionarlo todo. Para mí la literatura no es únicamente un espacio de imaginario, aunque también, pero es, sobre todas las cosas, mi forma más real de adquirir conocimiento; una forma de preguntarme por las violencias, las memorias que quedan fuera de los discursos oficiales, por los cuerpos vulnerabilizados, los silencios que se heredan y por las muchas formas en que una vida puede ser narrada o borrada. Y digo esto porque, a pesar de leer desde muy niña, no es hasta hace apenas unos pocos años que siento leer como me hubiese gustado que fuese siempre. Quizá esa sensación marque también una especie de conciencia que anduvo inquieta por los rincones sin encontrar hasta ahora donde habitar.
Antes de llegar a Chile desarrollé mi trayectoria en Cuba, vinculada al campo cultural, literario, editorial y también al trabajo institucional. Trabajé en espacios relacionados con la literatura, la crítica, la gestión sociocultural, la edición y la investigación. Esas experiencias me permitieron entender la cultura no solo como creación individual, sino como trama colectiva: como redes de afectos, precariedades, disputas, formas de reconocimiento y también formas de exclusión.
Llego a Chile como estudiante, ya lo mencionabas anteriormente, pero sobre todo llegué como migrante y eso marca un antes y un después. Migrar no es solamente desplazarse de un país a otro, es entrar en una experiencia de desajuste profundo. Una cambia de territorio, pero también cambia de códigos, de acentos, de referencias, de redes afectivas, de condiciones materiales. Una debe aprender otras maneras sin dejar de venir del lugar del que se viene, con todo lo que eso significa. Entonces se vive en una especie de lucha entre lo que ya no está y lo que se construye.
En ese sentido, Chile ha sido para mí un territorio de enormes desafíos, pero también de crecimiento intelectual, creativo y sobre todo crítico. Aquí he continuado mi formación académica, he desarrollado investigaciones, trabajado en proyectos culturales y comunitarios, he pensado mi propia experiencia migrante desde una perspectiva más amplia, no como una anécdota individual, sino como parte de un fenómeno social, histórico, y político mucho mayor. Entonces sí, no cabe duda de que mi escritura y mi pensamiento se sitúan justamente ahí en el cruce entre Cuba y Chile, entre literatura y crítica, entre experiencia personal y reflexión colectiva, entre memoria y deseo de transformación. Escribo desde el desplazamiento, pero también desde la necesidad de construir pertenencia y para mí la literatura ha sido eso: un modo de no perderme, de pensar, acompañar, de denunciar y también de resistir.




Lisbeth Lima Hechavarría.
En una época en que la cultura suele entenderse como un bien de consumo o un espacio secundario frente a otras urgencias sociales, ¿qué lugar crees que ocupan hoy el arte y la literatura como formas de conocimiento y de transformación colectiva?
Creo profundamente que la cultura y el arte cumplen una función esencial en la vida social. No son adornos. No son elementos secundarios. No son algo que viene después de lo importante. Muchas veces se piensa que primero están la economía, la política, las instituciones, y luego, en un lugar casi decorativo, aparece la cultura. Pero yo creo que la cultura es precisamente el campo donde una sociedad se piensa, se narra, se justifica, se contradice y también se transforma.
El arte permite ver lo que está mal y cómo la vida cotidiana lo normaliza. La literatura, por ejemplo, tiene una potencia enorme para mostrar aquello que está ahí, delante de nosotros, pero que no siempre sabemos nombrar: las violencias familiares, las desigualdades de género, las heridas de clase, el racismo, la migración, la soledad, la precariedad, la memoria de los cuerpos, las formas íntimas del poder.
En mi experiencia, la literatura transforma primero porque modifica la percepción. Después de leer ciertos libros, una no mira igual. No escucha igual. No entiende igual una escena doméstica, una conversación familiar, una noticia, un gesto de autoridad, una forma de silencio. El arte no siempre transforma de manera inmediata o espectacular, pero sí puede producir desplazamientos profundos en la sensibilidad y en la conciencia. Y eso, para mí, tiene una dimensión individual y también colectiva. Individual porque una obra puede acompañar un proceso íntimo, puede darle lenguaje a algo que alguien no sabía cómo decir.
A veces una persona lee un cuento, un poema, una crónica, y siente: “esto que me pasó no era solo mío; esto tiene una estructura, una historia, una dimensión social”. Y eso es muy potente, porque rompe el aislamiento. Pero, al mismo tiempo, también es colectivo, porque el arte permite construir memoria común. Permite disputar relatos. Permite decir: esta historia también existe; estas mujeres también importan; estas vidas también deben ser pensadas; estas violencias no son naturales; estos silencios no son inocentes.
En mi trabajo con la literatura y la crítica me interesa mucho esa zona: cómo las obras no solo representan el mundo, sino que intervienen en él. Una novela, un cuento, una crónica, un ensayo, un taller de escritura, una conversación cultural, pueden abrir preguntas que antes no estaban disponibles para una comunidad. Por eso me interesan tanto los proyectos de escritura creativa y de formación cultural, porque cuando una persona escribe, aunque sea por primera vez, no solo produce un texto, también produce una posición frente a su propia experiencia.
Escribir puede ser una forma de ordenar el dolor, de recuperar la memoria, de imaginar una salida, de politizar una experiencia que parecía privada. Esto lo pienso mucho desde los talleres, especialmente cuando se trabaja con mujeres, con personas migrantes o con comunidades que no necesariamente han tenido acceso privilegiado a los espacios literarios. Ahí la escritura deja de ser una práctica elitista y se convierte en una herramienta de expresión, de reconocimiento y de dignidad.
Me interesa desmontar la idea de que la literatura pertenece solo a quienes ya dominan ciertos códigos académicos o culturales. La literatura también está en la memoria oral, en la carta, en el testimonio, en la crónica de vida, en la conversación entre mujeres, en el relato migrante que son las formas populares de narrar el mundo. Entonces, cuando hablamos de arte como transformación sociocultural, yo pienso en eso: en la posibilidad de crear espacios donde las personas puedan decir “mi experiencia también tiene valor”, “mi historia también merece ser contada”, “mi voz también puede producir conocimiento”.



Lisbeth Lima Hechavarría trabajando en su proyecto Curso-Taller de Escritura Creativa “Narrar a contrapunto”.
Aunque hoy escribes desde Chile, Cuba sigue apareciendo de distintas maneras en tu obra y en tu pensamiento. ¿Cómo dialogan la memoria, el origen familiar y la distancia con tu escritura actual?
Mi relación con Cuba es compleja, profundamente afectiva. Es un lugar atravesado por tensiones, duelos… Creo que toda relación honesta tiene algo de eso: amor, dolor, gratitud, distancia crítica, incomodidad. Una puede amar el lugar de donde viene y al mismo tiempo cuestionarlo con lucidez poniendo al descubierto sus fracturas. A la familia igual, y siempre es importante reconocerlo porque una no se construye sola, se viene de una genealogía donde hay silencios, sacrificios y relatos que muchas veces no entran en los libros de historia pero que sostienen la vida.
He ahí entonces mi interés en la memoria familiar, especialmente la memoria de las mujeres porque guardan formas de saber que no siempre han sido legitimadas. Yo no concibo la literatura como algo separado de la vida, concebido en el imaginario y para engrosar el imaginario; para mí la literatura está hecha también de cocina, de calle, de duelo, de madre, de abuela, de barrio, de rumor, de cuerpo, de migración, de carencia, de deseo.
Y así aparece Cuba en mis textos, aunque no siempre como tema explícito, pero sí como sensibilidad. Aparece en mi manera de construir imágenes, en mi relación con la memoria, en mi preocupación por las formas del poder, en mi interés por las vidas atravesadas por la precariedad, por el mandato familiar, por la resistencia cotidiana. Y estando fuera, esa relación se transforma. La distancia modifica la memoria. A veces una recuerda con más ternura; otras veces entiende con más crudeza. La migración te permite mirar tu país desde otro lugar, pero no necesariamente desde un lugar más cómodo. A veces, la distancia duele. Otras, ilumina. La mayoría del tiempo ambas a la vez…
Pero, algo sí tengo claro: no me interesa hablar de Cuba desde una simplificación. Me interesa pensarla como el territorio vivo que es, entendiendo con ello todo lo que eso suma: desde su belleza e inteligencia popular y creatividad hasta pérdidas y cansancios. Esa complejidad es importante, porque ningún país cabe en una consigna ni en una nostalgia pura.
Has descrito la migración no solo como un desplazamiento geográfico, sino también como una transformación subjetiva y política. ¿Qué te ha enseñado esa experiencia sobre la identidad, la pertenencia y las formas contemporáneas de convivencia?
Mi experiencia migratoria ha sido, como creo que ocurre con muchas personas migrantes, una experiencia profundamente ambivalente. Por un lado, migrar abre posibilidades. Permite estudiar, trabajar, conocer otros espacios, ampliar horizontes, reconstruir proyectos. Pero al mismo tiempo implica pérdidas. Implica dejar atrás una red afectiva, una cultura de pertenencia, una forma conocida de moverse en el mundo.
En lo particular, migrar me ha obligado a reconstruirme. Y esa reconstrucción no es solamente práctica, aunque lo práctico pesa muchísimo: documentos, trabajo, vivienda, trámites, estabilidad económica, reconocimiento de títulos, redes laborales. También es una reconstrucción subjetiva. Una tiene que preguntarse: ¿quién soy cuando ya no estoy en el lugar donde todos conocen mis referencias? ¿Quién soy cuando mi trayectoria debe ser explicada otra vez? ¿Quién soy cuando mi acento me ubica inmediatamente como extranjera? ¿Quién soy cuando debo demostrar mi valor en un espacio nuevo?
Hay algo muy fuerte en la experiencia migrante: una pasa de ser alguien con historia a ser, muchas veces, una categoría: “la migrante”, “la extranjera”, “la cubana”, “la recién llegada”. Y una debe luchar para que su complejidad no quede reducida a esa etiqueta. Porque ser migrante no significa venir vacía. Al contrario: una llega con saberes, con formación, con memoria, con oficio, con duelos, con deseos.
En términos generales, creo que la migración es uno de los grandes fenómenos humanos, políticos y culturales de nuestro tiempo. Y debería pensarse no solo desde la emergencia o desde el problema, sino desde la pregunta por la justicia, por la hospitalidad, por la convivencia, por los derechos, por la dignidad. Muchas veces las sociedades receptoras miran a las personas migrantes desde el miedo, desde la sospecha o desde la utilidad económica: qué trabajo hacen, cuánto producen, qué lugar ocupan en el mercado laboral. Pero se habla menos de su dimensión cultural, afectiva, intelectual. Las personas migrantes también transforman los territorios a los que llegan. Traen lenguas, músicas, memorias, comidas, relatos, formas de cuidado, formas de resistencia, formas de comunidad.
Yo creo que migrar también te da una conciencia muy particular sobre el poder. Porque una empieza a ver cómo funcionan las fronteras, no solo las geográficas, sino las simbólicas. La frontera está en el pasaporte, pero también está en el acento, en el color de piel, en el género, en la clase social, en el tipo de trabajo al que puedes acceder, en cómo te mira una institución, en cómo se valida o no tu experiencia previa. Y desde ahí, la migración me ha dado una sensibilidad política más aguda. Me ha hecho pensar más en las desigualdades globales, en las violencias coloniales, en la feminización de ciertos trabajos, en la precarización de las vidas vulneradas, en la importancia de las redes comunitarias. Pero también me ha dado algo hermoso: la posibilidad de encontrar comunidad en lugares inesperados. De comprender que la pertenencia no siempre es heredada; a veces se construye. Se construye con amistades, con proyectos, con espacios culturales, con otras mujeres, con conversaciones como esta.
Tu trabajo académico y literario dialoga constantemente con el feminismo y los estudios de género. ¿De qué manera esas perspectivas han transformado tu forma de leer el mundo, de escribir y de comprender las relaciones sociales?
Mi relación con el feminismo no es solamente teórica, aunque la teoría feminista ha sido fundamental en mi formación. Es también una relación vital. El feminismo me ha dado lenguaje para comprender experiencias que antes podían parecer individuales, íntimas o incluso culpables. Me permitió entender que muchas cosas que nos pasan a las mujeres no son accidentes personales, sino efectos de estructuras históricas de poder.
De hecho, una de las grandes potencias del feminismo es justamente esa: convertir el malestar individual en pregunta colectiva. Lo que una vivió en la casa, en la escuela, en la pareja, en el trabajo, en la calle, no está aislado, forma parte de una organización social que distribuye de manera desigual el poder, la autoridad, el cuidado, la libertad, el deseo y la palabra.
Desde los estudios de género me interesa pensar cómo esas desigualdades se producen y se naturalizan porque el patriarcado no funciona solamente a través de la violencia explícita, también funciona a través de la educación sentimental, de los mandatos familiares, de las expectativas sobre la maternidad, de la culpa, del miedo, de la vergüenza, de la división sexual del trabajo, de la idea de que las mujeres debemos cuidar, sostener, callar, esperar, comprenderlo todo. Y ahí la literatura tiene un lugar muy importante.
Muchas escritoras latinoamericanas actuales están narrando justamente esas zonas donde la violencia patriarcal expone su domesticidad cotidiana. No se trata solo del golpe o del crimen visible, sino de las pedagogías del miedo, de la obediencia, de la culpa, de la subordinación. A mí me interesa mucho analizar cómo la literatura muestra que el hogar, la familia, la maternidad, la pareja, no son espacios naturalmente amorosos o inocentes; pueden ser espacios de afecto, claro que sí, pero también es donde se reproduce el ejercicio del terror, donde se disciplinan los cuerpos, donde se enseñan los roles de género, donde se heredan silencios y violencias.
Como mujer, como migrante, como escritora, el feminismo me permite pensar mi lugar en el mundo con más lucidez, no para instalarme en una identidad cerrada, sino para entender que mi experiencia está atravesada por estructuras de poder. Y también para reconocer que no todas las mujeres vivimos lo mismo. Hay diferencias de clase, raza, nacionalidad, orientación sexual, edad, territorio, acceso a educación, situación migratoria. Por eso me interesa un feminismo situado, crítico, decolonial, antirracista, capaz de escuchar las diferencias sin romper la posibilidad de una lucha común.
En ese sentido, creo que el feminismo no es solo denuncia. Es una práctica de imaginación política. Nos permite preguntarnos cómo queremos vivir, cómo queremos vincularnos, cómo queremos amar, criar, escribir, enseñar, trabajar, acompañarnos. Es una ética de la relación con otras y otros.

Lisbeth Lima Hechavarría.
Una parte importante de tu investigación se centra en las formas, muchas veces invisibles, en que opera el poder. ¿Cómo se construyen esas redes de dominación en la vida cotidiana y qué papel pueden desempeñar la literatura y el pensamiento crítico para hacerlas visibles?
Esta pregunta me interesa muchísimo, porque creo que una de las tareas del pensamiento crítico es precisamente no mirar el poder solo donde se muestra de manera evidente. Muchas veces pensamos el poder como algo que está en el Estado, en las leyes, en las instituciones, en la policía, en el gobierno, en la economía. Y por supuesto está ahí. Pero el poder también está en lugares mucho más íntimos. El poder está en la familia. Está en quién habla y quién calla. Está en quién cuida y quién es cuidado. Está en quién administra el dinero. Está en quién tiene derecho al descanso. Está en quién puede enojarse sin ser castigado. Está en quién puede desear libremente. Está en quién tiene autoridad para nombrar la realidad.
También está en la cultura. En los libros que se canonizan y los que se olvidan. En las voces que se consideran universales y las que se leen como particulares. En las técnicas de escritura validadas históricamente por hombres. En las tradiciones literarias que se presentan como neutras, aunque estén profundamente generizadas. En quién ocupa los lugares de prestigio, quién recibe premios, quién es publicado, quién es leído como genio y quién como testimonio.
Las redes de dominación no se sostienen solo por imposición. También se sostienen porque producen sentido común. Nos enseñan qué es normal, qué es deseable, qué es respetable, qué es exitoso, qué es femenino, qué es masculino, qué vidas importan más que otras. Por eso es tan difícil desmontarlas: porque muchas veces están incorporadas en nuestros hábitos, en nuestras formas de amar, de hablar, de educar, de leer.
Desde los paradigmas que trabajo —el feminismo, la crítica cultural, los estudios de género, teorías sobre la violencia— me interesa pensar el poder como una trama. No como una cosa única, sino como una red. Una red donde se cruzan el patriarcado, el capitalismo, el neoliberalismo, el racismo, la colonialidad, la xenofobia, la heteronorma, las jerarquías académicas, las jerarquías culturales. Y esa red produce cuerpos más vulnerables que otros. Produce vidas más expuestas que otras. Produce voces más legitimadas que otras.
Por eso, cuando hablamos de arte, literatura o cultura, también estamos hablando de poder. Porque la pregunta no es solo qué se crea, sino quién puede crear, quién puede circular, quién puede ser escuchado, quién puede vivir de su trabajo creativo, quién puede equivocarse, quién puede ser complejo.
En ese sentido, me interesa mucho la literatura como un espacio donde esas redes pueden hacerse visibles. La literatura no destruye por sí sola las estructuras de dominación, pero puede mostrar sus mecanismos. Puede revelar lo que se oculta bajo la normalidad. Puede incomodar. Puede hacernos sospechar de lo que parecía natural. Ahí vuelvo a algo que para mí es central: el arte no es un lujo. El pensamiento crítico no es un lujo. La cultura no es un lujo. Son herramientas para leer el mundo. Y si podemos leer mejor el mundo, quizás podemos intervenir mejor en él.
Me gustaría cerrar retomando una idea que atraviesa mucho mi vida y mi trabajo: la importancia de la palabra como lugar de encuentro y de transformación. Yo vengo de la literatura, pero no entiendo la literatura como una torre cerrada, sino como una forma de relación con el mundo. Escribir, leer, conversar, enseñar, compartir experiencias, son maneras de producir comunidad.
En tiempos donde muchas vidas son precarizadas, desplazadas, silenciadas o reducidas a etiquetas, creo que necesitamos más espacios para escuchar con profundidad. Escuchar a las mujeres, a las personas migrantes, a las comunidades racializadas, a quienes han quedado fuera de los relatos centrales. Pero, no desde la compasión, sino desde el reconocimiento de que ahí también hay pensamiento, belleza, teoría, memoria y futuro.
Para mí, la cultura tiene sentido cuando abre posibilidades de vida. Cuando nos ayuda a nombrar lo que duele, pero también a imaginar lo que todavía no existe. Cuando nos permite reconocernos en otras experiencias y construir formas más justas de convivencia.
Yo escribo, investigo y trabajo desde esa convicción: que la palabra puede ser una forma de resistencia, pero también una forma de cuidado. Y que pensar juntas, conversar, narrar, escuchar, sigue siendo una de las maneras más humanas y más políticas de transformar el mundo.

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