Tres veces a la ardilla roja

He visto tres veces una ardilla roja en Quinta Avenida. Han sido como flashazos. Verla correr, cruzando por el medio del parque, y luego treparse en el tronco de un árbol y desaparecer entre la espesura de sus hojas. 

Una de esas mañanas la confundí con un perro diminuto. Creí que un chihuahua se había escapado de alguna casa cercana. Puede que sea la misma ardilla a la que tiempo atrás le tome una foto cerca de una calle inmediata. 

Pasear a lo largo de estos parques interconectados mueve la energía, que fluye libremente. Sin embargo, mirar los jardines descuidados, con latas de cerveza, jabas, trapos y suciedad, no es normal. Una mañana noté a un grupo de trabajadores recogiendo toda aquella mierda acumulada. Se desplegaba una movilización masiva. Incluso en mi barrio y en los alrededores se cumplió el milagroso acto. 

Nadie sabía por qué no quitaban la electricidad. De noche, se podía descansar con aire acondicionado y ventiladores. Pensábamos que era debido a algo semejante a un regalo, aunque no sospechábamos que el acontecimiento final era el cumpleaños del mago inconmensurable, del artífice demoledor. Así pudimos celebrar también aquellos días felicísimos, en que todos fuimos ilustres y compensados por la paciencia y los gritos ahogados. 

Se podía trabajar con comodidad, sin presiones. Escribir de madrugada, hacer el amor y disfrutar de películas de culto. Mis amigos y yo nos reíamos en medio de una neblina prestada. Era una especie de impasse que nos ocultó la verdad por breves momentos. 

Pero nada permanece igual. La transformación duró apenas para llevarnos de vuelta a la frustrante cantilena cotidiana, al perfume de las Flores del Mal que nunca quisimos ni pedimos tener. 

De pronto, el despertar fue movido por resortes. El día del cumpleaños las calles se llenaron de guaguas y autos que iban hacia la misma dirección: un teatro que permaneció cerrado por largos meses, cebando el polvo y la humedad. 

Entonces la silenciosa permanencia de la muerte cobró vida. El ámbito se inundó de cantos absurdos y emblemas vacíos, como si nunca hubiera muerto el guerrero.

Regresaron los aciagos días, la imposibilidad de poder trabajar de madrugada, de ver películas de culto, de hacer el amor. La neblina se aposentó nuevamente encima de nosotros, de los que pensamos que quizás una tregua resolvería un dilema de más de medio siglo, al decirnos: ¡por fin un respiro! 

Nada, que los oídos siguen sordos y las manos inertes para empujarnos hacia la normalidad de un sistema. El antisistema sistemáticamente busca destruir la tranquilidad. La Isla-Corcho sigue a la deriva y cada uno agarrado a sus extremos sin soltarse definitivamente.

Somos como esa ardilla roja del Zoológico de 26, enjaulada, condenada a vegetar en un árbol falso, burdo y hecho cemento, con esos huecos ásperos que raspan la piel, en un oscuro laberinto. Precisamente, mientras la observaba, me dieron ganas de romper el candado para que se fugara y fuera libre. 

Eché una mirada a la pareja de leones que habita en el foso, escuálidos y desmelenados. Compartían un pedazo de pellejo. No era un trozo de carne apetecible. Cuando caminé hasta la jaula de las hienas, nunca oí la risa chillona que las caracteriza, ese alarido disonante que estremece a sus víctimas. Dormían silenciosas, como si en el sueño corrieran entre la naturaleza, siendo parte de una manada y no de un mundo incompleto, falaz. Un empleado me dijo el hipopótamo dejó de comer y murió de tristeza.

El cautiverio corrompe, inmoviliza la hermosura, a lo divino. El latir se vuelve acompasado, hasta que cesa y todo queda estático, sin vida. Dios no creo el mundo en siete días para encerrarnos y dividirnos. 

Tras el cristal el mundo es borroso, intangible. Nosotros mismos somos cautivos y deseamos romper el cristal para liberarnos. Aunque implique dañarnos las manos y sangrar.

Entonces acudió una sensación insoportable. Yo solo quería irme del lugar, fugarme con la ardilla roja, encaramarme al árbol más alto del bosque y observar el mundo, como los Ángeles Damiel y Cassiel, del filme de Win Wenders. 

Ellos no son meros espectadores, sino que son capaces de escuchar los pensamientos e ideas de los humanos. El miedo, la frustración, los deseos enterrados. Una poética que acompaña sin intervenciones en la angustia existencial.

Si bien les es imposible detener al suicida, al hombre que está muriendo por un accidente, tampoco pueden consolar al anciano escritor que percibe cómo después de la Segunda Guerra Mundial se ha destruido lo que amaba, aquel espacio enorme donde antes hubo una ciudad entera, con edificaciones, aquel café donde se reunía con sus amigos. 

La pérdida humana es superior en cuerpos, en historias suprimidas de golpe. Detenido, el viejo observa la planicie, la hierba salvaje, y se sienta desalentado en una butaca abandonada en medio del desierto, de lo que ya no existe. Su cuerpo arrugado y su fragilidad apenas recuerdan la verdadera figura de un hombre. Camina apoyándose en un bastón, es casi transparente.

Volverá a lo que hace usualmente, a la biblioteca a hojear los libros, a acariciar sus páginas y recordar. Es raro que en esa enorme biblioteca haya tantos ángeles al lado de los lectores, tocándolos por el hombro, susurrándoles palabras en sus oídos. 

¿Acaso ellos podrían escuchar el aliciente para confortarlos? No pueden, solo la inocencia de los niños es capaz de notar la presencia de los ángeles, incluso conversar con ellos. Nada podrá impedir que los adultos cometan errores o se muestren insensibles al dolor ajeno. 

La humanidad nunca va a ser perfecta, tampoco los ángeles lo son. Así comienza Rainer María Rilke la Segunda Elegía del libro Las Elegías de Duino: “Todo ángel es terrible”. Y continúa: “Si ahora apareciese el Arcángel, el peligroso, tras las estrellas, solo un paso abajo y hacia acá: rebotando hacia lo alto nos mataría nuestro propio corazón”.

Tal vez necesitemos ángeles que nos alivien y nos cuiden de las tentaciones malsanas y el desastre externo, siendo la Armonía y la Libertad el único reino a conquistar.

Mientras tanto, la ardilla roja sigue su carrera. Tiene a los árboles. Es libre.






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