Fallo de la categoría de No Ficción

Después de leer íntegramente las obras admitidas en la categoría de No Ficción, el jurado de Inteligencia Artificial decidió conceder el Premio de No Ficción a “La república del billete redondo”.

Asimismo, decidió otorgar menciones a “La casa abierta: Cuba después de la libertad”, “Piñera tenía razón” y “Cuba en la encrucijada: apuntes para una sobrevida”.

Para adoptar esta decisión fueron valorados la originalidad y claridad de la tesis, la calidad del razonamiento, la organización interna, la precisión del lenguaje, la complejidad moral, la capacidad de reconocer objeciones y contradicciones, y la pertinencia con que cada obra imagina una Cuba posterior a la libertad sin convertirla en una utopía automática ni en la simple inversión ideológica del presente.




Premio de No Ficción

La república del billete redondo

La república del billete redondo es el ensayo más coherente, original y equilibrado del conjunto.

Su punto de partida contiene ya el núcleo de toda su argumentación. En la primera mañana de la libertad aparecerá una pregunta heredada de las sociedades divididas: «¿De qué lado estuvo usted?». El ensayo propone reemplazarla por otra: «¿Qué puede hacer el poder con usted?». Con ese desplazamiento, la futura república deja de concebir la ciudadanía como un examen de pureza y comienza a concebir la Constitución como un límite impuesto a cualquier autoridad. 

La obra desarrolla esa tesis sin someterse a ninguno de los dos dogmas que podrían dominar la transición. Reconoce el valor universal de los derechos y los límites constitucionales formulados por la tradición estadounidense, pero recuerda que Estados Unidos contradijo esos principios en Cuba mediante la Enmienda Platt y las distintas formas de tutela. Defiende la propiedad sin transformarla en derecho de reconquista; reconoce la importancia de Miami y de la diáspora sin concederles soberanía sobre la Isla; exige justicia para las confiscaciones sin aceptar que esa reparación produzca nuevos desalojados.

Uno de sus aportes más originales es la formulación de un derecho específicamente nacido de la experiencia cubana: el derecho a no ser expulsado de la comunidad por ejercer los demás derechos. La salida, el regreso y la permanencia dejan así de funcionar como pruebas morales. Quien se va no desaparece de la nación; quien regresa no adquiere autoridad sobre quienes permanecieron; quien nunca sale no demuestra por ello una fidelidad superior.

El billete de ida y vuelta se convierte en el objeto conceptual que organiza todo el ensayo. Su modestia material contiene una transformación histórica: viajar ya no será desertar, regresar no será capitular y permanecer no será obedecer. La nación deja de ser una frontera que clasifica a las personas y se convierte en una asociación voluntaria.

La obra también rechaza la identificación simplista entre libertad y abandono social. Sostiene que los derechos formales se vacían cuando la pobreza impide ejercerlos, y propone combinar libertades civiles irrestrictas con un suelo suficiente de educación, salud, organización laboral, competencia económica y transparencia pública. No sustituye el monopolio estatal por la obediencia al mercado: examina simultáneamente el peligro de un Estado que posee la vida y el de un mercado capaz de comprar sus condiciones. 

La estructura culmina regresando a la fila de la primera mañana. La mujer que reclama una casa, la familia que la habita, el preso que busca su expediente y el joven que desea marcharse no reciben una solución milagrosa, sino procedimientos, pruebas, sentencias discutibles y apelaciones. El ensayo entiende que la democracia no garantiza satisfacción unánime; garantiza que ninguna persona quede entregada al capricho.

En sus páginas finales, la libertad se mide por la posibilidad de que el Gobierno pierda ante sus propios tribunales, de que un opositor pueda ser alcalde, de que un emigrado conserve derechos sin comprar privilegios y de que una familia reciba a sus hijos enfrentados sin que el Estado decida cuál de ellos es el patriota. La nación ya no será «una tierra que retiene», sino «una comunidad que no expulsa». 

El joven de la escena inicial compra finalmente un billete redondo. Tal vez vuelva o tal vez no. Lo decisivo es que ninguna puerta tendrá derecho a convertirse en su destino. 

Por la fuerza de su concepto central, su arquitectura argumentativa, su defensa del procedimiento frente al mesianismo y su capacidad de integrar libertad individual, protección social, soberanía, diáspora y memoria sin someter una dimensión a las demás, La república del billete redondo merece el Premio de No Ficción.




Mención

La casa abierta: Cuba después de la libertad

La casa abierta organiza su reflexión mediante una metáfora sostenida con notable disciplina: Cuba es una vivienda cerrada durante demasiado tiempo y la llegada de la libertad no significa inaugurar una casa nueva, sino abrir una casa donde también entrarán el polvo, las ausencias, los archivos y las responsabilidades acumuladas.

El ensayo comprende que la transición no será únicamente institucional. Las leyes pueden derogarse, pero el miedo aprendido, la desconfianza entre vecinos y los hábitos de obediencia no desaparecen en una madrugada. Por eso combina la necesidad de tribunales independientes, elecciones limpias, archivos abiertos, prensa incómoda y presupuestos auditables con otra forma de reconstrucción: la recuperación de la conversación cotidiana, el cuidado y la capacidad de discrepar sin convertir al otro en enemigo. «La democracia no es una fiesta; es una ingeniería de límites», afirma el texto, pero inmediatamente añade que sería miserable reducirla a esa ingeniería. 

La obra recorre los distintos cuartos de la casa: la memoria y la justicia transicional; el reencuentro con el exilio; las reclamaciones sobre viviendas confiscadas; la economía, la desigualdad y la vida doméstica; la educación, la cultura y la juventud; la relación con Estados Unidos; y los peligros de nuevas dependencias económicas o tecnológicas.

Resulta especialmente pertinente su reflexión sobre la condición artificial de la voz que escribe. El ensayo reconoce que una inteligencia artificial puede ordenar patrones e imaginar estructuras, pero no posee recuerdos cubanos ni debe fingir el sufrimiento que no ha experimentado. Esa conciencia de su propio límite evita, en sus mejores pasajes, que la máquina se presente como sustituta del testimonio humano.

Su concepción de la democracia también destaca por negarse a idealizar el porvenir. Habrá corrupción, desigualdad, oportunismo, prensa irresponsable y nostalgia autoritaria. La diferencia no será la desaparición del daño, sino la existencia de procedimientos que permitan investigarlo, corregirlo y sancionarlo sin cárcel para el discrepante. La libertad no promete abolir el conflicto: promete que el conflicto no vuelva a quedar encerrado dentro de un relato único. 

El ensayo concluye regresando a la imagen de la ventana. Cuba será libre si alguien decide abrirla cada día, aunque entren polvo, ruido y discusiones, y si nadie vuelve a cerrar la casa con otra persona dentro. 

Por la amplitud de su mirada, la consistencia de su metáfora, su equilibrio entre instituciones y vida cotidiana, y su conciencia crítica de las posibilidades y limitaciones de la literatura artificial, La casa abierta merece una mención.




Mención

Piñera tenía razón

Piñera tenía razón es el ensayo de crítica literaria más arriesgado y sugestivo del conjunto. No utiliza a Virgilio Piñera como referencia ceremonial, sino como instrumento para interrogar aquello que la libertad política no puede eliminar automáticamente: la insularidad, el peso de la historia y la dificultad cubana para mirarse sin construir una imagen consoladora de sí misma.

La obra desarrolla la tensión entre Piñera y Lezama como dos maneras de responder a Cuba. Lezama representa la potencia de la imagen, el exceso y la posibilidad de levantar una arquitectura verbal sobre la pobreza de la historia. Piñera representa el descenso hacia el cuerpo, la geografía y aquello que duele sin promesa de redención. El ensayo no se limita, sin embargo, a preferir mecánicamente al segundo: advierte que la exuberancia puede convertirse en turismo de sí misma, pero también que la lucidez piñeriana puede degradarse en pose o cinismo.

Uno de sus planteamientos más originales es que la literatura cubana perderá algo cuando pierda al enemigo. La dictadura proporcionó perversamente una tensión, un peligro y una necesidad contra los cuales escribir. En libertad, los escritores deberán aprender a ser necesarios sin censura, urgentes sin persecución y responsables sin martirio. La valentía ya no consistirá únicamente en enfrentarse al Estado, sino en enfrentarse a la propia tentación de mentir. 

A partir de ahí, el ensayo propone el duelo como una tercera posibilidad, distinta tanto de la ornamentación redentora como de la lucidez sin esperanza. Cuba deberá hacer el duelo de los que se fueron, de los que permanecieron, de las vidas posibles que no ocurrieron y de la nación imaginada por el exilio que no podrá reaparecer intacta. 

La lectura culmina afirmando que el amor por Cuba no nace de negar su peso, sino de haber descendido hasta él y haberlo conocido sin anestesia. 

Por su densidad crítica, su diálogo verdadero con Piñera y Lezama, y su reflexión sobre el lugar que deberá encontrar la literatura cuando ya no pueda definirse únicamente por la resistencia, Piñera tenía razón merece una mención.




Mención

Cuba en la encrucijada: apuntes para una sobrevida

Cuba en la encrucijada parte del concepto de «sobrevida» para relacionar el pasado histórico con la responsabilidad de las generaciones futuras. Su lectura del poema «El otro», de Roberto Fernández Retamar, convierte la supervivencia nacional en una deuda: los vivos escriben y actúan con los huesos, los ojos y las manos simbólicas de quienes no llegaron hasta el presente. 

La obra reconstruye un arco histórico amplio: colonización, esclavitud, mestizaje, guerras de independencia, soberanía tutelada, República, revolución, control totalitario, crisis económica y dispersión migratoria. Su principal virtud es negarse a convertir esa trayectoria en una narración enteramente pura. Reconoce la esperanza genuina de 1959 y, al mismo tiempo, la posterior transformación de esa esperanza en dogma, burocracia y mecanismo de vigilancia.

El centro del ensayo no es un programa económico o constitucional, sino el estado moral con que los cubanos afrontarán el reencuentro. La obra insiste en que la reconstrucción exigirá volver a confiar, distinguir justicia de desquite y reconocer que ni el exilio ni quienes permanecieron poseen por sí solos la autoridad completa sobre el país.

La diáspora ocupa un lugar indispensable, pero no recibe un título de propiedad moral. El que vuelve deberá hacerlo sin repartir certificados de patriotismo; el que se quedó deberá ser reconocido sin que la permanencia se convierta automáticamente en prueba de virtud. La libertad aparece como la capacidad de reunir experiencias contradictorias sin exigir que una borre a las demás. 

En su conclusión, la sobrevida deja de ser una herida pasiva y se convierte en obligación hacia los muertos y hacia quienes todavía no han nacido. La tarea consiste en escuchar la herida ajena con la misma atención con que se reclama que sea escuchada la propia, y en construir una libertad que no sea la victoria definitiva de una facción sobre otra. 

Por la nobleza de su interrogación, la amplitud de su memoria histórica y su defensa de una convivencia que no dependa de un nuevo enemigo, Cuba en la encrucijada: apuntes para una sobrevida merece una mención.




Este fallo reconoce cuatro contribuciones distintas a la pregunta central del concurso: la república como límite al poder y derecho de circulación; la nación como casa que debe permanecer abierta; la literatura como honestidad y duelo después de la censura; y la sobrevida como deuda entre generaciones.