Yo también fui al cine para no seguir viviendo sin su amor



Extraño tanto ir al cine que cuando voy quisiera bailar en la butaca. Pararme, sentarme, ir al baño, regresar, hacer ruido, masticar chicle, inflar globos, reírme y llorar. Pero al final, como he madurado y estoy agotada, no hago nada de eso. Por dentro sí lo hago.

Pedí entradas para algunas películas cubanas, pero solo pude ir a dos. Tal vez logre ir a la última de Pavel Giroud, no lo sé aún, porque no tengo con quién dejar al niño. El único día que pude, el miércoles, me encontré en el cine con Alberto y con dos de los muchachos del taller, y fue lindo. Afuera, frente a la pizarra del festival donde todos se retratan, tuve una conversación muy breve, pero muy agradable, sobre la risa. “La risa no puede forzarse. Cuando se fuerza, no da risa. La risa es algo muy serio”. Igual que escribir, que es un juego muy serio.

De esas dos películas cubanas, diferentes entre sí, me quedo con la imagen estremecedora de Gibara, un pueblo de mar cubano que parece un paraíso, pero no lo es. Me quedo con la lentitud del aire, del paisaje y de la falta de movimiento. Con el esqueleto de hierro de la ballena que se tragó todos los globos de colores de su propio cumpleaños. Y con la primera escena rompedora en la que se muestra un prepucio en primer plano y un pubis rasurado en circunferencia. A esta altura ya sabemos que el paraíso no existe, tampoco la libertad.

Recordé de un tirón el año 2005. El Festival de Crítica Cinematográfica de Camagüey y yo en el Cine Guerrero, retorciéndome en la butaca con los primeros minutos de Batalla en el cielo, aquel monumento de Carlos Reygadas. Fue incómodo porque la vi junto a una amiga que había sido mi profesora. Y recuerdo que ella decía: hasta cuándo es esto, dios mío; y yo no sabía para dónde mirar. Esas escenas realistas que devienen en una especie de cuento de hadas de la crueldad. 

Al Festival de Crítica Cinematográfica de Camagüey, fundado por Luciano Castillo, íbamos en bicicleta y parqueábamos en el parqueo de la Calle República, frente a la Clínica Estomatológica. Desde afuera uno veía un campo de bicicletas, chinas, cubanas y rusas. Te daban una chapita que tenía un número, de aluminio, y que no se podía perder. Del parqueo de bicicletas al cine, yo iba con mi chapita en el puño, apretada. La bicicleta china de mi mamá era verde botella y siempre estaba limpia. Mi mamá la mantenía brillante. Una noche me la robaron.

Unos días antes de ver las dos cubanas había visto Romería, de Carla Simón, y había pensado en el cine como el gran primer amor. Todo lo que el amor es se parece al cine. Todo lo que el cine es se parece al amor. La oscuridad, el placer, la perturbación. En mi caso, uno empezó con el otro, y viceversa. No recuerdo cómo, pero sé que es así. Aquí no puedo ir al cine, no puedo darme ese lujo. Por eso cada día me muero un poco más. 

De la casa al Koubek Center, el camino más directo es en forma de L. Primero Le Jeune recto hasta la Ocho y luego izquierda en la Ocho hasta la 27. Una L que recorrí oyendo las canciones más bonitas del planeta. Canciones de los años noventa, por supuesto. Canciones de amor, de despedida o tristeza:

Y si acaso no brillara el sol
y quedara yo atrapado aquí,
no vería la razón
en seguir viviendo sin tu amor
.

Me perdí Calle Cuba, que hubiera querido ver, y todas las películas extranjeras, y todos los cortos de ficción, y todos los documentales. En realidad, no vi nada, pero estuve un rato frente a la pantalla. Estuve un rato rodeada de desconocidos con quienes lo único que tuve en común fueron la magia del cine y las luces apagadas. Mientras escribo este párrafo, recibo la confirmación de que tal vez pueda ir a ver Comandante Fritz. El Olympia es precioso. Estuve ahí embarazada. Ojalá no huela demasiado a rositas.

Aquí venden rositas de maíz en los cines, y hasta comida. Chocolates, agua, cerveza. En el Koubek Center regalan paquetes de mariquitas antes de entrar a la proyección. En Camagüey salíamos corriendo a comprar algo de comer al Mogambo, una cafetería decadente casi llegando al Parque Agramonte, que aún en esos años ofrecía malta y cajas de cigarro Popular.

Nosotros comprábamos unas galletas con un hueco en el centro que se llamaban rosquitas y que era lo más barato que se vendía ahí. Costaban 40 centavos y podíamos llenarnos con algunas. La masa húmeda se nos pegaba al paladar y regresábamos a ver la próxima tanda con los dientes llenos de harina. A veces, comprábamos cucuruchos de maní tostado a cualquier manisero del parque. En el mostrador siempre había moscas.

Para la otra película que quería ver no tenía entrada. Cuando fui a comprar la entrada, el enlace me devolvió a la descripción, como si no funcionara. Fui al cine de todas formas, a ver si tenía suerte en la fila de los fallos. Me di cuenta de que tal vez eso no existía aquí. Había afuera del cine otras personas como yo, sin entrada, en parejas.

Entonces llegaron dos mujeres preguntando si alguien quería una entrada, que la hija de una de ellas no iba a poder venir y que si alguien quería la entrada no hacía falta ni siquiera que devolviera el dinero. Parecía una escena de otro tiempo y de otro lugar. Le di un abrazo a la señora, que me decía que ahora yo era como su hija.

Vi Tres adioses, de Isabel Coixet, en la sexta fila del Coral Gables Cinema. Cuando se acabó, salí del cine primero que nadie, corriendo para llegar al carro antes de que se venciera el parqueo. 

Salí llorando, corriendo con torpeza, como mismo se sale del amor.



© Fotos de interior y portada: Luis Eligio Pérez Merino.