El trofeo soy yo

Obviando la tortura sistémica del gobierno tiránico de este país llamado Cuba y la terrible angustia y desesperación de esta ciudad llamada La Habana, sumergida en un permanente apagón, tan cruel como cínico, tan alarmante como denunciable, voy a intentar ensayar una lectura crítica sobre la obra del artista cubano (residente en Florida) Ihosvany Plasencia, Ihos.

Mi lectura tendrá algo de perversión, toda vez que leeré sus digresiones estéticas basadas en el lenguaje travesti del collage y los amagos tentativos de la fotografía, en relación con la insubordinación impúdica desde la que se presenta el artista en tanto que objeto del deseo de muchos y de tantas “pajas” nocturnas (y diurnas). 

Ihos es, en sí mismo, una obra maestra. Cumple a la perfección la idea del canon occidental de la belleza grecolatina; lo sabe y sabe usarlo bien. Es, a su modo, un Leónidas, un espartano, un macho deliciosamente dulce y sensible, un deseo que no siempre es realizable, pero tentador hasta el delirio de la locura. 

De ahí su virtud y su gran habilidad: lo inalcanzable, mata; desespera, enloquece. El erotismo fue siempre un imposible, una búsqueda afanosa del objeto díscolo del deseo, la persecución infructuosa y desviada de su meta. 

No me equivoco al afirmar que Ihos Plasencia comenzó con una cierta timidez, con una cierta discreción, con un cierto temor incluso; diría también que con cierto pudor. 

Me confesó, para mi sorpresa y regocijo, que un post mío en Instagram sobre su trabajo (en plena pandemia del COVID 19), y que más tarde publiqué en mi libro Gramática de resistencia, le ayudó a reorientar su imaginario y a alcanzar nuevos seguidores y adeptos (también adictos) a su hacer y a su parecer. 

Resulta que su gramática artística no solo es fina, elegante, sintética, precisa; sino que él es, además, un auténtico bombón, uno de esos que hay que ponerlos en el paladar y dejar de a poco que la saliva lo vaya disolviendo. Y por qué no decirlo, cuando me consta que tanto hombres gays como hombres heterosexuales (mujeres incluso) le escriben “derretidos” por sus atributos y su belleza. 

Y es que la belleza, señoras y señores, invertidos y pervertidos, conversos e irreverentes, maleducados y disidentes, no tiene sexo: la belleza es, simplemente es. La belleza se expresa más allá de ideologías y de contratos, se expresa más allá de acuerdos y de falsos criterios. No necesita de validación, no necesita de aprobación, no necesita ser dicha porque ella es ya palabra; es hecho, es esencia. La belleza habla sola, se dice y se desdice. 

El artista, pero también el hombre sexy y sexualmente atractivo que es, entendió a tiempo la virulencia de toda fantasía y el poder de toda ilusión. Ilusión que va desde la visión fragmentada del cuerpo hasta la totalidad de su arquitectura y andamiajes, desde la insuficiencia del sintagma hasta el alarde de toda anticipación. 

Ihos encendió las lámparas de la noche y se escapó de dentro del armario. Salió fuera con tal vehemencia que se convirtió en el cuerpo maldito que sacia con su exhibicionismo la sed de deseo de las miradas que acechan. Un día, de aquellos en los que vivía en Madrid, me llegó una crítica maliciosa a su persona, a su manera de “exponer” su obra y de “exponerse”. Pero sucede que, cuando ya peinas canas (ahora pintadas de amarillo), aprendes a discernir con ferocidad la distancia que media entre un juicio de valor y un ataque de envidia. El primero, enjuicia, valora, sopesa, esgrime razones, dispensa argumentos; la segunda, descalifica, rebaja, maldice, sacrifica la posibilidad de ser feliz a partir de la felicidad ajena. 

A diferencia de muchos de mis textos, en esta ocasión haré algo que servirá para comprender muchas cosas sobre las que pretendo hacer algún apunte o alguna digresión oportuna: seguiré momentos de su joven biografía para que se puedan entender algunas asociaciones y algunas presuposiciones que pretendo convertir en hechos.

Ciertas biografías no pueden desligarse de los signos discursivos de las obras ni de las escenificaciones eróticas del sujeto. Y no pueden porque, a ratos, resulta que esas construcciones posteriores, conseguidas a una edad más adulta, devienen en respuestas (desobedientes y hasta vengativas) respecto del lugar de origen y de ciertas dinámicas de poder que rigen esos contextos restrictivos y llenos de prejuicios. 

En lo que respecta a Ihos, que como dije antes hoy vive en Florida y se zapatea a sus anchas toda la geografía de los Estados Unidos, debemos recordar que nació y creció en Alacranes, un pequeño pueblo de la provincia de Matanzas (Cuba), en el que actualmente reside toda su familia. 

Crecer en un pueblecito y estar preñado de muchas aspiraciones y de un deseo sexual ajeno a la norma de la dictadura heteronormativa vigente es una suerte de maldición confesada. Nadie escapa al cruce de sentimientos contradictorios y ni a la resaca de los cotilleos que se acercan a aquella frase que sentencia “en pueblo chiquito, infierno grande”. Nadie escapa a las puñaladas traperas que pretenden empañar el porvenir de quien es diferente, de quien nació con luz propia sin tener que mendigar la opacidad ajena. 

Pero Ihos lo hizo; él lo consiguió, él se marchó. Escapó de ese contexto, y en lugar de estudiar Bellas Artes, que era lo que se esperaba de un niño que soñó siempre ser artista, se licenció en matemáticas por la Universidad de La Habana en el 2015. Claro, nunca ese andar por los mapas del álgebra y de la geometría analítica le apartaron de su vocación artística y de su ambición por acreditar una firma. 

En paralelo, y sin haber recibido formación artística alguna, Ihos coqueteó con varios lenguajes del arte y de la cultura artística, resultando las artes visuales su lugar de aterrizaje y de estacionamiento feliz. En particular, en los escenarios de la fotografía y en los ademanes reactivos del collage, que le llevaron a fundar @RedCubaCollage, una suerte de plataforma que por entonces alcanzó a reunir a artistas de todo el mundo con la idea de promover y difundir el lenguaje y la práctica del collage, evadiendo así la censura y el escrutinio a la que están sometidos muchos artistas cubanos. 

Estas maniobras le propiciaron una excelente participación en proyectos expositivos, junto a diversas comunidades de artistas del collage, tales como: Eje Central (México), Red Collage VenezuelaCecoll (Chile), Chicago Collage Community y la Residencia Artística en el Instituto Kolaj en New Orleans. 

Este gesto de Ihos, por sí solo, nos habla de una personalidad capaz de reinventarse entre mil volteretas, salvándose de las frustraciones y obsesiones que arrastran a otros a abandonar frente a la adversidad y al deterioro. Muchas de sus acciones, vistas ahora en la distancia de unos cuantos años, las interpreto como una diestra respuesta afirmativa a la depresión espiritual que azota este contexto. Un contexto que quiso atravesar (y tratar de entender) a través de la fotografía callejera, que ya se había convertido en una de sus grandes pasiones y que le condujo a dos arbitrarias detenciones por parte de la policía. Detenciones que resultan llamativas desde el punto de vista de la doble otredad: artista, por una parte; maricón, por otra. 

Esta complicidad policial, tan cobarde como indignante, fue el detonante fundamental que alimentó sus ansias de abandono del país, lo que sucedió en noviembre de 2021. Otra sensibilidad que abandona, otra subjetividad que queda escindida, otro ser humano que interpone la distancia entre él y los suyos, entre él y su tierra, entre él y la (im)posibilidad de ser feliz y libre en Cuba. 

Hoy, vaya ironías del destino, él, el “artista maricón” que fuera asaltado en su intimidad y en su privacidad, nos mira desde una distancia de noventa millas y, con un orgullo ruborizante, hace alarde de su testosterona. Hoy se exhibe y exhibe su obra de la misma manera. No practica el desprecio, porque me constan su generosidad y su bondad como índices morales que guían su andar por la vida, pero sí ejercita un forcejeo en términos de un protagonismo morboso centrado en su propia imagen, esculpida como una forma de decir: yo gané

Su risa se advierte a través de su arte y de su cuerpo convertidos, por fin, en carta de triunfo. Logró asentar una inversión de las expectativas sobre el sujeto gay que se sostienen en la Isla y que tienden, indefectiblemente, a entender la homosexualidad como una extensión o una torcida replicación de la feminidad. 

De este modo, Ihos se convirtió en un personaje de Tom of Finland. Y es tal su descaro que, precisamente a la altura de su enorme miembro y en la pierna derecha, se tatuó uno de esos machos compulsivos que canonizó Tom de Finlandia en su larga y dilatada carrera como dibujante excepcional. 

Ihos, como hace Finland, juega todo el tiempo con esa dialéctica que advierte la tensión entre la masculinización de la homosexualidad y la homosexualización de la masculinidad. Entiende el cuerpo y su exposición expedita como una suerte de triunfalismo masculino, para decirle al mundo que lo que antes se entendió como debilidad es también un acto de heroísmo confesional y disidente. 

La disidencia no siempre es política, es también moral. Finland devino en uno de los artífices más influyentes del siglo xx en la gestación de un imaginario pornográfico gay; Ihos, por su parte, sigue vagando por el mundo a la espera de otras conquistas, pero lo hace sabiendo ya que él mismo es uno de esos sujetos triunfantes que dibujara el maestro Tom. 

Pero no todo gira en torno al efecto placebo, ni a la emancipación erótica de la mirada. Hay también mucho de dolor y de pérdida, de escisión y de abismo. 

Antes de partir de Cuba, Ihos tomó una decisión que él consideró en extremo importante y de gran envergadura simbólica: tatuarse el mapa de la Isla debajo de su brazo izquierdo. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me respondió sin titubeo alguno: “quería llevarme a Cuba debajo del brazo como quien lleva su portafolio o una carpeta de documentos importantes a una presentación”. Y me aclara: “el punto rojo es el pueblo donde crecí, Alacranes, en la provincia de Matanzas, no quiero olvidarme nunca. Quiero ser consciente de lo que gané, pero también de lo que perdí”. 

Esta respuesta para alguien que, como yo, abandonó la Isla con 28 años y vuelve ahora con 53, provocó un corte de respiración, una cuota de recordación y unas lágrimas, por qué no. Puede que sepa más que él de esos sentimientos, pero lo bueno (y también lo triste) es que estos los está viviendo él. 

No tendríamos porqué responder emocionalmente a estas exigencias y a estas pérdidas que responden por entero a la ceguera de los otros, esos que detentan el poder y lo usan para dañar y para maltratar la felicidad ajena. Mejor seguir en el presente. El pasado solo genera extrañas culpas. El pasado es muchas veces un archivo de significantes irrealizaciones, una escalada de frustración que no merece ser celebrada. 

No seguiré por las sendas del tatuaje porque son más de treinta los que adornan el cuerpo del artista que ya no necesita de más aura expiatoria. Hablaré, si acaso, de esas otras cosas que quedan en entrevisto, donde todo pudiera ser posible y nunca definitivo, donde todo fluye al mismo tiempo que huye. 

Los collages de Ihos, a su manera, refieren esa realidad. En ellos se diluye toda idea fija de identidad. Lo fijo y lo concreto se desautorizan por el camino de fugas y de encuentros azarosos. En ellos se advierte un despliegue de relaciones corporales y de humedades que burlan cualquier principio totalizador. 

Casi siempre es más fácil hablar de una cosa que hacerla. Por eso, mientras yo intento atrapar con la palabra escrita las derivas conceptuales o las intencionalidades de sus piezas, y de su persona física y psicológica, él me demuestra que produce, que hace, que ejecuta y que se muestra sin pudor ante mi mirada. 

Entre tanto, y sintiéndolo un poco dado que abandono el retozo de mis ojos sobre las fotografías que me envió el artista hace unos días, dejaré aquí esta lectura sabiendo que no será la última. Sabiendo que, cuando se aproxime otra posibilidad interpretativa, tal vez, quién sabe, lo tenga muy cerca. Mi único deber como crítico se cumple en este texto: hacer de la escritura un acto de libertad y de libertinaje. 

A la larga, y con todo lo escrito, habría que preguntarse quién es el trofeo…


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