En el imaginario colectivo de la cultura hispana, y con una fuerza casi ontológica en la identidad cubana, la patria no es un concepto jurídico ni una delimitación geográfica; es una madre que nutre, ampara y ofrece un regazo donde la identidad encuentra su primer refugio. Una metáfora materna que implica un contrato implícito de protección: la madre garantiza la vida y la pertenencia, mientras los hijos ofrecen lealtad.
Sin embargo, desde 1959, esta metáfora ha sufrido una fractura traumática —agudizada sobre todo en los últimos años— y una ambivalencia corrosiva. Por un lado, tanto el Gobierno como la forma de Estado en Cuba, en su intento por imponer una identidad monolítica y un orden dogmático, han despojado a la patria de su función de útero protector para convertirla en una entidad que devora a sus hijos, incapacitada para resguardarlos. Por otro, la experiencia cubana es también un doloroso vacío existencial provocado por tres grandes vectores de desarticulación: el feminicidio, que rompe el núcleo de la vida y el cuidado; el destierro, que desgarra el tejido de la presencia; y la prisión política, que encarcela la voz y el pensamiento.
Es por ello que Madres, presentada por la compañía El Ciervo Encantado en la Embajada de Noruega en La Habana, se centra en el dolor del vacío que los feminicidios, exilios y encarcelamientos políticos dejan en la patria.
La obra comienza con la proyección de imágenes de una niña pequeña, sus juegos, risas, acunadas por canciones infantiles. Acto seguido, la actriz (Mariela Brito), vestida de negro, en un luto riguroso, comienza a caminar desde el extremo opuesto, portando una pancarta con la foto de una joven, que coloca en el escenario. Sin necesidad de ninguna frase, presenta la muerte, el dolor de esa pérdida, y rinde un homenaje silencioso, compartido con cada uno de los espectadores. La imagen de Yeniset Rojas Pérez, hermana del dramaturgo Yerandy Fleites, abre el performance que irá desgranando las ausencias.
Mariela Brito porta la foto de Yeniset Rojas, uno de los feminicidios más violentos ocurridos en los últimos años. Imagen: archivo ODC.
No es casualidad que los feminicidios sean los primeros en desfilar, pues son la profanación definitiva de la metáfora de la patria concebida como madre. Entendidos como la expresión máxima de una violencia que anula la autonomía del cuerpo femenino, destruyen la base misma de la “maternidad patria”.
Otra víctima de feminicidio recordada en la obra. Imagen: archivo ODC.
En Cuba, la violencia de género no solo ha ido aumentando, sino que también ha adquirido matices sociopolíticos complejos. Si bien el discurso oficial suele insistir en la igualdad de derechos lograda por la Revolución y en la negación de este fenómeno en el país, la realidad de las calles revela una vulnerabilidad sistémica: desde enero hasta julio del presente año, el Observatorio de Género Alas Tensas había registrado 43 feminicidios en la Isla, de un aproximado de 350 contabilizados desde 2019 hasta la fecha. Cuando una mujer es asesinada en el ámbito doméstico o en el espacio público, muere no solo una persona; se extingue la promesa de seguridad que la sociedad, como madre colectiva, debe garantizar.
Rostros de víctimas de feminicidios en Cuba. Imagen: archivo ODC.
El vacío que deja el feminicidio incide especialmente en el futuro. En una sociedad con una pirámide poblacional invertida y una crisis de cuidados, la pérdida de mujeres implica la erosión de los lazos de transmisión generacional. La metáfora de la madre-patria se desmorona cuando el hogar, que debería ser el primer espacio de protección, se convierte en el escenario del crimen. El Estado, el Gobierno y sus estructuras de poder, al no querer reconocer, y mucho menos erradicar, las estructuras patriarcales que subyacen al terror doméstico, permiten que sus hijas más vulnerables sean silenciadas, ante la impotencia de la propia patria, sin poder para protegerlas.
Rostros de víctimas de feminicidios en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Rostros de víctimas de feminicidios en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Pero si el feminicidio es la muerte del cuerpo, el exilio es el asesinato del alma social. La metáfora de la patria como madre adquiere aquí otra dimensión. En la psicología del migrante, el exilio es la experiencia de la orfandad. El hijo que debe abandonar el hogar para sobrevivir ha sido expulsado de su propio vientre.

A los feminicidios se unen los exiliados. Imagen: archivo ODC.
Este sentimiento se magnifica en los exiliados, y en la diáspora cubana en general. El fenómeno migratorio de las últimas décadas en la Isla no es un movimiento de búsqueda de oportunidades, sino de fuga de la asfixia. Cuando la patria se convierte en un espacio de imposibilidad, el cubano se ve obligado a realizar el acto más antinatural para un ser humano: despojarse de su raíz para preservar su vida.
El rostro de Julio Llópiz Casals integra la lista de exiliados resumidos en la obra. Imagen: archivo ODC.
El vacío dejado por los desterrados es una hemorragia constante. Cuba sufre una desocupación de su propio territorio, ya sea por propia voluntad o porque el Estado y el Gobierno les niegan el regreso a su matriz a quienes permanecen fuera de las fronteras nacionales. Son rostros que cada vez más se desvanecen, se diluyen en la distancia, borrados o imposibilitados de construir las memorias individuales y colectivas de la madre-patria.

Los rostros de las víctimas de feminicidio y exilio hablan del dolor de la madre-patria. Imagen: archivo ODC.
El destierro crea una nación de sombras y de ecos. Los que se quedan viven en una patria habitada por ausencias, donde las mesas están puestas para quienes ya no están y donde la identidad se construye a través de la pantalla de un teléfono, en una presencia virtual que intenta compensar la carencia física.
Elena Llovet, entre los exiliados. Imagen: archivo ODC.
Esta diáspora fragmenta la metáfora materna de forma irreversible. La patria ya no es el lugar al que se regresa, sino el sitio del que se huye. La madre se convierte en una figura de nostalgia dolorosa, que ya no alimenta, pero que se sigue recordando con amargura lo que alguna vez fue. El vacío de la diáspora es, en última instancia, un vacío de continuidad histórica.
Los rostros de las víctimas de feminicidio y exilio van conformando semióticamente a Cuba. Imagen: archivo ODC.
Pero el mismo dolor que crea el exilio en los hijos fugitivos habita también en la madre-patria que los ve marchar. Hablamos de una madre secuestrada, inerme, inhabilitada de proteger a sus hijos, despojada incluso de su matria potestad por un poder que prefiere aniquilarla antes que retirarse del juego.
Omara Isabel Ruiz Urquiola, una de las deterradas. Imagen: archivo ODC.
Los rostros de Elena Llovet (teatróloga), Julio Llópiz (artista visual), Omara Isabel Ruiz Urquiola (profesora) son parte de esos testigos ausentes, desgarramientos de la matriz. Voces que ya no suenan in situ, sino que llegan como ecos desde la distancia. Hijas e hijos prohibidos no solo de regresar al útero de la madre-patria, sino imposibilitados hasta de asistir al funeral de sus madres.
Los rostros de las víctimas de feminicidio y exilio van tejiendo la figura de Cuba. Imagen: archivo ODC.
Dolores compartidos por la madre grande que se llama patria con sus hijas que también son madres. Sufrimiento de Cuba con el exilio de Llópiz, sumado al de su madre, Inés Casal, a quien la muerte sorprendió sin poder ver de vuelta a su hijo en esa otra patria chica que es el hogar. Es el grito mudo y desagarrado de Anna Fierling en Madre Coraje, replicado por cientos de miles de madres cubanas ante la muerte simbólica de sus hijos.
Llegado este punto, tanto los hijos como la madre-patria se hallan ante una disyuntiva: sobrevivir en la migración o rebelarse so pena de encarcelamiento. Y es que, si la madre otorga la libertad de ser y de crecer, el sistema de reclusión de la disidencia es la negación absoluta de la función materna. En una patria que se autodefine como protectora del pueblo, el hecho de que sus instituciones se utilicen para privar de libertad a quienes cuestionan su rumbo es una contradicción ontológica.
Los hermanos Nadir y Jorge Martín Perdomo, en representación de los presos políticos en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Por eso el performance concluye con el luto por los presos políticos, quienes de alguna manera representan los hijos castigados de la madre-patria. El pensamiento, que constituye la semilla de la identidad, es tratado como un germen de infección que debe ser aislado. Sin embargo, al encarcelar la voz, no solo se pena al individuo, sino que se castiga la capacidad de la nación para evolucionar.
María Cristina Garrido, en representación de los presos políticos en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Así, llegan las caras de María Cristina Garrido, y los hermanos Jorge y Nadir Martín Perdomo, entre otras, para que no olvidemos que ellos aún existen en este mundo, en esta isla. No se han ido, no han sido expulsado de su tierra; sino confinados a un largo encierro. Sus cuerpos están presentes, vivos, en esta geografía nacional; pero desaparecidos tras rejas, muros, y custodiados por un sistema que criminaliza sus actos, sus voces. El vacío que deja el preso político es tan silencioso como los otros.
En la sociedad cubana, además, la supervivencia está condicionada al silencio generado por el miedo al encarcelamiento, que termina siendo cómplice del mismo poder que no lo deja levantar la voz. Este silencio es también una muerte civil; la cárcel política vacía de contenido el concepto de ciudadanía.
Duannis León Taboada, uno de los rostros más jóvenes de la prisión política en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Sobre todo, se corre el riesgo de confundir a la madre-patria con el Estado, el Gobierno, los órganos de poder y de seguridad que avasallan a los cubanos. En esos casos, un ciudadano que teme a su patria, a su madre, no es un hijo, sino un súbdito. Y un país de súbditos es un país sin alma, un espacio vacío de voluntad colectiva.
Eliezet Sesma Diago, otro de los rostros que recuerda a los más de mil prisioneros políticos en Cuba. Imagen: archivo ODC.
Por ello, Madres aúna estos tres vacíos y alza su voz para denunciar, para recordarle al público la orfandad nacional que va creciendo cada día un poco más. No se necesitan diálogos, ni parlamentos, ni frases, para contar la estela de dolor que dejan los feminicidios, los destierros y el encarcelamiento político. El silencio en la obra es suficiente para mostrar la desarticulación de la estructura misma de la sociedad cubana; un símbolo (una cinta de luto, un avión, unas esposas), sobre un rostro, basta para referir la tragedia.
Estas víctimas de feminicidio, exilio, destierro y prisión política, entre muchísimas otras, representan el vacío y el dolor de la patria. Imagen: archivo ODC.
Es la historia de los hijos y de la madre-patria que viven en un no-lugar. La historia del cubano, atrapado entre un pasado que añora y un futuro que se le escapa de las manos. La patria, que debería ser el punto de partida y de llegada, se convierte en la nada del ahora y en el todo del pasado.
La madre-patria vive una tragedia sin fin. ¿Puede acaso sanarse semejante vacío? La reconstrucción de la patria requiere, primero, el reconocimiento de la herida. No se puede construir de vuelta un hogar cuyas paredes están hechas de silencios y los cimientos agrietados por la ausencia.
La patria, como metáfora de madre, es una promesa de pertenencia. Es imperativo liberarla(s) para que su regazo recupere su halo protector, bajo el cual puedan sus hijos descansar. Por eso, los gritos de “Viva Cuba libre” del público, al final de la obra, fueron más elocuentes que los aplausos. Las voces de los espectadores no solo llenaron el espacio con su propio eco; también replicaron el espíritu de quienes no están, ahuyentando esas ausencias, recordando su significado.
Cuba se encuentra hoy en una encrucijada existencial donde la ausencia es la forma predominante de presencia. Sin embargo, la historia de las naciones no es estática. Tampoco el vacío es solo un agujero; es también un espacio disponible para la creación. Justo por esta cualidad teme tanto el poder a la cultura en entornos políticamente totalitarios como el cubano, al punto de haber censurado la obra en 2024 a través de su institución oficial: el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.
Quizás por eso la puesta en escena de Madres el pasado julio en la embajada de Noruega superó el mero ámbito de la cultura y los miedos del poder cuando la obra y los gritos por una Cuba libre se fundieron con los toques de cazuela en los alrededores, en medio de un profundo apagón. Lo imprevisible, fuera de la concepción del performance, terminó por ser un recordatorio de que, a pesar del dolor, del silencio, aún quedan hijos que claman por su libertad y exigen una vida digna, tanto para ellos como para que la madre-patria deje de significar la ausencia.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.
























